El secreto de la librera Capítulo 12
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Capítulo 12

En vez de regresar al trabajo en cuanto se terminó el café, Helen decidió volver a casa y coger todo lo necesario para lo que podría terminar siendo una estancia prolongada en la librería.

Si la apertura era un éxito, si conseguía atraer estudiantes a su puerta y si la gente que vivía cerca se pasaba por allí con frecuencia, tendría el dinero necesario para pagar una alarma y todo volvería a la normalidad.

Había mucha incertidumbre. Tenía que ser fuerte durante un mes.

Quizá dos. No era lo ideal, pero era buena en ello.

Por suerte, como su casa y su negocio estaban tan cerca, podía ir hasta allí para darse una ducha cuando lo necesitara.

En su casa había alarma. No era de esas sofisticadas con monitoreo, pero emitía un ruido tan estridente que bastaba para asustar hasta al ladrón más valiente.

Ya había dado algunos pasos hacia casa, pero de pronto se acordó del cambio que quería conseguir para hacer frente al aluvión de clientes que el lunes le entregarían billetes de veinte libras.

El recuerdo la hizo sonreír de nuevo. La oficina de correos estaba en la dirección contraria, a pocos metros.

Si caminaba rápido, llegaría antes de que cerraran.

Había cola, como siempre, ella se balanceaba inquieta, de un pie al otro, preguntándose si debía tomarse la molestia de hacerlo.

Pero ya estaba allí y pocos minutos después retomó su camino a casa con veinte libras en monedas que le tintineaban en el bolsillo.

Aún le rondaban mil pensamientos sobre todo lo que le quedaba por hacer.

En casa, tardó más de lo que esperaba en cargar el coche con todo lo que podría necesitar.

Dudó de si llevarse la televisión, pero era un modelo antiguo y robusto que ocuparía demasiado espacio en el coche, así que la dejó.

Sacó los almohadones del sofá y llenó una maleta de ropa y otras cosillas que pensó que podría necesitar. Con eso, el coche ya estaba completo.

Como el tiempo pasaba más rápido de lo deseado, condujo de mal humor de vuelta hacia la tienda, que no estaba muy lejos, y aparcó directamente a la puerta.

Ya había empezado a abrir la puerta del coche cuando se detuvo y su mirada se quedó clavada en la tienda.

¿Había sido tan estúpida (o tan distraída) de haberse marchado sin cerrar bien la puerta?

Seguro que no, pero estaba entreabierta.

Solo llevaba fuera una hora y media. Sin embargo, ella, al igual que la mayoría de las personas, sabía la clase de desgracias que podían ocurrir incluso en menos tiempo.

De esas que acaban con la vida, de las que la alteran.

¿Estaba ocurriendo otra vez? Aturdida, abrió la puerta del coche y se bajó.

Se le ocurrió avisar a Alex o a Zander para que entraran con ella.

Solo para asegurarse. O podía sacar el móvil y llamar a la policía.

¿Y qué les diría? ¿Que la puerta de su tienda estaba abierta?

Pulsó el mando para cerrar el coche y avanzó despacio, dubitativa. El sol se reflejaba en las ventanas y le impidió ver el interior hasta que no estuvo más cerca. No parecía que hubiera nadie. Quizá solo se hubiera dejado la puerta abierta. ¿De verdad podía ser tan estúpida?

Claro que sí. Había estado en prisión por estúpida.

Se detuvo al lado de la puerta y husmeó por el agujero. No podía ver a nadie, aunque eso no significaba nada. Si había algún intruso, podía estar en el piso de arriba, en la trastienda o en la cocina. Podía estar haciendo un pícnic en su puto jardín trasero.

—¿Hola?

Le temblaba la voz. Si había alguien, si alguien se había colado, ¿de verdad pensaba que iba a responderle?

Comprobó la cerradura Yale. No estaba rota y la madera de alrededor permanecía intacta.

Recordó haber escuchado que ese tipo de cerraduras podían abrirse con una tarjeta de crédito, pero daba por hecho que era un mito.

Tenía mucho que hacer como para andar dando tumbos o preocupándose por si el hombre del saco andaba por allí esperándola o no.

Empujó la puerta abierta y el tintineo de la campana la asustó.

Si hubiera alguien merodeando dentro, también la habría escuchado.

Siguió caminando y se detuvo de nuevo, con la cabeza ligeramente ladeada, escuchando.

Esperaba que, si había un intruso, no estuviera escondido y haciendo exactamente lo mismo.

Si estaba allí, era mucho más paciente que ella.

Dejó la puerta abierta, siguió avanzando y su mirada saltaba de la escalera a la entrada de la cocina.

Estaba tan concentrada en buscar a un intruso que tardó un par de segundos en darse cuenta de lo que había ocurrido en su ausencia.

Cuando lo hizo, cuando se percató de lo que alguien había hecho, cayó de rodillas con un grito desgarrador.

Todos sus libros, los que había colocado cuidadosamente, yacían desordenados en el suelo.

