El secreto de la librera Capítulo 2
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Capítulo 2

Tras dos años en prisión, Helen fue puesta en libertad condicional para que cumpliera el resto de su condena.

Era libre, pero estaba obligada a vivir bajo ciertas condiciones y habría una jueza de vigilancia penitenciaria encargada de supervisar que las cumplía.

Sin embargo, eso significaba que tenía derecho a retomar lo que había quedado a medias.

El servicio de empleo público en el que había trabajado durante diez años la estaba esperando.

Habría regresado, habría tenido que hacerlo de no ser por la triste y fortuita muerte de su madre el año anterior.

El testamento de su madre había sido meticuloso y organizado, sin florituras, al igual que su casa.

Todo tenía que dividirse a partes iguales entre sus tres hijos.

Aquello no hacía rica a Helen, pero de repente posibilitó un sueño que había tenido desde siempre: regentar una librería de segunda mano.

Los últimos años, los dos que pasó en prisión y el anterior, habían sido muy complicados.

Los libros, su vía de escape cuando era niña, demostraron ser igual de efectivos cuando se encontró atrapada entre los muros de prisión.

De forma extraña, se había beneficiado de la limitada oferta disponible: leyó todo a lo que pudo echarle mano, incluso géneros que creyó que nunca le llamarían la atención, steampunk , ciencia ficción, biografías, memorias.

Había ampliado sus gustos, una forma de convertir una época compleja en un beneficio.

Durante el segundo año de su estancia en prisión, fue una de las actividades que la mantuvo cuerda.

La otra, tras el fallecimiento de su madre, fue pasar el poco tiempo que le permitían explorando inmobiliarias por internet para dar con una propiedad en Bath en la que instalaría su librería.

Quería ser sensata y liquidar primero la hipoteca de su casa, pero aun así le sobraban unas cuatrocientas mil libras que podía utilizar.

Su hermana Sarah, quien la había visitado regularmente desde que entró en la cárcel, fue la primera a la que le contó sus planes.

—Voy a abrir una librería de segunda mano. —Helen observó el rostro de su hermana mientras asimilaba la noticia. Si Sarah creía que era una locura, no iba a hacerla cambiar de opinión, pero las dos hermanas habían estrechado lazos en el último año y quería que estuviera de su parte.

Durante muchos años, Helen guardó rencor por la forma en la que sus hermanos mayores la habían excluido cuando eran niños.

El hecho de que las hermanas se llevaran diez años, que parecía una diferencia insalvable cuando una tenía cinco y la otra quince, no parecía menor cuando una estaba en sus treinta y la otra en sus cuarenta.

Sin embargo, cuando el mundo de Helen se vino abajo, Sarah estuvo ahí y su apoyo incondicional durante el juicio y desde entonces las había acercado mucho.

—¡Una librería! Te sentirás como pez en el agua —dijo Sarah—. Creo que es una idea increíble.

—Será como vivir entre las tapas de un libro. —Así era como Helen lo veía. Era la forma en la que quería verlo.

Cuando la soltaron, ya les había echado un ojo a cientos de propiedades, pero o estaban mal ubicadas o el precio estaba por encima de sus posibilidades. O, sencillamente, no era el establecimiento de sus sueños.

—Ya encontrarás algo —dijo Sarah—. Solo es cuestión de tiempo.

Helen no quería esperar. Su futuro estaba ahí, fuera de su alcance. Quería atraparlo, aferrarse a él con fuerza y volar junto a él.

Se quedó mirando fijamente la carretera que estaba frente a ella mientras Sarah la llevaba a casa en su primer día de libertad.

—Estoy muy tentada de marcarme un Mel Gibson.

Sarah la miró.

—¿Qué?

—Ya sabes, como en la película de Braveheart , cuando grita: «¡Libertad!».

—Si no recuerdo mal, se murió justo después.

Helen se encogió de hombros y volvió a mirar la carretera que tenía delante.

—Será mejor no tentar al destino, entonces.

Estaban en el desvío que llevaba al lugar en el que vivía, esperando a poder abrirse paso entre el tráfico, cuando vio algo frente a ella.

—Mira —dijo—. Hay una señal de « SE VENDE ».

Sarah no necesitó que se lo dijera dos veces y puso el intermitente para incorporarse a la circulación, después indicó que se apartaría a un lado de la carretera y aparcó. El cartel de « SE VENDE » estaba pegado en el escaparate de un edificio bastante destartalado y en mal estado.

—Era una antigua tienda de reparaciones eléctricas —dijo Helen, mirando por la ventanilla del coche—. Aunque nunca he entrado. —Señaló al edificio de al lado—. Esa pizzería lleva ahí toda la vida. Solía pedir para llevar.

—¿Qué quieres hacer?

—Salir e inspeccionarlo más de cerca. Espera, no tardo ni medio segundo.

Empujó la puerta y salió sin apartar la mirada del edificio.

