Capítulo 26 #2
La dejó primero en casa, aunque eso implicó desviarse. No quería tenerla esperando fuera del puesto ni convertir aquel paseo en algo más largo de lo necesario. Veinte minutos después estaba otra vez frente a Álvaro.
Esta vez él estaba solo en la sala.
—¿Qué has visto? —preguntó cuando Conchi se sentó.
—Nada nuevo.
Álvaro levantó las cejas.
—Entonces empezamos bien.
—Déjame explicarlo.
—Adelante.
Conchi dejó el bolso en el suelo.
—Hasta hoy estaba tratando la hora equivocada de Nuria y la hora falsa de Celia como dos problemas de cronología. No iguales, claro, pero sí como dos correcciones de la tarde.
Álvaro la escuchó sin interrumpir.
—Y no son lo mismo.
—Eso ya lo sabemos.
—Sí, pero creo que la diferencia explica algo más.
Conchi ordenó las cifras antes de continuar.
—Nuria dijo «sobre las seis y media». Luego apareció el ticket de las 18:07 y corrigió el recuerdo. No intentó sostener su primera versión.
—Correcto.
—Celia dio 18:42 desde el principio. Una hora exacta. Después enseñó una agenda con esa misma hora, y ahora sabemos que la llamada fue realmente a las 17:42.
Álvaro asintió.
—Hasta ahí, sí.
—La hora falsa no solo cambia cuándo hablaron. Cambia el orden de toda la tarde.
El sargento no reaccionó, pero Conchi supo que la estaba siguiendo.
—La llamada real ocurre primero —continuó—. A las 17:42 Emilio llama a Celia. A las 18:07 entra en La Parra. Después sale. Entre las 18:14 y las 18:16 yo veo a Celia caminando hacia la plaza.
Álvaro juntó las manos sobre la mesa.
—Sigue.
Conchi eligió la siguiente frase con cuidado.
—Si la llamada hubiera sido realmente a las 18:42, verla caminar hacia la plaza antes podría no tener relación con nada. La llamada vendría después. Pero no fue después. Fue antes.
Álvaro mantuvo el silencio.
—No sé qué hablaron —añadió Conchi.
—Correcto.
—No sé si quedaron.
—Correcto.
—Pero una posibilidad es que la llamada de las 17:42 sirviera para acordar verse más tarde.
Álvaro tardó unos segundos en responder.
—Es una hipótesis razonable.
Algo se asentó dentro de Conchi al oírlo.
No una certeza.
Solo la confirmación de que no estaba forzando los datos.
—Y si fuera así —continuó—, cambiarla a las 18:42 tendría sentido porque haría parecer que el contacto fue telefónico y posterior.
Álvaro no completó la frase por ella.
—Posterior a que yo la viera camino de la plaza —añadió Conchi—. Posterior a la salida real de Emilio de La Parra. Y podría ocultar lo que pasó en medio.
El sargento bajó la mirada hacia la mesa durante unos segundos.
—Eso es importante.
Conchi respiró.
—¿Ya lo habíais pensado?
Álvaro sonrió apenas.
—No voy a hablarte de nuestras líneas de investigación.
—Tenía que intentarlo.
—No, no tenías.
Conchi aceptó el reproche con una pequeña mueca.
—Vale.
Álvaro apoyó la espalda en la silla.
—Lo relevante de lo que acabas de hacer es que has conectado datos que conocías de primera mano con una comprobación oficial que te hemos comunicado. No has añadido una conversación que no oíste ni un encuentro que no viste.
—Porque no sé si existió.
—Exactamente.
—Pero ahora parece posible.
—Sí.
Conchi miró hacia la ventana de la sala.
—Y la diferencia con Nuria...
—También importa.
Álvaro terminó esta vez por ella.
—Una equivocación de memoria y una alteración deliberada pueden producir inicialmente el mismo efecto: una cronología incorrecta. La diferencia aparece cuando se contrastan con datos objetivos y con la conducta posterior de quien da la información.
Conchi volvió la mirada hacia él.
—Eso es lo que llevaba intentando decir.
—Lo has dicho.
—Tú mejor.
—Es mi trabajo.
—No seas presumido.
