El secreto de la librera Capítulo 7
15%

Capítulo 7

El cansancio provocó que Helen se durmiera pronto, aunque la maraña de pensamientos la despertó justo cuando la luz se colaba por los bordes de las cortinas a las cuatro de la madrugada del día siguiente.

Durante unos minutos siguió tumbada, con los ojos cerrados, esperando volver a quedarse dormida.

Sin embargo, muchos de sus pensamientos tenían filos cortantes e impedían que regresara a ese estado.

A las cuatro y media se preguntó si sencillamente tenía que darse por vencida y ponerse con todo lo que tenía que hacer.

Decidió que aquella era la mejor opción, así que retiró el edredón incorporándose y se puso en pie.

Durante el desayuno hizo planes en su cabeza para el día que tenía por delante.

En primer lugar, seguiría desempaquetando las cajas que quedaban.

Hasta hacía no mucho, habían sido sus libros y en su mayoría eran de ficción: criminal, unas cuantas novelas románticas y algunos clásicos antiguos.

Por desgracia, todos tenían más de dos años.

Esperaba haber encontrado libros más nuevos y una mezcla más ecléctica en las cajas que había adquirido durante las últimas semanas.

Más allá de echarles un vistazo rápido para asegurarse de que no eran una completa basura, había aceptado sin rechistar lo que le ofrecieron.

No se podía permitir ser exigente. Al menos, no por el precio que estaba dispuesta a pagar.

La mayoría de las personas se habían sentido aliviadas de poder deshacerse de lo que era un exceso de libros, y habían quedado conformes con las pocas libras que ella les ofrecía.

Le animó pensar en todo lo que tenía que hacer.

Cogió el bolso y las llaves, y salió. Como tenía dispuesto llevar a cabo una recogida aquella tarde, tenía sentido ir en coche.

Aparcó en la calle, a la puerta de la tienda, y se quedó sentada un momento mientras la miraba fijamente a través de la ventana del vehículo.

Tenía buena pinta. El cartel pintado a mano que colgaba sobre la puerta principal con el texto APPLEBY BOOKS en negrita había quedado mejor de lo que esperaba.

Le había dado vueltas a la idea de añadir también el logo al cartel, pero, finalmente, había terminado optando por hacer algo sencillo.

Abrió el cerrojo y empujó la puerta. La campana que había puesto en lo alto para alertarla cada vez que entrara un cliente tintineó a modo de saludo. Aquello le habría hecho sonreír si no fuera porque miró a su alrededor con pánico. Aún quedaba mucho por hacer.

Aunque había empezado temprano, a última hora de la mañana solo había conseguido vaciar dos cajas.

El hambre le pidió una pausa. Le echó un vistazo al reloj y se puso de pie.

Las once y media. La pizzería de al lado ya estaría abierta para preparar almuerzos.

Y afortunadamente vendían porciones de pizza .

Ya había demostrado que era una buena clienta y se había hecho amiga de los dos dueños, que no eran italianos, sino de East End, en Londres.

Cuando los conoció, hablaban con una marcada jerga cockney que apenas podía entender.

Una vez que los conoció mejor, descubrió que, en general, hablaban así por el bien de sus clientes.

Empujó la puerta para entrar al restaurante. Era pequeño, solo tenía seis mesas, pero, por lo que le habían contado, sabía que la mayoría de sus ingresos procedían de la comida para llevar.

—¿Hay alguien ahí? —Llegó hasta el mostrador y cogió un menú.

Se oyó una respuesta desde la trastienda.

—¡Tranquilidad, que ya vamos!

Pasaron un par de minutos más hasta que Helen escuchó pasos acercándose y de pronto vio el rostro angelical y robusto de Alex.

—Podría haberme llevado toda la cubertería —dijo ella con una sonrisa.

—No sería la primera vez que ocurre.

Era difícil saber cuándo bromeaban Alex o Zander, su hermano gemelo.

Creyó que se estaban cachondeando cuando se presentaron, pero no.

Su madre pensó que era divertido escoger un único nombre, Alexander, partirlo en dos y añadirle una «z» para que fuera más sencillo.

Los dos hombres, que acababan de entrar en los sesenta, habían decidido comenzar una nueva vida lejos de East End, donde siempre habían residido, cuando la mujer de Alex murió tras soportar una larga enfermedad.

Vendieron la tienda de fish and chips que habían regentado durante décadas, se mudaron a Bath y buscaron algo que hacer. Cuando vieron que la pizzería estaba en venta, se les abrió el cielo. Fue hace poco más de dos años y jamás se habían arrepentido de dar el paso.

—La comida es la comida —dijo Zander cuando Helen le preguntó a qué se debía el cambio—. La pizzería lleva casi diez años aquí. No hace falta cambiar lo que funciona.

Le gustaba su actitud sensata, conformista, y estaba encantada de tenerlos como vecinos y más que feliz de poder pedirles información sobre cosas que desconocía. Les había prometido libros gratis a cambio. La propuesta les sacó una carcajada a ambos.

—¡Leer un libro! ¡Ni hablar, querida!

Para alguien que consideraba la lectura tan vital como respirar, aquello sonó a reto.

—Me apuesto lo que sea a que encontraré algo que os guste —dijo.

Sin embargo, no tuvo éxito.

Cogió el menú del mostrador y después lo volvió a dejar, sonriéndole al hombre que tenía enfrente.

—No sé por qué me molesto en mirarlo.

—Algún día de estos escogerás algo distinto.

—Hoy no es el día indicado para hacerlo. Me llevaré la pizza de champiñones de siempre y un café con leche grande, por favor.

No tenía sentido llevarse una o dos porciones. Ahora se la comería casi toda. Si sobraba, la cenaría. No solo le ahorraría tener que cocinar. Además, le ahorraría tener que ir a hacer la compra.

Era un día cálido. En vez de comer dentro, se llevó la comida al jardín y se sentó en una silla de plástico que había traído de casa.

La pizza estaba buena, al igual que el café. Mientras comía, observó a sus vecinos. Eran amables, serviciales, siempre le dedicaban una sonrisa y tenían tiempo para ella. Sin embargo, por muy simpáticos y agradables que fueran, había algo que la hacía desconfiar.

Quizá solo fuera la experiencia que había vivido con Toby lo que le hacía ser tan suspicaz, o quizá fuera por su reacción cuando ella les preguntó, la primera o la segunda vez que se cruzó con ellos, por qué no habían visto conveniente comprar aquella tienda.

Se rieron y dijeron que no les interesaba, que ya tenían suficiente espacio para trabajar a gusto.

Sonaban sinceros y de fiar, pero ella estaba casi segura de que mentían.

Sin embargo… ¿realmente era capaz de distinguir si lo hacían o no?

Toby dijo que la quería y ella le creyó. Pero él había mentido. Quizá todo el mundo lo hiciera. Ella lo había hecho, eso seguro.

Alex y Zander eran amables con ella, preparaban buen café y una pizza absolutamente espectacular, así que quizá fuera mejor sonreír y no decir nada.

¿Cómo era ese dicho antiguo? «Mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos, aún más cerca».

Sí, eso es lo que haría. Sonreiría, se haría la indefensa y mantendría los ojos bien abiertos.

Toby le había enseñado una valiosa lección: a no confiar en nadie nunca. Especialmente si se trataba de un hombre servicial y encantador.

Nadie en este mundo arruinaría su segunda oportunidad de ser feliz para siempre.