Capítulo 27
La tarde fue avanzando sin que Conchi recibiera ninguna llamada y, precisamente por eso, le costó más de lo esperado mantenerse tranquila.
Saberlo no impedía que mirara el teléfono más de la cuenta.
Intentó leer en el salón, pero después de pasar tres veces por la misma página sin recordar una sola frase cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Lili dormía cerca del sofá, indiferente a una inquietud que Conchi ya ni siquiera conseguía disimular ante sí misma.
—Tú lo llevas mejor —murmuró.
La perra abrió un ojo y volvió a cerrarlo.
Conchi fue a la cocina y abrió la nevera sin saber muy bien qué buscaba.
Permaneció unos segundos contemplando los mismos alimentos que había visto una hora antes y terminó cerrándola.
No tenía hambre. Lo que tenía era esa sensación incómoda de esperar una respuesta que podía cambiar la forma de entender todo lo ocurrido y, al mismo tiempo, saber que no tenía derecho a reclamarla.
A media tarde decidió salir con Lili.
No tomó Calle Mayor ni se dirigió hacia el despacho de Celia. Tampoco buscó a Pilar ni a Julián. Eligió una ruta que bordeaba parte del centro y trató de caminar con normalidad, aunque en un pueblo pequeño era difícil ignorar cualquier movimiento fuera de lo habitual.
Al acercarse a la Plaza de los Castaños vio un vehículo de la Guardia Civil estacionado a cierta distancia. Mateo Blázquez hablaba con un hombre junto a una esquina desde la que se alcanzaba a ver la entrada del despacho de Celia.
No había sirenas ni gente acumulada. Nadie corría y ningún gesto anunciaba nada extraordinario.
Precisamente por eso Conchi redujo el paso.
La persiana del despacho estaba bajada.
A aquellas horas solía continuar abierto.
Sintió la tentación de acercarse, aunque solo fuera lo suficiente para averiguar si había ocurrido algo. La descartó casi en el mismo instante. Durante los últimos días había aprendido que acercarse «solo un poco» era la forma más rápida de terminar preguntando lo que había decidido no preguntar.
Tiró suavemente de la correa.
—Vamos.
Lili obedeció con bastante menos resistencia de la que esperaba.
Conchi no miró hacia atrás. Si la Guardia Civil estaba actuando, su curiosidad no tenía ninguna importancia.
Regresó a casa antes de las siete.
Y la espera continuó.
Preparó algo de cena y apenas probó la mitad. Después recogió la cocina, puso agua a calentar y se sorprendió ordenando unas tazas que ya estaban ordenadas. Todo parecía servirle para no mirar el teléfono.
A las ocho y veinte sonó.
Conchi reconoció el nombre de Álvaro en la pantalla y respondió de inmediato.
—Dime.
—¿Estás en casa?
—Sí.
—¿Puedo pasar?
La pregunta le produjo un pequeño nudo en el estómago.
—Claro.
—Voy ahora.
No añadió nada más.
Conchi tampoco preguntó.
Durante los minutos siguientes intentó no anticipar la conversación. Colocó dos tazas sobre la mesa de la cocina, aunque ni siquiera sabía si Álvaro iba a quedarse el tiempo suficiente para beber algo. Cuando sonó el timbre, Lili estaba ya junto a la puerta.
Álvaro entró solo.
Su expresión no era la de alguien que venía a confirmar un dato. Tampoco parecía alterado. Había en él una seriedad cansada, más contenida que solemne, que hizo comprender a Conchi que aquella visita cerraba algo.
—Pasa.
Fueron a la cocina.
Álvaro rechazó el café con un gesto y se sentó frente a ella. Durante unos segundos mantuvo las manos juntas sobre la mesa, como si estuviera buscando la forma más limpia de empezar.
—Ha sido Celia —dijo finalmente.
Conchi había pensado muchas veces en esa posibilidad durante los últimos días. La sospecha se había ido estrechando a medida que otras líneas perdían fuerza y la cronología se corregía, pero escuchar la frase en voz alta produjo un efecto distinto.
No sintió satisfacción.
Tampoco verdadera sorpresa.
Lo que llegó fue una tristeza pesada, acompañada de la certeza de que Emilio dejaba de ser la víctima de una muerte dudosa y pasaba a ser, sin ninguna ambigüedad, un hombre al que otra persona había causado la muerte.
—¿Lo ha admitido? —preguntó.
Álvaro asintió.
—Sí. Pero quiero que entiendas una cosa desde el principio: esto no se ha resuelto porque Celia haya decidido contarlo todo de repente. Cuando se la ha confrontado, la investigación ya tenía una cadena suficiente de datos.
Conchi pensó en el ticket de La Parra, el registro telefónico, la agenda, su propio encuentro con Celia camino de la plaza y la documentación de varios propietarios.
—La admisión no ha creado la solución.
—Exacto.
Aquello le importaba. Durante días había ido comprendiendo que ninguna pieza resolvía el caso por sí sola y que la Guardia Civil necesitaba algo más sólido que una sospecha bien orientada.
Saber que la admisión de Celia llegaba después de esa cadena, y no en sustitución de ella, hacía que todo lo anterior conservara su sentido.
Álvaro continuó.
