Capítulo 28
El séptimo día amaneció con un cielo claro y un frío suave que todavía se colaba por las rendijas de las ventanas antes de que el sol terminara de calentar las fachadas.
Conchi se despertó sin sobresaltos y tardó unos segundos en recordar qué había cambiado.
Por primera vez desde la muerte de Emilio, no esperaba ninguna llamada capaz de modificar el sentido de lo ocurrido.
La verdad principal ya estaba fijada. No toda la verdad jurídica, ni todos los detalles de las diligencias, ni las consecuencias que vendrían después, pero sí la suficiente para que el caso dejara de ser una sucesión de preguntas.
Permaneció un rato mirando el techo.
No sentía un alivio limpio ni una tristeza completa. Era algo más difícil de nombrar, como si durante los últimos días hubiera mantenido una parte de sí misma en tensión y ahora no supiera muy bien dónde colocarla.
Lili apareció en la puerta del dormitorio y se quedó observándola.
—Tú sí que tienes las ideas claras.
La perra movió la cola.
—Paseo, comida y dormir.
Conchi se incorporó.
—No es mal plan.
Bajó a la cocina, preparó café y abrió la ventana unos minutos. El aire de octubre entró limpio y frío, con olor a humedad y a leña de alguna chimenea cercana. Desde allí podía oír una persiana levantándose y el motor de una furgoneta que avanzaba despacio por la calle de las Moreras.
Valdecerezos seguía funcionando.
Aquello le resultó reconfortante.
Durante una semana, cada sonido del pueblo había acabado unido de alguna forma a Emilio.
Las calles se habían convertido en recorridos, los bares guardaban horarios y cualquier conversación parecía contener una versión que había que recordar o comparar.
Ahora una persiana podía volver a ser simplemente una persiana y una furgoneta, alguien empezando la jornada.
Terminó el café, dio de comer a Lili y se puso la chaqueta.
No tenía que ir a La Tahona.
Fue de todos modos.
La campanilla sonó al abrir la puerta y Pilar levantó la vista desde detrás del mostrador.
Durante un segundo se miraron sin decir nada.
Conchi supo que ya lo sabía porque Pilar no preguntó.
Eso bastó.
—Ven aquí —dijo su amiga.
Conchi apenas tuvo tiempo de acercarse antes de que Pilar rodeara el mostrador y la abrazara.
El gesto la sorprendió más de lo que habría querido admitir. Pilar no era una mujer especialmente dada a abrazar en mitad de la panadería y Conchi tampoco tenía costumbre de necesitarlos, pero permaneció quieta unos segundos antes de corresponderle.
—Ya está —dijo Pilar al separarse.
—Sí.
—Álvaro vino a hablar conmigo temprano.
Conchi asintió.
—Me dijo que quedabas fuera de todo.
—Fuera de todo —repitió Pilar, y la frase pareció pesarle menos al pronunciarla—. Como si alguna vez hubiera estado dentro.
—En realidad nunca lo estuviste.
—Díselo al pueblo de hace cinco días.
Conchi sonrió.
Pilar volvió detrás del mostrador, aunque no retomó inmediatamente lo que estaba haciendo. Se apoyó en la encimera y miró a Conchi con una seriedad que ella conocía desde mucho antes de que ninguna de las dos tuviera canas.
—También me dijo que Celia fue la que...
No terminó la frase.
No hacía falta.
—Sí.
Pilar bajó la vista hacia las barras de pan.
—No me lo esperaba.
—Yo tampoco al principio.
—Pero luego sí.
Conchi pensó antes de responder.
—Luego había cosas que no encajaban.
—No es lo mismo.
—No.
Pilar asintió.
Aquel matiz era importante. Conchi no quería que, a partir de ahora, todos reescribieran los últimos meses como si Celia hubiera llevado siempre alguna señal visible encima.
No había sido así. La habían conocido como una administradora competente, seria, paciente cuando hacía falta y perfectamente integrada en la vida del pueblo.
Lo que había hecho no borraba aquella apariencia anterior.
Solo hacía mucho más difícil aceptarla.
—Álvaro me ha contado lo de Emilio —dijo Pilar—. No todos los detalles, pero sí lo suficiente.
Conchi no preguntó cuáles. Sabía que la Guardia Civil había decidido ya qué podía comunicar a las personas afectadas.
—Y lo de las cuentas.
—Sí.
—Aurora está destrozada.
Conchi pensó en ella.
—¿Ha venido?
—Antes. Se ha llevado una barra y casi no ha hablado. Dice que se siente tonta por no haberse dado cuenta.
Conchi frunció el ceño.
—No tiene ningún motivo para sentirse así.
—Ya se lo he dicho.
—Las cantidades estaban hechas precisamente para parecer normales o demasiado pequeñas como para montar un problema.
—También se lo han explicado en el puesto.
Pilar suspiró.
—Pero una cosa es entenderlo y otra dejar de pensar que alguien se ha aprovechado de ti durante meses.
Conchi sabía que aquello tardaría mucho más en resolverse que la investigación.
Aurora y los demás propietarios tendrían que revisar cuentas, aportar documentación y seguir los cauces correspondientes. Quizá recuperaran dinero. Quizá hubiera reclamaciones y trámites largos, o conversaciones que nadie quisiera repetir demasiado.
Pero aquello ya no pertenecía a Conchi.
Y, por primera vez, no sentía ninguna necesidad de que le perteneciera.
—¿Y Benito?
—También ha ido. Dice que se arrepiente de no haber guardado más recibos.
—Seguro que tiene suficientes.
