El secreto de la librera Capítulo 1
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Capítulo 1

Helen se revolvió bajo el edredón cuando empezó a soñar.

A todo color, con sonido estéreo, como siempre le ocurría.

El chasquido del cinturón de cuero antes de que Toby lo tensara entre sus manos, con el rostro serio, con la boca torcida, con los ojos grises y brillantes como un candil.

Ella contenía el aliento y esperaba escuchar el sonido del cuero cortando el aire, el silbido que siempre precedía a una punzada de dolor.

Se preparaba, pero no hacía ningún intento por esquivarlo. ¿Por qué debería hacerlo?

Dado que ni el sonido ni el dolor aparecían, ella abría los ojos y miraba al hombre que insistía en que la quería, al que ella también amaba, y veía que algo había cambiado.

Él nunca podría haberse dedicado al póquer; cada emoción se reflejaba en su rostro de forma evidente.

Y en algún momento de los días o meses anteriores, su amor se había enfriado.

Había algo diferente en su mirada. No estaba segura, pero creía que era repulsión.

Recordaba cómo sus dedos habían rodeado el mango del cuchillo. Ella lo tenía en la mano cuando llamó para pedir una ambulancia y seguía allí cuando la policía aporreó la puerta por primera vez. Después, irrumpieron por su puerta principal.

—¡Tire el arma! —gritó alguien, y lo repitió a voces, como si ella estuviera sorda.

Ella la miró, confusa. ¿El arma? Era un cuchillo de cocina.

Uno que había comprado el día anterior. Uno que estaba increíblemente afilado, tanto que ya se había cortado el dedo con él.

Había sangrado, pero no lo suficiente para cubrir el cuchillo de sangre, tal como estaba ahora.

Goteaba por el filo, su mano estaba manchada, un olor empalagoso llenaba el ambiente y le provocaba náuseas.

—Tire el arma. —Esta vez había varias voces, eran fuertes e insistentes.

Finalmente, hizo lo que le ordenaban y aflojó el agarre; abrió los dedos para permitir que el cuchillo cayera al suelo. La punta del cuchillo estuvo a milímetros de clavarse en su pie desnudo, pero, en vez de eso, se hundió en el suelo de madera.

No recordaba si había gritado o si bajó la mirada hacia el cuerpo frío de Toby, feliz de ver que su expresión había cambiado, que su boca gesticulaba por incredulidad más que por repulsión.

Estaba feliz porque ese bastardo no podría pegarla nunca más.

La policía se negó a permitirle limpiarse antes de que se la llevaran.

Se sentó en la parte trasera de su coche, con las manos tan ensangrentadas que tiñeron la fina tela del vestido color crema que llevaba puesto.

Le hicieron fotos en la comisaría. Incluso le tomaron muestras con un bastoncillo, lo que, en su opinión, era una despilfarro del dinero de los contribuyentes.

No negaba que fuera la sangre de Toby. ¿Cómo iba a hacerlo si la habían encontrado con el cuchillo en la mano?

El mismo cuchillo que le había clavado en el abdomen con tanta fuerza como le fue posible.

¿Había sido más fácil de lo que creía? No lo sabía.

En sus recuerdos de aquel día, había un vacío entre el momento en el que cogió el cuchillo y en el que vio a Toby desplomarse a sus pies con una ridícula expresión de sorpresa en la cara.

Ella observó durante largo rato cómo la sangre salía a borbotones de la herida de su abdomen antes siquiera de ser consciente de que estaba relacionada con el cuchillo que tenía en la mano.

Durante los dos años que pasó en prisión, soñaba con aquello casi cada noche.

Lo consideraba parte de su condena. Quizá había sido una incrédula por pensar que pararía algún día.

El día que le dieron la condicional, aunque solo fuera libre a medias, pudo empezar a pensar en el futuro.

La terapeuta a la que había acudido como parte de su rehabilitación le dijo que los sueños estaban causados por el sentimiento inconsciente de culpa.

—Tienes que aprender a perdonarte —le dijo—.

Los pensamientos negativos son perjudiciales para tu bienestar.

La terapeuta siempre se expresaba por medio de frases así, como si esperara que alguien la citara.

Helen pensaba que mentía, pero las sesiones, aunque no eran obligatorias, eran un entretenimiento agradable frente al aburrimiento agotador de la vida en prisión.

En una sesión le ofreció a la terapeuta una versión reducida de su infancia: le habló de sus hermanos, pero no de sus progenitores.

De las palabras que aún resonaban en su cabeza.

«¡Criatura estúpida! ¡Niña mimada y ruidosa! ».

—Mi hermana tenía diez años más que yo. Aún a veces parece que la escucho diciéndome que soy una pesada.

—Son ecos de tu pasado —dijo la terapeuta mientras asentía como si aquello fuera totalmente normal—.

Lo que quiero que hagas cuando escuches su voz en tu cabeza es imaginarte escribiendo lo que te diga en un pedazo de papel.

Después, lo atas a un globo de helio imaginario y lo sueltas.

A medida que se aleja, observa cómo tus pensamientos negativos se van con él.

La siguiente vez que la voz resonó en la cabeza de Helen, hizo todo lo que le había recomendado la terapeuta.

Sin embargo, mientras el globo se alejaba llevándose consigo todas esas horribles palabras, su hermana llegó corriendo con un cuchillo en la mano y lo explotó.

El estallido resultante hizo llorar a Helen, tragó y se le llenó la boca con la sangre que disparó el bonito globo amarillo.

Era un sueño. Helen se despertó en prisión, en su celda, cubierta por una película de sudor sobre el cuerpo, con el eco de su grito aún presente en el ambiente, con su compañera de celda mirándola fijo y con la certeza de que su terapeuta no tenía ni idea de lo que decía.

Por supuesto, Helen no había sido capaz de contárselo todo.

Si hubiera podido, si la terapeuta hubiera sabido la verdad, las sesiones habrían dejado de ser opcionales: habrían pasado a ser obligatorias.

Y la pobre y equivocada terapeuta podría incluso haber sugerido que Helen necesitaba ayuda psiquiátrica.

Si hubieran sabido la verdad… la habrían sentenciado a más de cuatro años.

Por eso, Helen guardó su secreto. Si el precio a pagar por ello era recordar constantemente lo que había hecho, pues aquella sería su penitencia.