Capítulo 8
Cuando llegó la hora de que Helen saliera para hacer una recogida que sonaba prometedora, aún no había logrado acabar con todo el trabajo que esperaba dar por terminado.
La habían llamado dos días antes y respondió con un alegre «Appleby Books, dígame».
Aquellas palabras aún eran nuevas para ella y sentía cierta emoción cada vez que las pronunciaba, así que le costó un par de segundos analizar el largo silencio que se hizo al otro lado de la línea.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Estaba a punto de colgar, pero oyó cómo alguien se aclaraba la garganta—. ¿Hola?
—Lo siento. —La voz era tranquila, grave y temblaba de una forma muy particular—. Es culpa de este aire seco y polvoriento —dijo como si aquello lo explicara todo.
Helen esperó.
—He visto su anuncio. En el periódico. Busca libros. —Eran frases cortas intercaladas con grandes bocanadas de aire—. Estoy limpiando. Los libros deben marcharse.
El hecho de hacer limpieza era una de las excusas más frecuentes que le habían puesto a Helen aquellos que querían deshacerse de los libros. A ella le venía genial. Ellos querían tirarlos; ella, adquirirlos.
—Estupendo —dijo ella—. Aún tardaré algunos días en abrir mi tienda, pero estoy aquí casi todos los días si quiere pasar a dejarlos.
—Tengo muchísimos. ¿Sería posible que pasara a recogerlos?
Aquel «muchísimos» alertó a Helen.
—Claro, no hay problema. Estoy libre el viernes, ¿le va bien?
—Perfecto.
Helen levantó una ceja cuando anotó el nombre y la dirección que le dieron de forma entrecortada.
Estaba en una zona muy sofisticada de Bath.
Esperaba que los libros de los que la señora Clough quería deshacerse no fueran una enciclopedia completa.
O peor aún: dos enciclopedias completas.
Helen ahogó una carcajada y le prometió a la señora que iría en un par de días.
Ya era viernes por la tarde. Se puso de pie y suspiró.
Tendría que haberle hecho más preguntas a la señora Clough.
Por ejemplo, cuántos libros eran «muchísimos».
En el mejor de los casos, abriría la puerta trasera de su coche, bajaría los asientos traseros y crearía una superficie plana.
Si «muchísimos» era real, tendría espacio suficiente.
Se subió al vehículo y condujo la corta distancia que la separaba de Lansdown Road.
Solo tardó seis minutos, pero las diferencias eran más que evidentes.
Aquí el tráfico era más fluido y las casas, que se disponían a cierta distancia de la carretera, eran enormes mansiones independientes o adosadas.
Se detuvo frente a la casa de la señora Clough y se quedó mirando a través de la puerta abierta. Después se bajó del coche y recorrió el pequeño camino de entrada, hecho de piedra, que la condujo hasta la puerta principal.
Había un timbre integrado en la piedra, a un lado.
Sintiéndose ligera y estúpidamente aprensiva, Helen lo pulsó una vez y oyó que sonaba dentro.
Recordó el tono dubitativo en el que hablaba la propietaria, así que no esperó una respuesta rápida.
Sin embargo, se sobresaltó porque la puerta se abrió casi de inmediato.
Aquella reacción pareció divertir a la anciana de complexión delgada.
—Te estaba esperando —explicó—. Normalmente no recibo muchas visitas.
Helen se sintió juzgada por aquellos pequeños ojos azules en un rostro muy maquillado y arrugado.
Intentó parecer profesional, digna de su confianza.
Intentó no mirar la cabellera de la mujer, que era blanca como la nieve.
Tenía que ser una peluca, ¿no? Soltó una risa nerviosa y metió la mano en el bolsillo para sacar una tarjeta de visita.
—Soy Helen Appleby, de Appleby Books —dijo mientras extendía la mano con la tarjeta entre los dedos.
La mujer la cogió y la examinó, tanto por el recto como por el anverso, y después asintió.
—Me gusta su logo. Es inteligente. Y adorable.
La señora Clough dio un par de pasos torpes hacia atrás, abrió aún más la puerta y le hizo un gesto a Helen para que entrara en la casa.
De repente se percató de que nadie sabía dónde estaba.
No le había dicho ni a su hermana ni a nadie adonde iba.
Detrás de la mujer había un pasillo tenuemente iluminado, era casi lúgubre.
Todo eran sombras y esquinas oscuras. Parecía enmarcarla a ella y a su extraño cabello blanco, casi luminoso, haciéndola parecer antinatural e irreal.
Helen volvió la vista hacia la carretera.
No pasaban ni coches ni peatones. Si gritaba para pedir ayuda, nadie acudiría.
Deslizó la mano en el bolsillo de su chaqueta y rodeó el móvil con los dedos.
Podía sacarlo, fingir que tenía que atender a alguien y hacer una llamada rápida para pedir ayuda.
Pero ¿a quién llamaría? A la policía. ¿Y qué les diría?
