Capítulo 27 #2
La ausencia de robo, que durante los primeros días había favorecido la posibilidad de una caída accidental, adquiría ahora otro sentido.
—Por eso no faltaba nada evidente.
—Exacto.
Conchi miró hacia la ventana. Fuera, la calle estaba oscura y tranquila.
—¿Volvió al despacho?
—Sí. Entre aproximadamente las 18:40 y las 18:50.
La agenda estaba ya demasiado presente como para que Conchi necesitara preguntar qué ocurrió allí.
—Cambió la anotación de la llamada real —continuó Álvaro—. Transformó 17:42 en 18:42 y eliminó de sus notas la referencia al encuentro en la fuente.
Conchi recordó el número más oscuro, el trazo repasado y la naturalidad con que Celia había abierto la agenda delante de ella para demostrar una hora que sabía que no era cierta.
—Entonces el ocho sí estaba hecho sobre un siete.
—Sí.
La respuesta fue clara.
Ya no hacía falta hablar de una cifra aparentemente repasada.
Ahora sabían qué había ocurrido.
—¿Lo hizo para que pareciera que Emilio había hablado con ella después de la cita?
—Para que pareciera que su contacto con Emilio había sido únicamente telefónico y bastante más tarde. Si la llamada figuraba a las 18:42, el contacto real de las 17:42 dejaba de llamar la atención y se rompía el vínculo temporal que podía conducir al encuentro.
Conchi permaneció unos segundos en silencio.
Aquello era lo que había empezado a comprender al ordenar la secuencia, solo que ahora Álvaro acababa de confirmarle la parte que ella no podía conocer.
La hora falsa no había servido únicamente para mover una cifra.
Había servido para borrar una reunión.
—Y durante unos días funcionó.
—Ayudó a sostener una cronología equivocada, sobre todo mientras la hora de Nuria seguía situada aproximadamente a las seis y media.
Conchi pensó en las dos imprecisiones que habían convivido durante buena parte de la investigación.
Una había nacido de un recuerdo inseguro.
La otra, de una alteración deliberada.
—Nuria se equivocó de buena fe.
—Sí.
—Y la hora de Celia encajó con ese error y lo hizo parecer más sólido.
—Exactamente. Pero no sabemos que Celia conociera en ese momento la versión concreta de Nuria ni que planificara aprovecharla. No hace falta atribuirle algo que no podemos demostrar.
Conchi asintió.
Aquello también importaba.
No necesitaban convertir a Celia en una estratega perfecta para explicar lo ocurrido. Bastaba con las decisiones que sí había tomado.
—¿Y cómo terminó admitiéndolo?
Álvaro apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Cuando se la confrontó con el registro de llamadas, la modificación de la agenda, la documentación económica y la reconstrucción de sus movimientos, dejó de poder sostener la versión anterior. Fue reconociendo lo ocurrido por partes.
—¿No confesó de repente?
—No.
Conchi sintió cierto alivio.
Después de todo lo ocurrido, una confesión teatral habría convertido el caso en algo que no era.
Celia había sido, a ojos del pueblo, una mujer competente, capaz de explicar una liquidación con paciencia y de recordar nombres, cantidades y gestiones.
También llevaba meses apropiándose de pequeñas cantidades y, cuando Emilio puso los papeles unos junto a otros, lo empujó durante una disputa.
Después, al verlo caído, decidió protegerse.
Las dos cosas pertenecían a la misma persona.
—¿Por qué no pidió ayuda? —preguntó.
Álvaro negó despacio.
—Celia ha dicho que entró en pánico y que pensó primero en las consecuencias de lo que Emilio llevaba encima y de lo que acababa de ocurrir. Pero eso es su explicación. No voy a convertirla en una excusa.
—No.
Conchi tampoco lo necesitaba.
El empujón podía haber sido impulsivo.
Marcharse sin pedir ayuda ya pertenecía a otro momento.
También llevarse la hoja.
Y regresar al despacho para modificar la agenda.
Álvaro pareció reconocer parte de ese razonamiento en su silencio.
—La muerte no estaba planeada —dijo—, pero el encubrimiento posterior sí implicó decisiones conscientes.
Conchi asintió.
Aquella frase resumía mejor que ninguna otra lo ocurrido.
Durante unos instantes permanecieron callados.
Después Conchi pensó en Pilar.
—¿Ella queda completamente fuera?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
El alivio le llegó con una fuerza que no esperaba.
Desde la primera noche, cuando Pilar le había confesado el miedo que le producía haber entregado la carpeta, una parte de la implicación de Conchi había nacido de la necesidad de impedir que aquel gesto cotidiano terminara convertido en otra cosa por culpa de los rumores.
—Quiero decírselo.
—Todavía no.
Conchi levantó la vista.
—¿Cuándo?
—En cuanto podamos comunicarlo sin interferir con diligencias pendientes. No debería tardar mucho.
Conchi aceptó el límite.
—Aurora tampoco sabe nada.
—No todavía.
—Ni Benito.
—No.
Conchi pensó en todas aquellas personas que habían mirado durante meses cargos que no comprendían del todo y habían concluido que quizá no merecía la pena discutir por cantidades tan pequeñas.
—Cuando sepan lo que había...
—Se les informará por las vías que correspondan.
No insistió.
Álvaro había venido a explicarle la resolución del caso, no a enseñarle expedientes económicos.
—¿Habéis recuperado la hoja comparativa?
Él tardó un instante en responder.
—La documentación relacionada con esa parte está incorporándose a las diligencias. Puedo decirte que Celia ha admitido que se la llevó. No voy a entrar en dónde apareció ni en cómo se ha tratado.
—Vale.
A aquellas alturas, Conchi ya sabía distinguir cuándo una respuesta parcial era suficiente.
—Entonces Emilio no murió porque descubriera una gran fortuna escondida.
—No.
—Murió porque aquellas pequeñas cantidades dejaron de parecer pequeñas cuando las puso unas junto a otras.
Álvaro se tomó un segundo.
—En parte, sí. Lo que estaba en juego para Celia no era un cargo concreto, sino que se descubriera un patrón mantenido durante meses, con consecuencias económicas, profesionales y legales.
Conchi recordó a Aurora diciendo que no quería montar una historia por treinta euros.
Para cada propietario, el perjuicio podía parecer demasiado pequeño como para levantar una sospecha seria.
Hasta que alguien comparó.
—Emilio no estaba buscando un delito —dijo.
—No. Estaba intentando entender unas cuentas.
La respuesta le produjo una tristeza inesperadamente sencilla.
Emilio había ido a aquella cita para hablar.
No para tender una trampa.