El secreto de la librera Capítulo 14
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Capítulo 14

Ya fuera por el exceso de café o por la ira que la invadía en oleadas cada vez más intensas, casi había amanecido cuando Helen se tumbó en su cama, en la esquina.

Y para entonces no conseguía quedarse dormida.

El espacio era demasiado amplio y las ventanas sin cortinas que había a ambos lados incrementaban su nerviosismo.

Intentó reírse de sus miedos. Los ladrones no suelen caminar sobre zancos y dudaba que Spiderman estuviera interesado en ella.

Sus intentos por racionalizar sus miedos fracasaron.

Se levantó con dificultad y arrastró los almohadones, la ropa de cama y el edredón al trastero.

Allí había suficiente espacio y, cuando metió la llave en la cerradura, se sintió segura por primera vez aquella noche y cayó en un sueño nada reparador.

Era probable que los antiguos traumas de su vida quedaran reemplazados por otros nuevos, quizá por cuerpos siniestros que se acercaban sigilosamente a ella, pero no corrió esa suerte.

Vio el cuerpo ensangrentado de Toby. Había muchísima sangre que coloreó su sueño de una manera tan vívida que casi pudo saborearla.

En su sueño, él estaba muerto. No se repetía el horror de la noche anterior. No se despertó sumida en un odio profundo hacia sí misma.

Pero gritó. Aquello la despertó y pasó varios minutos con el corazón acelerado y los pensamientos rondándole la cabeza hasta que pudo salir de la cama. Hizo lo de siempre: se lavó en el pequeño cuarto de baño y se puso la ropa que había tirado en un montón en el suelo.

Bajó las escaleras con indecisión, en parte por el agobiante cansancio que lo dificultaba todo, en parte por la teoría de que Alex y Zander eran los culpables del asalto del día anterior, que le taladraba el cerebro.

Si querían deshacerse de ella, ¿qué más planeaban hacer para asustarla?

Con la nueva cerradura ya instalada, no podrían cruzar la puerta principal tan fácilmente.

La trasera, cortesía del propietario anterior, ya tenía una robusta cerradura de embutir.

Nadie entraría por allí sin que ella se diera cuenta.

Ya en el piso de abajo, respiró profundamente al ver que todo estaba exactamente como lo dejó el día anterior y que el espacio estaba tal como debía.

Se acercó para levantar una de las lamas de las persianas de madera y mirar el mundo exterior.

En las aceras reinaba la tranquilidad típica de los domingos y el tráfico se reducía a un coche esporádico.

La hilera de columnas del alféizar con sus tristes tarjetas de signos de interrogación estaba esperándola.

Pero primero, aunque no tuviera hambre, lo más sensato era desayunar.

Un triángulo de pizza fría y un café. Un segundo café, que sorbió más despacio, la ayudó a despejarse.

Cuando terminó, regresó al piso de abajo y subió las persianas.

Retiró el cartel de PRÓXIMA APERTURA del escaparate y lo enrolló.

Tardó un rato en recoger las siete columnas.

A fin de cuentas, la disposición más sencilla era la que mejor quedaba: el pilar más alto en el centro que decrecía por ambos lados.

En este, colocó algo que había preparado semanas antes.

Eran una manzana de cerámica y una pequeña abeja de peluche que sujetaba un libro.

Había tardado semanas en encontrarlos. No eran idénticos a los de su logo, pero se parecían bastante.

Ya había elegido qué libros iba a destacar en los otros pilares. Una mezcla de los mejores ejemplares de ciencia ficción que tenía, una novela poco conocida, un par de clásicos y, por último, un libro de autoayuda.

Era hora de encargarse de la tarea aburrida, pero esencial, de configurar la caja registradora electrónica con su datáfono integrado.

Había investigado qué comprar hasta que se sintió totalmente confundida, y al final se decantó por lo que parecía satisfacer sus necesidades.

Resultó ser un trabajo más minucioso que difícil y la prueba que hizo salió a la perfección.

Vació las veinte libras en monedas en la gaveta, la cerró y dejó la llave colgando de la cerradura.

Si volvían a entrarle a robar (Dios no lo quisiera), si tenía tantísima mala suerte, preferiría que se llevaran el dinero sin reventar la caja registradora.

Eso era todo. Ya casi estaba lista.

Encendió su teléfono y vio una llamada perdida de Sarah, pero tenía un mensaje en el que le decía que la vería a la mañana siguiente.

Los mensajes que les mandó a las mujeres con las que había trabajado durante años no obtuvieron ninguna respuesta.

Eran mujeres a las que consideraba amigas.

No sabía de qué se sorprendía. La mayoría de la gente no quería que se la vinculara con una expresidiaria.

Era inútil sentirse decepcionada. Sentirse sola de repente.

Era mejor mantenerse ocupada. Terminar los pequeños detalles. Bajó un montón de bolsas de papel y las almacenó con cuidado en el estante que había bajo el mostrador. El negocio iba a funcionar. Iba a tener éxito y ninguna pareja de cockneys la asustaría.

Como por arte de magia, cuando levantó la cabeza, los dos hombres estaban allí, mirando al interior.

Zander agitó la mano de arriba a abajo por la ventana y le hizo un gesto cargado de empatía con los pulgares hacia arriba. Alex habría hecho lo mismo, pero tenía en brazos una gran caja que ella asumió que o bien contenía las copas que le habían prometido o bien estaba llena de vino.

