Capítulo 26
Conchi no consiguió comer con demasiada atención.
Los puerros terminaron convertidos en una crema bastante aceptable, pese a que durante la preparación había tenido que volver dos veces sobre los mismos pasos porque no recordaba si había echado sal.
Lili permaneció tumbada junto a la mesa, esperando con una paciencia interesada que alguna distracción tuviera consecuencias comestibles.
No las tuvo.
No eran muchas.
Y, sin embargo, bastaban para desmontar la tarde tal como se había entendido al principio.
Durante días, cada dato había llegado por separado.
Primero Nuria había colocado a Emilio en La Parra hacia las seis y media.
Después Celia había afirmado que él la llamó a las 18:42.
Aquello componía una secuencia razonable: Emilio seguía vivo, moviéndose por el centro y hablando por teléfono bastante tarde.
Luego apareció el ticket de las 18:07 y la primera hora se desplazó.
Ahora acababa de caer la segunda.
La llamada de las 18:42 no había existido. Lo que sí constaba era una llamada de Emilio a Celia exactamente una hora antes, a las 17:42.
Conchi cerró el grifo y secó lentamente el borde del fregadero con un paño que no necesitaba tanta atención.
Algo le molestaba en la comparación y no era solo que una mujer hubiera recordado mal una hora mientras otra había sostenido una distinta. Había una diferencia más importante.
Nuria nunca había intentado fabricar precisión.
Había dicho «sobre las seis y media» y había reconocido desde el principio que no había mirado el reloj.
Cuando apareció un dato objetivo que la contradecía, no lo discutió.
Se sintió mal por haberse equivocado, quizá más de lo razonable, y entregó el ticket a la Guardia Civil.
Celia había hecho lo contrario.
No había dicho «más o menos».
No había dudado.
Había dado un minuto exacto: 18:42.
Y cuando aquella precisión necesitó respaldo, mostró una agenda donde figuraba la misma hora.
Conchi dejó el paño.
—Eso no es lo mismo —murmuró.
Lili levantó la cabeza.
—No hablaba contigo.
La perra volvió a apoyarla.
Conchi fue hasta la mesa y se sentó.
Durante los primeros días había tratado ambas horas como si pertenecieran a una misma categoría: recuerdos imperfectos de una tarde normal.
Una camarera podía confundirse con un cliente; una administradora podía consultar una agenda para recordar una llamada.
Las dos situaciones parecían cotidianas.
Ahora sabía que no eran equivalentes.
La hora de Nuria había sido una equivocación.
La de Celia había sido construida de algún modo.
La palabra le pareció demasiado fuerte en cuanto apareció en su cabeza, pero volvió a los hechos que conocía.
La llamada real estaba registrada a las 17:42.
En la agenda aparecía 18:42. El primer dígito era más oscuro y parecía repasado.
Y Celia había utilizado aquella anotación para sostener su versión.
Conchi no sabía todavía quién había modificado físicamente la cifra ni en qué momento exacto, pero ya no podía tratar la diferencia como una simple imprecisión de memoria.
Se levantó.
Necesitaba salir.
—Vamos.
Lili reaccionó antes de que hubiera cogido siquiera la correa.
—Ahora sí te interesa la conversación.
Salieron de casa pocos minutos después.
Conchi no tenía intención de visitar a nadie. Tampoco iba a comprobar tiempos ni a cronometrar calles. Había aprendido suficiente para saber que convertir el paseo en una recreación exacta podía engañarla más de lo que la ayudaría.
Solo quería moverse por los lugares que ya conocía y dejar que el orden de los hechos se colocara sin forzarlo.
Tomó el camino hacia el centro.
La primera referencia no estaba allí.
17:42.
Emilio había llamado a Celia.
La Guardia Civil le había dicho que la llamada constaba oficialmente y que había salido del teléfono de Emilio. Lo importante no era cuánto había durado ni cada detalle técnico, sino que aquel contacto se produjo antes de todo lo que ella había estado colocando después.
¿Para qué la llamó?
Sabía que Emilio estaba revisando liquidaciones y documentación de varios propietarios. También sabía que las anomalías habían adquirido suficiente peso como para que la Guardia Civil dejara de tratarlas como errores aislados.
Pero entre preguntar por unas cuentas y acabar muerto junto a la Fuente del Olmo seguía existiendo un espacio enorme.
Conchi no quiso llenarlo.
Siguió caminando.
Lili se detuvo ante un muro y ella aprovechó para mirar hacia el centro.
18:07.
Emilio había entrado en La Parra, tomado un café corto y comprado una botella pequeña de agua.
El ticket lo fijaba.
No era memoria ni aproximación.
Aquello había ocurrido.
Además, Nuria lo había descrito como normal. Emilio no parecía alterado ni había hecho nada que ella recordara como extraño. Había permanecido allí poco tiempo y después se había marchado.
Conchi cruzó la plaza.
No entró en La Parra, aunque vio a Nuria detrás del cristal.
Continuó.
La tercera referencia le pertenecía.
18:14, quizá 18:15, como mucho 18:16.
No podía convertirla en un minuto exacto porque no había mirado el reloj en el instante del saludo, pero tenía dos puntos que acotaban el recuerdo: las 18:12 junto a la farmacia y el mensaje a Fernando a las 18:23, ya desde la plaza.