—La llamada de las 17:42 fue para hablar de las liquidaciones que Emilio estaba revisando. Celia sabía que él había encontrado suficientes coincidencias como para empezar a hacer preguntas que podían causarle problemas.
—¿Quedaron por teléfono?
—Sí. Acordaron verse a las 18:20 junto a la Fuente del Olmo.
Conchi dejó escapar el aire lentamente.
La hora encajó en el hueco que llevaba días viendo sin poder llenarlo.
17:42, la llamada.
18:07, Emilio en La Parra.
Entre las 18:14 y las 18:16, Celia caminando hacia la plaza.
18:20, la cita.
—Entonces, cuando la vi...
—Celia iba hacia ese encuentro.
Conchi volvió mentalmente a aquella tarde. El saludo había sido breve y completamente corriente. Celia no parecía nerviosa, no corría ni hizo nada que llamara la atención.
Durante días, Conchi se había obligado a no inventar retrospectivamente una rareza que no había visto.
Ahora agradecía haberlo hecho.
La verdad no necesitaba que Celia hubiese parecido culpable antes de serlo.
—¿Qué llevaba Emilio? —preguntó.
—Una hoja comparativa que había preparado durante el día. Había cruzado los documentos de Aurora con otros papeles que ya había revisado para varios propietarios y había anotado las coincidencias que le parecían relevantes.
Conchi frunció el ceño.
—¿Esa hoja estaba dentro de la carpeta azul?
—No. La preparó él por separado.
Aquello explicaba por qué Conchi nunca había sabido de su existencia. La carpeta de Aurora había aportado las últimas piezas que Emilio necesitaba para reconocer con más claridad algo que ya venía observando, pero la hoja comparativa era suya y la había elaborado después.
Álvaro continuó sin necesidad de que ella preguntara.
—Durante el encuentro, Emilio le dijo que las explicaciones que había recibido no le bastaban. Pensaba hablar al día siguiente con varios propietarios y, si las cuentas seguían sin aclararse, acudiría también a la Guardia Civil.
Conchi bajó la mirada hacia la mesa.
Recordó las cantidades que Aurora y Benito habían considerado casi demasiado pequeñas para causar un problema. Veintitantos euros. Treinta y pocos. Importes que, contemplados por separado, podían confundirse con un error, un ajuste o una molestia administrativa.
—¿Celia se estaba apropiando de ese dinero?
Álvaro respondió con cautela.
—La revisión económica ha confirmado un patrón de pequeñas apropiaciones mediante liquidaciones, regularizaciones y cargos repetidos. Llevaba aproximadamente dieciocho meses haciéndolo.
Conchi levantó la vista.
—¿A propietarios mayores?
—A varias propiedades que administraba, entre ellas algunas de propietarios mayores que confiaban en ella para entender esas cuentas.
La indignación le llegó después de la comprensión.
No había una gran fortuna ni una trama complicada.
Era algo mucho más pequeño y, precisamente por eso, más fácil de mantener: una diferencia que parecía demasiado baja como para discutirla, un cargo que alguien podía no recordar o una explicación técnica que sonaba razonable porque no existía ningún motivo previo para desconfiar.
Cada propietario veía su propio recibo.
Emilio había puesto varios unos junto a otros.
Y ahí estaba la diferencia.
—¿Hasta qué punto sabía lo que estaba pasando? —preguntó Conchi.
—No podemos saber exactamente cuánto había reconstruido, pero sí que había visto suficiente para entender que no eran errores aislados.
Álvaro guardó un momento de silencio antes de entrar en la parte que Conchi temía escuchar.
—La discusión fue subiendo de tono. Celia intentó convencerlo de que estaba interpretando mal las cuentas, pero Emilio insistió en que iba a seguir adelante. Cuando vio la hoja comparativa, trató de quitársela.
Conchi notó que se le tensaban las manos sobre la mesa.
—¿Y él no se la dio?
—No. Hubo un forcejeo breve.
Álvaro lo explicó sin adornos y Conchi agradeció que no intentara reconstruir cada movimiento.
—Sobre las 18:29, durante ese forcejeo, Celia empujó a Emilio para apartarlo y hacerse con la hoja. Él perdió el equilibrio en el pequeño desnivel junto a la fuente, cayó y se golpeó contra la piedra.
Conchi cerró los ojos durante un instante.
Conocía aquel lugar. Había pasado junto a la Fuente del Olmo toda su vida. No necesitaba una descripción mayor para imaginar una caída así.
—¿Fue allí con intención de matarlo?
—No. No tenemos establecido que acudiera con intención de matarlo y ella tampoco lo ha admitido así. El empujón fue impulsivo, durante la disputa por la hoja.
La distinción importaba.
No convertía la muerte de Emilio en un accidente, pero tampoco en algo planeado de antemano.
Conchi abrió los ojos.
—¿Y después?
Álvaro tardó un momento en contestar.
—Comprobó que Emilio no respondía. En lugar de pedir ayuda, recogió la hoja comparativa y se marchó.
Aquella parte le produjo una impresión distinta a la del empujón.
El forcejeo podía haber durado unos segundos de miedo, rabia y pérdida de control. Lo que vino después pertenecía a otra clase de decisión.
—¿Cogió algo más?
—No. No registró el cuerpo ni se llevó dinero ni objetos personales. Solo la hoja.