El secreto de la librera Capítulo 13
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Capítulo 13

A Helen se le cerró el estómago porque varios pensamientos resonaban en su cabeza.

Cada vez era más difícil clasificarlos como probables o muy improbables.

La idea de que estaba volviéndose paranoica la asaltó de nuevo y se preocupó incluso más.

Se terminó el café, llevó la pizza sobrante a la cocina y la metió en el frigorífico.

Su móvil pio como un pájaro: le había llegado un mensaje.

Era su hermana, quería comprobar que todo estaba en orden.

Era tentador llamarla, decirle que las cosas no iban bien.

Hablarle de la figura oscura que había aparecido la noche anterior, del asalto de aquel día, de que Helen era un manojo de nervios y que temía que todo fuera un desastre.

Que quizá su hermana tuviera razón y volver a aquella zona no había sido la mejor idea, que le asustaba que alguien quisiera asegurarse de que no le iba bien.

Sin embargo, le asustaba que su hermana le contestara con el típico «Te lo dije», porque Helen no sería capaz de soportarlo.

En aquel instante odió con una intensidad que la dejó hirviendo de rabia a quien fuera que hubiese entrado.

Durante unos segundos, tuvo el pulgar sobre la tecla de llamada para contactar con su hermana, pero no podía hacerlo, no podía volver a ser la hermana pequeña indefensa.

En vez de eso, escribió un mensaje rápido para contarle lo bien que iba todo y decirle que la vería el lunes por la mañana a primera hora.

Apagó el teléfono por si Sarah decidía llamar, ya que Helen no estaba segura de poder hablar sin liberar la ansiedad reprimida.

Solo tardó un par de minutos en terminar de recolocar los últimos libros en las estanterías y luego se dispuso a guardar sus pertenencias.

Utilizó los almohadones del sofá para construir una cama en una esquina de la habitación del piso de arriba y se frustró al tratar de recordar dónde había dejado la ropa de cama y el edredón.

Su ropa acabó en la maleta o en las estanterías del trastero.

Debía sentirse bien. Emocionada por esta nueva aventura.

Todo estaba en orden y aún le quedaba un día para solventar lo del datáfono y organizar un escaparate que atrajera a los transeúntes.

Unas semanas antes, pegó carteles que anunciaban la próxima apertura.

El amigo carpintero de Devon hizo un trabajo impecable al ampliar el alféizar de la ventana hacia el interior para proporcionarle una zona de exposición.

Había colocado pilares de diferentes alturas en toda su longitud y apoyado una tarjeta blanca lisa en la parte superior de cada uno con un simple signo de interrogación en tinta negra.

Esperaba que fuera tentador, aunque ahora se preguntaba si no había sido un error.

Quizá lo mejor hubiera sido poner libros encima.

Estaba tratando de mantener la mente ocupada para que sus pensamientos no la llevaran de nuevo al asalto.

En varias ocasiones se encontró a sí misma en la ventana, examinando la calle, observando arriba y abajo, en ambas direcciones, tan lejos como le alcanzaba la mirada.

Había mucha gente a la que mirar (al fin y al cabo, era una zona transitada), pero la mayoría pasaba de largo, con la vista fija en el camino.

Solo alguna persona concreta le echaba a su escaparate algo más que un vistazo superficial.

Cuando la pizzería cerró a las once, solo había algún que otro peatón. Incluso el tráfico bajó el ritmo. Helen intentó inducir el sueño. Se cepilló los dientes, se lavó la cara y se puso el pijama, pero cuando miró la cama improvisada, supo que no iba a ser capaz de dormir. Al menos, no todavía.

No ayudaría, pero se preparó una taza de café.

Arrastró uno de los sillones a la ventana del piso de arriba y se sentó, le dio sorbos al café y sus ojos recorrieron la calle de arriba abajo casi por voluntad propia.

Estaba siendo idiota. La idea de que se trataba de algo personal era una paranoia.

Simplemente había sido un sinvergüenza oportunista.

No podía dejar que aquella situación de mierda le ganara dos veces por generarle tanta ansiedad.

A pesar de ello, no conseguía sacarse las malditas ocho libras de la cabeza.

¿Por qué no se las habían llevado? Llegó a la misma conclusión que antes: porque no iban buscando dinero.

Dejó que sus pensamientos divagaran sobre el asunto mientras sorbía su café.

Sobre si no se trató de un robo, sino de incomodarla, asustarla, preocuparla.

Si se trataba de eso…, fuera quien fuera… lo había conseguido.

Sin embargo, si estaba en lo cierto, si había dado en el clavo, la pregunta del millón era: ¿por qué?

¿Solo para deshacerse de ella? No podía imaginarse a ninguno de sus vecinos ancianos tomándose tantas molestias. De todos modos, ella pensaba que les gustaba su mala fama. Les daba algo de que hablar.

Apretó los dedos en torno al asa de la taza y su expresión se volvió severa.

¿Podrían ser Alex y Zander, sus serviciales vecinos?

No. Negó con la cabeza. No podían ser tan retorcidos, enfermizos y perversos.

¿O sí? Había sospechado de ellos cuando le dijeron que no se habían interesado por comprar su tienda para expandir la pizzería de al lado.

Quizá esos bastardos estuvieran jugando una partida larga e inteligente.

Se había gastado dinero en arreglar el local.

Si el negocio fracasaba, si tenía que venderlo, se conformaría con lo que fuera que le dieran.

Aceptaría una oferta baja de sus amables vecinos.

Pero ellos no tenían ni idea de la pasta de la que estaba hecha. De lo que había atravesado hasta llegar donde estaba. No sabían que ella jamás volvería a perder.