Capítulo 6
Para alivio de Helen, el informe del inspector llegó una semana más tarde y mostró que la propiedad estaba bien a nivel estructural. Lanzó un puño al aire de la emoción, colgó el teléfono e inmediatamente llamó a Sarah para contarle las buenas noticias.
—¿Entonces vas a continuar con la compra?
La emoción de Helen disminuyó. Quería que su hermana compartiera su alegría. No tenía a nadie más. Los pocos amigos que tuvo, que en su mayoría eran compañeros de trabajo, no habían superado la vergüenza que les produjo su detención.
—Sí, eso es. Es la propiedad perfecta y está en la ubicación ideal. Lo único que necesita es trabajo duro para renovarla.
—Bueno, pues si es lo que realmente quieres, enhorabuena entonces.
Helen apretó los dientes. Al parecer, lo celebraría sola.
Sarah, totalmente ajena a la decepción de su hermana, añadió:
—Devon y yo te ayudaremos cuando podamos. Todavía faltan meses, ¿no?
Su hermana no daba saltos de alegría, pero le ofrecía una ayuda práctica que valía mucho más. Helen quería atravesar el teléfono y achucharla.
—Gracias. Con tu ayuda y la de Devon será mucho más fácil. Espero que hagan el traspaso de titularidad en unas seis semanas.
Había sido ridículamente optimista. A pesar de las constantes llamadas para acelerar el proceso, pasaron ocho semanas antes de que todo estuviera firmado y la propiedad fuera suya.
Los días de espera fueron eternos. No podía hacer mucho más.
Puso carteles en los escaparates de la zona y en todos los periódicos gratuitos que encontró para anunciar que compraba libros usados.
Recibió un par de llamadas en esos días y condujo para ir a buscarlos.
Después los añadió a las cajas que yacían en medio de su salón esperando ser llevadas a la tienda.
Cuando firmó todo y la inmobiliaria le entregó las llaves, fue a echarle un ojo a la que ya era su propiedad.
En el interior, todo era mejor y peor de lo que recordaba: el espacio, más amplio; los techos, más altos; el olor, más intenso y no demasiado agradable; la mancha de humedad de la pared, más grande; el desorden y el caos, más ofensivos.
Aun así, caminó por las estancias, se imaginó cómo serían y sintió una emoción que la recorrió por completo.
Al día siguiente comenzó el arduo trabajo para remodelar el edificio viejo y deteriorado. Recurrió a todos los favores que pudo, desesperada por mantener el coste de la reforma dentro de lo que podía permitirse.
Los amigos de Devon resultaron ser un regalo caído del cielo: no solo se encargaron de la cocina y del baño por poco dinero, sino que además ayudaron a quitar el papel pintado acumulado durante décadas en las paredes y a repintarlas.
La mancha de humedad no era producto de una tubería con fugas, como Helen pensaba, sino de un canalón que derramaba agua por la pared cuando llovía.
Gracias a Dios, era fácil y barato de reparar.
Helen gastó dinero donde fue necesario: en electricidad y en triple acristalamiento para las nuevas ventanas de la parte delantera del edificio.
Quería que la librería fuera un refugio en el que la gente pudiera desaparecer entre libros sin que el constante tráfico exterior le molestara.
El gasto de la renovación no fue desorbitado, pero superó las treinta mil libras que tenía, lo que le obligó a echar mano de su tarjeta de crédito y usar un descubierto, algo que planificó apresuradamente.
Cuando miró a su alrededor, decidió que aquello merecía la pena.
Tenía mejor aspecto de lo que nunca imaginó.
Un carpintero amigo de un amigo de Devon había fabricado las estanterías que cubrían las paredes tanto de la planta superior como de la inferior.
Utilizó madera reciclada de palés antiguos que había lijado y barnizado delicadamente.
También construyó algunos muebles modulares con ruedas para el espacio de la planta de arriba.
Acertó cuando decidió quitar el muro divisorio entre las dos habitaciones más grandes. Dado que la luz entraba desde ambos lados, el espacio quedaba increíblemente iluminado. Consiguió en eBay algunos sillones cómodos y un par de mesas pequeñas por cuatro duros.
También tuvo la grandísima suerte de dar con un mostrador muy maltrecho, pero precioso, en una tienda de caridad local por el módico precio de veinte libras. Un par de lámparas de latón con pantallas de cristal verde, encontradas en otro establecimiento del mismo tipo, completaban la decoración.
