El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Conchi esperó hasta después de cenar para llamar a Álvaro.

No porque necesitara pensar más en lo que había visto.

Desde que salió del despacho de Celia tenía bastante claro qué debía contar y, sobre todo, qué no podía afirmar.

Lo que necesitaba era ordenar bien las palabras, porque sabía que una frase mal elegida podía convertir una observación en una acusación sin que ella misma se diera cuenta.

Había dejado la hoja de Aurora sobre una esquina de la mesa de la cocina, todavía dentro de la carpeta transparente que Celia le había entregado. No la había abierto. Recoger aquella copia había sido únicamente el motivo de su visita y no tenía ninguna necesidad de mezclarla con lo demás.

Lili dormía cerca del radiador mientras Conchi terminaba una infusión que ya se había quedado tibia.

Sobre la agenda no tenía dudas acerca de lo que había visto: la cifra escrita era 18:42 y el primer número parecía repasado, más oscuro que el resto y con varios trazos superpuestos.

Eso era todo.

Podía deberse a una corrección inocente, a un trazo mal hecho o a cualquier otra explicación que ella desconocía. No sabía cuándo se había repasado ni quién lo había hecho. Ni siquiera podía asegurar que debajo hubiera habido antes otro número.

La conversación era más difícil de resumir.

La primera vez, en La Tahona, Celia había dicho que Emilio la llamó para pedir una aclaración sobre unas liquidaciones y que ella pensaba revisarlas. Aquella tarde, en cambio, había hablado de documentación que Emilio quería localizar y de continuar la conversación al día siguiente.

Las dos versiones podían encajar.

Eso era precisamente lo incómodo.

Conchi cogió el teléfono antes de seguir dándole vueltas.

Álvaro respondió poco después.

—Dime.

—¿Te viene mal que pase por el puesto?

Hubo un silencio breve.

—¿Ha ocurrido algo?

—No exactamente.

—Esa respuesta nunca me tranquiliza.

—No es una urgencia. He estado esta tarde en el despacho de Celia por un recado de Aurora y he visto una cosa que creo que deberíais saber.

El tono de Álvaro cambió apenas, pero Conchi lo notó.

—¿Qué cosa?

—Prefiero explicártelo allí.

—Ven.

—Voy ahora.

Colgó, dejó la taza en el fregadero y se puso la chaqueta. Lili abrió un ojo cuando la vio dirigirse hacia el recibidor.

—Tú te quedas.

La perra ni siquiera hizo el esfuerzo de levantarse.

—Gracias por la preocupación.

La noche había caído por completo sobre Valdecerezos. Hacía más frío que por la tarde y las calles estaban mucho más tranquilas. Conchi caminó deprisa, aunque procuró no convertir el trayecto en otra oportunidad para construir teorías.

No tenía ninguna.

Y si empezaba a fabricarla antes de llegar al puesto, corría el riesgo de contarla después como si formara parte de lo que había visto.

Álvaro la recibió en la entrada. Lucía estaba también allí, sentada ante una mesa con varios documentos, y levantó la vista cuando Conchi pasó.

—Buenas noches.

—Buenas.

Álvaro señaló una sala pequeña.

—Vamos dentro.

Lucía recogió su libreta y fue con ellos.

Conchi no se sorprendió. A aquellas alturas ya sabía que, cuando la información tenía relación con la cronología o con declaraciones previas, ambos preferían escucharla de manera ordenada.

Se sentó frente a los dos.

Álvaro fue directo.

—Empieza desde que llegaste al despacho.

Conchi asintió.

—Aurora me pidió que recogiera una copia de una liquidación que Celia le había preparado. Fui a última hora de la tarde. Celia estaba sola y me dio la hoja.

Lucía abrió la libreta.

—¿Tú le pediste hablar de Emilio?

—No.

—¿Sacaste el tema de las liquidaciones de otros propietarios?

—Tampoco.

Álvaro hizo un gesto para que continuara.

