Capítulo 15
Tras otra noche en blanco en el suelo del trastero, finalmente Helen se dio por vencida, dejó de mirar el techo de la habitación y se vistió.
Ya había llegado. Era la primera página de un nuevo libro.
Debería haberse sentido emocionada, y quizá lo estuviera, pero el sentimiento estaba acurrucado bajo la sensación de temor de que algo iba a salir mal.
Mientras bajaba las escaleras, contuvo el aliento hasta que vio que todo estaba en su sitio.
En realidad, el lunes se presentaba con un sol radiante. Iluminaba el escaparate de la tienda y danzaba entre las estanterías. Era un buen presagio. Debía dejar sus preocupaciones y miedos a un lado y concentrarse en esto, en el primer día de su nueva vida.
Tras un desayuno rápido, se puso a holgazanear. Un ligero ajuste de libros por aquí y por allá, una reorganización de taburetes y lámparas. Nada necesario. Simplemente estaba desesperada por evitar que sus pensamientos se hundieran en la tristeza.
Cuando escuchó que llamaban a la puerta, comprobó la hora. Solo eran las nueve menos cuarto. Sarah insistió en que no podría llegar antes de las nueve y media. Era evidente que había cambiado de opinión.
Las persianas seguían bajadas. Si Helen hubiera tenido dos dedos de frente, habría subido una lama para cotillear y asegurarse de que era su hermana.
Pero, si tuviera dos dedos de frente, no habría acabado en prisión.
En cualquier caso, ¿en qué cabeza cabía que vería a esa mujer que estaba allí, de pie, al otro lado de la puerta?
Era Moira, vestida con su uniforme habitual de diario, formado por un pantalón oscuro y una camisa abotonada hasta el cuello, como si temiera que alguien se llevara una impresión equivocada por dejarse un botón desabrochado.
Moira había llegado para arruinar su mañana. Pilló a Helen mirando y levantó una mano para saludarla, así que no le dejó más opción que abrirle la puerta.
—Sé que oficialmente no abres hasta las nueve —dijo Moira—, pero pensé que no te importaría que me pasara para desearte buena suerte en esta increíble aventura.
Helen no tenía ideas fantasiosas. Le encantaba su tienda, pero era una librería de segunda mano, no una «increíble aventura». Se aguantó las ganas de decir que, en realidad, le molestaba mucho que su supervisora hubiera aparecido por allí, así que apretó los dientes hasta que le dolieron y dijo:
—Muy amable, gracias.
Era demasiado esperar que eso fuera todo. Que su supervisora se pirara de inmediato y la dejara sola.
—Has hecho un trabajo increíble —dijo Moira señalando con un gesto de cabeza el espacio que tenía detrás.
Parecía que no tenía otra opción más que hacerse a un lado y dejarla pasar.
—Todo ha salido como esperaba.
Tal como Helen había soñado. Durante todos esos meses que pasó encerrada, aquel sueño fue su única compañía. En él podía soñar despierta, como si estuviera entre las cubiertas de un libro.
Moira se dirigió a las estanterías.
—Tendré que comprar algo. —Se giró hacia Helen con una ceja levantada—. ¿Soy tu primera clienta?
Quedaban quince minutos para que Helen abriera oficialmente, ¿qué esperaba?
—Sí, lo eres —dijo antes de acordarse de la visita que le había hecho Joyce Evans el viernes y de los cuatro libros que le había vendido.
Iba a decírselo a Moira, a borrarle ese careto que se le había puesto por ser la primera clienta, pero la explicación le llevaría más tiempo del que quería pasar con ella.
Como Helen ya medio intuía, la supervisora se acercó a las estanterías en las que estaban los clásicos y las novelas, y después fue a la sección etiquetada como «educativos».
Aunque pasó los dedos sobre los títulos, no sacó ninguno.
Se entretuvo largo rato en la sección de novela negra y después pasó a la estantería de terror.
Escogió un par de ejemplares, leyó la sinopsis que había en la contracubierta y devolvió ambos, uno detrás de otros.
Helen se colocó detrás del mostrador y esperó. Creía que se podía saber mucho de alguien por los libros que escogía leer y tenía curiosidad por saber cuáles elegiría finalmente la supervisora. Quizá comprara algunos para que Helen empezara con buen pie.
Sin embargo, cuando Moira se acercó por fin al mostrador, solo llevaba un ejemplar muy fino.
—Me llevo este —dijo a la vez que lo dejaba—. Me gustan las buenas lecturas de miedo.