Enterró la cara entre las manos y dejó que las lágrimas fluyeran para apartar aquel desastre de su vista.

Cuando se le entumecieron las piernas, se puso de pie con un hormigueo que la hacía tambalearse.

Buscó un pañuelo en sus bolsillos. Como no dio con ninguno, cogió la camiseta y se secó los ojos y la nariz.

El panorama no cambiaba con los ojos secos.

Eran horas de trabajo que tendría que repetir.

Y lo haría. La rabia había reemplazado al shock . La rabia era mejor. Haría que lo sobrellevara porque ya había pasado por cosas peores. Esta vez la controlaría, no dejaría que la llevara tan lejos. Esta vez no. No iba a volver a prisión.

Quien hubiera entrado era evidente que ya se había ido.

Ahora tenía que descubrir qué más había dañado.

Un vistazo rápido a la cocina le dio a entender que allí no había ocurrido nada.

Pero quedaba la planta de arriba. El deseo de volver a preguntar en voz alta era tan inútil como imposible de evitar.

Su «¿Hola?» hizo eco en el espacio vacío a medida que subía las escaleras con cautela.

Prácticamente se esperaba ver las cajas volcadas y su contenido desparramado por el suelo, así que se sorprendió y alivió al ver que estaban intactas.

La habitación más pequeña se había convertido en un trastero y una pared estaba repleta de estanterías.

La llave estaba en la puerta, pero, hasta entonces, nunca había tenido la necesidad de echarla.

Sin embargo, alguien la había abierto. Lo único que había guardado allí era una caja de libros demasiado antiguos, gastados y raídos para ser vendidos.

Acabaría en el punto limpio en algún momento.

Se había desplomado y los libros descartados formaban un triste montón.

Helen volvió a guardarlos en la caja y la empujó hacia una esquina. Cuando bajó las escaleras y escuchó las monedas tintineando en el bolsillo, recordó las cuatro monedas que la señora Evans le había dado. Las había guardado en una vieja lata de té que dejó en un cajón del escritorio.

Para su sorpresa, la lata de té seguía allí, intacta. Exactamente donde la dejó. ¿Qué clase de ladrón era ese al que ni siquiera le interesaba el dinero, ni siquiera una cantidad tan insignificante?

Aisló el pensamiento en el fondo de su mente y se puso la mano en la frente mientras se preguntaba por dónde empezar. Pensó en sus pertenencias, que estaban en el coche, y decidió que lo mejor era partir de ahí. Tenía sentido si había matones acechando.

Le llevó más tiempo de lo debido. Se quedó mucho tiempo de pie frente a la puerta de la tienda, mirando a través del panel de cristal para ver si había alguien sospechoso en la calle.

El coche estaba a pocos pasos, pero no conseguía dejar la puerta abierta por medio a que alguien se colara.

Por eso, descargar fue lento y laborioso.

Solo le quedaba un viaje y había cerrado el coche cuando Zander salió de la pizzería con una escoba. Cada día a las cinco en punto salía y barría la acera de enfrente del restaurante.

—Hola —le dijo mientras la saludaba con la mano.

—Hola.

Su sonrisa no debió de ser muy convincente, porque él se acercó de inmediato con una expresión de preocupación creciente en el rostro.

—Has estado llorando.

Intentó parar, pero cada vez que veía los libros esparcidos por el suelo, le brotaban más lágrimas. Soltó las bolsas que sostenía y se pasó la mano por los ojos.

—He tenido que salir un segundo y, por desgracia, he tenido visita mientras estaba fuera. Han causado cierto desastre.

—¡No! —Apoyó la escoba contra la pared y luego le dio una torpe palmada en el brazo—. ¿Has llamado a la policía?

Negó con la cabeza.

—No había nada que mereciera la pena robar y, además de tirar todos los libros de las estanterías, no han causado más daño. La policía no puede hacer nada y no puedo perder el tiempo lidiando con ellos.

No quería a la policía cerca para que le dijeran lo obvio: que necesitaba una cerradura y una alarma nuevas. En cualquier caso, ya se había hartado de policías y funcionarios de prisiones.

Vio que en sus ojos apareció una mirada de comprensión y, por primera vez, se percató de que los hermanos conocían su pasado.

Tendría que haberlo adivinado, claro. Los vecinos frecuentaban la pizzería y, aunque eran agradables y siempre la saludaban cuando la veían, su regreso había dado mucho de que hablar.

—Será mejor que entre —dijo recogiendo las bolsas que había soltado.

—Deja que te ayude —dijo Zander haciéndose cargo de una de las bolsas más pesadas que ella ya tenía en la mano.

Esperó a que abriera la puerta de la tienda—.

¡Joder, qué desastre! —Dejó caer la bolsa al suelo junto al resto de las pertenencias de la chica y se fijó en el revoltijo de libros—.

Me encantaría poder ayudarte, pero estamos a punto de abrir y Alex no puede encargarse solo.