—Cuando ya me iba, Celia comentó que parecía que Emilio había estado preguntando a más gente por esas cosas. Después dijo que la Guardia Civil le había vuelto a preguntar por algunas cuestiones y mencionó otra vez la llamada de Emilio.

—¿Qué dijo exactamente? —preguntó Lucía.

Conchi tardó un instante.

—Dijo: «Fue a las seis y cuarenta y dos. Me acuerdo perfectamente».

Lucía escribió.

—¿Es la misma hora que te había dado antes?

—Sí.

—¿Cómo surgió la agenda?

—Yo le dije que siempre me había llamado la atención que recordara el minuto exacto. Ella respondió que lo sabía porque lo había apuntado. Entonces cogió la agenda que tenía junto al ordenador, buscó el día y me enseñó la anotación.

Álvaro la observaba con una atención que no tenía nada de acusatoria y, precisamente por eso, obligaba a Conchi a ser todavía más precisa.

—Describe lo que viste.

Conchi apoyó las manos sobre el bolso.

—El nombre de Emilio y la hora 18:42.

—¿Algo más?

—Había otras anotaciones en la página, pero no las leí.

—¿Intentaste hacerlo?

—No.

Lucía levantó la vista de la libreta.

—¿La agenda estuvo abierta delante de ti el tiempo suficiente para que pudieras haberlo hecho?

—Sí, pero no miré el resto. Solo la línea que ella me señaló.

—Bien. Sigue.

Conchi respiró antes de continuar.

—El primer dígito de la hora parecía repasado.

Álvaro no reaccionó.

—¿Qué quieres decir con «repasado»?

Aquello era justo lo que Conchi esperaba que preguntara.

—Que el trazo era más oscuro y parecía tener varias pasadas de bolígrafo encima, sobre todo en la parte central del ocho.

—¿Parecía corregido?

Conchi estuvo a punto de responder que sí.

Se contuvo.

—Parecía repasado.

Álvaro asintió despacio.

—No es lo mismo.

—Ya.

—¿Viste debajo otro número?

—No.

—¿Viste tachaduras?

—No.

—¿Había tinta de otro color?

—No me fijé.

—¿Puedes afirmar que el ocho se escribió después que el resto de la hora?

—No.

—¿Puedes afirmar que antes había otro número?

—No.

Álvaro dejó pasar un segundo.

—Entonces, ¿qué puedes afirmar?

Conchi entendió perfectamente hacia dónde iba.

—Que el primer dígito se veía más oscuro y con varios trazos superpuestos.

—Eso sí.

Lucía siguió escribiendo.

La precisión de las preguntas no la molestó.

Al contrario, mientras respondía empezó a comprender con claridad por qué Álvaro insistía tanto en separar unas cosas de otras.

Si hubiera aceptado sin más la frase «la hora estaba corregida», en pocos minutos una impresión visual habría pasado a convertirse en un hecho que ella nunca había visto.

—¿Tocaste la agenda? —preguntó Lucía.

—No.

—¿La cogiste en algún momento?

—No.

—¿Celia te la acercó?

—La giró un poco hacia mí y señaló la línea. Yo estaba delante de la mesa.

—¿Cuánto tiempo la viste?

Conchi hizo una mueca.

—No sabría decirte. Unos segundos.

—¿Suficientes para leer la hora con claridad?

—Sí.

Álvaro asintió.

—Bien.

Conchi sonrió apenas.

—Estoy empezando a entender cuándo vuestro «bien» significa que no he hecho una barbaridad.

La expresión de Lucía se suavizó un poco.

—No te confíes.

Álvaro retomó la conversación.

—Has dicho que hubo también una diferencia en el contenido de la llamada.

—Sí, aunque no sé si llamarlo cambio exactamente.

—Entonces no lo llames todavía. Cuenta las dos versiones.

Conchi agradeció la corrección.

—La primera vez que Celia habló de la llamada, en La Tahona, dijo que Emilio quería una explicación sobre unas liquidaciones y que ella las revisaría. La conversación parecía muy breve.

—¿Recuerdas sus palabras exactas?

