El secreto de la librera Capítulo 4
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Capítulo 4

A la mañana siguiente, después de desayunar, Helen y Sarah decidieron caminar diez minutos hasta la propiedad en lugar de conducir. Estaban frente a la fachada cuando un coche se detuvo y un hombre con aspecto preocupado se bajó de él. Las vio, esbozó una sonrisa y extendió la mano al acercarse.

—¿La señorita Appleby?

—Sí. —Le estrechó la mano y señaló a su hermana con un movimiento brusco de cabeza—. Y esta es mi hermana, Sarah Drew.

—Encantado de conoceros —dijo, dándole a Sarah un rápido apretón de manos—. Me llamo Giles Lambert. Soy el agente inmobiliario de esta fascinante propiedad.

—¡Fascinante propiedad! —susurró Sarah al oído de Helen mientras el agente inmobiliario sacaba un enorme manojo de llaves y buscaba la adecuada.

Cuando la introdujo en la cerradura, la movió durante una eternidad hasta que finalmente giró y empujó la puerta para abrirla.

—Lleva poco más de dos años vacía —dijo haciéndose a un lado para que Sarah y Helen pasaran—.

Era una pequeña tienda de reparaciones eléctricas.

El dueño la regentó durante casi dos décadas.

—Olisqueó y miró a su alrededor negando con la cabeza—.

No creo que se gastara mucho en reformas cuando estuvo aquí y, como podéis ver, no se ha hecho nada desde entonces.

No se estaba esforzando mucho por vender el local, pero no necesitaba hacerlo. Incluso con la poca iluminación que entraba por las esquinas de las ventanas tapiadas, había algo en aquella estancia espaciosa, con sus techos altos, que llamó la atención de Helen.

Cuando el agente inmobiliario accionó el interruptor, la amplitud de la habitación se vio ligeramente empañada por el marco de la ventana podrido, la mancha de humedad en una pared y el hedor subyacente de la descomposición.

Ignorando todos los puntos negativos, Helen se centró en los techos altos y en el espacio.

Su imaginación ya había empezado a trabajar en transformarlos en la idea que tenía en la cabeza desde hacía mucho tiempo, en los detalles grabados durante noches de insomnio y días largos y monótonos.

Siguió un atisbo de luz que la condujo a una habitación aún mayor que estaba en la parte trasera de la tienda.

Las ventanas daban a una maraña de vegetación que, probablemente, en algún momento fue un bonito jardín.

Helen miró a través del sucio cristal, intentando adivinar hasta dónde llegaba sin tener que aventurarse a salir y ser atacada por las zarzas.

Pensó que era lo suficientemente grande.

Cuando se inclinó hacia adelante, sus dedos se hundieron en la madera podrida del alféizar.

Le echó un ojo al marco. Estaba en un estado deplorable.

—También hay una despensa —dijo el agente inmobiliario desde detrás, señalando hacia una puerta con el pulgar—. Necesita una reparación.

—Me sorprende que este lugar no se haya venido abajo. —Sarah abrió la puerta de la cocina y arrugó la nariz—. ¿Una reparación? Hay que reventarlo todo. Apesta a excrementos de ratón.

Helen se sacudió la madera desmenuzada de las manos y cruzó para mirar por encima del hombro de su hermana.

La única ventana de la pequeña habitación estaba sellada y la poca luz que había era la que se colaba por la puerta en la que estaban.

Aunque Helen estaba buscando algo positivo que decir, no había ningún argumento a favor de los armarios desparejados sin puertas o con ellas torcidas.

Tampoco se le ocurrió nada bueno que comentar sobre la cocina antigua que estaba al final de aquel estrecho espacio y que casi bloqueaba la puerta trasera.

La suciedad y la grasa acumuladas habían cambiado su color original a un beis pálido.

Una fila de diales cerca de la parte superior reflejaba la poca luz que había.

Hacían que la cocina pareciera demoníaca.

—¿Estás bien? —preguntó Sarah cuando Helen tiritó.

Sacudió la cabeza para disipar de su mente la macabra imagen de asquerosa cocina antigua que la miraba fijamente como dándole la bienvenida a su espacio.

—Es que me he imaginado los ratones —dijo dándole un codazo a su hermana en el brazo—. Cierra la puerta antes de que vengan a inspeccionar a los intrusos.

Apresuradamente, Sarah la cerró de un golpe y dio un paso atrás.

—Deberían declarar este lugar en ruinas. —Le lanzó una mirada fugaz e incrédula al agente inmobiliario—. ¿De verdad pedís cuatrocientas mil por esto?

Él se encogió de hombros.

—Estructuralmente está bien. Está en buena zona y, con mucha imaginación, podría convertirse en una bonita casa familiar.

Sarah levantó una ceja.

—¿Una casa familiar? ¿Has visto la cantidad de tráfico que hay en esa carretera de ahí? Estamos en Upper Bristol Road. Siempre hay jaleo. No podrías ni abrir la puerta sin respirar los gases de escape de los coches.

Ignorándolos, Helen volvió a la habitación principal, desde donde partía la escalera que llevaba al piso de arriba.

La ventana del rellano, cubierta por años de suciedad, dejaba pasar una luz difusa que ocultaba más de lo que mostraba.

Pisó con cuidado el primer escalón. Crujió estrepitosamente, pero parecía seguro.

Aunque estaba roñosa, la ventana del rellano no había seguido el mismo camino que sus homologas de la planta baja y parecía estar en buen estado.

De hecho, tras indagar un poco, descubrió que todas las ventanas del piso superior estaban en buenas condiciones.

Dos de las tres habitaciones, cuyos techos eran de la misma altura que los que había visto abajo, tenían buen tamaño.

