El secreto de la librera Capítulo 5
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Capítulo 5

Antes de llegar a un acuerdo, hubo muchas idas y venidas, mordidas de uñas, vueltas por la habitación, comprobaciones sobre si llegaban bien los mensajes al móvil y un millón de dudas sobre si Helen estaba haciendo lo correcto o no.

El vendedor lo bajó a trescientas cincuenta mil; ella lo redujo a trescientas veinticinco.

Finalmente, a última hora de aquella tarde acordaron dejarlo en trescientas cuarenta.

—¡Trescientas cuarenta mil! —Sarah abrió la botella de vino que había insistido en comprar para celebrar la nueva aventura de Helen—. Espero que sepas lo que estás haciendo.

Helen también lo esperaba.

—Después de pagar el préstamo para este sitio, aún me quedarán treinta mil más del dinero que me dejó mamá.

No es mucho, pero si el local está estructuralmente bien, debería bastar.

—Le dio un leve golpe a su hermana—. Devon y tú me ayudaréis, ¿no?

Puedo alquilar un contenedor para sacarlo todo y ver qué es lo que hay.

—Claro que te ayudaremos. Ivan, el compañero de Devon, trabaja en una empresa de montaje de cocinas. Apuesto lo que sea a que puede conseguirte algo a precio rebajado. También puede dejártela montada.

La cocina era la menor de sus preocupaciones, pero Helen no iba a mirarle el diente al caballo regalado. Si tenía suerte, su cuñado convencería a sus compañeros para que hicieran más que montar una cocina.

—Me imagino que no conoce a nadie que se dedique a las ventanas, ¿no?

Sarah alzó la mano.

—Conoce a muchísima gente. Sin duda, algunos no son de liar, pero otros merecen la pena. Le pediré que pregunte. —Le dio un sorbo a su copa antes de continuar hablando—: Pedirás que te hagan una evaluación, ¿no? No merece la pena que te saltes ese paso clave.

Ni que Helen fuera idiota. Ocultó la irritación en la copa de vino que mantenía entre los labios, aunque no estaba bebiendo.

Su tolerancia al alcohol había disminuido tras dos años de abstinencia y no era prudente emborracharse.

Podría decirle cosas que no debería a la hermana que tanto necesitaba.

Decirle cosas estúpidas, no hacerlas. No podía ponerlo de excusa por lo que había hecho.

Estaba increíblemente sobria cuando mató a Toby.

—Claro que pediré que me hagan una evaluación. Tuve suerte: a la quinta persona a la que llamé le habían cancelado la cita. De no ser así, habría esperado durante semanas. Vendrá mañana. Hasta que no diga que está bien a nivel estructural, no tiene sentido planificar nada.

Pero ella ya lo estaba haciendo. Llevaba meses haciéndolo en su cabeza.

No, no eran meses: llevaba toda su vida planeando esta librería.

Desde que tenía uso de razón, era la más feliz entre las páginas de un libro.

Era una felicidad que llegaba sin pedir nada a cambio, sin prometer nada.

Sin dolor. Y si un libro la decepcionaba, como podía ocurrir, siempre había otro que elegir, otra aventura esperando.

Ahora le ofrecían un futuro y ella tenía que aceptarlo.

—¿Helen?

Esbozó una sonrisa.

—Perdona, ¿qué decías?

—Te preguntaba si tenías que contárselo a tu agente de libertad condicional.

A Helen se le heló la sonrisa. Al parecer, su hermana pensaba que era buena idea mencionar aquel nombre.

Agente de libertad condicional. Como si sonara bonito y adorable.

No era el caso. Tampoco si utilizaba el nombre de «oficial», que era el cargo más frecuente.

O el de «supervisora», que, a ojos de Helen, era el menos ofensivo.

Las condiciones de su libertad condicional eran bastante sencillas.

Básicamente, no debía meterse en problemas ni desplazarse sin avisar a su supervisora, tenía que mantener el contacto con ella y avisarla si cambiaba de número de teléfono o de correo electrónico.

Tenía que contárselo todo. Esto último no era una condición, pero parecía más seguro asumir que era así.

Era más seguro aceptar que aquella mujer, Moira Manson, que ya conocía muchísimas cosas sobre ella, tenía derecho a saber el resto.

Helen no tenía ninguna intención de romper las normas sin querer y de que la llevaran a prisión para cumplir el resto de su condena.

—Ahora mismo lo hago —dijo Helen mientras sacaba el teléfono.