El último día, cuando todo estaba listo, invitó a pizza , cerveza y prosecco a los que la habían ayudado, y lo preparó todo sobre los muebles modulares del primer piso.
—No puedo creer que hayas hecho todo esto —dijo Sarah mientras elevaba su copa para brindar con su hermana—. Tengo que admitir que tenía mis dudas, pero es increíble.
—No podría haberlo hecho sin vuestra ayuda. —Helen abrazó a su hermana y alzó su copa en dirección al resto—. Me habéis salvado la vida.
—Este suelo fue jodido de lijar y barnizar —dijo Devon mientras golpeaba la tarima con la punta del zapato—. No sé cuántas veces quise pirarme al bar más cercano y encasquetártelo a ti.
Helen repasó con la mirada el suelo teñido de color nogal en el que tanto había trabajado Devon. Contrastaba con la madera clara de las estanterías. Cuando estuvieran llenas de libros, quedarían increíbles.
—Has hecho un trabajo magnífico, te lo agradezco mucho. —Señaló con la mano a todo el círculo de personas—. Todos lo habéis hecho, en general. No han sido unos años fáciles y ahora, gracias a vosotros, estoy deseando ver qué me depara el futuro.
—¿Aún sigues con la idea de abrir el lunes?
Helen alzó la barbilla ante el atisbo de duda que percibió en la voz de su hermana.
—Voy a abrir el lunes. —Nada iba a impedir que empezara este nuevo capítulo.
Tenía que dejar los últimos años atrás y seguir adelante con su vida—.
De momento, solo abriré la planta baja. Gracias a los anuncios, tengo libros suficientes para llenar la mayoría de las estanterías.
Aún tengo que pasar a recoger algunos más, así que llegarán distintos ejemplares en las próximas semanas.
Sarah dejó su copa vacía y extendió las manos por encima de la cabeza.
—¿Necesitas ayuda para desempaquetarlos?
Aquel día, a primera hora, Helen tuvo que hacer tres viajes en coche para mover los libros desde su casa hasta la tienda.
Había apilado las cajas en la planta baja.
Eran cajas inestables, deseosas por revelar sus tesoros, libros que querían ser liberados y encontrar un hogar en las estanterías.
Estaba encantada de aceptar ayuda con cualquier otra tarea, pero esto quería hacerlo sola.
—Gracias —le dijo con una sonrisa de agradecimiento a su hermana.
En realidad, Helen no podría habérselas apañado sin ella. Quizá los diez años que separaban a las hermanas de una forma tan dramática, los que habían causado una gran diferencia cuando eran niñas, ya no importaban. Quizá Helen pudiera perdonar y olvidar por fin.
—Ya has hecho mucho por mí, te estaré eternamente agradecida.
—¿Pero quieres desempaquetar los libros tú sola? —Sarah sonrió mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla a Helen—. Tú y tus libros. Cuando te imagino de cría, así es como te recuerdo: como una pilluela con la nariz siempre metida en algún libro.
De niña, Helen no solo se perdía entre las páginas de un libro.
Entraba en un mundo distinto. Uno en el que no estaba sola o triste.
Un mundo en el que era princesa o reina, en el que sus amigos eran leones, en el que jugaba con tigres o en el que mantenía largas conversaciones con osos que comían miel.
Se perdía en un mundo en el que no le importaba que sus hermanos mayores no quisieran su compañía.
«Eres demasiado pequeña. Nos aguas la fiesta.
¡Vete, canija!». Se perdía en un mundo en el que no le importaba que su madre se preocupara más por mantener la casa limpia que por cuidar a una niña que nunca quiso tener.
Helen ahogó el torrente de rabia que siempre sentía cuando pensaba en su infancia y forzó una sonrisa. Los libros la salvaron entonces, y ahora, mirando el espacio que había creado, sabía que la salvarían de nuevo.
Sarah miró el reloj.
—Bueno, pues si estás segura de que no nos necesitas, será mejor que nos vayamos.
—Gracias por la pizza y las cervezas —dijeron los tres chicos casi al unísono mientras agitaban las manos en señal de rechazo cuando ella intentó darles las gracias de nuevo por todo su arduo trabajo.
—Han disfrutado haciéndolo —dijo Devon, y le dio un beso en la mejilla a Helen—. Los ha mantenido alejados de sus problemas.