La tercera era mucho más pequeña. El baño también era una estancia decente.

—Joder, aquí huele que apesta. —Sarah se quedó de pie en la puerta abierta. Tenía la cara torcida por el asco. Se tapó la nariz con el índice y el pulgar y habló con el consiguiente gangueo—: ¿Podemos irnos ya?

—Un minuto. —Helen cerró la puerta y regresó a la habitación principal. Le dio unos golpecitos a la pared divisoria—. No será muy difícil echarla abajo y convertir esta estancia y la trasera en un espacio amplio. Dejaré la más pequeña como oficina o trastero.

Como nadie hizo ningún comentario, se giró y vio la cara de espanto de su hermana, que entrecerraba la boca como si simplemente no encontrara las palabras.

—Mira más allá de todo este desastre —dijo Helen—.

Las habitaciones son grandes y los techos, altos.

Tiene muchísima luz. —Volvió a golpear la pared y le brillaron los ojos—.

Cuando la quitemos, será increíble. Imagínate todas las paredes repletas de estanterías.

—Hizo otro movimiento con la mano, pero esta vez más bajo—.

Quizá haya algunas estanterías independientes a media altura en el centro.

—Frunció el ceño cuando pensó en la logística—.

Quizá con ruedas para que podamos moverlas y apartarlas cuando haya coloquios, clubes de lectura y eso.

—¿Lo estás diciendo en serio?

Así era. Dejando a un lado la cocina espeluznante, aquello era exactamente lo que había estado buscando.

—Es perfecto. Hay aparcamiento gratuito fuera, así que la gente puede dejar el coche y venir.

La residencia de la Universidad de Bath Spa no está lejos.

Podría repartir panfletos, anunciarme en las revistas de la universidad.

Además, habría clientela de paso formada por la gente que vive en los alrededores.

Pasando junto a su hermana, que permanecía en silencio, regresó a la planta baja, donde estaba el agente inmobiliario con las manos en los bolsillos del pantalón. Se le dibujaba el aburrimiento en el gesto de la boca.

Cuando Helen se le acercó, parecía estar más resignado que esperanzado.

—¿Ya has visto suficiente?

—Lleva dos años en el mercado, ¿no?

Él se encogió de hombros.

—Veinticinco meses.

—¿Y no habéis recibido ninguna oferta?

De repente se estiró como si intuyera potencial en su interés.

—No, recibimos una, pero quedó en nada. —Hizo un gesto con la mano—. Esto podría ser una auténtica mina de oro si las cosas se hicieran bien.

—Y, entonces, ¿por qué no se cerró la venta?

Pudo ver cómo funcionaban los engranajes de su mente mientras él trataba de discernir qué sería más beneficioso, si decir la verdad o una mentira.

—Diría que hubo un problema con el permiso de obra —dijo ella dando palos de ciego. Sin embargo, daba por hecho que solo un inversor estaría interesado en comprar una propiedad tan deteriorada.

El agente inmobiliario volvió a encogerse de hombros.

—Eso es. Quiso convertirlo en tres apartamentos, pero solo consiguió el permiso de obra para hacer dos. Dijo que era inviable económicamente, así que se echó atrás.

—Y no ha habido más ofertas desde entonces. —Sonrió—. Por lo que el propietario estará dispuesto a bajar el precio si cerramos una venta rápida.

A Sarah se le desencajó la mandíbula.

—¿Estás loca?

—Según las encuestas, sí. —Helen podía estar un poco loca, pero no era estúpida. Sus ahorros eran limitados. A nivel estético, ese lugar era un vertedero, pero eso tenía arreglo. Si tenía una estructura endeble, sería un pozo de dinero del que su hermana ya la avisó.

—Estoy seguro de que podrá considerar cualquier oferta razonable —dijo el agente, y su conducta cambió por completo ante el pensamiento de cerrar una venta. Inclinó la cabeza a modo de pregunta y esperó.

—Necesita ventanas nuevas. Hay humedades. Hay que remodelar la cocina y el baño. Llevará tiempo dejarlo decente, así que creo que trescientas mil es mucho más que un precio razonable.

Helen miró su cara con cautela, aliviada al descubrir que no negaba con la cabeza de inmediato. Era una oferta baja. Tenía suerte si la aceptaban.

—Déjame ver si puedo localizar al dueño por teléfono —dijo el agente mientras alcanzaba su móvil e iba fuera, cerrando la puerta tras de sí.

Inmediatamente, Sarah se giró hacia ella:

—¿Acaso te has vuelto completamente loca?

—Si puedo conseguirla a buen precio…

—Sería cara hasta si te la dieran gratis.

—Ventanas nuevas, un baño y una pequeña cocina.

—Y las humedades.

Sarah señaló la siniestra mancha oscura que había en una pared.

—Quizá sea una tubería que gotea.

Lo dijo como si supiera de lo que estaba hablando, no como alguien desesperado. Pero estaba completamente desesperada. Ese lugar estaba muy bien ubicado, tenía el tamaño ideal. Podría sacarlo adelante. Podría dejar su pasado atrás y ser feliz.

Quería ser feliz. Llevaba muchísimo tiempo buscando serlo. Había transformado su dolor para lograrlo. Había hecho muchas concesiones… Pero ¿acaso no funcionaba siempre así?

La felicidad tenía un precio. En definitiva, todo se reducía a cuánto estaba dispuesta a pagar para conseguirla. Su antigua versión, durante mucho tiempo, había pagado con una parte de sí misma.

Sin embargo, la mujer de ahora, la que había cruzado la línea de matar a Toby, ya no estaba dispuesta a pagar de la misma manera.

Una casa destartalada, una vida hecha trizas: ella estaba dispuesta a arreglarlas a ambas.