El secreto de la librera Capítulo 11
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Capítulo 11

Helen sacó un libro de contabilidad de debajo del mostrador y lo abrió.

Su primera venta. Tenía que hacer algún tipo de ceremonia.

Cogió un bolígrafo y anotó las ocho libras con buena letra.

Tenía un programa de contabilidad instalado en su ordenador portátil.

Había pensado en llevarlo, pero al final decidió utilizar un libro de contabilidad tradicional.

Pegaba más con el rollo anticuado que esperaba haber creado.

Planeaba cerrar la tienda los miércoles por la tarde y los domingos.

En algún momento de aquellos días, se dedicaría a registrar las cantidades en el libro.

Ese era el plan. Pero no estaba escrito en piedra.

Le parecía más seguro, durante los primeros meses, ver cómo marchaban las cosas. Cambiar cuando fuera necesario.

Pasó la mano sobre la página lisa, cerró el cuaderno y lo guardó en uno de los cajones de debajo del mostrador.

Los libros estaban llamándola. Al igual que las estanterías vacías.

Estaba físicamente agotada por las semanas que había pasado preparando la tienda para la apertura y del trabajo de por la mañana, transportando cajas pesadas, pero fue la visita de su supervisora lo que la debilitó realmente.

Decidió que ya había hecho suficiente y recogió algunas cosas. En ese preciso momento, se dio cuenta de algo que no había hecho con los libros que le había vendido a la señora Evans: no les había estampado su logo en el interior. Tenía que acordarse de hacerlo si se los devolvía.

Parecía que la mujer había quedado satisfecha con la oferta del intercambio de libros.

Helen tenía que hacerlo oficial. Quizá hiciera algunos panfletos para promocionarla.

Pero esa tarea tendría que esperar. Probablemente, lo haría en una semana o dos, cuando todo lo demás estuviera colocado.

Recordó que tenía que llevarse las sobras de la pizza , cerró la puerta con llave y se fue a casa.

Una vez allí, cogió una cerveza de la nevera, se sentó con las piernas abiertas en el sofá y encendió la televisión.

Nunca había bebido mucho. No le había supuesto ninguna dificultad vivir sin ello durante sus años en prisión, pero había algo muy satisfactorio en el sabor de la cerveza helada y directa del botellín.

La pizza también estaba igual de rica fría que como había estado horas antes.

Quería desconectar, pero la película de catástrofes que eligió, por muy dramática que fuera, no le estaba llamando la atención.

Aún tenía mucho que hacer. Se había hecho listas e iba tachando ítems a medida que los completaba.

No se había dejado nada. Todo saldría bien y sería un éxito. Y ella estaría feliz.

«Sería feliz sin dolor físico o emocional. Su vida había dado un giro. La muerte de Toby le había puesto un espejo delante, no, un espejo no, una lupa, y se había visto a sí misma, el frío, la dura verdad sobre su vida, y odió quién era. Se vio, cambió y sería feliz».

Cuando se terminó la pizza y se terminó el botellín, ya había conseguido convencerse de ello.

Sin embargo, cuando se quedó dormida, empezó a soñar.

No era aquel breve y reducido destello rojo y el brillo de los cuchillos afilados a los que ya casi se había acostumbrado.

No, esta vez aparecía Toby tal como era en los inicios de su relación, cuando ella creía que la comprendía.

Cuando ella creía que él la quería y ella lo quería a él.

Y cuando alzó el cinturón y lo hizo estallar sobre su espalda, hubo amabilidad en aquel gesto, cierto entendimiento.

Y Helen sintió el dolor, sintió el placer, gritó profundamente, un intenso orgasmo la recorrió y la despertó al reducir su intensidad.

Esta vez gritó de disgusto consigo misma.

El odio hacia sí misma era un látigo cruel. El dolor físico y mental que le causaban eran mucho más dañinos que el cinturón que Toby usó contra ella o que las palabras que le susurró al oído los meses antes de morir. «Bicho raro. Puta depravada. Zorra patética».

Quizá Sarah tuviera razón y hubiera sido mejor mudarse a otra casa que no albergara todavía los ecos de sus palabras y sus actos. Cuando el negocio fuera bien, si aún seguía teniendo problemas, debía reconsiderar la idea.

Las palabras de Toby resonaban en el oído de Helen y le impidieron volver a quedarse dormida. Se quedó ahí tumbada, con los ojos cerrados, y esperó a que se hiciera de día. El antídoto contra el odio hacia sí misma era pensar en su preciada tienda y en los planes que tenía.