—No todas. La idea sí.

—Eso es importante. Distingue lo que recuerdas literalmente de lo que estás resumiendo.

Conchi asintió.

—Literalmente sí recuerdo que dio la hora: 18:42. Sobre el contenido, recuerdo el sentido, no cada palabra.

—De acuerdo.

—Hoy, en cambio, explicó que Emilio preguntó por unas liquidaciones y por si podía localizar documentación de unos expedientes. También dijo que habían quedado en volver a hablar al día siguiente, cuando ella hubiera revisado esos papeles.

Lucía dejó de escribir durante un segundo.

—¿Eso último lo había mencionado antes?

—No delante de mí.

—Eso no significa que no se lo hubiera dicho a nosotros —señaló Álvaro.

—Lo sé. Solo digo que yo no lo había oído.

Álvaro asintió.

—Así es como hay que contarlo.

Conchi se quedó callada.

Había algo revelador en aquella conversación, aunque no porque Álvaro o Lucía estuvieran compartiendo información con ella. Por primera vez veía con claridad el procedimiento que aplicaban a cada pieza.

Ella tendía a construir historias.

La Guardia Civil necesitaba hechos.

Una historia podía decir que Celia había cambiado una hora y después había modificado su versión de la llamada.

Los hechos eran mucho menos cómodos: Conchi había visto un número más oscuro y había escuchado dos formulaciones distintas en días diferentes.

No sabía si ambas cosas guardaban relación entre sí ni si cualquiera de ellas era relevante.

—Ahora entiendo por qué Lucía me decía que no preguntara como si estuviera investigando —dijo.

Lucía levantó una ceja.

—¿Ahora?

—Antes también lo entendía. Pero ahora lo entiendo mejor.

—Me sirve.

Álvaro apoyó los brazos sobre la mesa.

—Hay otra cuestión. Cuando Celia te enseñó la agenda, ¿te dio alguna explicación sobre por qué estaba repasada la cifra?

—No.

—¿Se dio cuenta de que la mirabas?

—Supongo que sí, porque estaba enseñándome precisamente la hora. Pero yo no hice ningún comentario sobre el trazo.

—Bien.

—Y antes de que lo preguntes, tampoco le dije que me pareciera raro.

Álvaro sonrió ligeramente.

—Iba a preguntarlo.

—Voy aprendiendo.

Lucía cerró la libreta a medias.

—¿Comentaste lo que viste con Aurora, Pilar, Julián o cualquier otra persona?

—No.

—¿Ni después de salir del despacho?

—No. Vine a casa, cené y os llamé.

Lucía asintió.

Esta vez Conchi no hizo ninguna broma. Entendía por qué aquello importaba.

Si la información empezaba a circular antes de que la Guardia Civil pudiera comprobarla, Celia podía llegar a saber que alguien había prestado atención a la agenda.

Incluso aunque al final no significara nada, bastaría para alterar conversaciones, comportamientos o documentos.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó.

Álvaro no respondió inmediatamente.

—Comprobar la información. Y veremos si procede verificar formalmente el registro de llamadas y conservar la agenda como elemento documental.

Conchi notó una pequeña tensión en el pecho.

—¿Podéis hacer eso?

—Por los cauces correspondientes, sí, si resulta necesario.

—¿Le vais a decir que yo he visto el número?

Lucía intervino.

—No necesitas saber cómo vamos a plantear las diligencias.

Conchi la miró.

—Vale.

La respuesta fue tan sencilla que Lucía pareció casi sorprendida.

—¿Nada más?

—Nada más.

Álvaro sonrió.

—Definitivamente estás mejorando.

—No os acostumbréis.

Durante unos segundos nadie habló.

Conchi volvió a pensar en una de las frases que acababa de escuchar: verificar formalmente el registro de llamadas.

Por primera vez desde que Celia había dado aquella hora, alguien podía comprobarla de una forma que no dependía de su memoria, de una anotación manuscrita ni del recuerdo de otra persona.