Que una mujer mayor la había invitado a entrar en su casa.
Una mujer con la que Helen había concertado una cita.
¿O llamaría a su hermana? Era más probable que la comprendiera, pero incluso ella levantaría una de sus cejas gruesas y le diría a Helen que se controlara.
Como si escuchara las mordaces palabras de su hermana, se dio mentalmente un golpe en la frente.
¿En serio? Primero, Alex y Zander; ahora, esta pobre mujer.
Su experiencia con Toby le hacía dudar de todo el mundo.
De los actos de cualquiera. Sospechaba que estaba rozando la paranoia.
Estaba convencida de que cada persona que conocía iba a por ella.
Por culpa de Toby había perdido años de su vida.
Se negaba a que siguiera destrozándola. También se negó a escuchar la vocecilla de su interior que se burló y le preguntó: «¿Y qué hay de todos los años de Toby que tú, Helen, le has arrebatado?
». Era la culpa, su eterna compañera, que le hablaba en un tono chillón, insistente y que resonaba de manera dolorosa en su interior.
Había aprendido a no ignorarla y a convivir con ella. No tenía otra opción.
El pasillo no solo era oscuro, sino también frío.
En una esquina había un perchero de madera de caoba cargado de sombreros y abrigos.
Helen se estremeció al ver las telarañas que se extendían desde el cuello de uno hasta la manga de otro.
Contra la otra pared había una cómoda repleta de figuras de porcelana.
El polvo se acumulaba y las telarañas, con un patrón de encaje, se balanceaban entre ellas con la corriente de aire que entraba por la puerta abierta.
Cuando se cerró de golpe detrás de ella, Helen chilló e inmediatamente se apresuró a ocultar su vergüenza tapándose la boca con la mano y tosiendo.
—Lo siento —dijo a la vez que agitaba la otra mano a modo de disculpa—. Tengo asma.
El asma te hacía toser, ¿no? No tenía ni idea, pero parecía que la excusa había funcionado. Ahora el rostro de la señora Clough mostraba preocupación.
—¿Le traigo un vaso de agua?
Helen tosió débilmente de nuevo antes de retirar la mano.
—No, gracias, ya estoy mejor.
—Hay algo de polvo, sí, no creo que te venga bien.
¿«Un poco de polvo»? Si Helen levantara cualquiera de esas figuritas, apostaba lo que fuera a que encontraría un hueco de medio centímetro de espesor en la cómoda.
—Venga, pase a la sala de estar. —La señora Clough cruzó el pasillo hasta llegar a una de las puertas que daban a la otra estancia. Durante unos instantes luchó con el pomo de la puerta y lo sacudió de un lado a otro—. Todo se cae a cachos —susurró. Luego, con un movimiento final, lo giró.
Llevaba a otra habitación gris. Unas cortinas pesadas cubrían la ventana salediza y colgaban de lado: una parte estaba abierta y la otra estaba completamente cerrada, así que le cerraba el paso a gran parte de la luz natural. La suciedad contribuía a oscurecer el resto.
Se había hecho algún esfuerzo. Uno muy a medias.
Había limpiado el polvo de la parte delantera de una de las cómodas, aunque quedaba una gruesa capa en la parte trasera.
Solo había un pequeño sofá en la estancia.
Unas muescas en la alfombra mostraban que una vez hubo otros muebles.
Posiblemente, aquello era parte del vaciado que la mujer había mencionado.
Helen sintió cierta pena por ella. Quizá había vivido allí toda su vida y ahora se veía obligada a venderlo todo porque ya no podía más. Quizá llevara así mucho tiempo.
—Gracias por contactar conmigo, señora Clough —dijo intentando mantener el tono empresarial de la visita.
—Oh, por favor, llámame Jen —dijo la mujer a la vez que sonreía y le pedía a Helen que se acercara al sofá—. Siéntate. Iré a preparar un té para las dos y después hablaremos sobre mi colección de libros.
¿«Colección de libros»? Helen quería levantar la mano y decirle a la mujer que no era comerciante de libros en busca de ejemplares únicos y antiguos.
Era una simple librera. Prefería los libros de segunda mano.
Los que tenían historia. Los que otros ya habían leído.
Libros que habían sido mancillados al doblarse las esquinas de sus páginas.
Esos en cuyos márgenes los lectores habían anotado palabras (de discrepancia, de acuerdo), que estaban dedicados, con amor, por algún amigo o pariente.
Antes de que pudiera hablar, la mujer regresó al pasillo y se esfumó. Helen oyó el traqueteo de otro pomo de puerta y luego, silencio.
Poco a poco, sus ojos se iban acostumbrando a la iluminación tenue. Al mirar alrededor, en el rincón más oscuro de la habitación, pudo distinguir la forma de unas cajas. De varias pilas. Tres, de hecho.
—Joder —susurró. En su auto cabían cinco cajas, como mucho. Necesitaría hacer varios viajes para llevarse todo.