No había mucho que ver. Era evidente que llevaba mucho tiempo en el mercado.

Algunos hierbajos se habían incrustado en las grietas que había entre el edificio y la acera.

La ventana en mirador y los cristales de la puerta principal estaban sellados con paneles, lo que impedía cualquier opción de ver el interior.

Dio un paso atrás para examinar lo que pudo.

Necesitaba una gran reforma. Parecía que había que sustituir los marcos de las ventanas.

Había un canalón inclinado en un ángulo preocupante.

Apostaba lo que fuera a que el techo también necesitaba un arreglo.

Cuando regresó al coche, la evaluación de Sarah era evidente.

—Parece un auténtico basurero.

—Puede.

Sin embargo, la mente de Helen iba a mil por hora.

Tontamente, no había tenido en cuenta esa zona, pero ¿acaso no era el sitio perfecto para una librería?

Aunque la carretera estaba concurrida, había mucho aparcamiento.

Los alrededores eran una mezcla de áreas residenciales y negocios, así que habría mucho tránsito frente a la tienda.

—No pasa nada si le echo otro vistazo por internet cuando lleguemos a casa, a ver cuánto piden por él.

Sarah estaba ocupada intentando dar media vuelta, así que pasaron unos minutos hasta que pudo responder.

—No te lo estarás pensando en serio, ¿verdad? Siendo sincera, parece un pozo sin fondo.

Un rato después, estaban aparcadas a la puerta de la casa de Helen, al final de la calle. Sintió que se le llenaron los ojos de lágrimas cuando la miró. Hogar. ¿Había una palabra más bonita que esa? Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió los ojos antes de volverse hacia Sarah.

—Gracias de nuevo por haber cuidado de ella estos últimos años. Y por hacer que el coche siga funcionando.

—No es nada. Ayer me pasé por aquí y te dejé la nevera llena para que no tengas que salir volando a comprar algo.

—Qué agradable es estar en casa.

Lo era, pero también era la primera vez que Helen estaba allí desde la muerte de Toby.

Los especialistas habían limpiado el lugar.

Sarah había sido clara al respecto. Aun así, Helen tuvo que enfrentarse al sitio donde había ocurrido.

En el que su vida había cambiado. Sarah debió de entenderlo porque su hermana, que normalmente era muy habladora, se quedó en silencio cuando Helen abrió la puerta principal y entró.

Dejó su bolsa de viaje en el primer peldaño de la escalera y, sin mediar palabra, dio un par de pasos hacia la cocina y abrió la puerta.

No se movió, ni siquiera cuando Sarah le puso la mano en el hombro y le preguntó:

—¿Estás bien?

Si hubieran puesto cinta adhesiva blanca en el suelo para marcar el lugar que había ocupado el cuerpo de Toby, a Helen no le habría resultado más evidente.

Casi podía sentir el frío mango del cuchillo en la mano, casi podía apreciar un olor metálico en el aire.

Y lo que era peor: casi podía oír la voz de Toby.

—Sabes que quieres. Te encanta, ¿no es así?

El chasquido del cinturón a medida que él lo hacía estallar, el silbido del cuero al cortar el aire, el dolor.

—¿Helen? —dijo Sarah con más premura esta vez.

—Estoy bien. Es solo que…

Helen alcanzó la mano de su hermana y la apretó.

—No tienes que dar explicaciones. Cuando pienso en lo que te hizo ese bastardo, ¡desearía que estuviera vivo para poder matarlo yo, en serio!

Aquello hizo reír a Helen y alivió la tensión que se había acumulado desde el instante en el que abrió la puerta principal.

—Matar a alguien no es tan fácil, eh. Se necesita una mentalidad muy concreta.

—Una que fuera deformada en su infancia y que se retorciera de forma irremediable en los años transcurridos desde entonces.

Captó la mirada preocupada de su hermana y sonrió—.

¿Quizá sea muy pronto para hacer bromas al respecto?

Tomemos un té para celebrar mi puesta en libertad.

—He comprado galletas.

—Té y galletas. La celebración perfecta.

Cuando estaban sentadas en la pequeña mesa de la cocina, Helen mojó una galleta en su taza de té y se la metió entera en la boca. Después señaló el móvil que Sarah había dejado sobre la mesa.

—Mira a ver cuánto piden por ese local.

—No te lo estarás pensando en serio, ¿no?

Helen se quedó mirando su té fijamente.

—Llevo casi un año buscando. No he encontrado nada adecuado que entre en mi presupuesto.

Sarah buscó en su bolso.

—Aquí tienes —dijo mientras sacaba un teléfono móvil—. Pensé que necesitarías uno cuando salieras. Las cosas han cambiado mucho en dos años. Ahora ya puedes echarle un ojo tú misma.

A Helen se le volvieron a inundar los ojos de lágrimas.

—Parece que hoy no voy a dejar de llorar —dijo mientras lo cogía—. Es muy amable por tu parte, gracias.

