El secreto de la librera Capítulo 9
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Capítulo 9

Tardó dos horas en mover las dieciséis cajas desde la casa de Lansdown Road hasta la tienda, y casi eran las seis cuando Helen llegó con la última.

Dado que estaba muy cansada, lo último que necesitaba era ver a una mujer parada en la puerta de la tienda, con el teléfono en la mano, mandando mensajes a Dios sabe quién.

No eran para ella. Helen comprobó su teléfono por si acaso y le alivió ver solo mensajes de su hermana.

No esperaba ninguna visita de aquella mujer.

Tampoco la quería. Contrariamente a la actitud amistosa que la supervisora de la condicional siempre intentaba transmitir, Moira Manson no era su amiga.

Helen no podía quedarse toda la tarde sentada en el coche.

—Hola —dijo al salir para tratar de sonar amable—. Lo siento, ¿habíamos quedado?

Helen ya llevaba tres meses fuera de prisión. Durante las primeras cuatro semanas, Moira la había llamado. El segundo y el tercer mes aquello se redujo a un contacto quincenal. Ahora solo tenía que ver a la irritante mujer una vez al mes hasta que terminara su permiso de veintiún meses.

La había visto por última vez hacía dos semanas, así que no debería haber estado allí en la tienda. Helen había pedido que las visitas fueran en su casa. No quería que aquella mujer contaminara su nueva vida con los oscuros colores de su pasado.

Moira terminó de teclear en su teléfono y sonrió.

—No es una visita oficial. Quería pasarme para desearte muchísimo éxito con esta increíble librería.

—Gracias. —«Y ahora, vete»—. Si eso es todo, necesito desempaquetar estas cajas.

Sonó maleducada. Despectiva. No le importaba. No eran amigas. Esperaba que Moira captara el mensaje y se marchara. Sin embargo, para su desgracia, hizo un gesto hacia el coche cargado.

—Parece que necesitarás una ayudita con todo eso. Soy más fuerte de lo que parezco.

Antes de que Helen pudiera iniciar una discusión, antes de que pudiera decirle que no quería ayuda, que no quería que tocara sus preciosos libros con sus manazas, Moira abrió la puerta del copiloto y tiró de una caja.

—Venga, abre la puerta de la tienda.

Helen respiró hondo, sintió que le rechinaban los dientes y que le subía la tensión. Sería idiota si se enemistara con una mujer que tenía tanto poder sobre los meses venideros. Asintió, se dirigió a la puerta principal, insertó la llave en la cerradura y abrió la puerta.

—¿No tienes alarma? —dijo Moira detrás de ella—. Es un poco arriesgado, ¿no?

Lo era. Helen no necesitaba que se lo dijeran.

Había planeado comprar una, pero se había echado atrás por el coste y había decidido posponerlo hasta que pudiera permitírselo.

Había justificado la decisión pensando que quién querría entrar en una librería de segunda mano.

Nadie estaba tan desesperado por conseguir un libro que leer.

—Está en mi lista de cosas pendientes —dijo molesta por tener que darle explicaciones.

—Vale, ¿dónde quieres que deje esto?

Por mucho que quisiera librarse de su visita inesperada, parecía lógico aprovecharse de ella, ya que se había ofrecido.

—En la planta de arriba, por favor. —Helen señaló la escalera y regresó al coche para coger otra caja.

—Yo me encargo de la siguiente —dijo Moira cuando se cruzaron en la entrada.

Helen subió las escaleras a duras penas, dejó la caja encima de otra y se giró para bajar, pero se detuvo en cuanto escuchó unos pasos que se aproximaban.

—Solo queda una. Te espero aquí —dijo Moira a la vez que colocaba cuidadosamente en lo alto del montón la caja que llevaba.

Helen no quería que la esperara. No quería que estuviera allí, punto.

Sin embargo, como no podía pedirle a la supervisora que se largara de su tienda (algo que ansiaba hacer, pero que, de momento, no era tan estúpida para decirle), apretó los labios en lo que pareció una sonrisa, se giró sin mediar palabra y bajó las escaleras de dos en dos.

Un par de minutos más tarde, cuando se giró, le enfureció ver que Moira había abierto la caja que había subido y que estaba cotilleando en su interior.

—¿Encuentras algo interesante?

Moira no la escuchó o, lo que era más probable, prefirió ignorar el gran sarcasmo de sus palabras.

