Capítulo 12 #2
—Gracias, Zander, estaré bien. Quizá Alex ya te haya contado que voy a mudarme al piso de arriba por un tiempo.
Solo será hasta que pueda conseguir un sistema de seguridad mejor.
—Consiguió esbozar una sonrisa—. Probablemente sea mejor así, ya que no tendré excusa para no tenerlo todo listo de cara al lunes.
—Si necesitas algo, ven corriendo, ¿vale? —Volvió a darle una palmadita en el brazo—. ¿Sabes qué? Te traeré una pizza y un café en un par de horas, ¿qué te parece?
—Sería genial, pero te los pagaré. Gracias.
Él negó con la cabeza.
—Corre por nuestra cuenta.
Se despidió haciendo un gesto con la mano y se fue.
Le preocupaba verlo marchar. Le nació un sentimiento de rabia hacia la persona que había entrado en su negocio.
No solo había arruinado horas de trabajo, sino que había contaminado el ambiente de su tienda y provocado que, de repente, se pusiera nerviosa al estar sola.
Una cosa estaba clara: conseguir una buena cerradura para la puerta se había convertido en una prioridad.
Llamó a la empresa con la que había contactado anteriormente.
—Han entrado en mi local, así que no puedo permitirme el lujo de esperar hasta el martes. ¿Podrían instalarme la nueva cerradura esta noche?
—Parece una emergencia. Siempre tenemos hueco para ellas.
Costaba más dinero del que tenía en la cuenta. Sin embargo, el asalto la convenció de que era esencial. En cualquier caso, ¿de qué le servía tener descubierto bancario si no lo utilizaba?
Siendo fiel a su palabra, el cerrajero llegó treinta minutos después. Levantó la ceja cuando vio los libros tirados por el suelo, pero no hizo ningún comentario.
—Estará lista en un santiamén —dijo.
En poco más de una hora, la puerta tenía una cerradura robusta y, con suerte, efectiva. Helen solo se sintió segura para darle la espalda a la puerta y comenzar la tarea de reordenar las estanterías cuando metió la llave en ella. Cuando terminase, quizá su humor mejoraría.
Ya casi había acabado, le dolía la espalda de estar encorvada, pero escuchó un golpeteo en la puerta principal que la asustó y se tropezó con los pocos libros que quedaban en el suelo.
Se cayó con fuerza sobre las rodillas, con los ojos como platos y la mirada fija en el rostro que estaba en la puerta.
Fue entonces cuando reconoció la cara como amiga en lugar de enemiga.
Era un semblante redondo, atemorizado.
Temiendo que rompiera la puerta para acudir en su ayuda, levantó una mano y le hizo un gesto para asegurarle que estaba bien, y luego se puso de pie con dificultad.
—Ha sido un día duro —dijo cuando desbloqueó la cerradura y abrió la puerta.
Zander entró con una caja de pizza en una mano y un café encima que se balanceaba precariamente.
—Creí que tendría que echar la puerta abajo para acudir a tu rescate. ¿Seguro que estás bien?
Helen se frotó las rodillas e hizo una mueca.
—Estaré un tiempo sin llevar minifaldas.
—Te he traído lo que sueles pedir y un café, tal como te prometí. —Los dejó sobre el mostrador y se giró para mirarla—. Me alegra ver que ya has puesto una cerradura decente. Te quedarás más tranquila. —Miró los libros que aún quedaban en el suelo—. Has trabajado duro, debes de estar hecha polvo.
—Estoy agotada, sí. —Señaló con la cabeza hacia donde estaba la pizza , que desprendía un aroma tentador—. Gracias por traerla.
—Si te apetece, puedo traerte vino o una cerveza. Cortesía de la casa.
Era una oferta muy tentadora.
—Qué amable. —Sí, eran buenos vecinos, buenos chicos. Deseaba no ser tan cautelosa con ellos—. Creo que me quedo con el café, aún me quedan cosas que hacer.
—Si cambias de opinión, ya sabes dónde estamos.
Se fue y se despidió haciendo un gesto con la mano por encima de su cabeza.
Estaba sola de nuevo y, a pesar de tener una cerradura nueva, seguía sintiéndose inquieta y tensa.
Quizá debería haber aceptado esa cerveza.
Pensó en ir a la puerta de al lado para conseguir una, pero desechó la idea de inmediato.
Eso significaría salir y el crepúsculo y las farolas habían cambiado la calle que conocía al dedillo para convertirla en un lugar triste y desconocido.
Había sido víctima de algún mafioso que se había aprovechado de su ausencia.
Eso era todo. No era nada personal. Tenía que intentar olvidarlo.
No había ninguna panda de matones escondidos en las sombras esperando a asaltarla.
Pero había una persona a la que Alex había visto la noche anterior: no debía olvidarlo.
Aunque las persianas estaban bajadas tras las ventanas, en la puerta no había ninguna y, a sabiendas de que alguien podría curiosear a través del cristal, se llevó la pizza y el café al piso de arriba.
Había colocado dos sillones en la esquina de la habitación con una mesa entre medias.
El objetivo era que los futuros lectores se sentaran y se relajaran.
También era el lugar ideal para sentarse y comer.
Estaba comiéndose el tercer trozo de pizza , pero el volumen de sus preocupaciones aumentó.
¿No era nada personal? ¿De verdad lo creía?
¿Podía creerse que un matón oportunista simplemente pasó por allí en el par de horas que ella se había ausentado?
¿Cómo supo que no había nadie dentro, en la planta de arriba o en la cocina?
¿Sabía sobre seguro que no había nadie porque había estado vigilándola?
¿La persona que entró era la misma que había estado en su puerta la noche anterior?
El dinero de la lata de té era otra pieza que debía encajar.
Vale, solo eran ocho libras, pero ¿acaso un ladrón no se las habría llevado?
A menos que no fuera el dinero lo que buscaba.
Quizá alguien no quería que la expresidiaria tuviera éxito. No deseaba una asesina en su zona. Sus vecinos habían sido agradables con ella, pero ¿qué decían a sus espaldas? ¿Estaban conspirando para deshacerse de ella?
No podía permitir que eso ocurriera…