Capítulo 3
Sarah insistió en quedarse a dormir la primera noche que Helen pasaba fuera de prisión.
—Solo es por hacerte compañía.
Helen no lo consideraba necesario. No era una cría.
Sin embargo, cuando ambas se fueron a dormir, cuando el silencio reinó en la casa y todo lo que podía oír era su respiración, agradeció que hubiera alguien al otro lado de la pared.
No es que fuera a llamarla o, Dios no lo quisiera, a entrar en la habitación de su hermana para preguntarle si podía dormir con ella.
Después de todo, lo había hecho de pequeña y no le había servido de nada.
No echaba de menos el runrún al que se había acostumbrado durante los últimos dos años: era sencillamente que, en aquel ruido constante, los sonidos de su vida anterior se ocultaban mejor.
Y ahora, en el silencio del hogar que había compartido con Toby, estaban de vuelta…
la voz de él, la de ella. Alta y estridente, dura y enfadada.
Empezaban en bajo y el volumen iba in crescendo hasta desaparecer y dar paso a un susurro sibilante.
Muchos meses antes, Sarah había preguntado si Helen se había planteado venderlo todo y mudarse a otro lugar para empezar de cero.
Como si le resultara incómodo volver a una casa en la que alguien había muerto.
«En la que alguien había sido asesinado», le corrigió la vocecilla de su cabeza. Donde ella había asesinado a su pareja.
Antes, en la cocina, pasó sobre el espacio en el que él había yacido y elevó los pies lo suficiente como para evitar su cuerpo. Si Sarah se dio cuenta, no dijo nada.
Quizá hubiera sido más sensato venderla y mudarse a cualquier otro lado, pero Helen se había enamorado de la casa de finales de la época victoriana la primera vez que la vio.
Se apretó el cinturón para comprarla y fue haciendo reformas a medida que pasaron los años, cuando el dinero se lo permitió.
Aunque era perfecta para uno, demostró ser ligeramente pequeña para dos.
¿Eso había sido parte del problema? ¿Acaso el metro ochenta de Toby había ocupado demasiado espacio?
Él seguía allí, molestando. ¿Encantar la casa que ella amaba era su venganza por lo que le había hecho?
Helen entrelazó las manos tras la nuca y se quedó mirando fijamente el techo.
Había dejado las cortinas abiertas, pero la farola más cercana estaba bastante lejos, en la carretera.
Casi no causaba ningún efecto en la oscuridad de la habitación y no disipaba las sombras.
Podía venderlo todo y mudarse a cualquier otro lugar, pero ¿qué sentido tendría? Las sombras siempre la acompañarían.
Su consejera penitenciaria le había recomendado que no se mortificara por el pasado e intentó no hacerlo, pero aquel bastardo seguía insistiendo en acompañarla durante el viaje.
Intentó concentrarse en el futuro. Tan pronto como Sarah y ella decidieron visitar la casa en ruinas, Helen llamó a la inmobiliaria y concertó una cita para la mañana siguiente.
Esa mañana miró el reloj de la mesilla: las 12:02. Se estaba burlando de ella.
Pensó en bajar las escaleras para tomar una taza de té, pero sola, en la oscuridad, no podía enfrentarse a abrir la puerta de la cocina. Era una tontería. Toby no estaba allí. No podía volver a hacerle daño.
Pero formaba parte del proceso, ¿no? Al haber regresado, al estar en la cama que habían compartido, por fin pudo admitir que no lo echaba de menos a él: echaba de menos el dolor.