Pensó en su clienta de la tarde anterior y decidió que no le haría ningún mal tener algo de cambio por si acaso.

Cada vez más gente utilizaba las tarjetas de crédito, pero muchas personas mayores seguían prefiriendo el efectivo.

Si le entregaban un montón de billetes de veinte libras, tendría problemas.

El optimismo le sacó una sonrisa. La librería no sería una mina de oro, eso lo tenía claro.

Quería ganar lo suficiente para pagar las facturas, comer y comprar esa extraña cerveza.

La ropa no le interesaba mucho y adquiría casi todo lo que necesitaba en tiendas de caridad.

Tenía que resolver lo de las tarjetas de crédito.

Había comprado un datáfono, pero aún no le había echado un vistazo.

Además, quería probarlo para asegurarse de que sabía lo que estaba haciendo antes de usarlo el lunes en directo.

Para cuando se hizo de día mientras ella estaba concentrada en la tienda y en sus planes, ya se odiaba un poco menos.

Había sido una mala noche, no implicaba dar pasos hacia atrás.

Esa época de su vida ya había terminado.

Después de un desayuno rápido, como no tenía agendada ninguna recogida de libros, se fue andando hasta la tienda.

Quedaban dos días para la gran apertura del lunes.

Tenía que llenar el resto de las estanterías de la planta principal.

Si era necesario, bajaría algunos ejemplares de la planta de arriba.

También le llegarían las bolsas de papel.

Al comprar al por mayor, le salía más barato, así que pidió cuatrocientas.

Las pondría en la habitación más pequeña del piso superior, pues la había llenado de estanterías de almacenaje.

Estaba de pie, en la tienda, con una taza de café en la mano, tratando de decidir qué caja abrir, cuando escuchó que llamaban a la puerta y, al levantar la cabeza, se topó con la cara de Alex, que estaba asomado. La saludó cuando se percató de que le estaba mirando.

—Hola —dijo mientras abría la puerta—. ¿Quieres un café? No está tan bueno como el tuyo, eso sí.

—No, estoy bien, gracias. —No sonreía, lo que era bastante inusual, pero también estaba dudando, lo cual, por lo poco que ella sabía de él, tampoco era lo habitual.

—¿Va todo bien?

Levantó una mano corta y de dedos chatos, y la balanceó.

—No estoy seguro. Anoche, sobre las once, estaba mirando por la ventana cuando las luces de seguridad se encendieron. Si no hubiera estado mirando, no habría visto que había una persona en tu puerta. En cuanto las luces se encendieron, se piró.

Helen sintió la primera punzada de terror.

—¿En mi puerta?

—Justo enfrente, como si estuviera tratando de abrirla. Iba vestido de negro. Llevaba una sudadera, el uniforme de cualquier ratero, vaya.

Terror y, ahora, confusión.

—¿Ratero?

—Ladrón, querida, intenta seguirme el ritmo.

Ayudaría si no se dejara llevar por esa jerga cockney .

—¿Así que crees que había un ladrón intentando irrumpir aquí? —Le echó un vistazo a la estancia—. Es una librería de segunda mano. ¿Qué se puede robar?

Él levantó las manos.

—No soy un sabueso. Solo te cuento lo que vi. —Alcanzó la puerta y la golpeó—. Solo tienes una cerradura Yale. Tienes que reforzar la seguridad. Nunca sabes qué consideran valioso esos rateros.

Estaba causándole dolor de cabeza. O quizá fuera el pensamiento de que alguien había intentado colarse en su preciada tienda. Leía los periódicos, veía las noticias, sabía los daños irreparables que podían causar.

—No puedo creer que alguien quisiera entrar a robar libros.

Él la miraba como si la chica fuera idiota. Quizá lo fuera.

—Supongo que buscaban dinero, ordenadores o cualquier cosa que pudieran vender.

—Eso tendría sentido, cielo.

—Pero a vosotros nunca os han robado.

Les había preguntado la primera vez que se conocieron y le alivió escuchar que no.

Fue una de las razones por las que pensó que podría ahorrarse el ridículamente caro sistema de alarma.

También fue el motivo por el que conservó la antigua puerta con el panel de cristal.

No estaba en tan mal estado y una capa de pintura la transformó (y le ahorró cientos de libras).

—No, pero vivimos justo encima, mientras que tu tienda está claramente vacía desde que te vas.

—Claro, eso marca la diferencia. —Se frotó las mejillas con las manos—.

