El secreto de la librera Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Como no había señales de que la señora Clough fuera a volver, Helen se puso de pie y fue directa a las cajas.

Esperaba poder echarle un vistazo a lo que hubiera dentro, pero estaban cerradas.

Rodeó la primera caja con los brazos y la levantó.

Era pesada, pero podía con ella. Sin embargo, no se imaginaba a la pequeña mujer anciana moviéndolas. Imaginó que había tenido ayuda.

Dejó las cajas de lado y caminó hacia la otra parte de la habitación, donde encontró fotografías enmarcadas que adornaban la chimenea.

Quien hubiera medio limpiado la cómoda no había hecho ni el más mínimo esfuerzo allí.

El polvo y los hilos de telaraña iban de un marco a otro como si fueran escalofriantes decoraciones de Navidad.

En la exposición de fotografías en blanco y negro o a color, pero desgastadas, había dos imágenes más recientes que destacaban de manera llamativa.

Aparecía la señora Clough, que tendría unos ochenta y cinco años, y se aventuró a pensar que el chico y la chica jóvenes que tenía al lado eran sus nietos, quizá sus bisnietos.

Esperaba que fueran amables con aquella anciana.

Quizá fueran ellos quienes la ayudaran a hacer limpieza.

—Aquí tienes. —La señora Clough entró en la habitación con una bandeja.

A Helen, que esperaba ver tazas y platillos de porcelana pija, le resultó hasta gracioso ver tazones de melamina de un rojo brillante, un pequeño cartón de leche y galletas Garibaldi en un paquete sin abrir.

Cuando las dos se sentaron y tuvieron una taza entre las manos, la señora Clough se reclinó.

—Háblame de tu tienda.

Era la pregunta perfecta y, conforme hablaba, toda la paranoia y los miedos de Helen se redujeron. Los libros. Entre ellos era la más feliz.

—Se llama Appleby Books. Abro el lunes.

También le habló de su proceso de búsqueda del local ideal y de la reforma.

Cuando terminó, la señora Clough sonrió.

—Parece un lugar mágico. Te aseguro que amas los libros tanto como yo. Mi sobrino nieto los detesta y es quien me ha ayudado a empaquetarlo todo. Si dependiera de él, los habría tirado a la basura.

Alguien que odiaba los libros. Aquello tenía nombre.

—Es un filisteo.

La señora Clough sonrió.

—Así es. Cuando vi tu anuncio, sentí que respondía a todas mis plegarias.

—No puedo pagarte mucho —dijo Helen rápidamente—. No soy comerciante de libros, sino una simple librera. Si tienes primeras ediciones o algo similar, tendrás que buscar a un experto. Alguien que pueda permitirse pagarte bien.

La señora Clough negó con la cabeza.

—He sido una ávida lectora toda mi vida.

Solo son libros que me han gustado. Estaré encantada de ver que encuentran un nuevo hogar.

De saber que otros los aman. —Echó un vistazo a la habitación mientras sus ojos perdían el enfoque—.

He vivido sesenta años aquí. Toda mi vida de casada.

Mi marido falleció hace cuatro años. Supongo que, desde entonces, no he podido sobrellevarlo todo.

Tuve una limpiadora, pero se marchó el año pasado y nunca me molesté en buscarle reemplazo.

Como ves, las cosas han ido empeorando. Ahora me voy a mudar a un apartamento.

Es una vivienda protegida. Allí estaré a salvo.

La tristeza en su voz era más que evidente. Era el final de su vida tal como la había conocido.

—Lo siento.

La señora Clough extendió una mano delgada y huesuda y la posó sobre el brazo de Helen.

—Yo también, querida, yo también. —Después, como si hubiera decidido que era hora de volver a los negocios, apuntó hacia las cajas—.

Algunos son antiguos, pero otros los compré en estos últimos años porque no salía mucho de casa y disfrutaba aún más de la lectura.

—Apoyó la taza, de la que casi no había bebido, y volvió a recostarse, como si la conversación la hubiera agotado.

—Si me dices cuánto pides por ellos, veré si puedo pagarlo. Puede que solo pueda permitirme una parte. —Era un negocio, tenía que ser práctica.

—No, querida, no lo entiendes. No quiero que me pagues. Solo quiero deshacerme de ellos para que Jared no los tire a la basura.

¡Libros gratis! Helen le echó un vistazo a la montaña de cajas. Aunque la mitad estuvieran para tirar o fueran enciclopedias (Dios no lo quisiera), por fuerza tenía que encontrar algo que pudiera vender.

—¿Estás segura? ¿A tu familia no le importará que los regales sin más?

La expresión de Mrs . Clough cambió de amigable a amenazadora e hizo que Helen tragara saliva.

—Seré vieja. Seré frágil, incluso. Pero lo que no soy es débil de mente, así que si te preocupa estar aprovechándote de una anciana demente, piénsatelo mejor.

—Se arrastró hacia el borde del sofá y después usó el reposabrazos para ponerse de pie—.

Mi sobrino nieto estará encantado de ver que estas cajas se han esfumado.

Le ahorrará el coste del contenedor que amenazaba con contratar.

Se quedó mirando a Helen con el ceño fruncido durante un momento antes de que la expresión de enfado se esfumara tan repentinamente como había aparecido.

—Llévate los libros, querida. Haz que tu nuevo negocio triunfe. Los amantes de los libros son buena gente. Estoy encantada de poder ayudarte, aunque sea con este pequeño gesto.

Helen esperaba que la señora Clough viviera el resto de su vida con la certeza de que todos los amantes de los libros eran buenas personas.

Helen sabía que no era así. Le encantaban los libros, la magia de las palabras entre las cubiertas, la capacidad de transportarse a otra época y lugar o de transformarse en alguien completamente diferente durante unas horas, pero eso no la convertía, en ningún sentido de la palabra, en una buena persona.

No había forma de explicarle a aquella mujer ilusa, frágil y anciana que los libros fueron los que impidieron que a Helen la engullera la oscuridad que la vida no dejaba de arrojar sobre ella. Lo cierto era que no amaba los libros: los necesitaba.