—A mí también —dijo Helen.
Aunque no era cierto, le pareció adecuado decirlo.
El libro era de un autor que no conocía, la cubierta y el subtítulo indicaban que no solo iba a ser de miedo, sino que también contenía escenas de violencia explícita.
No le correspondía a ella juzgar el gusto lector de nadie, pero se sorprendió al ver lo que le había llamado la atención a su discreta y condescendiente supervisora.
Aquello le decía a Helen que la mujer tenía capas inesperadas.
Parecía que había hecho bien en desconfiar de ella.
—Es una libra —dijo mientras metía el libro en una bolsa de papel.
—¡Una libra!
Moira se echó a reír como si Helen acabara de contarle un chiste.
—Ofrezco precios muy atractivos. Has escogido un libro poco conocido de un autor que no es famoso. Creo que una libra es justo. —Un precio justo para un libro que Helen había pensado en tirar a la caja de reciclaje.
—Genial, gracias —dijo Moira recogiendo el paquete y metiéndolo en su amplio bolso de hombro—. Ha sido un placer ser tu primera clienta. Darle comienzo a tu pequeño negocio.
Dijo lo de «pequeño negocio» como si fuera un insulto y Helen sintió que le hervía la sangre. Por suerte, la puerta se abrió y su hermana apareció con una bolsa en cada mano. Su sonrisa se desdibujó cuando se dio cuenta de quién estaba frente al mostrador.
—Ay, hola. No he interrumpido ninguna visita oficial, ¿no?
—No estoy a título oficial —dijo Moira. Le dio un golpecito a su bolso—. Además, he tenido el honor de ser la primera clienta de Helen. —Echó el brazo hacia adelante para ver en el reloj qué hora era—. Madre mía, si no me doy prisa, llegaré tarde.
Lo dijo con tono crítico, como si su retraso fuera culpa de Helen. Como si la hubiera invitado a la inauguración en lugar de haberse presentado allí sin invitación.
—Gracias a Dios que por fin se ha ido —dijo Sarah a la vez que soltaba las dos bolsas en el suelo—. Supongo que no has tenido tiempo de comprar comida, así que te he traído varias cosas. —Tocó la bolsa más cercana con la punta del zapato—. Colócala y yo me encargaré del resto.
Sarah tenía razón, por supuesto: Helen no había comprado nada para comer. Debería estar agradecida. No debería resultarle tan irritante que la controlaran, dirigieran o dieran órdenes.
El tardío reconocimiento de que su hermana simplemente estaba siendo amable la hizo suspirar e hizo lo que le había pedido.
En la cocina encontró un hueco para la mezcla ecléctica de productos que a su hermana le parecían esenciales.
A Helen ni siquiera le gustaban las aceitunas, pero puso el tarro en un armario, junto a un paquete de galletas Weetabix, que eran de sus favoritas en su infancia, aunque llevaba años sin probarlas.
Se giró cuando su hermana entró con una gran caja en una mano y dos bolsas que se balanceaban en la otra.
—Has hecho un gran trabajo. ¿Cuánto te debo?
—Es un regalo de parte de Devon y de la mía para celebrar la apertura de tu negocio. —Sarah colocó el resto de cosas que había comprado en los armarios. Dejó la caja para el final—. Al igual que estas. —Retiró la tapadera.
Helen contuvo el aliento y luchó por mantener las lágrimas a raya hasta que Sarah la abrazó.
—No pasa nada si lloras. Has vivido unos años muy duros, pero has conseguido salir de eso y ahora el futuro te pertenece.
Helen se apartó y buscó un pañuelo en el bolsillo. De nuevo, su hermana acudió al rescate. Cogió un trozo de papel de cocina y se lo dio.
—¿Cómo lo has hecho? —Helen señaló las hileras de magdalenas, cada una de ellas coronada con el logo de la tienda sobre un disco redondo.
—Me enviaste el logo para que te dijera qué pensaba, ¿te acuerdas? Busqué por internet y encontré una empresa que hace glaseados comestibles para dulces. Llegaron por correo hace unas semanas y yo hice las magdalenas ayer.
Helen se secó los ojos y se sonó la nariz de nuevo.
—Son increíbles, muchísimas gracias.
—No hay de qué. Estoy contenta de verte feliz después de todo lo que has pasado. —Sarah abrió el frigorífico—. Vino enfriando, magdalenas listas. Estamos preparadas para enfrentarnos a la multitud, ¿no?