—Puedes permitirte estar sensible. Es un nuevo comienzo para ti. —Sarah asintió mirando el teléfono y sonrió—. Iba a ponerte la fecha de hoy como contraseña, pero pensé que el año de tu nacimiento sería más sencillo.

A Helen siempre se le había dado bien la tecnología, así que no tardó mucho en averiguar cómo funcionaba. Pocos minutos después, se recostó y suspiró.

—Es muy ingenioso, muy inteligente. Bueno, averigüemos más sobre esa tienda.

Había anotado el nombre de la inmobiliaria y no tardó en ojear su página web.

—Aquí está —dijo, incapaz de que la emoción se mezclara con sus palabras—. Dos habitaciones y una cocina en la planta baja. Tres habitaciones y un baño en la de arriba.

—¿Hay fotos?

—Solo del exterior, ninguna de dentro.

—¡Ajá!

Helen levantó la vista del teléfono.

—¿Qué?

—No hay fotos del interior porque es un basurero, tal como predije. No quieren desanimar a la gente enseñándoles lo mal que está. Quieren que vayas y confían en poder convencerte.

Helen deslizó la pantalla hasta llegar a los detalles.

—Está en la ubicación ideal. Tiene justo el tamaño que quería. Sin embargo, necesita una remodelación completa. —Dejó el teléfono—. Lleva dos años vacío, pero tiene un precio muy superior a lo que podría permitirme si tenemos en cuenta que necesita una reforma.

—Sí, si necesita una remodelación completa, hablamos de mucha pasta. Lo que yo decía: un pozo sin fondo.

—Sí —dijo Helen alargando la palabra.

—¿Qué se te está pasando por la cabeza? Casi veo lo que estás maquinando.

—Solo pensaba en la coincidencia. Lleva dos años vacío. Igual que mi vida. Quizá sea una señal.

Prácticamente esperaba que la reacción fuera una risa o algún comentario mordaz. En vez de eso, Sarah le dio un último sorbo al té y se reclinó en el asiento.

—¿Por qué no vas y le echas una ojeada? Cuando veas el interior, te darás cuenta de que es completamente inviable y podrás sacártelo de la cabeza.

—Es solo que… —Helen se encogió de hombros—. Quiero seguir adelante con ello, ¿sabes? Tomar las riendas de mi futuro. Abrir la tienda. Llenarla de libros, empezar este nuevo capítulo de mi vida. —Bajó los hombros—. Es un cliché, pero ¿acaso no tiene sentido?

Sarah alcanzó la mano de Helen y la apretó.

—Lo tiene. Y al final saldrá bien. No creo que ese lugar sea el adecuado para ti, pero ¿por qué no vamos y le echamos un vistazo? Descártalo, olvídate de él y después te ayudaré a buscar otro.

No parecía tener ningún sentido recordarle a Sarah que Helen había estado buscando durante un año y que sabía lo que quería.

Cuando cerró los ojos, lo vio tan claro como su reflejo en un espejo.

Habría techos altos, estanterías de madera en cada pared que acabarían llenas de libros apretados.

Una escalera hacia un piso superior (preferiblemente, una en espiral, hecha de hierro forjado, pero se conformaba con una básica).

Tendría sillas de cuero desgastado para que los clientes se sentaran, mesas de madera y lámparas antiguas.

Un escritorio de roble, marcado por la vida y por el tiempo, tras el que ella se sentaría.

Cada detalle estaba dibujado con precisión en su mente.

Y durante aquellos días que había pasado encerrada, incluso había diseñado un logo a juego.

Como su apellido era Appleby, no le resultó difícil.

Una manzana con una abeja sentada sobre la fruta leyendo un libro.

Quizá fuera cursi, pero le sacaría una sonrisa a la gente.

Encargaría un sello y cada libro de su tienda tendría el logo de Appleby.

Su pasado (todo él) no sería más que eso, ¿verdad?

Su consejera penitenciaria le había recomendado que se olvidara del pasado y que pensara en el futuro.

¿Qué sabía ella? Helen había cruzado una línea al matar a Toby.

En ese aspecto, ya no estaba segura de quién era.

¿Una víctima? ¿Una asesina? ¿Una exconvicta? ¿Una idiota ridícula?

—¿Qué opinas?

Helen miró a su hermana, confusa.

—¿Sobre qué? —Después, negó con la cabeza—.

Lo siento, sobre la tienda, sí, ¿por qué no?

No nos hará ningún mal ir a verla. Es como cuando ves un vestido en un escaparate.

Te apetece comprarlo, pero no tienes tiempo de entrar y probártelo.

Se te mete en la cabeza y se convierte en el vestido más perfecto de todos los tiempos hasta que te rindes y vuelves para ver cómo te queda.

Y lo odias. Pero así te olvidas. Así será.

—Eso es —dijo Sarah, dándole un suave codazo en el brazo.

Pero no fue así.