Capítulo 10
Cuando Helen vio que el coche se marchaba, soltó el pomo de la puerta y se giró para volver a adentrarse en el local.
Ya había cerrado la puerta, pero se percató de la presencia repentina de un rostro en el cristal.
Era una cara arrugada que inmediatamente le recordó a la anciana que había conocido ese mismo día.
Quizá esa fuera la razón que la llevó a abrir la puerta de nuevo en lugar de apuntar a la señal de «Cerrado» que colgaba en mitad del vidrio.
—¿Llego muy tarde? —La voz era firme y ligeramente elevada, en contraste con el cuerpo frágil—. Me he quedado sin nada que leer.
¿Cómo se suponía que Helen podría resistirse a una súplica sincera? En vez de señalarle que más que llegar muy tarde, la mujer se había adelantado un par de días, se echó a un lado y le hizo un gesto para que entrara.
—Puede echar un vistazo si lo desea, pero no abro oficialmente hasta el lunes.
—Es muy amable por su parte —dijo la mujer mientras se apresuraba a entrar como si temiera que Helen cambiara de opinión—. ¿Es usted la dueña del negocio?
—Sí, soy yo.
—Me gustan el nombre y el logo.
Helen se sonrojó de gusto.
—Me pareció una buena idea sacarle el máximo partido a mi apellido. Con el tiempo, espero hacer bolsas de tela, tazas y otros artículos que lleven el logo impreso.
La mujer sonrió con cierto entusiasmo, asintió y se paseó entre las estanterías a medio llenar. Helen intentó no ofenderse. No a todo el mundo le iba a interesar adquirir productos relacionados con los libros.
—Aún no he sacado muchos ejemplares, así que quizá no encuentre lo que busca. Quizá —dijo mientras se desplazaba para unirse a la mujer— si me dice qué tipo de libros le gustan, puedo ayudarle.
—Qué amable. Me llamo Joyce, por cierto. Joyce Evans.
—Encantada de conocerla, señora Evans.
—Llámeme Joyce. —Se inclinó para ojear los libros de la estantería más baja antes de volver a enderezarse y girarse de nuevo hacia Helen—. Me gustan sobre todo los libros más literarios.
Por desgracia, las primeras pocas cajas que Helen había abierto estaban repletas de literatura de género, principalmente, de novelas negras.
—Tengo algunas cajas en el piso de arriba que aún no he podido abrir. Espere, sacaré algunos libros y veré si algo le puede interesar.
Se alejó rápidamente antes de que Joyce pudiera responder. De pronto, hacer su primera venta era ridículamente importante.
Sin saberlo, la supervisora le había facilitado las cosas a Helen. Como ya había dos cajas abiertas, cogió algunos libros de la parte alta de cada una de ellas y volvió al piso de abajo con la esperanza de que su primera clienta inesperada aún siguiera allí.
Se encontraba hojeando un libro, con el gesto torcido.
Lo dejó de lado cuando Helen apareció y se limpió como si se hubiera contaminado.
Cuando miró el título, tuvo que contener las ganas de reír.
Había dudado de si poner Cincuenta sombras de Grey en la estantería, no estaba segura de poder venderlo, pero ¿quién era ella para juzgar el gusto lector de otras personas?
Definitivamente, no era del rollo de aquella mujer tan pulcra y delicada.
—Aquí tiene —dijo a la vez que depositaba la pila de libros sobre el mostrador—.
Quizá encuentre algo que le guste. Los extendió.
Eran libros de Ernest Hemingway, Henry James, Kazuo Ishiguro y otros muchos.
La señora Clough había leído mucho y los volúmenes demostraban que se decantaba más por la narrativa—. Espero que estos le gusten más.
—Son algunos de mis escritores favoritos —dijo Joyce mientras pasaba la mano por los libros, los cogía, leía las sinopsis de las contracubiertas y los volvía a dejar.
Helen no tenía prisa. Le relajaba ver a alguien a quien, evidentemente, le gustaba leer. Calmó sus pensamientos y le hizo olvidar la visita de Moira Manson.
—Me llevaré estos cuatro.
—Buena elección —dijo Helen, aunque no había leído ninguno de los libros que la mujer había escogido—. Hemingway nunca defrauda, ¿no?
— Adiós a las armas es uno de mis libros favoritos. Sin embargo, estas son historias cortas —dijo Joyce golpeteando la cubierta—. No las he leído.
Helen se percató de algo horrible.
—Lo siento muchísimo. Aún no tengo bolsas.
Joyce sonrió, se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de plástico.
—Nunca salgo de casa sin una. Como soy pensionista, no puedo permitirme pagar por una cada vez que voy al supermercado.
«Como soy pensionista». Habían llegado a la parte que Helen sabía que más le costaría.
Esa en la que tenía que recordarse a sí misma que aquello era un negocio, no una ONG .
Le había dado vueltas a la idea, pero aún no había ido al meollo del asunto.
Lo supo en cuanto aquellos ojos acuosos, de un azul claro, la miraron fijamente.
Cogió una de sus tarjetas de visita y apuntó la fecha en el reverso junto a los títulos de los cuatro libros.
—Cada libro cuesta dos libras —dijo—. Pero tengo una promoción especial por si quiere beneficiarse de ella.
—Le entregó la tarjeta de visita a la mujer—.
Cuando alguien se lleva cuatro libros, como usted, si los vuelve a traer en dos semanas en las mismas buenas condiciones, puede cambiarlos por otros cuatro gratuitamente.
Si quiere quedarse uno de los libros o más de uno, puede cambiar los que no desee.
Contuvo el aliento para ver si la oferta era razonable. Era buena. Para sacarle provecho, dependía de que los lectores quisieran quedarse los libros que les hubieran gustado o que se los dieran para que otros los leyeran. Si volvían para devolver uno, estarían tentados a comprar más.
—Tendrá que traer la tarjeta con usted para activar la oferta.
—Pues me parece muy buen trato.
Helen tuvo un momento de pánico al ver cómo rebuscaba torpemente en su bolso. De repente, se dio cuenta de que no podía cobrar con tarjeta. Estaba a punto de disculparse, pero Joyce sacó de un monedero un montón de monedas de dos libras y puso cuatro sobre el mostrador.
—Aquí tiene. Ocho libras. —Guardó el monedero, colocó los libros cuidadosamente dentro de la bolsa y le estrechó la mano a Helen—. Supongo que soy su primera clienta. Le irá bien, estoy segura.
Helen cerró la puerta y echó la llave cuando se marchó. Se giró e hizo sonar las cuatro monedas en su mano. Ese… ese era el sentimiento al que quería aferrarse. Ese era su futuro.
Tenía que asegurarse de que su pasado, Moira incluida, se quedaran exactamente donde estaban.