Puedo conseguir un cerrajero que me ponga una cerradura de embutir.

Eso ayudará, ¿no? —Quería que le dijera que sí, que sería lo ideal.

Quería que alguien le dijera que todo saldría bien.

Él no le respondió y ella suspiró—. No puedo permitirme un sistema de alarma.

Aún no. Supongo que la siguiente mejor idea es hacer lo que vosotros hacéis. Vivir en el piso de arriba.

No funcionaría a largo plazo: no lo había reformado para ser una vivienda.

En cualquier caso, el plan era utilizarlo como espacio de ventas y, con el tiempo, como lugar para celebrar clubes de lectura y charlas con autores.

Sería una solución a corto plazo hasta que pudiera contratar un sistema de alarma. Ningún bastardo asaltaría su tienda.

—¿Que vas a hacer qué? —chilló su hermana al otro lado del teléfono cuando la llamó más tarde para preguntarle cómo iba todo.

—Mudarme al piso de arriba hasta que pueda permitirme una alarma.

—¡Eso es ridículo!

No lo era. Era una solución sensata. En aquella planta había un inodoro y un lavabo, además de una cocina en la de abajo. Los almohadones de su sofá de casa serían una cama decente.

—Es una medida temporal.

Si le contaba a su hermana lo que Alex había visto, la preocuparía, así que optó por la solución fácil y no le dijo nada.

—Creí que te iba bien económicamente.

En sus palabras había un toque de crítica que le dolió, como si Helen la hubiera engañado de alguna manera.

—Sí, pero eso no significa que no tenga que ser prudente. —No tenía ningún sentido contarle a su hermana que tenía la tarjeta de crédito rozando el límite máximo—. Cuando tenga ingresos, todo irá bien.

—Si tú lo dices. —Sarah no parecía convencida.

—Muy optimista, gracias. Ahora lo más importante: ¿a qué hora vendrás el lunes?

Sarah se había ofrecido a llevar magdalenas el día de la inauguración.

Helen esperaba que junto a una copa de vino persuadieran a los clientes a cruzar la puerta.

El vino y las copas eran cortesía de Alex y Zander.

No le saldrían gratis, pero le hicieron un buen descuento.

Sarah sugirió utilizar plástico para evitar el fregado posterior, pero Helen quería respetar sus principios de sostenibilidad.

Nada de copas de plástico, nada de bolsas de plástico.

Dar con un cerrajero le llevó más tiempo de lo esperado y más dinero del previsto. Por desgracia, no podía ir hasta la mañana siguiente y, lamentablemente, le iba a costar más de lo que tenía pensado.

—Es muy caro —dijo apretando el móvil contra la oreja.

—Mañana es domingo. —Como si aquello lo explicara todo.

—¿Podría venir antes de las nueve del lunes?

—¿Antes de las nueve? Eso queda fuera de mi horario laboral, así que le cobraría lo mismo que el domingo.

Helen apretó con aún más fuerza.

—¿Y por cuánto saldría hacerlo el martes?

Casi la mitad de precio. Era mucho más de lo que había planeado pagar, pero algo era algo.

—Vale. Entonces, ¿puede venir el martes, por favor?

—Necesito cobrarle una señal —dijo—. Hay mucha gente que nos hace perder el tiempo.

—Sin problema. —Leyó en alto el número de su tarjeta, ignorando el chirrido que estaba segura de haber oído cuando sobrepasó su límite de crédito.

Hasta que tuviera una nueva cerradura, podía colocar una silla bajo el pomo de la puerta por la noche.

Serviría para disuadir a cualquier intruso.

Una vez atajado ese problema, se concentró en colocar los libros en las estanterías.

Trabajó sin descanso, disfrutando enormemente al ver cómo se formaban las filas.

El montón de libros descartados, aquellos que no colocaría en los muebles, era pequeño, por suerte.

Algunos estaban muy usados para ser vendidos; otros eran novelas eróticas y no le apetecía tenerlos.

No quería incentivar ese tipo de clientela.

A las dos hizo un descanso. Cogió su taza de café, fue al jardín y se sentó para disfrutar del sol.

Dos días más tarde empezaría su nueva vida.

Se lo merecía. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared que tenía detrás.

Su pasado era una úlcera molesta que nunca se curaría, el sueño se lo había demostrado, así que debía dejar de engañarse a sí misma.

Lo único que podía esperar era que volviera a formarse una costra que ocultara las mentiras que había dicho.