Capítulo 28 #3
Julián permaneció atento.
—Así que no fue solo que una hora estuviera mal.
—No. Fue entender que las cosas pueden ser inexactas por motivos muy distintos.
Conchi pensó en los años de colegio, en las versiones de los niños, en padres convencidos de cosas que sus hijos habían contado a medias y en la cantidad de veces que había necesitado distinguir entre mentira, vergüenza, error y simple perspectiva.
—Supongo que eso ya lo sabía antes —añadió—. Solo que llevaba tiempo sin usarlo.
Julián dejó la taza.
—No parece que se te hubiera olvidado.
—Un poco sí.
—Pues ya te has acordado.
La frase fue tan sencilla que Conchi no encontró nada que responder durante unos segundos.
Julián tampoco intentó convertir el momento en otra cosa.
No le tocó la mano.
No hizo ninguna declaración.
Se limitó a terminar el café mientras Lili dormía cerca de la mesa y la luz de la tarde empezaba a apagarse detrás de la ventana.
Aquella normalidad le gustó.
—Dicen que te fijas en cosas —comentó Julián después.
Conchi puso los ojos en blanco.
—También te ha llegado eso.
—Valdecerezos.
—Carmen, seguro.
—No revelo fuentes.
—Vas a acabar peor que Pilar.
Julián sonrió.
—No creo que nadie piense que eres detective.
—Menos mal.
—Solo dicen que ves detalles que otros pasan por alto.
Conchi recordó las palabras de Álvaro.
Fijarse podía ser útil.
Eso no significaba convertirse en otra cosa.
—Que digan lo que quieran.
—Esa sí es la Conchi que conozco.
—¿Y cuál era la otra?
—La que lleva una semana fingiendo que no le importa lo que piensa todo el pueblo.
Conchi le lanzó una servilleta.
Julián la cogió al vuelo.
—Violencia otra vez.
—Ya tienes experiencia.
Cuando se marchó, el sol estaba casi oculto.
Conchi decidió sacar a Lili antes de que anocheciera del todo.
Caminaron hacia la plaza sin prisa.
No evitó Calle Mayor, aunque tampoco buscó el despacho de Celia. Cuando pasó cerca, vio la persiana bajada y siguió adelante. No necesitaba detenerse allí para pensar en lo ocurrido.
La plaza tenía el movimiento tranquilo de cualquier tarde de octubre. Algunas mesas de La Parra estaban ocupadas. En La Tahona quedaban luces encendidas. Dos niños discutían junto a una bicicleta mientras una mujer los llamaba desde la otra acera.
Conchi siguió andando.
Al llegar cerca de la Fuente del Olmo, Lili tiró hacia un árbol.
Conchi se detuvo.
La fuente estaba allí, exactamente igual que antes: piedra, agua y un rincón del pueblo que había existido mucho antes de Emilio, de Celia y de aquellas siete jornadas.
Durante unos segundos pensó en acercarse.
No lo hizo.
No quería que aquel lugar quedara convertido para siempre en el sitio donde Emilio había muerto. También había sido una fuente junto a la que la gente había pasado cientos de veces sin pensar nada especial y, con el tiempo, volvería a serlo.
—Vamos.
Lili siguió caminando.
Conchi tomó la calle que llevaba de vuelta a casa y se dio cuenta de que empezaba a reconocer otra vez el pueblo como un lugar y no como una cronología.
La farmacia era la farmacia, no solo las 18:12.
La Parra podía volver a ser un sitio donde tomar café y no únicamente el origen de un ticket de las 18:07.
Calle Mayor no tenía por qué recordarle siempre el momento en que vio a Celia dirigirse hacia la plaza.
Valdecerezos continuaría llenándose de conversaciones mal recordadas, facturas confusas, recados que alguien olvidaría y pequeñas historias que cambiarían según quién las contara.
Eso formaba parte de vivir allí.
Conchi también seguiría fijándose.
No porque hubiera decidido investigar nada.
Porque era como había sido siempre.
Escuchaba, recordaba y, cuando algo no terminaba de encajar, le costaba dejarlo pasar.
La diferencia era que ahora sabía que aquella forma de mirar todavía servía para algo.
Lili se detuvo delante de la casa de la calle de las Moreras antes de que Conchi sacara las llaves.
—Sí, ya hemos llegado.
La perra esperó.
Conchi abrió la puerta y entraron.
La casa estaba tibia y silenciosa. Dejó la correa en su sitio, encendió la luz del recibidor y oyó a Lili dirigirse hacia la cocina en busca de agua.
Conchi permaneció un instante junto a la puerta abierta. Desde allí veía un tramo de la calle, algunas fachadas iluminadas y las ramas oscuras de los árboles moviéndose apenas con el viento.
Ocho meses antes había regresado a Valdecerezos pensando que volver a casa significaba recuperar algo conocido.
Ahora empezaba a comprender que también podía significar descubrir que todavía tenía algo que aportar sin necesidad de convertirse en otra persona.
Cerró la puerta.
Lili ladró una vez desde la cocina.
—Ya voy.
Conchi sonrió y fue hacia ella.
Mañana habría pan que comprar, ventanas que seguirían dando problemas, vecinos que recordarían mal una hora y otros que jurarían haber dicho algo distinto de lo que dijeron. La vida del pueblo no iba a volverse más ordenada porque ella hubiera entendido un caso.
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella idea no le pareció una molestia.
Le pareció estar en casa.