—Tan preparada como puedo.
—¿Caja registradora y datáfono a punto?
—Sí.
—¿Copas de vino?
—Tras el mostrador.
—Genial, deberíamos sacar algunas y quizá ponerlas en uno de los extremos del mostrador. Por suerte es largo. —Alcanzó una de las bolsas—. Sé que me pediste refrescos, pero he optado por agua con gas, ¿vale?
Por una vez, habría sido estupendo que su hermana hiciera lo que Helen le había pedido. Era su gran día, su nuevo comienzo. La decisión debería haber sido suya. Sin embargo, su hermana había sido tan extremadamente generosa que era imposible discutir.
—El agua con gas va bien, gracias.
—Y en lugar de platos de papel, pensé que podríamos usar papel de cocina, ¿qué opinas?
Helen interpretó que Sarah no había comprado los platos de papel que había prometido comprar. No importaba y, de todas formas, ¿acaso esa opción no era más respetuosa con el medio ambiente? No importaba que Helen sintiera que el control se le escapaba entre los dedos.
Por extraño que fuera, deseaba haberle dicho a Moira que no había sido su primera clienta para haber podido controlar incluso aquella situación. Sarah no esperaba una respuesta, pero Helen se la dio igualmente.
—Papel de cocina. Sí, vale, es buena idea.
Lo dijo en un tono más alto y severo de lo esperado y Sarah la miró sorprendida.
Por suerte, la campana que había sobre la puerta principal tintineó y puso fin a toda conversación sobre los preparativos. A Helen se le abrieron los ojos de par en par.
—¡Clientes!
—Bueno, no te quedes ahí, ve y sé una librera extraordinaria. —Sarah le dio unos golpecitos a la caja de magdalenas—. Las pondré en la bandeja que he traído y las sacaré en un santiamén.
Helen cruzó la puerta apresuradamente, la emoción se hizo notar por fin. Había una clienta, una joven con ropa bastante desaliñada que estaba en medio de la tienda.
—Hola —dijo Helen mientras se acercaba a ella—. Bienvenida a Appleby Books.
—Este sitio es genial y justo lo que necesitábamos en esta zona. —Se ajustó las correas de la mochila que llevaba y después hizo un gesto hacia las estanterías—. Me llamo Jess, por cierto. ¿Puedo echar un vistazo?
—Echa un vistazo, claro. Pasando la arcada hay más. También verás un par de sillones, así que siéntate y lee si te apetece.
—¡Me quedaría siempre aquí!
Helen sonrió. Ese era el tipo de cliente joven y entusiasta que había soñado que cruzaría su puerta.
—Si tienes hambre, habrá magdalenas en unos minutos y, en cuanto me organice, también sacaré vino o agua con gas por si es muy pronto para beber alcohol.
Jess se rio. Era un sonido tintineante de pura diversión.
—En mi opinión, nunca es demasiado pronto para beber alcohol, pero tengo que ir a clase en un rato, así que me quedaré con el agua, gracias.
Justo en ese momento apareció Sarah con la bandeja de magdalenas.
—Aquí tenéis.
La dejó en el mostrador, en el extremo contrario a la caja registradora.
—Tienen muy buena pinta —dijo Helen mientras observaba cómo su hermana jugueteaba con la pila de papel de cocina doblado que había puesto en una esquina de la bandeja.
Había acertado en sustituir los platos de papel. Por supuesto que había acertado. ¿Acaso no lo hacía siempre?
«No puedes venir con nosotros. Eres muy pequeña. Eres un incordio».
Helen se puso tensa cuando las palabras de su infancia resonaron en su mente. No, hoy no, hoy no necesitaba escucharlas. Pudo oír a Sarah hablando, era un sonido hueco y retumbante, como si viniera de un túnel.
Su consejera penitenciaria le había recomendado que dejara su pasado atrás.
Había estado tentada de decirle que, si hubiera sido tan fácil, pronto se habría quedado sin trabajo.
No era sencillo, evidentemente, ya que, por mucho que lo intentara, su pasado (tanto el lejano como el reciente) siempre regresaba para atormentarla.
Habían llegado más clientes. Sarah estaba hablando con uno. Otros cogían libros de las estanterías, parecían estar absortos. Helen respiró hondo y apartó esas voces remotas. Lo que importaba era el presente. Quizá la consejera tuviese razón.
Sin embargo, a medida que miraba a los clientes, a sus rostros desconocidos, regresó ese sentimiento de temor.