Capítulo 22
Aurora llamó a Conchi poco después de las cinco, justo cuando ella acababa de poner agua a calentar para una infusión.
—No te rías —dijo nada más oírla.
—Todavía no has dicho nada.
—Pero te conozco.
Conchi bajó el fuego.
—Eso mismo decís todos cuando vais a pedirme algo.
—No voy a pedirte nada importante. Celia me ha dejado preparada una copia de la liquidación que estuvimos mirando el otro día y me ha dicho que puedo recogerla antes de que cierre. Yo estoy en casa de mi hermana y no voy a llegar.
—Y quieres que vaya yo.
—Si te pilla bien.
Conchi miró la tetera, después el reloj de la cocina y finalmente a Lili, que esperaba junto a la puerta del patio sin ningún interés por los problemas administrativos de Aurora.
—¿No puede quedarse allí hasta mañana?
—Claro que puede.
—Entonces no hay ninguna urgencia.
—Ninguna.
—Estupendo.
Aurora guardó silencio.
Conchi sabía perfectamente lo que significaba aquel silencio.
—Voy —dijo.
—Sabía que podía contar contigo.
—Eso es lo que me preocupa.
Aurora se rio.
—Solo tienes que decirle que vas de mi parte. Es una hoja con unas anotaciones que me prometió copiar.
—¿Algo nuevo?
—No. Lo mismo que me explicó cuando fuimos juntas. Me lo ha puesto por escrito para que dentro de dos semanas no vuelva a preguntarle qué significa una regularización.
—Eso sí es optimismo.
—Muy graciosa.
Conchi colgó, apagó el fuego y dejó la infusión para después.
No tenía ninguna razón especial para negarse.
El despacho de Celia estaba a pocos minutos y, además, recoger una fotocopia para Aurora era exactamente el tipo de recado que llevaba toda la vida haciendo por otras personas sin considerarlo extraño.
Lo que sí decidió, antes de ponerse la chaqueta, fue no convertir aquella visita en otra cosa.
La Guardia Civil ya tenía documentación de varios propietarios, Álvaro había dejado claro que serían ellos quienes comprobarían las cuentas y Lucía, por primera vez, había valorado que Conchi hubiera sabido aportar una coincidencia sin transformarla en una acusación.
No necesitaba preguntar a Celia por Benito, por las liquidaciones ni por los papeles que Emilio había revisado.
Iba a recoger una hoja.
Nada más.
La última luz de la tarde caía sobre Calle Mayor cuando llegó. Los comercios seguían abiertos, pero el movimiento empezaba a disminuir y algunas personas caminaban de regreso a casa con bolsas de compra. El despacho de Celia tenía la luz encendida.
Conchi abrió la puerta.
Celia estaba sola, sentada frente al ordenador. Al verla, señaló inmediatamente una carpeta transparente que había dejado sobre una mesa auxiliar.
—Vienes por Aurora.
—Eso parece.
—Menos mal. Pensaba que mañana me llamaría para preguntarme otra vez si la regularización era lo mismo que el ajuste.
Conchi sonrió mientras se acercaba.
—No descartes que lo haga aunque se lleve la hoja.
—También es verdad.
Celia cogió la carpeta transparente y sacó una fotocopia.
—Le he marcado las tres cosas de las que hablamos. No hay nada nuevo, solo el esquema y la referencia de cada partida.
Conchi la recibió sin leerla.
—Perfecto.
—Dile que, si aun así no lo entiende, vuelva.
—Eso se lo dices tú porque tienes paciencia.
—Y porque cobro por ello.
Las dos se rieron.
El despacho estaba igual que la tarde anterior: ordenado, con varias carpetas apiladas junto al ordenador, la impresora en un lateral y los archivadores cerrados. La planta de la esquina seguía pareciendo necesitada de una ventana que no tenía.
Conchi guardó la hoja de Aurora en el bolso.
Podía haberse marchado en aquel momento y, de hecho, ya había empezado a despedirse cuando Celia comentó:
—Al final parece que Emilio había estado preguntando a más gente por esas cosas.
Conchi se detuvo.
—¿Por las liquidaciones?
—Eso dicen.
El comentario no sonaba defensivo. Parecía, simplemente, una noticia que había terminado llegando hasta ella por los mismos caminos por los que llegaba casi todo en Valdecerezos.
—Varios propietarios han llevado documentación a la Guardia Civil —dijo Conchi—. Pero no sé qué están comprobando exactamente.
—Normal.
Celia cerró una carpeta que tenía abierta delante.