Álvaro sonrió.
Después recuperó la seriedad.
—Hay una cosa más que debes tener clara.
—Dime.
—La hora falsa, por sí sola, no explica qué ocurrió junto a la Fuente del Olmo.
—Lo sé.
—Ni demuestra por sí misma que Celia estuviera allí con Emilio.
—También lo sé.
—Y las anomalías económicas, aunque tengan cada vez más peso, necesitan una atribución concreta.
Conchi asintió.
No le molestaban aquellas advertencias. Eran exactamente las fronteras que debía conservar.
—Pero ya sabemos que no estamos ante una equivocación como la de Nuria.
Álvaro se tomó un momento.
—Sabemos que Celia sostuvo una hora que no coincide con el registro oficial y que existe una anotación que aparentemente fue modificada. Determinar con precisión cómo, cuándo y con qué intención forma parte de la investigación.
Conchi suspiró.
—Nunca vas a decir una frase sencilla si puedes decir una exacta.
—Intento que sean las dos cosas.
—No siempre lo consigues.
Él ignoró el comentario.
—¿Has hablado con alguien de esto desde que saliste esta mañana?
—No.
—¿Ni con Pilar?
—No.
—¿Ni con Julián?
—Tampoco.
—Bien.
Conchi levantó una mano.
—No lo estropees.
Álvaro sonrió.
—Sigue así.
Hubo un silencio más tranquilo.
Conchi pensó en algo que llevaba evitando desde la plaza.
—Las cuentas.
—¿Qué pasa con ellas?
—Si Emilio estaba comparando documentos y llamó a Celia a las 17:42, es posible que la llamada tuviera que ver con lo que había encontrado.
—Eso es compatible con lo que ya sabemos.
—Pero no puedes decirme más.
—No.
—Ya.
No insistió.
La respuesta bastaba.
El posible motivo económico y la llamada real empezaban a acercarse, pero todavía existía un hueco entre ambos que solo la investigación podía llenar.
Conchi se levantó.
—Creo que ya está.
Álvaro pareció sorprendido.
—¿No tienes otra pregunta?
—Tengo muchas.
—Eso me tranquiliza más.
—Pero no me las vas a contestar.
—Probablemente no.
—Entonces me ahorro el esfuerzo.
Cogió el bolso.
Antes de llegar a la puerta se volvió.
—Álvaro.
—Dime.
—Si la llamada de las 17:42 sirvió para quedar, en algún momento tendréis que saber dónde.
El sargento sostuvo su mirada.
—Si ocurrió un encuentro, tendremos que establecerlo con evidencias y declaraciones, no porque encaje bien en una secuencia.
Conchi asintió.
Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar.
—Vale.
Salió del puesto.
Al volver a la calle, el sol empezaba a bajar y las sombras de los edificios cruzaban parte de la acera. Conchi caminó despacio hacia casa.
No pasó por La Tahona.
No necesitaba contarle a Pilar que, por primera vez, podía imaginar para qué había servido aquella llamada.
Tampoco buscó a Julián.
La conversación con Álvaro había dejado clara la frontera.
Conchi podía ordenar, recordar y detectar que una pieza falsa había alterado el orden de las demás. Pero todavía no podía reconstruir lo que no había visto.
A mitad de camino se detuvo frente a un escaparate sin darse cuenta. En el cristal vio su propio reflejo y, detrás, las fachadas del centro superpuestas.
Repasó una última vez la secuencia.
17:42: Emilio llama a Celia.
18:07: Emilio está en La Parra.
Entre 18:14 y 18:16: Celia camina hacia la plaza.
18:42: no consta ninguna llamada.
La última hora no pertenecía a la tarde real.
Había sido añadida después.
Y, al quitarla, aparecía un hueco que hasta entonces parecía ocupado: el intervalo entre la salida de Emilio de La Parra y el momento en que lo encontraron junto a la Fuente del Olmo.
Conchi reanudó el camino.
Todavía no sabía qué había ocurrido durante ese intervalo.
Pero ya entendía algo esencial.
La mentira de las 18:42 no había servido únicamente para cambiar una hora.
Había servido para ocultar qué podía haber ocurrido entre una llamada real y la muerte de Emilio.