El secreto de la librera Prólogo
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El secreto de la librera

El secreto de la librera

Por Valerie Keogh

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Prólogo

Prólogo

Adoraba a mi padre. Era un hombre alto, de espalda ancha, con manos callosas y el rostro bronceado por las jornadas que pasaba al aire libre ejerciendo como peón de la construcción.

Cobraba el salario mínimo y, para obtener unos ingresos decentes, tenía que trabajar muchas horas, siete días a la semana.

Las pocas veces que estaba en casa, nos miraba a mis dos hermanos mayores y a mí con desprecio, con un afecto distraído.

Y nosotros (o yo, al menos) lo admirábamos como si fuera un dios.

En algunas ocasiones, sobre todo en los largos días de verano, casi no lo veíamos. Me imaginaba que venía a vernos mientras dormíamos, que se inclinaba para pasarnos la mano por el pelo, que nos daba un beso en la frente o que, quizá, susurraba que nos quería.

Cuando éramos niños, nunca cuestionamos sus largas horas de trabajo.

Si nuestra madre lo hizo, nunca lo supimos.

¿De verdad tenía que trabajar tanto? ¿O es que había escogido estar al aire libre con la hosca y alegre compañía de hombres afines a él en lugar de pasar tiempo con su esposa, orgullosa de su hogar y un poco quisquillosa?

Ella era una mujer callada, sumisa y meticulosa que se enorgullecía de tener su casa limpia y unas criaturas pulcras y educadas.

No había ni un ápice de firmeza en ella: se tambaleaba ante la más leve brisa, ante el más mínimo indicio de descontento por parte de nuestro padre o ante la más insignificante señal de mala conducta por parte de sus hijos.

No éramos malos niños. Al menos, mis hermanos no lo eran.

Mi hermana y mi hermano, que eran mayores que yo y se llevaban pocos años, eran mejores amigos.

Rara vez toleraban que su hermanita, la mocosa, los acompañara, y a menudo se adentraban en alguna aventura, dejándome triste, sola y desesperada por tener compañía.

Cuando mi padre estaba en casa, yo buscaba a ese gran hombre, lo idolatraba e incluso suplicaba la más mínima muestra de atención.

Así empezó todo. Mi madre, incapaz de amonestarnos por romper sus normas de buen comportamiento, tomaba nota hasta de las más ligeras infracciones y se las contaba a su marido cuando él tenía tiempo de infligir castigo.

A menudo ocurría días después del suceso, cuando ninguno de nosotros podía recordar qué había hecho mal.

No importaba. Mi padre usaba sus amplias y gastadas manos contra nosotros.

Él acercaba mi cuerpo suave y dócil hacia él y me daba un azote.

El dolor era tan intenso como el placer de que me retuviera cerca, de que este hombre similar a un dios me ofreciera su atención plena y exclusiva.

En ocasiones, si mi infracción merecía un castigo más severo, dos o tres golpes en lugar de uno, me los daba y después me secaba las lágrimas. Me sostenía entre sus brazos, me consolaba y me susurraba al oído:

—No seas malcriada, corderito.

Aquellos eran momentos de felicidad para una niña desesperada por recibir atención.

Me volví más desobediente y busqué más formas de portarme mal.

Rompía cosas deliberadamente, robaba del bolso de mi madre y también en la tienda de la esquina.

Causaba problemas en el colegio: empujaba a mis compañeros, me negaba a hacer lo que mandaba la maestra, contestaba.

Hacía lo que fuera para irritar a mi madre, merecer un castigo que ejecutaría mi padre y recibir el placer que venía después.

Tenía quince años cuando mi padre nos dejó…, cuando me dejó a mí. No fue algo voluntario, eso sí. El lento declive hacia la vejez y la fragilidad no estaban hechos para él. Mi gran y fuerte padre murió en un estúpido y negligente accidente laboral.

Su muerte me dejó desolada. Fui doblemente abandonada cuando mi madre se retrajo en sí misma.

Mis hermanos, que rondaban la veintena, ya se habían ido de casa: Sarah se había casado y vivía en Bath; Doug, en Glasgow.

Vinieron a casa durante unos días, para el funeral, y después se marcharon prometiendo regresar.

Sin embargo, ellos y yo sabíamos que esas promesas eran pura formalidad más que un deseo de visita.

Echaba mucho de menos a mi padre. La sensación de sus manos en mis mejillas o el puñetazo que me enviaba contra la pared por haber infringido alguna de las reglas cada vez más erráticas de mi madre. Lo extrañaba porque sus castigos siempre…, siempre…, iban precedidos de palabras de consuelo y amor.

Cuando murió, el placer y el dolor ya estaban intrínsecamente conectados en mi cabeza.