—A mí también me han vuelto a preguntar algunas cosas.
Conchi no sabía muy bien qué responder, así que eligió la opción más sencilla.
—Supongo que entra dentro de lo normal.
—Sí. Sobre todo porque Emilio me llamó aquel día.
La hora apareció en la cabeza de Conchi antes de que Celia la dijera.
18:42.
La había recordado durante el paseo de aquella misma tarde y, precisamente por eso, cuando Celia continuó prestó más atención de la que habría prestado unos días antes.
—Fue a las seis y cuarenta y dos —dijo Celia—. Me acuerdo perfectamente.
La precisión volvió a producirle aquella pequeña incomodidad.
No era una contradicción. Ni siquiera resultaba raro que Celia recordara una hora concreta si la había anotado, tal como había explicado desde el principio. Aun así, Conchi se quedó mirándola un segundo más de lo habitual.
—Siempre me ha llamado la atención que recuerdes el minuto exacto.
Celia sonrió.
—Porque lo apunté.
—Ya.
—Si no, seguramente te habría dicho «sobre las siete menos cuarto» y me habría quedado tan ancha.
La comparación con la forma en que Nuria había recordado a Emilio hizo que Conchi sonriera ligeramente.
—Eso habría sido más humano.
—Mi trabajo consiste en apuntar cosas para no depender de mi humanidad.
Celia giró la silla y acercó una agenda que estaba junto al teclado.
Era la misma que Conchi había visto cerrada la vez anterior, una agenda de sobremesa normal, de tapas oscuras y hojas llenas de anotaciones pequeñas. Celia la abrió sin ningún cuidado especial, pasó varias páginas y buscó la fecha.
—Mira.
Conchi no se acercó más de lo necesario.
Celia señaló una línea escrita a bolígrafo.
Junto al nombre de Emilio aparecía una hora: 18:42 .
Conchi la leyó casi sin querer y entonces reparó en algo.
No en toda la anotación.
Solo en una parte.
El ocho del comienzo parecía más oscuro que el resto. Había varios trazos superpuestos y una pequeña acumulación de tinta en la zona central, como cuando alguien repasa un número que ha quedado poco claro.
Conchi no dijo nada.
Se inclinó apenas, lo suficiente para asegurarse de que no se trataba de una sombra o de un efecto de la luz.
No lo parecía.
Eso era todo lo que podía afirmar: el primer dígito estaba repasado.
No sabía cuándo.
No sabía por qué.
Ni siquiera sabía si Celia lo había repasado al escribirlo porque el primer trazo había quedado mal.
Celia seguía hablando.
—Aquí lo tienes. Emilio, 18:42.
Conchi apartó la vista de la agenda.
—Sí.
—Por eso pude darle la hora a la Guardia Civil. Si hubiera dependido de mi memoria, habría sido mucho menos exacta.
—Tiene sentido.
Y lo tenía, al menos en apariencia.
Celia dejó el dedo junto a la anotación.
—Me preguntó por las regularizaciones de unas propiedades y por si tenía localizados un par de expedientes. Le dije que podía revisarlo al día siguiente porque ya estaba acabando.
Conchi notó entonces otra pequeña resistencia, aunque tardó unos segundos en localizar de dónde venía.
La primera vez que Celia había hablado de aquella llamada había dicho que Emilio quería una explicación sobre algunas liquidaciones y que ella se había ofrecido a mirarlas. La conversación había quedado, en su recuerdo, como algo breve y bastante general.
Ahora aparecían expedientes concretos.
O, al menos, una formulación más específica.
—¿Te pidió expedientes? —preguntó, sin cambiar el tono.
Celia levantó la mirada.
—Sí. Bueno, preguntó si podía localizar documentación de unas liquidaciones que estaba revisando.
—Pensaba que me habías dicho que quería una explicación.
—También. Era lo mismo.
La respuesta llegó sin vacilación.
Celia cerró la agenda a medias.
—Quería aclarar unas diferencias y saber de dónde salían. Para eso tenía que mirar los expedientes.
Conchi asintió lentamente.
La diferencia era pequeña, tan pequeña que podía deberse perfectamente a la manera de resumir una conversación varios días después. Una vez podía contarse como «quería una explicación» y otra como «quería que localizara unos expedientes». Las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Sin embargo, llevaba cinco días aprendiendo que los cambios pequeños merecían, como mínimo, ser recordados con precisión.
No necesitaba decidir qué significaban.
—¿Y quedasteis en volver a hablar? —preguntó.
