El secreto de la librera Capítulo 16
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Capítulo 16

La librería no estaba plagada de clientes, pero hubo un flujo continuo durante todo el día.

A primera hora de la larde, casi todas las magdalenas se habían terminado y Helen había abierto dos botellas de vino.

La mayor parte de la primera se la bebió un hombre con mala fama que, al parecer, pasó por allí solo para eso.

Helen no se atrevió a pedirle que se fuera.

Sarah y ella se habían tomado una copa de la segunda y aún quedaba media botella más.

La mayoría de los clientes preferían agua.

Helen intentó que aquello no la irritara.

Alex y Zander se pasaron por la mañana para desearle suerte. Echaron un vistazo, hablaron con algunos clientes que conocían y, a pesar de haber dicho que no leían, compraron varios libros.

—La cosa va bien —dijo Zander mientras le entregaba los libros a Helen y negaba con la cabeza rechazando la bolsa de papel.

El datáfono funcionaba sin problema, imprimía los tiques con un zumbido satisfactorio.

—Sí, gracias a Dios —dijo ella entregándoselos de vuelta.

La mayoría de los clientes eran lugareños que esperaba que se convirtieran en habituales.

Algunos eran vecinos de Hungerford Street.

No sabía si sentían curiosidad por la tienda o si querían ver a su vecina expresidiaria en acción.

La visita de muchos estudiantes universitarios que prometieron hablarle de la librería a sus amigos fue todavía mejor.

Todos compraron, al menos, un libro. Les entregó marcapáginas y les pidió que los repartieran.

A la una, le reiteró a Sarah que se tomara un descanso.

—Ve y siéntate en la cocina, tómate un café, prepárate un bocadillo con buen pan y jamón del que has traído.

—Vale. Prepararé uno para cada una y nos turnaremos para comerlos.

Helen asintió, pero en realidad no quería abandonar la tienda, ni siquiera para comer.

No podía explicar la ansiedad constante que sentía, así que no intentó ponerle palabras.

En vez de eso, se entretuvo hablando con cada cliente.

Decidió que aquella era la clave del éxito: llevárselo a lo personal.

Los clientes también hablaban entre sí, un canturreo agradable llenaba la tienda.

—Todo está yendo muy bien —dijo Sarah al volver de su almuerzo.

Eso es exactamente lo que Helen había estado pensando, pero no quería decirlo en voz alta por miedo a tentar al destino.

Una punzada de irritación la atravesó al saber que era su hermana quien lo había comentado, echó un vistazo alrededor, casi con miedo, como si cada cliente fuera a desaparecer de repente en una nube de humo o todos los libros se cayeran de las estanterías y echaran a arder por combustión espontánea.

—Ve a comer algo —dijo Sarah a la vez que le daba un codazo a Helen—. Debes de estar muriéndote de hambre. Me apuesto lo que sea a que no has desayunado.

¿Lo había hecho? No se acordaba.

—Bueno, si te parece bien, solo me ausentaré unos minutos.

—Madre de Dios, descansa. Confía en mí. Si hay una emergencia, sé dónde encontrarte.

Helen miró a su alrededor. Solo había dos clientes y ya había hablado con ambos. Era buen momento para darse un respiro.

—Está bien. —Aun así, dudaba—. ¿Estás segura de que puedes hacerte cargo de la caja registradora y del datáfono?

Era más sencillo dirigir su miedo hacia algo tangible que hacia la inexplicable inquietud que no podía quitarse de encima. Sarah cruzó los brazos sobre el pecho, miró hacia el techo como si solicitara asistencia divina y, después, suspiró.

—Esto no tiene ninguna ciencia, Helen. Creo que me las apañaré.

—Está bien —dijo de nuevo.

Quería quedarse más. Recordarle a su hermana que era su negocio, su futuro, que ya no era una niña a la que hubiera que apartar.

Pero, como siempre, no dijo nada. A veces se preguntaba si Sarah se daba cuenta de su persistente antipatía.

Una vez intentó decírselo, después de tomarse unas copas de vino, pero se reprimió cuando vio el gesto de Sarah, que mostraba la divertida incredulidad de que Helen estuviera recordando un periodo de sus vidas de hacía casi veinte años.

Supuso que Sarah pensaba lo mismo que su jueza de vigilancia penitenciaria: que necesitaba dejar todo eso en el pasado, que era donde pertenecía.

Sarah había dejado su bocadillo en la encimera, envuelto en un paño de cocina limpio.

Estaba cuidadosamente cortado en cuatro, tenía un aspecto apetecible y comerlo parecía lo apropiado.

Helen agitó el hervidor de agua eléctrico, vio que había suficiente líquido en su interior y lo encendió.

Cuando ya tenía la taza de café preparada, escuchó la puerta.

Si eran clientes, eran silenciosos. Resistió la tentación de abrir la puerta para comprobar que no había ocurrido ninguna catástrofe en su corta ausencia.

En vez de eso, se llevó su taza de café y su bocadillo al jardín.

Estaba orientado al oeste y era un día soleado, así que era el lugar perfecto para hacer un descanso.

Durante los siguientes días, como estaría trabajando sola, no podría darse el lujo de salir, así que, a pesar de sus dudas, debía aprovecharlo al máximo.

El bocadillo estaba rico y devoró cada porción en un par de bocados. Estaba terminándose el café y pensando en volver a la tienda cuando escuchó su nombre. Era la voz de Sarah. Elevada por la agitación.

El plato que Helen tenía en el regazo se cayó al suelo y se rompió en tres pedazos cuando se levantó. La puerta de la tienda se abrió y Sarah apareció. Tras ella, había dos policías altos, fornidos y uniformados.

El primer pensamiento de Helen fue que aquella visita era lo que llevaba todo el día esperando. No fue paranoia: había sido una premonición.

Su segundo pensamiento fue que, de alguna forma, sabían la verdad sobre la muerte de Toby.

El tercero fue que aquello no podía estar ocurriendo justo en ese momento. No cuando todo estaba saliendo como ella lo había planeado.

El policía más alto de los dos pasó por delante de Sarah.

—¿Helen Appleby?

«Queda usted detenida por mentir bajo juramento.

Por engañar al jurado. Por no decir la verdad sobre lo que ocurrió aquel día.

Vamos a encerrarla y a tirar la llave porque es una tía rara, patética, mentirosa y depravada».

Podría jurar que escuchó la risa de Toby.

Tal como se rio el día antes de que ella decidiera que ya era suficiente.

—Sí, soy Helen Appleby.

—Me temo que le traigo malas noticias.