El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

A la mañana siguiente, Conchi se despertó antes de que sonara el despertador y tardó unos segundos en identificar por qué tenía la sensación de estar esperando algo.

No era una cita ni había quedado con nadie. Tampoco tenía previsto pasar por el puesto de la Guardia Civil.

Precisamente por eso le costó más reconocerlo.

Esperaba una respuesta que no dependía de ella.

Se quedó unos minutos boca arriba, mirando el techo, mientras oía a Lili moverse en el pasillo. La perra había aprendido que, si esperaba lo suficiente junto a la puerta del dormitorio, Conchi terminaba levantándose aunque no existiera ninguna urgencia real.

—Ya voy.

Lili apareció de inmediato.

—Eso tampoco significa que mandes tú.

La perra se quedó esperando.

Conchi se levantó.

Mientras se vestía, volvió a pensar en la conversación de la noche anterior. Álvaro y Lucía tenían ya la información sobre la agenda de Celia y podían comprobar el registro de llamadas. Ella no podía hacer absolutamente nada para acelerar ese proceso.

La idea era sencilla.

Aceptar lo que implicaba resultaba bastante más difícil.

Durante el desayuno miró el teléfono dos veces sin que hubiera sonado. Después se sorprendió pensando si tendría algún sentido pasar por el centro y acercarse a Calle Mayor.

No para hablar con Celia.

Solo para pasar.

La excusa le pareció tan mala que hasta le dio un poco de vergüenza.

—Ni hablar —murmuró.

Lili, pendiente de una miga de tostada, no pareció tener opinión.

Conchi terminó el café despacio. Podía ir al despacho de Celia con cualquier pretexto, preguntar a Aurora si había recordado algo más o visitar a Benito para saber si había encontrado otras liquidaciones antiguas.

Incluso podía empezar a pensar qué otros propietarios mayores habían recurrido a Emilio durante los últimos meses y preguntarles si conservaban documentación.

Todo aquello estaba a su alcance.

Y precisamente por eso tenía que dejarlo quieto.

La Guardia Civil disponía ya de documentos de varios propietarios y había decidido comprobar la agenda y el registro de llamadas.

Si Conchi empezaba a buscar más información por su cuenta, no solo podía interferir en algo que desconocía, sino también conseguir que Celia percibiera una atención que quizá todavía no esperaba.

No necesitaba que Lucía volviera a explicárselo.

Lo entendía.

Recogió la mesa, guardó la taza y cogió la correa de Lili.

—Vamos a hacer algo complicado.

La perra empezó a mover la cola.

—No hacer nada.

Eso no pareció desanimarla.

Salieron.

La mañana estaba fría y limpia. El cielo tenía un azul pálido y las zonas de sombra conservaban humedad de la noche. Conchi eligió una calle distinta de la habitual para evitar llegar demasiado pronto al centro.

Lili protestó deteniéndose en cada esquina.

—No vamos a La Tahona todavía.

La perra tiró en dirección contraria.

—Eso es manipulación.

Siguieron por una zona de casas bajas, pequeños jardines y muros de piedra. Allí el pueblo parecía todavía más tranquilo. Un hombre lavaba la entrada de un garaje con una manguera, una mujer colgaba sábanas en un patio interior y el sonido de una radio escapaba por una ventana entreabierta.

Conchi se obligó a fijarse en esas cosas.

No en Celia.

No en la agenda.

No en las 18:42.

Mucho menos en lo que pudiera decir un registro telefónico.

Lili se detuvo junto a una farola y olisqueó durante tanto tiempo que Conchi terminó mirando alrededor con resignación. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, por primera vez desde que habían salido, estaba disfrutando realmente del paseo.

Aquello también era nuevo.

Durante los días anteriores, casi cada calle había terminado asociándose a una hora, una persona o una conversación. La farmacia era las 18:12; Calle Mayor, Celia caminando hacia la plaza; La Parra, el ticket de las 18:07; la Fuente del Olmo, Emilio.

El pueblo entero había empezado a convertirse dentro de su cabeza en una especie de mapa del caso.

Conchi no quería eso.

No había vuelto a Valdecerezos para transformar cada esquina en una pista.

—Vamos por aquí —dijo.

Tomó una calle que conducía hacia la zona donde Julián tenía el taller.

No lo hizo pensando en encontrarlo.

Al menos eso se dijo.

La puerta estaba abierta.

Desde fuera oyó el sonido de una lijadora y esperó hasta que se detuvo.

—¿Se puede?

Julián apareció desde el fondo con unas gafas protectoras levantadas sobre la cabeza.

—Depende.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque funciona.

Conchi entró con Lili.

—No vengo a nada.

—Eso sí que es preocupante.

—Estoy paseando.

—Entonces este sitio te queda de camino entre ningún sitio y ninguna parte.

—Exacto.

Julián dejó las gafas sobre el banco.