—Y también del bar —dijo Sarah a la vez que enganchaba el brazo en el de él—. A ti también te ha venido bien. Piensa en el dinero que te has ahorrado.
Helen se despidió de los chicos, después cerró la puerta, se recostó contra ella y dejó que su mirada vagara por la estancia mientras un escalofrío de expectación la recorría.
Algunas de las torres de cajas que esperaban a ser desempaquetadas contenían libros que tenía desde hace años.
Viejos amigos de los que era reacia a deshacerse, pero tenía que hacerlo.
Si quería que su negocio funcionara, no había tiempo para sentimentalismos.
El resto de las cajas estaban llenas de libros que había ido reuniendo durante las últimas semanas gracias a los anuncios.
Se había propuesto terminar con aquellas cajas antes de la gran apertura del lunes. Solo tenía una recogida más planificada antes de ese momento. Decidió que dejaría esos libros en la planta de arriba, aparte, hasta que tuviera tiempo de clasificarlos.
Cogió el sello que había creado para marcar cada libro con el logo de Appleby. Después, con un gesto dramático, rasgó la cinta de embalar de la primera caja y se adentró en ella para empezar con la tarea de elegir cuál sería el lugar de cada ejemplar.
Mientras trabajaba, se fue haciendo de noche.
La persiana veneciana de madera que había colgado en la ventana en mirador impedía que entrara la mayor parte de la luz exterior, aunque algunos destellos se colaban por los bordes formando extraños dibujos en las paredes.
Encendió una lámpara y trabajó con su luz hasta que las esquinas de la estancia sucumbieron a la oscuridad.
Al levantar la vista del libro que estaba examinando, se sobresaltó al pensar que la habitación se había convertido en un lugar infinito, sin límites, y se agobió con la sensación de que ya no estaba sola.
El libro que tenía en la mano se cayó al suelo y dio un golpe que hizo eco en la habitación silenciosa.
—¿Hola?
Qué estúpida. ¿De verdad esperaba una respuesta? La puerta principal estaba cerrada con llave. No había nadie. Nadie. Apretó los labios para evitar decir su nombre, pero, cuando miró fijamente hacia una de las oscuras esquinas, salió en forma de susurro.
—Toby.
La perseguía. Aquello tenía que parar. Su muerte había marcado el fin de una parte de su vida y el inicio de la siguiente. A partir de ahora, todo iba a ser diferente. Ella iba a ser diferente. Lo único que tenía que hacer era encender todas las luces y disipar las sombras.
Cuando decidió que el día había terminado, se le cerraban los ojos por el cansancio.
Se puso de pie y frunció el ceño al percatarse de lo poco que había avanzado.
Le estaba llevando más tiempo de lo previsto y solo había llenado unas pocas estanterías.
Pasó los dedos por los lomos y esbozó una ligera sonrisa. Al menos ya había dado el primer paso.
Su cerebro era un hervidero. Incluso después de conducir hasta casa, de haber comido una pizza que le había sobrado y de haberse metido en la cama, su mente seguía luchando con pensamientos contradictorios.
Sin embargo, la mayoría eran felices. Todo se agolpaba. A partir de ahora, esa sería su vida. Disfrutaría de su negocio, encontraría placer entre las cubiertas de los libros, en las palabras impresas en las páginas, y nunca más dejaría que un hombre entrara en su vida.
La hermosa cara de Toby apareció en el interior de sus párpados.
Semanas después de su muerte, parecía que estaba grabado allí para torturarla y hacer que pasara noches en vela, con miedo a cerrar los ojos.
Los años en prisión habían atenuado la imagen, difuminado sus bordes, hasta que finalmente se convirtió en una sombra difusa de él mismo que regresaba de vez en cuando como un invitado no deseado.
Uno que acechaba en las sombras como había hecho aquel día.
Siempre sin ser visto, pero observándola.
Cuando se le aparecía en sueños, siempre estaba muerto, siempre lleno de sangre. Así era más fácil porque no tenía que matarlo una y otra vez.
Durante un tiempo estuvieron bien juntos, ¿no?
¿O acaso estaba cometiendo el error de mirar a su pasado a través de unas gafas traicioneras y teñidas de color de rosa?
Había creído que eran felices y siguió pensándolo incluso después de saber que no era cierto, incluso cuando él la miró con asco antes de azotarla en la espalda con su pesado cinturón de cuero.