Capítulo 25
Álvaro llamó poco antes del mediodía, cuando Conchi estaba en la cocina intentando decidir si los puerros que había comprado el día anterior merecían convertirse en comida o seguir ocupando espacio en la nevera.
El teléfono sonó sobre la mesa.
Conchi miró la pantalla y dejó el cuchillo.
No necesitó leer el nombre dos veces.
—Dime.
—¿Puedes acercarte al puesto?
El tono de Álvaro era normal, pero no casual. Conchi llevaba ya suficientes conversaciones con él como para notar la diferencia.
—Sí.
—Cuando puedas. No hace falta que vengas corriendo.
—¿Habéis comprobado lo de la llamada?
Hubo un silencio brevísimo al otro lado.
—Prefiero contártelo aquí.
Conchi cerró los ojos un instante.
—Vale.
—Y Conchi.
—¿Qué?
—No llames a nadie antes.
La advertencia habría resultado innecesaria unos días atrás. Ahora entendía perfectamente por qué se la hacía.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Colgaron.
Conchi dejó el teléfono sobre la mesa y miró los puerros a medio limpiar. Lili estaba tumbada cerca de la puerta de la cocina, pendiente de cada movimiento por si alguno acababa teniendo relación con comida.
—Pues vais a esperar —dijo.
La perra siguió observándola.
Conchi se lavó las manos, guardó lo que había sacado de la nevera y se puso la chaqueta sin prisa, aunque por dentro le costó mantener el mismo ritmo.
Habían comprobado algo.
No necesitaba que Álvaro se lo hubiera dicho expresamente. Si el registro hubiera confirmado sin más la hora escrita en la agenda, probablemente no la habría citado de aquella manera. Aun así, se obligó a no completar el hueco antes de tiempo.
Eso era precisamente lo que llevaba varios días aprendiendo.
No imaginar la respuesta cuando todavía podía esperar a escucharla.
Dejó a Lili en casa y salió.
El recorrido hasta el puesto le pareció más corto que otras veces. Pasó por la plaza sin detenerse, aunque vio de reojo La Tahona y pensó en Pilar. No entró. Tampoco miró hacia Calle Mayor más de lo necesario.
A esa hora, el centro de Valdecerezos tenía el movimiento tranquilo de cualquier mediodía: personas saliendo de las tiendas, alguien cerrando un negocio para comer, un repartidor arrastrando un carro con cajas.
Nada hacía pensar que, en una oficina a pocos minutos de allí, una diferencia de una hora pudiera cambiar la forma de entender la muerte de un hombre.
Lucía estaba en la entrada cuando llegó.
—Buenos días.
—Buenos.
La guardia civil no hizo ningún comentario sobre la rapidez con la que había aparecido. Se limitó a indicarle que pasara.
—Álvaro está dentro.
Conchi la siguió hasta una de las salas pequeñas que ya conocía. Esta vez no había libretas abiertas ni una declaración esperando ser tomada. Álvaro estaba sentado junto a la mesa con una carpeta cerrada delante.
Lucía entró detrás de Conchi.
Eso bastó para que la tensión aumentara un poco.
—Siéntate —dijo Álvaro.
Conchi lo hizo, dejó el bolso sobre las rodillas y esperó.
Álvaro no alargó el momento.
—Hemos comprobado el registro de llamadas de Emilio.
Conchi notó que apretaba los dedos alrededor del asa del bolso.
—Vale.
—Consta una llamada de Emilio a Celia el día de su muerte.
Hasta ahí no había sorpresa.
—¿A las seis y cuarenta y dos?
Álvaro negó despacio.
—A las cinco y cuarenta y dos.
Conchi tardó un instante en reaccionar, no porque no hubiera entendido, sino precisamente porque lo había entendido demasiado bien.
—¿Las 17:42?
—Sí.
El número pareció ocupar toda la sala.
17:42.
No 18:42.
Una hora exacta de diferencia.
Conchi volvió a ver mentalmente la agenda abierta sobre la mesa de Celia, el primer dígito más oscuro y repasado.
—¿Y a las 18:42?
Álvaro sostuvo su mirada.
—No consta ninguna llamada entre Emilio y Celia a esa hora.
Conchi se quedó inmóvil.
Había pasado varios días procurando no convertir una impresión en una certeza. Había dicho «repasado» cuando lo más fácil habría sido decir «corregido». Había repetido que no podía saber qué había debajo del ocho ni quién lo había escrito.
Ahora ya no necesitaba ver lo que había debajo.
La llamada de las 18:42 no constaba.
—Entonces la hora de la agenda es falsa.
Lucía intervino con calma.
—La anotación no coincide con el registro oficial.
Conchi la miró.
Todavía seguía afinando las palabras.
Y, aunque en aquel momento casi le molestaba, sabía que hacía bien.
—Pero Celia dijo dos veces que Emilio la llamó a las 18:42.
—Sí —respondió Álvaro.
—Y me enseñó esa hora escrita para demostrarlo.
—También.
Conchi respiró hondo.
—Y la llamada real fue exactamente una hora antes.
—Eso es lo que consta.
No hicieron falta muchas más explicaciones para que entendiera la importancia.
Si el registro hubiera mostrado una llamada a las 18:40 o a las 18:45, podría haberse tratado de un error al anotar los minutos. Si hubiera aparecido otra llamada alrededor de esa franja, quizá existiría una explicación sencilla.
Pero 17:42 frente a 18:42 no parecía una memoria aproximada ni una desviación de unos minutos.