—Eso espero.
Pilar se quedó callada unos segundos antes de mirar directamente a Conchi.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no haberme protegido mal.
Conchi tardó un instante en entender.
—¿Mal?
—Sí. Podías haber callado lo de la carpeta porque soy amiga tuya. Podías haber contado la historia de una manera que me dejara mejor. No lo hiciste.
—Porque habría sido una estupidez.
—Eso no quita que te lo agradezca.
Conchi apoyó una mano en el mostrador.
—Si hubiera ocultado que te vi entregar la carpeta, te habría hecho más daño en cuanto alguien lo descubriera.
—Ya lo sé ahora.
—También lo sabías entonces.
Pilar sonrió.
—Entonces estaba demasiado ocupada teniendo miedo.
Conchi entendió aquello mejor de lo que Pilar imaginaba.
El miedo no siempre hacía mentir. A veces solo conseguía que una verdad sencilla pareciera insuficiente.
—Al final la carpeta no te señaló —dijo—. Solo era una parte de lo que Emilio estaba mirando.
—Y yo era la mensajera.
—Exacto.
Pilar levantó la barbilla.
—Pues pienso repetir eso durante un mes.
—Hazlo dos. Te lo has ganado.
Entró una clienta y la conversación tuvo que detenerse. La mujer saludó a Conchi con más entusiasmo del habitual y, mientras Pilar envolvía una hogaza, comentó que «al final había sido la administradora».
Conchi se limitó a asentir.
No quería convertirse en la persona encargada de completar cada versión pública de la historia.
Cuando la mujer salió, Pilar puso los ojos en blanco.
—Esto va a durar semanas.
—Como mínimo.
—Ya han empezado a decir que tú te diste cuenta.
Conchi frunció el ceño.
—Yo no me di cuenta de todo.
—Eso díselo a Carmen Vela.
—¿Qué ha dicho Carmen?
—Que siempre has tenido ojo para las cosas.
Conchi dejó escapar una risa.
—Carmen cree que encontrar una bufanda perdida y aclarar un homicidio son habilidades vecinas.
—Bueno, las dos requieren fijarse.
—No ayudes.
Pilar sonrió.
—No te preocupes. Nadie te ha puesto todavía una placa.
—Todavía.
—Eso lo has dicho tú.
Conchi señaló la bolsa de pan.
—Dame media barra antes de que esto empeore.
Pilar la envolvió.
—Invita la casa.
—Ni hablar.
—Conchi.
—Pilar.
—Déjame hacer algo.
Conchi la miró un momento y terminó guardando las monedas.
—Solo hoy.
—Qué generosa.
Salió de La Tahona con Lili y la bolsa de pan bajo el brazo.
En la plaza se cruzó con Víctor.
Estaba hablando por teléfono junto a un coche, pero al verla levantó una mano y terminó la conversación poco después.
—Conchi.
—Hola.
Durante unos días, cualquier encuentro con Víctor había parecido cargado de preguntas. Aquella mañana no.
Parecía más cansado que cuando todo empezó, aunque también más tranquilo.
—Me han dicho que ya se sabe todo.
—Sí.
Víctor miró hacia la plaza.
—La Guardia Civil habló conmigo. Me dejaron claro que lo mío no tenía relación con la muerte.
—Me alegro.
—Yo también.
Sonrió apenas, pero la sonrisa desapareció enseguida.
—Lo de las deudas sigue ahí, claro.
—Eso no iba a desaparecer porque se resolviera el caso.
—No.
Víctor metió las manos en los bolsillos.
—Estoy mirando cómo arreglarlo. Lo que me propuso mi tío.
Conchi recordó la última conversación que había tenido con Emilio: no prestarle dinero sin más, sino ayudarle a ordenar lo que debía y buscar una salida real.
—Parece una buena idea.
Víctor asintió.
—Sí. Me habría gustado decírselo.
Conchi no intentó buscar una frase perfecta porque no existía.
—Hazlo igualmente.
Víctor la miró.
—Eso no se lo puedo contar.
—No. Pero puedes hacer caso a lo que te dijo.
Aquello pareció bastarle.
Se despidieron sin volver sobre la discusión, la herencia ni el silencio que lo había convertido durante unos días en uno de los nombres más repetidos del pueblo.
Un poco más adelante, Conchi vio la furgoneta de Raúl aparcada junto a una obra pequeña. Él estaba descargando herramientas y levantó la cabeza al verla.
—Buenos días.
—Buenos.
Raúl señaló la bolsa de pan.
—Veo que sigues con tus investigaciones.
—Es una barra.
—Eso dices.
Conchi sonrió.
Raúl dejó una caja en el suelo.
—También han hablado conmigo.
—Me lo imaginaba.
—La factura queda fuera.
—La factura siempre estuvo fuera del crimen.
—Ya, pero ahora parece que todo el mundo lo sabe.
Su tono conservaba ese punto brusco que Conchi había aprendido a distinguir de la hostilidad.
—Eso te vendrá bien.
—Hasta que alguien recuerde otra obra.
—Entonces haz mejor las facturas.
Raúl la miró con resignación.
—No podías dejarlo.
—No.
Él negó con la cabeza, pero terminó sonriendo.
—El proveedor estaba todo en orden. Lo que dije.
—Sí.
—Y pienso empezar a poner por escrito hasta cuando cambio un tornillo.
—Tampoco exageres.
—Contigo nunca se sabe.
Se despidieron.
Mientras continuaba hacia la calle de las Moreras, Conchi pensó que aquello también formaba parte de las consecuencias.