Capítulo 25 #2
Los documentos eran ahora la comprobación.
Y la llamada falsa unía la línea temporal con la económica de una forma que ya no resultaba cómoda.
—Celia gestionaba esas cuentas —dijo.
Álvaro no respondió inmediatamente.
—Celia tiene relación profesional con documentación que estamos comprobando.
—Eso es casi lo mismo.
—No.
Conchi estuvo a punto de protestar, pero se contuvo.
Tenía razón.
Una cosa era que Celia apareciera en los documentos porque los gestionaba y otra que la Guardia Civil hubiera demostrado ya qué había ocurrido con cada cargo.
—Vale. No es lo mismo.
Lucía la miró con cierta aprobación.
—Exacto.
Conchi apoyó la espalda en la silla.
Necesitaba un momento.
Había llegado esperando una respuesta sobre una hora y, en pocos minutos, dos de las líneas más importantes del caso habían cambiado de peso.
La llamada de las 18:42 nunca había existido.
Las anomalías de los propietarios ya no parecían simples errores aislados.
Aquello todavía no le decía qué había ocurrido junto a la Fuente del Olmo. No sabía si Celia había visto a Emilio, si habían hablado en otro lugar o si los dos datos estaban relacionados de la forma que empezaba a insinuarse en su cabeza.
Todavía no podía dar ese paso.
Y sabía que cualquier razonamiento posterior tendría que construirse solo con las piezas que ya conocía.
—¿Por qué me lo contáis? —preguntó.
Álvaro la miró con cierta sorpresa.
—Porque parte de la comprobación nace de información que tú aportaste y porque necesitamos que entiendas que ya no debes hacer ninguna gestión por tu cuenta.
—Eso último ya lo había entendido.
—Quiero que siga así.
—Seguirá.
Álvaro asintió.
—Además, es razonable que sepas que tu observación sobre la agenda tenía relevancia. Pero no confundas eso con tener acceso al resto de la investigación.
—No lo hago.
—Bien.
Conchi miró a Lucía.
—¿Tú también vas a decir «bien»?
—No hace falta.
—Milagro.
La pequeña broma alivió apenas la tensión.
Después Conchi volvió a mirar a Álvaro.
—Hay algo que no entiendo.
—Dime.
—Si Celia sabía que existía un registro de llamadas, ¿para qué cambiar una hora en una agenda?
Álvaro no respondió.
No porque no pudiera tener una idea, sino porque la pregunta cruzaba una frontera.
Conchi lo entendió antes de que se lo dijera.
—Vale. Eso ya es interpretación.
—Y además es una pregunta que tendremos que plantear nosotros donde corresponda.
—Entendido.
Aun así, la pregunta no desapareció.
Quizá Celia no hubiera pensado que nadie comprobaría el registro. Quizá necesitaba que, en los primeros momentos, una hora escrita sostuviera una versión suficiente. Quizá había contado con que una anotación en una agenda pareciera demasiado insignificante para convertirse en una pieza central.
Conchi no sabía cuál de esas posibilidades era cierta.
Las dejó quietas.
—¿Puedo preguntarte una cosa más?
Álvaro levantó las cejas.
—Depende.
—¿La llamada de las 17:42 fue de Emilio a Celia o al revés?
—De Emilio a Celia.
Conchi asintió.
Eso sí importaba.
Emilio la había llamado a las 17:42, mucho antes de entrar en La Parra.
Guardó el dato sin intentar decidir todavía para qué.
—¿Algo más? —preguntó Álvaro.
—No.
—¿Seguro?
Conchi lo miró.
—Sé cuándo parar.
Lucía sonrió apenas.
—Eso sí que es nuevo.
—Os estáis poniendo repetitivos.
Se levantó y cogió el bolso.
Álvaro también se puso en pie.
—Conchi.
Ella se volvió.
—No hables de esto con nadie.
La seriedad de su tono borró cualquier resto de broma.
—No lo haré.
—Ni con Pilar.
—Ni con Pilar.
—Ni con Julián.
—Álvaro, he dicho que no lo haré.
Él asintió.
—Bien.
Esta vez Conchi no protestó.
Salió del puesto acompañada por Lucía.
Antes de abrir la puerta exterior, la guardia civil se detuvo.
—La primera vez que viniste estabas más preocupada por saber qué significaba cada cosa.
Conchi la miró.
—¿Y ahora?
—Ahora preguntas menos deprisa.
—Eso no sé si es un cumplido.
—Lo es.
Lucía abrió la puerta.
—No te acostumbres.
Conchi sonrió.
—Ya decía yo.
Salió a la calle.
El mediodía seguía siendo exactamente el mismo que cuando había entrado: el sol sobre las fachadas, la gente regresando a casa y el ruido de un coche al arrancar.
Sin embargo, mientras caminaba hacia la plaza, tuvo la sensación de que la última tarde de Emilio acababa de cambiar por completo.
Durante días habían colocado sus movimientos alrededor de horas que parecían seguras: 18:07, La Parra; después, según Celia, 18:42, una llamada.
Aquella segunda pieza había dado a la tarde una continuidad tranquilizadora. Emilio había seguido con sus asuntos, había hablado con la administradora y, en algún momento posterior, había terminado junto a la fuente.
Pero ya no.
La llamada no había sido a las 18:42.
Había ocurrido a las 17:42.
Una hora antes.
Antes de La Parra y antes de que Conchi viera a Celia caminando hacia la plaza.
Conchi redujo el paso.
No quiso ordenar todavía lo que aquello podía significar.
No allí, en medio de la plaza.
Siguió andando.
Al pasar frente a La Tahona vio a Pilar detrás del cristal. Su amiga levantó una mano para saludarla y, durante un segundo, Conchi tuvo el impulso automático de entrar.
No lo hizo.
Le devolvió el saludo y continuó.
Pilar no necesitaba saberlo todavía.
Julián tampoco.
Aurora ni siquiera debía imaginar qué estaban encontrando en sus cuentas antes de que la Guardia Civil decidiera cómo comunicarlo.
Aquella información pertenecía, por el momento, a otro sitio.
Cuando llegó a la calle de las Moreras, Lili la recibió en el recibidor con la misma alegría con la que la habría recibido si Conchi hubiera salido a comprar pan.
—Tú sí que tienes una vida sencilla.
La perra se puso a olisquearle los zapatos.
Conchi dejó el bolso y fue a la cocina.
Los puerros seguían esperando en la nevera.
Los sacó otra vez y empezó a limpiarlos sin distraerse, aunque la cifra continuaba allí, perfectamente clara.
17:42.
El mismo minuto.
Otra hora.
Durante varios días, una anotación en una agenda había sostenido la idea de que Emilio habló con Celia a las 18:42.
El registro oficial demostraba algo mucho más sencillo.
Aquella llamada no había existido.