Capítulo 17
Parecía que a Helen se le iban a derretir las piernas.
Asustada porque creyó que iba a colapsar, dio un paso atrás, hacia la silla, y aplastó con el pie los fragmentos del plato roto.
Se sentó con pesadez, sin apartar la mirada del agente mientras esperaba que su boca se moviera, que dijera las palabras que, probablemente, siempre había esperado escuchar: «Queda usted detenida».
Estaba tan segura de que aquello era lo que iba a decir que, cuando habló, ella agitó la cabeza por la confusión.
—¿Cómo?
Sarah fue quien respondió.
—Te han entrado a robar en casa.
—Su alarma saltó —explicó el agente de policía—. Una de sus vecinas estuvo aquí esta mañana, así que sabía que usted no estaba por la zona. Miró por encima de la valla, vio un cristal roto sobre el suelo y nos llamó.
El otro agente continuó con la historia.
—No estábamos muy lejos, así que llegamos quince minutos después. Para entonces, la alarma ya estaba cortada. Descubrimos que habían roto el cristal de la puerta trasera para poder entrar, pero el intruso ya se había marchado.
Cuando Helen no dijo nada, Sarah pasó por delante de los dos policías para ir a su lado. Le rodeó los hombros con el brazo y preguntó:
—¿Han causado mucho daño?
—Hay mucho desorden, pero no parece haber daños como tal. Evidentemente, no sabemos si falta algo. Necesitaremos que venga con nosotros para verificarlo.
No iban a detenerla. El alivio hizo que Helen se sintiera aún más débil y estaba agradecida por tener el brazo de Sarah como apoyo. Tardó un par de segundos en entender lo que le estaban pidiendo.
—¿Quieren que vaya ahora?
Parecían sorprendidos con la pregunta.
—En cuanto sepamos lo que falta, haremos un informe y le daremos un número de referencia para su seguro. —Frunció el ceño—. Porque tiene seguro, supongo.
—Sí, claro. —Se puso de pie con el brazo de Sarah sobre el brazo, que pesaba mucho—. Es solo que hoy es la inauguración. —Se dio cuenta de la expresión en sus caras—. De mi librería. Hoy es el primer día que abro.
Sarah la acercó hacia ella.
—Puedo encargarme de todo hasta que regreses. Tienes que ir y poner tu casa en orden. También tendrás que contactar con alguien para que vaya de emergencia a instalarte otro cristal en la puerta.
No parecía haber otra opción. Una vez más, eran otros quienes controlaban a Helen.
Los dos agentes de policía iban delante y Sarah, que liberó a Helen de su abrazo, fue detrás.
Los vio mientras se alejaban en fila india a través de la puerta.
Ninguno se giró para comprobar si los seguía.
Podría escaparse por la puerta de madera que había al final del jardín.
Daba a un pequeño callejón. Desde allí podría volver a la calle y salir pitando.
Sin afrontar el tipo de caos que la esperara en casa.
—¿Helen? —Sarah miró hacia atrás a través de la puerta, tenía la frente arrugada por el asombro—. ¿Estás bien?
«Ayer alguien irrumpió en mi tienda. Hoy alguien ha irrumpido en mi casa. Es evidente que me siento bien. No voy a emparanoiarme con que alguien está intentando asustarme y asegurándose de que no triunfe».
—Ya voy —dijo mientras avanzaba lentamente. De repente le daba miedo salir, que su apariencia anterior fuera real, no tener clientes, que los libros se cayeran de las estanterías, que salieran hilillos de humo de sus cubiertas porque las palabras del interior hubieran echado a arder.
No había clientes y, al margen de eso, la tienda estaba exactamente igual que antes de que se fuera a almorzar.
—No tardaré mucho —le dijo a Sarah.
—Tómate tu tiempo. Yo me encargaré de todo. —Sarah sacó el teléfono y consultó la hora—. Son casi las tres. De todos modos, cerraré a las cinco y te acercaré las llaves.
Helen quería llorar de pura frustración.
Ya habían tenido esa conversación. Le dejó claro que quería dejar abierto hasta las seis para atraer a la gente que saliera de trabajar y volviera a casa andando.
Sarah había resoplado discordante, pero no dijo nada.
Y ahora estaba intentando aprovecharse del aprieto de Helen para salirse con la suya.
—No, no te preocupes. Regresaré antes. Puse que abriría hasta las seis en los panfletos que repartí y no quiero decepcionar a los clientes.
No esperó una respuesta y siguió a los dos policías que salían de la tienda.
Habían venido caminando desde la casa de la chica.
Helen dudó de si conducir, pero había muchísimo tráfico y sería más rápido si iban andando.
Marchó al lado de los agentes. No hablaban.
Ella tampoco. Se preguntó si la conocían.
Si sabían de su historial. Ahora mismo deseaba haber denunciado el asalto a la tienda.
Sería reconfortante que le dijeran que había sido una coincidencia.
Que solo había tenido mala suerte, que era víctima de ciertos eventos fortuitos.