Había una puerta de armario apoyada sobre dos caballetes y varias piezas pequeñas ordenadas a un lado. El taller olía a madera lijada y cola.

—¿Café?

Conchi hizo una mueca.

—No.

—Cada día pierdo prestigio.

—Lo perdiste hace años.

Julián señaló una silla.

—Siéntate cinco minutos y me cuentas por qué has venido a no contarme nada.

Conchi lo miró.

—No he venido por eso.

—Vale.

—Y no tengo nada que contar.

—Mejor.

Aquello la desarmó un poco.

Julián volvió a la puerta del armario y pasó la mano por uno de los bordes, comprobando el lijado. No hizo ninguna pregunta más.

Conchi se sentó. Lili se tumbó cerca de la entrada y, durante un rato, el único sonido fue el roce suave de la lija manual que Julián empezó a utilizar en una esquina difícil.

Conchi agradeció el silencio.

Después de unos minutos, él habló sin levantar la vista.

—¿Estás esperando algo?

Ella lo miró.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque llevas mirando el móvil desde que has entrado.

Conchi bajó la vista.

Lo tenía en la mano.

Ni siquiera se había dado cuenta.

Lo dejó sobre el regazo.

—Sí.

—¿Noticias de Fernando?

—No.

Julián asintió.

—Entonces ya sé de qué.

Conchi dudó. No quería contarle nada que no debiera.

—La Guardia Civil está comprobando una cosa —dijo al final—. Eso es todo.

—Pues tendrás que esperar.

—Qué facilidad tenéis todos para darme órdenes.

—No era una orden.

—Ha sonado parecido.

Julián sonrió y siguió lijando.

—¿Puedes hacer algo mientras tanto?

Conchi pensó en la respuesta real.

Sí.

Podía hacer demasiadas cosas.

—Sí —dijo—. Pero no debo.

Julián levantó la vista por primera vez.

—Ah.

—¿Qué significa ese «ah»?

—Que eso es distinto.

Conchi cruzó los brazos.

—No sé si me gusta por dónde vas.

—Ni siquiera he empezado.

—Precisamente.

Julián dejó la lija.

—Si puedes hacer algo pero sabes que no debes, entonces lo difícil no es esperar. Lo difícil es no convencerte de que tienes una buena razón para hacerlo.

Conchi se quedó mirándolo.

—Eso ha sonado demasiado sensato.

—Tengo días.

—Muy pocos.

Julián se apoyó en el banco.

—¿Y qué es lo que te tienta?

Conchi tardó en responder.

Podía hablar sin entrar en detalles del expediente.

—Volver a preguntar.

—¿A quién?

—A gente.

—Muy específico.

—No quiero contarte más.

—Perfecto.

Él no insistió.

Conchi agradeció, una vez más, aquella cualidad suya. Julián podía sentir curiosidad, pero no confundía la curiosidad con tener derecho a una respuesta.

—Podría ir a hablar con Celia —dijo Conchi—. O con propietarios que conocían a Emilio. Podría preguntar si recuerdan otros papeles, otras fechas, otras cantidades.

Julián levantó una ceja.

—Eso suena agotador.

—También podría servir.

—¿Y los guardias qué hacen?

—Precisamente eso. Comprobar lo que corresponde.

—Entonces quizá ya tienes respuesta.

Conchi suspiró.

—No me gusta cuando la respuesta es no hacer nada.

—Porque parece que no estás ayudando.

Aquello le tocó más de lo que esperaba.

—Puede.

Julián volvió a la puerta del armario.

—A veces ayudar consiste en no estorbar.

Conchi lo miró con indignación fingida.

—Qué bonito.

—Es gratis.

—Menos mal.

—Además, tú ya has hecho bastante. Has contado lo que viste, has separado lo que sabías de lo que creías y has llevado la información donde correspondía.

—Eso suena como si estuvieras poniendo nota.

—Aprobado raspado.

Conchi soltó una risa.

—Qué amable.

—Puedes mejorar.

El ambiente del taller le sentaba bien. Allí no había horas escritas en agendas ni liquidaciones difíciles de interpretar. Había una puerta de armario que necesitaba lijarse para cerrar correctamente.

Un problema concreto.

Una causa.

Una solución.

Conchi pensó que quizá por eso acababa apareciendo allí con más frecuencia de la que reconocía.

—¿Y si mientras espero alguien cambia algo? —preguntó.

Julián dejó de trabajar y la miró de frente.

—¿Eso lo sabes o te lo estás imaginando?

La pregunta la incomodó precisamente porque era buena.

—Me lo estoy imaginando.

—Entonces no es lo mismo.

Conchi apoyó las manos sobre las rodillas.

—No.

—Y si los guardias creen que existe ese riesgo, supongo que sabrán qué hacer.

—Sí.

Julián volvió a la lija.

—Pues ya está.

Conchi guardó silencio.

Aquella frase le habría molestado unos días antes. Ahora, en cambio, no encontró nada que discutir.

