Capítulo 28 #2
Víctor seguía teniendo deudas. Raúl seguía siendo poco cuidadoso con el papeleo y demasiado orgulloso cuando alguien cuestionaba su trabajo. Pilar seguiría hablando más de la cuenta cuando estaba nerviosa.
Nada de eso desaparecía porque Celia hubiera resultado culpable.
Resolver un crimen no arreglaba automáticamente la vida de quienes habían pasado por él.
Cuando llegó a casa, encontró un mensaje de Fernando.
¿Todo bien? Me ha llamado Pilar.
Conchi se quedó mirando la pantalla.
—Naturalmente.
Lili se sentó a sus pies.
—Tu amiga habla más rápido que tú corres.
Llamó a su hijo.
Fernando respondió casi de inmediato.
—Hola.
—¿Por qué te llama Pilar antes que yo?
—Porque ella considera que tengo derecho a estar informado.
—Traición.
—Me ha contado muy poco.
—Más le vale.
—Solo que se ha resuelto y que tú estás bien.
Conchi dejó el pan sobre la mesa.
—Estoy bien.
—¿Seguro?
—Sí.
Fernando guardó silencio unos segundos.
—¿Y cómo te ha sentado?
La pregunta era mejor que «qué pasó».
Conchi se sentó.
—Raro.
—Muy preciso.
—No sé explicarlo mejor. Me alegro de que Pilar quede fuera y de que se sepa la verdad. Pero no es una de esas cosas que terminas y te quedas contenta.
—Supongo que porque Emilio sigue muerto.
—Exactamente.
Fernando no intentó animarla.
—¿Vas a seguir metiéndote en estas cosas?
Conchi se echó a reír.
—Como si hubiera elegido esta.
—Ya me entiendes.
—No tengo intención de abrir una agencia.
—Me tranquiliza.
—Ni de comprarme una lupa.
—Eso me tranquiliza menos, porque significa que lo has pensado.
—No he pensado nada.
—Mamá.
Conchi sonrió.
—Lo único que he descubierto es que todavía sé escuchar.
—Eso ya lo sabíamos.
—Yo no tanto.
Al otro lado hubo un silencio breve.
—Entonces algo bueno has sacado.
Conchi miró alrededor de la cocina: la mesa de sus padres, la ventana que Julián había arreglado, las paredes reformadas unos meses atrás. Era la casa a la que había regresado pensando que la tranquilidad consistiría, en parte, en no tener que demostrar nada a nadie.
—Puede —dijo.
Fernando cambió de tema después. Le preguntó por la chaqueta que seguía olvidada en uno de los armarios y Conchi prometió buscarla aquella misma tarde, aunque los dos sabían que probablemente tardaría varios días.
Antes de colgar, él volvió a ponerse serio.
—Cuídate.
—Siempre.
—Eso tampoco me lo creo.
—Pues hoy te toca.
Cuando terminó la llamada, Conchi se quedó sonriendo unos segundos.
Después fue a buscar la chaqueta de Fernando.
La encontró en el primer armario.
No se lo dijo.
A media tarde llamó Álvaro.
No le pidió que fuera al puesto. Se limitó a explicarle que ya podía hablar con Pilar, Aurora o cualquier otra persona sobre lo que se había comunicado oficialmente, aunque debía seguir evitando detalles que no conocía o que todavía formaban parte de diligencias pendientes.
—Eso ya lo hago —respondió Conchi.
—Cada vez mejor.
—No empieces.
Álvaro se rio.
—También quería decirte una cosa. La observación de la hora fue útil. La forma en que conectaste el error de Nuria con la contradicción de Celia ayudó a ordenar la cronología.
—Pero vosotros conseguisteis el registro.
—Exactamente.
—Y revisasteis las cuentas.
—También.
—Y hablasteis con Celia.
—Sí.
Conchi sonrió.
—Entonces seguimos teniendo claro quién investiga.
—Me alegro de que lo digas tú.
—No te acostumbres.
Álvaro guardó silencio un instante.
—Conchi, fijarse bien puede ser útil. Pero si alguna vez vuelve a pasar algo raro en el pueblo, eso no significa que tengas que convertirte en otra cosa.
La frase le gustó.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto.
—Aunque tampoco voy a fingir que no veo algo si lo veo.
—Eso tampoco te lo estoy pidiendo.
Ahí estaba el equilibrio.
No ser investigadora.
No dejar de observar.
—Gracias, Álvaro.
—A ti.
Después habló Lucía.