Le gustaría haber debatido sobre su teoría de que Alex y Zander habían sido los responsables de la irrupción en la tienda y que, por extensión de su teoría, también podrían ser los responsables de la que había ocurrido en su casa.
¿Estaban tan desesperados por hacerse con la tienda como para rebajarse a ese nivel?
¿Su plan era llevarla tan al límite que acabara rindiéndose?
¿O simplemente ella los había escogido como sospechosos porque necesitaba enfocar su paranoia en que alguien estaba decidido a hacer que fracasara?
Llegaron a su casa en silencio. A la casa adosada, que era la última de la hilera, se accedía desde un lateral. Había una verja. Con una cerradura. No funcionaba desde que se mudó allí hacía ocho años.
—Quizá quiera arreglarla —dijo uno de los agentes mientras la señalaba—. Muchos de estos ladrones son oportunistas. Fuerzan una verja y, si está abierta, lo intentan.
Helen los siguió hasta la parte trasera y suspiró al ver los cristales rotos esparcidos por el patio posterior.
El agente abrió la puerta y señaló la llave, que aún seguía en la cerradura.
—Supongo que se la dejó puesta, ¿no?
Claro que la había dejado. Porque era increíblemente estúpida.
—Eso le facilitó aún más las cosas. Se acercó, abrió y encontró la casa toda para él.
—¿Para él? —Lo miró ojiplática—. ¿Sabe quién ha sido?
Había sido injusta: no eran ni Alex ni Zander. Paranoica. Acusica. ¿Acaso no era así siempre? Culpó a su madre, a su padre, a sus hermanos y, por último, a Toby por hacer que su vida fuera un caos. Era un desastre. Un completo y absoluto desastre.
Sin embargo, el agente se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No, no lo sé. Era una forma de hablar. Para ser políticamente correcto, debería haber dicho «alguien».
No era ni el momento ni el lugar para debatir sobre lo políticamente correcto.
Habría sido mucho más sencillo si supieran quién había irrumpido allí.
Algún vándalo de la zona ya conocido por la policía.
Así podría haberse reído de sus estúpidas ideas y achacarlo a la mala suerte más que a una venganza personal.
Venganza. Una palabra que se le metió en la cabeza en contra de su voluntad.
Sí, estaba empezando a parecer que lo era.
Ignorando a los agentes, entró en la cocina con la mente liando vueltas mientras aceptaba este nuevo miedo.
¿Quizá fuera un amigo de Toby que estaba enfadado por verla en la calle tan pronto?
No podía recordar a ningún amigo que fuera tan cercano como para guardar tanto rencor.
Estaba su madre, eso sí. No habían sido cercanas, pero estuvo en el juicio.
¿Podría ser ella buscando venganza por la pérdida de su hijo?
—¿Y bien, señorita? —El agente se impacientó.
Helen controló sus pensamientos. Ya habría tiempo más tarde para preocuparse.
Echó un vistazo por la cocina. Había un par de armarios abiertos, pero nada estaba fuera de lugar.
No tuvo tanta suerte en el salón. Las estanterías empotradas junto a la chimenea estaban repletas de una variedad de objetos que había coleccionado o que le habían regalado durante años.
Ninguno tenía valor más allá de lo sentimental.
La mayoría estaba en el suelo. Algunos se habían roto al caer.
Alguien había barrido los libros de la estantería.
—Se han llevado los almohadones de tu sofá, lo que es bastante inusual.
Helen se giró para mirar al agente.
—No, me los llevé yo para construir una cama en la habitación que hay en la planta de arriba de la tienda. —Extendió las manos—. No lo denuncié, pero alguien entró en mi tienda el sábado. No se llevó nada, pero causó bastantes desperfectos.
El agente frunció el ceño.
—¿No lo denunció?
—Porque no había ninguna señal de asalto. No estaba segura de haber cerrado bien la puerta cuando me fui. Solo tenía una cerradura Yale y eché el pestillo para poder llevar cosas desde el coche. No se llevaron nada, así que no tenía sentido molestarles.
Tampoco tenía sentido explicarles que no los llamó porque era su nuevo comienzo, su segundo intento de tener un final feliz, y no quería que una visita policial lo arruinara. Y, a pesar de todo, allí estaban.
—No parece que falte nada —dijo echando un vistazo a la habitación—. Mi vieja televisión no iba a llamarles la atención de ninguna de las maneras.
—Probablemente estuvieran buscando dinero o artículos pequeños que pudieran vender. ¿Tiene ordenador portátil?
—Sí, pero lo tengo conmigo. Honestamente, no tengo nada que merezca la pena robar.
—Por desgracia, eso los ladrones no lo saben.
En la planta de arriba el nivel de desorden era similar. El armario y los cajones de la cómoda estaban abiertos. Su ropa interior estaba desperdigada por el suelo. Habían cogido la pila de libros que había al lado de su cama y los habían dejado caer sobre el edredón arrugado.
Uno de los agentes se quedó en el piso de abajo; el otro permaneció en la puerta mientras ella evaluaba los daños.
—¿Joyas? —preguntó.