Celia se tomó un momento antes de responder.
—Sí, al día siguiente, cuando hubiera podido revisar los papeles.
Conchi volvió a notar aquella resistencia.
La primera versión que recordaba era menos concreta. Celia había dicho que miraría las liquidaciones. Ahora la conversación parecía tener una continuación más definida.
No era una contradicción abierta.
Pero tampoco sonaba exactamente igual.
—¿Te acuerdas de todo eso por la agenda? —preguntó.
—Parte. Y parte porque después la Guardia Civil me ha preguntado varias veces y, claro, acabas repasándolo en la cabeza.
Aquello también era razonable.
Celia volvió a abrir del todo la agenda.
—Además, cuando trabajo dejo muchas cosas anotadas.
Movió ligeramente la página para mostrar otras entradas de aquel día: nombres, llamadas y abreviaturas que Conchi no intentó leer. No tenía ningún derecho a hacerlo y, sobre todo, no quería terminar examinando un documento privado como si estuviera buscando una prueba.
Su mirada regresó, casi inevitablemente, a la hora.
18:42.
El primer dígito seguía pareciendo repasado.
Conchi metió las manos en los bolsillos de la chaqueta para evitar cualquier gesto automático hacia la mesa.
—Tú eres más ordenada que yo —dijo.
Celia soltó una risa.
—Eso no es difícil.
—Gracias.
—No era un insulto.
—Pues se parecía bastante.
Celia cerró la agenda y la dejó otra vez junto al ordenador.
El objeto volvió a parecer exactamente lo que había sido antes: una agenda de trabajo cualquiera.
Conchi se obligó a recordar que eso importaba.
Un número repasado no convertía una anotación en una falsificación. Una versión algo más detallada no convertía a quien la contaba en mentirosa.
Pero tampoco debía ignorar ninguna de las dos cosas.
Celia se levantó.
—¿Algo más para Aurora?
—No. Con esto tiene suficiente para entretenerse.
—Dile que no se preocupe. Si encuentra otro cargo que no entienda, lo revisamos.
—Se lo diré.
Conchi se dirigió hacia la puerta.
—Gracias.
—A ti por hacer de mensajera.
—Estoy empezando a cobrar.
—Pásame factura.
—No me provoques, que últimamente las facturas dan mucho trabajo en este pueblo.
Celia se rio.
—Buenas tardes, Conchi.
—Buenas tardes.
Salió a Calle Mayor.
No se detuvo delante del despacho ni miró hacia atrás. Empezó a caminar hacia la plaza con el mismo ritmo con el que había llegado, aunque por dentro llevaba una conversación bastante distinta.
Necesitaba ordenar lo que acababa de ocurrir sin añadir nada.
Celia había abierto voluntariamente la agenda y había señalado una anotación correspondiente a Emilio. La hora escrita era 18:42 y el primer dígito parecía repasado, con varios trazos de bolígrafo más oscuros que el resto.
Eso era lo que había visto.
Nada más.
Después estaba la conversación.
La primera vez, Celia había explicado que Emilio llamó para preguntar por unas liquidaciones y que ella iba a revisarlas. Aquella tarde había hablado de documentación concreta y de volver a hablar al día siguiente una vez localizados los papeles.
Las dos versiones podían ser compatibles.
Pero no eran idénticas.
Eso también podía contarse sin interpretar.
Al llegar a la Plaza de los Castaños redujo un poco el paso. Había gente en las terrazas y dos niños corrían alrededor de la fuente ornamental mientras un hombre llamaba a uno de ellos para que se pusiera la chaqueta.
Conchi pensó en Pilar.
Podía entrar en La Tahona y contarle lo que acababa de ver.
No lo hizo.
Pensó también en Aurora, cuya hoja llevaba dentro del bolso.
Tampoco tenía ninguna razón para comentárselo.
Aquello no era una conversación para el pueblo. Era exactamente el tipo de observación que había aprendido a llevar al lugar adecuado antes de permitir que las interpretaciones empezaran a crecer alrededor.
Siguió caminando hacia casa.
El número repasado podía tener una explicación completamente inocente. La diferencia entre ambas versiones también.
Conchi no sabía si aquellas dos cosas estaban relacionadas entre sí, con los papeles de los propietarios o con la muerte de Emilio, y esta vez no necesitó hacer ningún esfuerzo especial para aceptar que no le correspondía decidirlo.
Solo tenía que recordar con precisión lo que había visto y lo que había oído.
Después se lo contaría a Álvaro.
No una conclusión.
Una observación.