No porque tuviera nada especial que comunicar, sino porque Álvaro le pasó el teléfono sin avisar.
—Hola.
Conchi reconoció su voz.
—¿Te ha obligado?
—Casi.
—Lo sabía.
Lucía ignoró la broma.
—Quería decirte que hiciste bien en venir con lo de la agenda sin montar una historia antes.
Conchi sonrió.
—Eso en tu idioma es casi un discurso.
—No exageres.
—¿También vas a decirme que no me acostumbre?
—Por supuesto.
Conchi se rio.
—Entonces todo vuelve a la normalidad.
—Eso parece.
Antes de devolver el teléfono a Álvaro, Lucía añadió:
—Y una cosa más.
—Dime.
—Seguir viendo cosas no significa que siempre tengas razón sobre lo que significan.
Conchi apoyó un codo en la mesa.
—Eso ya lo he aprendido.
—Bien.
Esta vez la palabra no sonó a corrección.
Sonó casi a respeto.
La llamada terminó poco después.
A última hora de la tarde, Julián apareció sin avisar.
No llevaba tarta, herramientas ni ninguna excusa especialmente buena.
—Pasaba por aquí —dijo.
Conchi miró hacia la calle.
—Tu taller está en la otra dirección.
—He dado una vuelta.
—Muy grande.
Julián se encogió de hombros.
—¿Puedo entrar o seguimos con el interrogatorio en la puerta?
—No estoy autorizada para interrogar.
—Eso he oído.
Conchi lo dejó pasar.
Lili acudió a recibirlo con más entusiasmo del que reservaba para casi cualquier otra persona.
—Eso sí es cariño —dijo Julián.
—Es interés. Cree que siempre traes comida.
—Pues hoy se va a decepcionar.
Fueron a la cocina.
Conchi puso café y se sentaron a la mesa, la misma en la que unas horas antes había hablado con Fernando y la noche anterior había escuchado a Álvaro contarle cómo había muerto Emilio.
Durante unos minutos conversaron de cosas normales. Julián tenía pendiente una reparación en una ventana del Barrio de la Fuente. Conchi le preguntó por la famosa balda de Leonor y él aseguró que seguía resistiendo, lo que ella consideró una victoria provisional.
Al final fue Julián quien mencionó el caso.
—Pilar me ha contado algo.
—Pilar debería abrir una emisora.
—Solo me ha dicho que se sabe quién fue.
—Eso ya lo sabe medio pueblo.
—También ha dicho que tú ayudaste.
Conchi suspiró.
—Eso va a ser un problema.
—¿Por qué?
—Porque la gente simplifica. No encontré una prueba escondida ni descubrí a Celia haciendo nada. La Guardia Civil fue la que comprobó el registro, las cuentas y todo lo demás.
—Ya.
—Yo solo recordé algunas cosas.
—Y las pusiste juntas.
—Algunas.
Julián sonrió.
—Qué modestia.
Conchi lo miró.
—No es modestia. Es exactitud.
—Eso suena a Álvaro.
—Se pega.
Julián bebió café.
—Entonces, ¿qué fue lo que te hizo verlo claro?
La pregunta hizo que Conchi permaneciera unos segundos en silencio.
Había muchas respuestas posibles: el ticket de las 18:07, ver a Celia camino de la plaza, la agenda, el registro de las 17:42, las cuentas.
Pero ninguna, por separado, respondía exactamente a lo que Julián preguntaba.
—Las imprecisiones —dijo al final.
Julián frunció ligeramente el ceño.
—Explícate.
Conchi pensó en Nuria.
—Nuria se equivocó con la hora de verdad. Recordaba a Emilio hacia las seis y media porque mezcló su visita con una entrega que llegó después. Cuando encontró el ticket y vio que había sido a las 18:07, corrigió su recuerdo.
—Vale.
—Víctor también ocultó una cosa. La visita a su tío. Pero lo hizo porque le daba vergüenza haber ido a pedir dinero y porque sabía cómo iba a parecer después.
Julián asintió.
—Y Raúl había explicado mal una factura.
—Exacto. Había cosas incorrectas, incompletas o mal contadas, pero cada una tenía una razón propia. No todas eran intentos de esconder un crimen.
Conchi se inclinó un poco sobre la mesa.
—Celia era diferente. No dijo «sobre las seis y media». Dijo 18:42. Exacto. Y cuando esa hora empezó a importar, tenía una agenda que la respaldaba. No era un recuerdo borroso que luego se corregía con un dato mejor. Era una precisión construida.