—En esta no y en aquella tampoco. —Con un movimiento brusco de barbilla, señaló la caja que estaba en lo alto de la pila que tenía al lado.

¡La cabrona había abierto dos!

—Bueno, no sabes lo que me interesa. —Helen cerró las solapas de la caja y Moira tuvo que sacar las manos—. Quiero tener un poco de todo, así que estoy segura de que les encontraré un buen hogar a todos ellos.

—Algunos son bastante antiguos. ¿Te estás planteando dedicarte a ejemplares únicos?

Para Helen, los libros estaban hechos para ser leídos, no para exponerse en vitrinas y manipularlos con guantes de algodón que se conservaban por su antigüedad más que por su contenido.

—No, no tengo ni conocimientos ni interés en esa rama.

—Es muy inteligente ceñirte a lo que controlas. —Moira echó un vistazo a los montones de cajas—. Si quieres, puedo quedarme y echarte una mano. Quiero pensar que soy tu amiga, no solo tu jueza de vigilancia penitenciaria.

¿Estaba escrito en alguna parte del libro Cómo ser una buena jueza de vigilancia penitenciaria que debía tratar a una exconvicta como si fuera su amiga?

¿Se había dejado embaucar por la cordialidad forzada de Helen pensando que habían desarrollado una relación más personal?

¿O Helen era una actriz muy buena? Siempre lo había sido, pero después de lo de Toby, era carne de Óscar.

—Es muy amable por tu parte, pero voy a dar el día por terminado y me iré a casa.

—Vale. —Moira ojeó la habitación—. Has hecho muy buen trabajo con este sitio. Leí los detalles en la página web de la inmobiliaria cuando estaba en venta.

La estaba vigilando. Helen siempre había sido recelosa de su vida privada. Para ella era una necesidad. Le irritaba pensar que esa mujer tenía derecho a entrometerse y husmear en su vida. Su sonrisa se convirtió en un rictus doloroso mientras esperaba a que Moira se marchara por fin.

Su ida se demoró en la planta de abajo, cuando le pidió que le enseñara el jardín.

—En la web parecía un lugar amplio.

Era incapaz de pensar en un motivo para no enseñárselo.

Decirle «Vete, por favor, pírate y déjame un poquito de privacidad» no le parecía racional, así que Helen conservó su dolorosa sonrisa y la guio hasta la parte trasera del edificio.

Cuando abrió la puerta de atrás, señaló el jardín con la mano.

—Era un caos, todo estaba cubierto de vegetación. Ya he podado mucho, pero aún no he tenido tiempo de hacer nada más con ello.

No iba a compartir sus planes. Al menos esos sí podía mantenerlos en secreto.

Por suerte, Moira no propuso explorar el jardín y se conformó con echarle un ojo antes de volver a la tienda.

—Bueno, será mejor que me vaya. Has hecho muy buen trabajo. Te deseo lo mejor. Intentaré llamarte el día de la apertura. El lunes, ¿no?

Sí, el lunes. Era un día que Helen llevaba mucho tiempo esperando. Se negaba a que aquella mujer lo arruinara. Decidió que era hora de dejar las cosas claras. De manera educada, pero tajante.

—Te lo agradezco, pero no es necesario. Si te soy sincera, y sé que me entenderás, me gustaría diferenciar mi nueva vida y la antigua. No dejar que los errores que cometí en el pasado empañen mi futuro. Lo comprendes, ¿verdad? —«Por favor, entiéndelo, vete y déjame en paz».

—¿Los errores que cometiste en el pasado?

—Moira levantó la mano para acariciarse la barbilla y se tocó los labios con el dedo índice—.

Hmmm —dijo penetrando a Helen con la mirada—, me preocupa un poco que consideres un error asesinar a alguien.

—Mantuvo el gesto durante unos momentos antes de bajar la mano y sacudir la cabeza—.

Dejémoslo en que es cosa del estrés de abrir tu nuevo negocio, ¿vale?

Y entonces se fue y Helen se quedó de pie, en medio del negocio de sus sueños, con ideas de asesinato rondándole por la cabeza.

Odiaba a Moira por ello. Por llevarla de vuelta al sitio que quería y necesitaba dejar atrás a toda costa.

Helen no era una persona violenta. Matar a Toby había sido una aberración.

Un caso aislado. O tal vez él fue la gota que colmó el vaso.

Pero también significó un punto final. Esa vida había terminado.

Ella no tenía intención de matar de nuevo.