No porque hubiera dejado de sentir curiosidad.

La tenía.

Y mucha.

Pero la curiosidad no era una autorización.

Después de un rato se levantó.

—Me voy.

Julián miró el reloj de pared.

—Has durado más de cinco minutos.

—Te estaba vigilando.

—Para eso tengo cámaras.

Conchi miró alrededor.

—No tienes cámaras.

—Por eso funciona tan bien.

—Tonto.

Julián sonrió.

Lili se levantó en cuanto vio la correa.

—¿Vas al centro? —preguntó él.

Conchi pensó un segundo.

—Sí.

—¿A preguntar?

—A comprar fruta.

—Muy arriesgado.

—Intentaré controlarme.

Salió del taller con una sensación más ligera.

No había resuelto nada ni había recibido un consejo especialmente profundo. Julián le había dicho, en esencia, algo que ella ya sabía.

Pero a veces escuchar una idea fuera de la propia cabeza conseguía darle una forma distinta.

Saber esperar también era una decisión.

Siguió hasta el centro.

Al pasar por Calle Mayor vio, inevitablemente, la fachada del despacho de Celia. La puerta estaba cerrada y las persianas, medio bajadas.

Conchi redujo el paso casi sin darse cuenta.

Durante un instante pensó en acercarse y comprobar si había alguien dentro.

No necesitaba entrar.

Ni preguntar nada.

Solo mirar.

Se obligó a seguir caminando.

Aquello era exactamente lo que había decidido no hacer. Si empezaba a justificar pequeñas excepciones, en media hora podía terminar hablando con Celia bajo cualquier pretexto absurdo.

La frutería estaba dos calles más adelante.

Compró manzanas, mandarinas y un manojo de puerros que no tenía previsto llevarse, pero que el frutero aseguró que estaban especialmente buenos.

—Eso decís siempre —respondió Conchi.

—Porque siempre es verdad.

—Claro.

Salió con una bolsa en cada mano y la satisfacción inesperada de haber pasado por Calle Mayor sin detenerse.

La Tahona estaba abierta.

Esta vez sí entró.

Pilar levantó la vista en cuanto la vio.

—Pensaba que no venías.

—He decidido mantenerte inquieta.

—Lo estás consiguiendo.

Conchi dejó las bolsas en el suelo.

—Dame una barra.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

Pilar empezó a envolverla.

—¿Sabes algo?

La pregunta llegó con la naturalidad de quien pregunta por el tiempo.

Conchi sabía perfectamente a qué se refería.

—No.

—¿Nada?

—Nada.

Pilar pareció decepcionada.

—Pues vaya.

—Es estupendo.

—¿El qué?

—No saber nada nuevo. Si no sé nada, no tengo nada que contar ni nada que interpretar. Puedo comprar una barra y marcharme.

Pilar la miró como si acabara de decir una tontería.

—Eso suena tristísimo.

—A mí me empieza a parecer descanso.

Pilar sonrió.

—Te estás haciendo mayor.

—Cincuenta y nueve, gracias.

—Eso.

Conchi recogió las bolsas.

—Y no preguntes por ahí.

Pilar abrió mucho los ojos.

—¿Yo?

—Tú.

—No iba a hacerlo.

—Claro.

—Esta vez es verdad.

Conchi la observó un momento.

Pilar parecía sincera.

—Entonces vamos progresando las dos.

—No exageres.

Salió.

Durante el camino de regreso, Lili se empeñó en detenerse junto a un banco donde no había absolutamente nada interesante. Conchi acabó sentándose porque las bolsas pesaban más de lo que había calculado.

Desde allí se veía una parte de la plaza.

Era una mañana corriente: personas entrando y saliendo de tiendas, un repartidor descargando cajas, una bicicleta apoyada contra una farola, alguien llamando desde una ventana.

Nadie parecía estar esperando una respuesta capaz de cambiar la historia de los últimos días.

Conchi sí.

Y, aun así, por primera vez no sentía que tuviera que hacer algo para merecerla.

La Guardia Civil estaba comprobando el registro. Los documentos de los propietarios estaban en manos de quienes podían revisarlos. La agenda seguiría donde tuviera que seguir.

Ella había contado lo que sabía.

Cualquier paso adicional que diera aquella mañana no acercaría necesariamente la verdad. Podía incluso alejarla.

Lili apoyó el hocico sobre su rodilla.

Conchi le acarició la cabeza.

—Así que esperamos.

La perra cerró los ojos.

—Tú lo llevas mejor.

Se quedó allí unos minutos más antes de volver a casa.

No hubo llamadas, no apareció Álvaro y nadie corrió detrás de ella con una revelación de última hora.

Y, contra lo que habría esperado unos días atrás, Conchi no sintió frustración.

Había aprendido algo más difícil que seguir una pista: entender cuándo el siguiente paso pertenecía a otros y saber detenerse sin convertir la espera en otra forma de intervenir.