Entre ambos momentos había visto a Celia caminando desde Calle Mayor hacia el centro.
Se habían saludado.
Nada más.
Conchi redujo un poco el paso al acercarse a la misma esquina. No necesitó detenerse; recordaba perfectamente dónde había ocurrido. Celia venía de allí, ella de la farmacia, y cada una había continuado su camino.
Aquel día no había tenido ninguna importancia.
Ahora la llamada real de las 17:42 cambiaba la forma de colocarlo.
Conchi llegó a la Plaza de los Castaños y se sentó en un banco. Lili olisqueó alrededor antes de acomodarse a sus pies.
Desde allí podía ver parte de Calle Mayor y, más allá, la zona lateral que conducía hacia la Fuente del Olmo.
No miró directamente hacia ella.
Todavía no sabía qué había ocurrido allí.
Lo que sí sabía era que Emilio había llamado a Celia a las 17:42, que a las 18:07 había estado en La Parra y que pocos minutos después ella había visto a Celia caminando hacia la plaza.
Más tarde, alguien había sostenido que existió otra llamada a las 18:42, una llamada que el registro oficial no recogía.
Por primera vez, los datos dejaron de parecer una lista y empezaron a formar una secuencia.
La llamada real no estaba después del desplazamiento de Celia.
Estaba antes.
Mucho antes.
Lo suficiente para que pudiera haber provocado algo posterior.
Una conversación.
Un recado.
Un acuerdo.
Una cita.
La última palabra apareció con tanta claridad que Conchi enderezó la espalda.
Una cita.
No sabía que la hubiera habido.
No podía afirmarlo.
Pero la llamada de las 17:42 tenía ahora una posible función que la falsa hora de las 18:42 ocultaba.
Si Emilio habló con Celia antes de pasar por La Parra y, media hora después, Celia se dirigía hacia la plaza, aquel contacto quizá no había sido únicamente una consulta administrativa que quedaba pendiente para el día siguiente.
Podían haber acordado verse.
Conchi miró hacia la calle.
No era una revelación nacida de una prueba nueva.
Era una inferencia.
Y precisamente por eso debía tratarla como tal.
—Puede —dijo en voz baja.
Una mujer pasó delante del banco y la miró.
Conchi sonrió con cierta incomodidad.
—Hablaba con la perra.
La mujer siguió andando.
Conchi bajó la mirada hacia Lili.
—Otra vez me dejas fatal.
Lili parecía completamente ajena al problema.
Conchi volvió al orden de las horas.
¿Por qué mover una llamada de las 17:42 a las 18:42?
Aquella pregunta resultaba mucho más útil que preguntarse por qué un número de una agenda estaba repasado.
La falsa hora hacía algo muy concreto: colocaba el contacto entre Celia y Emilio mucho más tarde.
Cuando Nuria todavía recordaba que Emilio había estado en La Parra hacia las seis y media, una llamada a las 18:42 encajaba perfectamente en una tarde en la que él seguía haciendo recados y hablando con gente.
Y, sobre todo, desviaba la atención de lo ocurrido antes: de la salida real de La Parra, del desplazamiento de Celia hacia la plaza y del intervalo comprendido entre ambos hechos.
Conchi notó un escalofrío bajo la chaqueta.
No porque acabara de comprender cómo había muerto Emilio.
Seguía sin saberlo.
Pero empezaba a entender para qué podía haber servido la hora falsa.
Para mover la historia.
No el crimen.
La historia contada después.
Pensó otra vez en Nuria.
La comparación era más clara ahora. Nuria también había desplazado una hora, pero sin intención. Su memoria había colocado la visita de Emilio cerca de una entrega que llegó después. Cuando apareció el ticket, corrigió el relato y la cronología cambió.
Celia había producido un efecto parecido: situar un hecho a una hora equivocada.
Solo que el proceso era distinto.
Una había partido de un recuerdo inseguro y aceptó el dato objetivo.
La otra había sostenido una hora exacta que el registro oficial contradecía y la había respaldado con una anotación cuyo primer dígito parecía alterado.
Error e intervención deliberada podían generar al principio la misma consecuencia: una tarde mal reconstruida.
La diferencia aparecía al contrastarlas.
Conchi respiró despacio.
Eso sí podía explicárselo a Álvaro.
No como una acusación.
Como una lectura de la secuencia.
Sacó el móvil y dudó un momento antes de llamar. No quería convertir cualquier pensamiento en una urgencia, pero aquello ya no nacía solo de una impresión. Era la forma en que encajaban datos que la Guardia Civil conocía por separado.
Marcó el número.
Álvaro respondió.
—Dime.
—¿Te pillo mal?
—Depende.
—Estoy en la plaza.
—Eso no ayuda.
Conchi sonrió.
—He estado ordenando lo que me has contado esta mañana y creo que hay una cosa que no había visto bien hasta ahora.
Álvaro guardó silencio un instante.
—¿Quieres venir?
—Sí.
—Estoy aquí.
Conchi colgó y miró a Lili.
—Otra visita.
La perra se levantó encantada.
—Tú no entras.