Capítulo 27 #3
No para enfrentarse a una criminal peligrosa.
Solo para pedir explicaciones.
—¿Creéis que sabía que podía estar en peligro?
—No tenemos ningún indicio de que esperara una reacción violenta.
Conchi bajó la mirada.
La cocina permaneció en silencio unos segundos.
—Qué absurdo —dijo al final.
Álvaro la miró.
—¿El qué?
—Que todo esto haya crecido alrededor de cantidades tan pequeñas.
Él tardó un poco en responder.
—Las cantidades eran pequeñas. Las decisiones que se tomaron para ocultarlas dejaron de serlo.
Conchi apoyó una mano sobre la mesa.
Eso era.
No habían matado a Emilio por treinta euros.
Había muerto porque una sucesión de cantidades pequeñas, repetidas durante meses, empezaba a revelar algo mayor; y porque, cuando Celia comprendió que aquel patrón podía salir a la luz, una discusión terminó en un empujón y el miedo posterior se convirtió en encubrimiento.
Álvaro se levantó.
—Tengo que volver.
Conchi lo acompañó hasta el recibidor. Lili apareció desde el salón y se acercó a él con una confianza que parecía incompatible con la gravedad de la conversación anterior.
Álvaro le acarició brevemente la cabeza.
—Ella ha sido la que menos problemas ha dado de todos.
—Porque nadie le ha preguntado nada.
—También ayuda.
Conchi abrió la puerta.
Antes de salir, Álvaro se volvió hacia ella.
—Conchi.
—¿Qué?
—Lo que hiciste estos días fue útil.
Ella esperó, incómoda con cualquier elogio demasiado directo.
—No porque resolvieras tú el caso —añadió—. Lo resolvió una investigación con registros, documentación y comprobaciones. Pero recordaste detalles pequeños que resultaron útiles y, sobre todo, aprendiste a separar lo que habías visto de lo que pensabas que podía significar.
Conchi sonrió.
—Eso último ha costado más.
—Se nota.
—No sé si eso era un cumplido.
—Lo era.
Álvaro bajó el escalón.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Conchi cerró la puerta y permaneció unos segundos apoyada en ella.
No sentía que hubiera ganado nada.
La verdad estaba por fin allí, pero no tenía la forma satisfactoria que a veces se atribuía a las respuestas.
Emilio seguía muerto. Aurora, Benito y otros propietarios tendrían que asumir que alguien en quien habían confiado llevaba meses aprovechándose de ellos.
Celia tendría que responder por una muerte que no había planeado y por las decisiones que tomó después para ocultar lo sucedido.
Conchi regresó a la cocina.
Lili la siguió y se tumbó cerca de la mesa.
Durante unos minutos no hizo nada. Dejó que la conversación se asentara sin repetirla como una lista de horas. Ya no necesitaba memorizar la secuencia porque, por fin, comprendía cómo se había formado.
La llamada de las 17:42 había preparado el encuentro de las 18:20.
El ticket de La Parra situaba después a Emilio en su recorrido.
Entre las 18:14 y las 18:16, ella misma había visto a Celia dirigirse hacia la plaza.
A las 18:29, aproximadamente, la discusión junto a la Fuente del Olmo terminó con el empujón y la caída.
Minutos después, Celia se marchó con la hoja comparativa y, ya en su despacho, convirtió 17:42 en 18:42 y eliminó la referencia al encuentro.
Nada de aquello había dependido de una prueba secreta aparecida en el último momento.
Las piezas importantes habían ido llegando por vías distintas: un ticket, un recuerdo corregido, una observación de Conchi, un registro oficial y documentos que varios propietarios habían conservado casi sin darles importancia.
La Guardia Civil había comprobado lo que correspondía y, cuando la versión de Celia dejó de sostenerse, su admisión completó la reconstrucción.
Conchi pensó en la primera mañana, en Celia entrando en La Tahona con absoluta normalidad, comprando pan y agua mientras escuchaba una referencia casual a la carpeta de Aurora.
Recordó lo fácil que habría sido convertir retrospectivamente aquel momento en una escena siniestra, como si la culpabilidad hubiera debido notarse desde el principio.
No había sido así.
Y quizá aquello era una de las cosas que más la inquietaban.
Las personas no caminaban por el pueblo llevando sus peores decisiones escritas en la cara. Podían ser competentes, amables y pacientes y, al mismo tiempo, tomar una decisión que las llevara a cruzar una línea; después otra, y luego otra más intentando ocultar la primera.
Conchi apagó la luz principal de la cocina y dejó encendida solo la pequeña lámpara del rincón.
En algún momento tendría que hablar con Pilar.
Con Aurora.
También con Julián, cuando pudiera contarle algo.
Pero no aquella noche.
Aquella noche prefería quedarse con una verdad mucho menos espectacular y bastante más difícil de aceptar: Emilio no había muerto por perseguir un misterio ni por enfrentarse a un gran criminal.
Había muerto después de negarse a ignorar unas pequeñas irregularidades que, vistas una a una, parecían demasiado insignificantes para importar.
Juntas contaban otra historia.
Y Emilio había sido el primero en ponerlas una al lado de la otra.