Le envió un correo electrónico a Moira con la información de la propiedad que tenía intención de comprar y sobre el negocio que esperaba poder abrir—.

Es mejor contárselo todo —dijo, y volvió a guardar el teléfono—.

No se sorprenderá, ya le había contado que este era mi plan.

Recordaba que le explicó que sus hermanos y ella heredaron una considerable cantidad de dinero cuando su madre murió y que esperaba poder hacer realidad su sueño de abrir una librería.

Le sorprendió la reacción de Moira: una risa burlona seguida de un resoplido de incredulidad.

Helen no estaba segura, pero juraría que también apreció un atisbo de envidia cruzándole el rostro.

Dejando de lado a la mujer, Helen volvió a pensar en sus planes para la tienda.

Todo dependía de los resultados de la evaluación.

Con solo treinta mil libras, cualquier reparación estructural dejaría aquel local fuera de su alcance.

Entonces tendría que recomenzar su búsqueda, pondría su vida en pausa otra vez, aquel futuro que tanto anhelaba.

Una oportunidad de dejar su pasado atrás.

Aquel pensamiento le arrancó un suspiro de cansancio.

Sarah estiró el brazo y le cogió la mano.

—Es impactante que tengas que vivir bajo estas condiciones de libertad condicional durante dos años más. La culpa es de ese maldito abogado inútil que tenías. Debería haber insistido en que te retiraran los cargos.

¿Que le retiraran los cargos? Helen soltó una leve carcajada.

—Eso es un poco complicado. Después de todo, maté a Toby, ¿lo recuerdas?

Su familia y su abogado querían que me juzgaran por asesinato.

Gracias a mi abogado, me lo redujeron a homicidio imprudente.

Y gracias a sus argumentos sobre las circunstancias atenuantes, mi sentencia fue de cuatro años y no de más.

—Te defendiste sola. —Aquella era una discusión que las hermanas tenían frecuentemente.

Helen estaba agradecida de que solo la hubieran condenado a cuatro años; a Sarah le consumía la ira por el simple hecho de que tuviera que cumplir condena—.

Creo que nunca olvidaré las fotos de tus lesiones.

Las marcas de tu espalda, las quemaduras.

—Le apretó la mano que aún sostenía—. Sigo sin creerme que lo soportaras durante tanto tiempo.

—Él era muy bueno conmigo, ya lo sabes. —A Helen se le llenaron los ojos de lágrimas—.

Los primeros meses fue dulce, amable, considerado.

Pensé que había tenido suerte. —Retiró la mano de la de Sarah, metió la mano en el bolsillo de sus pantalones vaqueros y sacó un pañuelo harapiento para secarse las lágrimas—.

Ya sabes que mi historial con los hombres era una auténtica mierda.

Toby parecía ser la respuesta a todas mis plegarias.

—Está claro que fingió muy bien. A Devon le gustaba. Eso no significa nada, al idiota de mi marido le gusta todo el mundo. Es la persona menos lúcida del planeta —dudó—. No he querido preguntártelo antes, pero ¿cuándo empezaron a torcerse las cosas?

Muchas personas le habían hecho esa pregunta a Helen: la policía, el personal médico que estudió sus lesiones, su abogado.

Sin embargo, nunca había sido capaz de responder.

Ni cuando todo era reciente ni ahora que podía mirar atrás y darse cuenta de lo estúpida que había sido.

Porque era una farsa: Toby nunca había sido dulce o considerado.

—No estoy segura —dijo.

—Supongo que empezó poco a poco, ¿no? —Sarah asintió como respuesta a su propia afirmación—.

Así suele ser en la mayoría de situaciones de violencia doméstica.

—Se ruborizó—. Investigué mucho antes de tu juicio, aprendí mucho sobre violencia doméstica que me habría gustado no saber nunca.

Algunos de los casos… —Se le fue apagando la voz y negó con la cabeza—.

Aún creo que no deberían haberte declarado culpable.

—Comprar aquel cuchillo fue mi perdición. La fiscalía dijo que aquello era prueba de premeditación.

—Fue mala suerte, todo el mundo sabe que las coincidencias existen.

Helen le dio un sorbito a su vino. Quizá debería beber más. Quizá, si lo hiciera, olvidaría la expresión del rostro de Toby aquel último día. Olvidaría su decepción cuando no escuchó el silbido del cinturón al cortar el aire, cuando no sintió el punzante y dulce dolor cuando la golpeó.

Su hermana pensaba que había empuñado ese cruel filo para protegerse de él.

Pero no había sido así en absoluto.