Era el mismo minuto colocado en otra hora.
Conchi volvió a ver mentalmente el ocho repasado.
—Por eso estaba más oscuro —dijo.
Álvaro no confirmó la conclusión.
—Eso tendremos que establecerlo nosotros.
—Ya.
Conchi apoyó el bolso sobre una silla vacía y entrelazó las manos.
—Pero ya no estamos hablando de lo mismo que pasó con Nuria.
Lucía la observó.
—¿A qué te refieres?
—Nuria recordó aproximadamente las seis y media porque mezcló la visita de Emilio con la llegada del repartidor. Después apareció el ticket de las 18:07 y corrigió la hora. No tenía una cifra escrita para sostener su recuerdo.
Álvaro asintió.
—Correcto.
—Celia sí.
Ninguno respondió.
Conchi siguió, procurando no ir más allá de lo que conocía.
—Ella dio 18:42 desde el principio. Después me enseñó una agenda donde aparecía 18:42. Y ahora resulta que el registro tiene una llamada a las 17:42 y ninguna a las 18:42.
—Eso sabemos —dijo Álvaro.
La frase era seca, pero suficiente.
Durante unos segundos, Conchi sintió una mezcla incómoda de satisfacción y desasosiego. Una parte de ella llevaba días esperando una comprobación así; la otra habría preferido que el número repasado no significara nada.
Porque una cosa era sospechar que alguien había desplazado una hora.
Otra muy distinta era descubrir que esa hora había sostenido buena parte de la reconstrucción inicial.
Celia había situado una llamada de Emilio después de la visita a La Parra, después de las 18:07 y también después del momento en que Conchi la había visto caminando hacia la plaza.
Y aquella llamada, sencillamente, no constaba.
—Eso cambia toda la tarde —dijo.
Álvaro apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Cambia una parte importante de la cronología.
—La llamada que parecía demostrar que Emilio estaba hablando con Celia a las 18:42 desaparece.
—Sí.
—Así que a esa hora no sabemos dónde estaba Emilio por esa llamada.
—Por esa llamada, no.
La precisión volvió a estar ahí.
Conchi la aceptó.
No sabía todavía qué otros datos podían situar a Emilio a las 18:42 porque la Guardia Civil manejaba información que ella desconocía. Lo único que acababan de comunicarle era que la versión de Celia sobre aquella llamada no coincidía con el registro.
El silencio se alargó unos segundos.
Conchi fue la primera en romperlo.
—¿Y la agenda?
Álvaro se tomó su tiempo antes de responder.
—Estamos trabajando con ella por los cauces correspondientes.
—No puedes decirme más.
—No.
—Vale.
Lucía pareció fijarse en la facilidad con que había aceptado el límite.
—Eso también es progreso —dijo.
Conchi la miró.
—Hoy no estoy para que me pongáis nota.
—No te estaba poniendo nota.
—Ha sonado muchísimo a eso.
Álvaro dejó escapar una sonrisa pequeña, pero enseguida recuperó el tono serio.
—Hay otra cosa que podemos decirte.
Conchi volvió la atención hacia él.
—¿Los papeles?
—Sí.
La respuesta hizo que regresara de golpe todo lo ocurrido durante los últimos días: Aurora marcando cargos que no entendía, Benito sacando copias en La Tahona, Emilio comparando liquidaciones y las expresiones repetidas en el despacho de Celia.
Regularización.
Ajuste de mantenimiento.
Diferencia de gestión.
—La documentación entregada por varios propietarios se está revisando —continuó Álvaro—. No voy a enseñarte extractos, cantidades ni expedientes concretos, pero podemos decir que hemos encontrado suficientes coincidencias y anomalías para dejar de tratarlo como un posible error aislado.
Conchi permaneció callada.
La frase era prudente.
Aun así, resultaba enorme.
—¿Coincidencias en los cargos?
—No voy a entrar en detalles.
—Ya.
—Hay documentación que requiere una comprobación formal más amplia. Eso es lo que necesitas saber.
Conchi miró un instante a Lucía. Ella no parecía dispuesta a ampliar una sola palabra.
—Entonces Emilio no estaba comparando cosas al azar.
Álvaro negó despacio.
—No podemos saber exactamente todo lo que Emilio había concluido antes de morir.
—Pero sí que había algo real que comparar.
—Hay anomalías reales que estamos comprobando.
Aquello era suficiente.
Hasta ese momento, la línea de los papeles había dependido siempre de una posibilidad. Podían ser cargos normales mal explicados, diferencias administrativas difíciles de entender o pequeños errores repetidos sin intención.
Ahora ya no podían tratarse simplemente como equivocaciones independientes.
Conchi recordó a Aurora hablando de tres cargos pequeños y a Benito preguntándose si no estaría montando un problema por nada.
Precisamente porque eran cantidades pequeñas podían pasar desapercibidas.
—¿Estamos hablando de mucho dinero? —preguntó.
Álvaro negó.
—No voy a darte cifras.
—No te he pedido una cifra exacta.
—Y yo no te voy a dar ni exacta ni aproximada.
Conchi suspiró.
—Qué carácter.
Lucía cruzó los brazos.
—Es su encanto principal.
Álvaro los ignoró.
—Lo importante no es que tú conozcas las cantidades. Lo importante es que entiendas que la repetición que detectasteis no se explica ya solo por un vocabulario administrativo parecido.
Conchi sintió que aquella frase colocaba definitivamente el asunto en otro lugar.
Las palabras habían sido la primera señal.