Hasta entonces, las 18:42 habían sido una afirmación. Después se habían convertido en una anotación. Ahora podían convertirse en un dato verificable.

—Entonces el registro dirá si hubo esa llamada —dijo.

Álvaro la miró con calma.

—Dirá qué llamadas constan oficialmente.

La precisión volvió a aparecer.

Conchi asintió.

—No necesariamente lo que se habló.

—Exacto.

—Ni por qué.

—Exacto.

—Solo si existió una llamada a esa hora.

—Y otros datos técnicos que correspondan, pero no voy a entrar en detalles.

Conchi apoyó la espalda en la silla.

—Me vale.

Lucía cerró definitivamente la libreta.

—Eso también es nuevo.

—Hoy estáis los dos especialmente simpáticos.

Álvaro se levantó.

—Por nuestra parte, ya está.

Conchi recogió el bolso y se puso en pie, pero antes de salir de la sala se volvió.

—Una cosa.

Lucía dejó escapar un suspiro exagerado.

—Sabía que era demasiado bonito.

—No voy a preguntaros nada reservado.

—Adelante.

Conchi buscó la forma de explicarlo.

—Si el número de la agenda estuviera repasado por una razón completamente normal, el registro también serviría para aclararlo.

Álvaro asintió.

—Claro.

—Entonces no estáis comprobando si Celia miente.

—Estamos comprobando un dato.

La respuesta fue inmediata.

Conchi sonrió.

—Eso era.

—¿Qué?

—La diferencia.

Álvaro abrió la puerta.

—Es bastante importante.

Salieron al pasillo.

Lucía caminó junto a Conchi hasta la entrada y, antes de despedirse, se detuvo.

—Has hecho bien en venir directamente.

Conchi la miró.

No había ironía en su voz.

—Gracias.

—Y has hecho bien en no hablar de una cifra «falsificada».

—Porque no sé que lo esté.

—Exacto.

Conchi abrió la puerta exterior y el aire frío entró de golpe.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Emprendió el camino de vuelta a casa con las manos metidas en los bolsillos.

La conversación había durado menos de lo que esperaba, pero le había dejado la cabeza más tranquila.

No porque supiera más. En realidad, seguía sabiendo exactamente lo mismo que cuando había salido de casa: había visto un ocho repasado y había escuchado dos versiones ligeramente distintas sobre el contenido de una llamada.

Nada más.

Lo que había cambiado era su forma de sostener esos datos sin obligarlos a significar algo antes de tiempo.

Al pasar por la plaza apenas quedaba gente. La fuente ornamental seguía sonando y una de las terrazas estaba recogiendo las últimas mesas. Conchi cruzó sin detenerse.

No pasó por La Tahona.

Tampoco por La Parra.

No necesitaba contarle nada a nadie.

Aquella noche la información había quedado donde debía.

Cuando llegó a la calle de las Moreras, Lili la esperaba detrás de la puerta.

—Ya he vuelto.

La perra dio dos vueltas a su alrededor antes de dirigirse hacia la cocina.

Conchi se quitó la chaqueta y fue detrás. La taza que había dejado antes de salir seguía junto al fregadero. Preparó otra infusión, esta vez sin mirar el teléfono ni intentar reconstruir ninguna hora, y se sentó a la mesa.

Una parte de ella quería imaginar qué encontraría la Guardia Civil cuando consultara los registros.

Se negó a hacerlo.

Podía constar una llamada a las 18:42 o podía no constar. Cualquiera de las dos posibilidades tendría consecuencias distintas, pero todavía no conocía la respuesta.

Miró hacia la ventana oscura.

Una hora escrita en una agenda podía ser correcta, equivocada o incluso haber sido modificada. La tinta, por sí sola, no podía explicarlo.

Ahora ya no dependían de la tinta.

Había un registro externo que podía comprobarse.

Conchi tomó un sorbo de la infusión y, por primera vez desde que vio aquel número repasado, dejó de intentar adivinar qué significaba.

La respuesta, si existía, tendría que venir de un lugar donde ella no podía mirar.