—¿Le dais el visto bueno? —preguntó mientras abría la puerta.

—Está muy bien —dijo Zander—. Simple, elegante y visualmente atractivo. Has hecho un buen trabajo.

A pesar de sus sospechas, se sintió halagada con sus palabras.

Alex cambió el peso de la caja que sostenía.

—¿Dónde quieres que te deje las copas?

—Aquí, detrás del mostrador, por favor. —Señaló una esquina—. Así podré desempaquetarlas a medida que las necesite.

—Iré a por el vino —dijo Zander, y se marchó despidiéndose con un gesto.

Alex dejó la caja en el suelo y se paseó por el espacio que ocupaba la tienda asintiendo en señal de aprobación.

—Tiene buena pinta. Has hecho un trabajo increíble con la reforma. El local estaba en muy mal estado.

¿Esa era la razón por la que no habían hecho ninguna oferta para comprarlo?

¿Que había que hacer mucho trabajo e invertir mucho dinero?

¿Habían estado esperando a que llegara alguien como ella?

¿Alguien que llegara e hiciera el trabajo sucio para que después ellos manipularan la situación, se aprovecharan y lo consiguieran a buen precio?

Lo observaba con sus ojos penetrantes que lo captaban todo.

Ellos no habían tenido que preguntarle nada: ella les había ofrecido toda la información sobre la reforma, sobre lo que había hecho y lo que no.

Sencillamente estaba contenta de poder hablar de ello con alguien que parecía interesado de verdad.

¡Pues claro, estaban jodidamente interesados!

Zander regresó con la caja de vino.

—Solo querías blanco, ¿verdad?

—Sí, gracias. —Señaló hacia la cocina—. Si lo puedes llevar allí, genial. Más tarde pondré algunas botellas en el frigorífico.

—¿Y qué hay de los refrescos?

—Sarah traerá un par de botellas cuando venga por la mañana. Gracias.

Caminó hacia las estanterías mientras escaneaba los lomos con la mirada.

—¿Sarah?

—Sarah Drews, mi hermana. Ella y su marido, Devon, me ayudaron a adecentar este lugar. Devon conoce a mucha gente, así que algunos de sus colegas hicieron el grueso de las tareas esenciales. Es probable que te hayas cruzado con ellos estas últimas semanas.

—Sí, mencionaste que tus amigos y tu familia te ayudarían. Te habrás ahorrado un dinerillo, ¿no? —Caminó a lo largo de la estancia mirando a través de la arcada hacia el espacio de atrás—. Aun así, debes de haberte gastado una pasta, además del precio de compra.

¿Le estaba preguntando cuánto se había gastado en la renovación?

¿De verdad era tan descarado? Quería decirle que no era idiota, que ya sabía cuáles eran sus intenciones, pero debía ser cautelosa.

Sabía que algunos chicos no eran de fiar.

De hecho, gracias a sus años en prisión, sabía lo poco de liar que todo el mundo podía llegar a ser.

En cualquier caso, no tenía pruebas contra Zander y Alex. Bastaba con ser prudente con ellos.

—Pues sí —dijo con una sonrisa que, posiblemente, se veía tan forzada como ella la sentía—.

Por suerte, no tengo problemas económicos.

Gracias a mi madre, mi situación financiera es estable.

—Soltó la enorme mentira con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa.

Hizo un gesto amplio señalando la estancia—.

Esto lo hago más bien como pasatiempo. No pasa nada si no es rentable.

De hecho, sería mucho mejor. Puedo deducir mis pérdidas de los impuestos.

No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Era una frase que había sacado de una serie que había visto recientemente. Si pensaban que estaba forrada y que no confiaba en que el negocio tuviera éxito, quizá pararan de asustarla, inquietarla o volverla paranoica para que fracasara.

¿O quizá ya lo estaba? No tenía nada que ver con los hermanos. Estaba completamente paranoica. ¿O tal vez solo estuviera cansada y estresada? Ya no estaba segura de nada.

Zander frunció el ceño.

—Pensé que no ibas a instalar una alarma porque ibas justa de dinero.

¿Ella había dicho eso? No lo recordaba, aunque era probable, porque era el tipo de estupidez que soltaría por la boca. Tenía que aprender a mantener la boca cerrada.

—Ay, creo que no me has entendido bien. Tengo muchísimas ganas de poner una alarma muy concreta, una de gran calidad. No pueden venir a instalármela hasta dentro de dos semanas.

Era algo que había aprendido con los años: di las cosas con los ojos muy abiertos y un toque inocente, y todo el mundo te creerá.

—Siempre lo malentiende todo —dijo Alex negando con la cabeza.

Se quedaron un rato más hablando de todo y de nada. Helen no estaba escuchando. Asentía cuando era necesario, se reía de los chistes ligeramente verdes de Zander y, mientras tanto, los maldecía por acorralarla en un callejón sin salida. Ahora no le quedaba otra que contratar esa maldita alarma.

Solo esperaba que los próximos días aumentaran su capital.

Tenía que ser así. Ahora más que nunca quería que ese negocio triunfara.

Les demostraría a todos que podía. A aquellos amigos que la abandonaron, a esos hombres que estaban intentando engañarla, a la vocecilla de su cabeza que le susurraba que fracasaría.