El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

A media tarde, Valdecerezos había recuperado casi por completo su aspecto habitual, aunque Conchi sabía que aquella normalidad era engañosa.

Las conversaciones seguían girando alrededor de Emilio, solo que ya no lo hacían con la misma intensidad ni con los mismos nombres.

Durante los primeros días, cualquier gesto había parecido suficiente para convertir a alguien en sospechoso; ahora algunas historias empezaban a perder fuerza a medida que aparecían explicaciones menos llamativas y bastante más humanas.

Lo comprobó nada más entrar en La Tahona.

Pilar estaba colocando unas barras en una cesta baja cuando una mujer mayor comentó desde el mostrador que, al final, «lo de Víctor parecía no ser para tanto».

La frase habría provocado un pequeño terremoto dos días antes.

Aquella tarde solo consiguió que otro cliente dijera que nunca se podía saber y que, de todos modos, pedir dinero al tío no convertía a nadie en asesino.

Conchi se quedó junto a la puerta mientras Lili se dirigía al cuenco de agua.

Pilar la vio y levantó las cejas.

—Has llegado justo a la hora del juicio popular.

—Entonces me voy.

—Ni se te ocurra.

La mujer que había hablado primero se volvió hacia Conchi.

—Tú sabrás algo.

—Yo sé que he venido a comprar pan.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre vengo a lo mismo.

Pilar soltó una risa y siguió atendiendo.

Conchi no añadió nada. Había aprendido que, cuando una conversación ya venía cargada de rumores, cualquier palabra podía convertirse en una confirmación que nadie había dado. Esperó hasta que los dos clientes salieron con sus bolsas y dejó que la puerta se cerrara antes de acercarse al mostrador.

—Cada vez preguntan menos por la carpeta —dijo Pilar.

Conchi la miró.

No había un alivio exagerado en su voz, pero sí una ligereza que no tenía unos días atrás.

—Me alegro.

—A mí también. Al principio parecía que haberle dado aquellos papeles a Emilio me convertía en poco menos que cómplice de algo.

—Eso nunca tuvo sentido.

—Ya, pero el sentido no ha frenado nunca una buena historia.

Pilar envolvió media barra y la dejó sobre el mostrador.

—Ahora todo el mundo habla de Víctor con menos seguridad y de Raúl como si la factura ya fuera un problema aburrido de oficina.

—Eso último parece bastante más cerca de la realidad.

—Y lo de Víctor también se está desinflando.

Conchi apoyó una mano en el borde del mostrador.

—No deberíamos hablar de personas como si fueran globos.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Sí, lo sabía. Víctor había empezado siendo el sobrino con problemas de dinero que ocultaba una visita y una discusión. Raúl, el hombre enfadado por una factura cuestionada. Ambas cosas eran ciertas, pero ninguna parecía ya suficiente para sostener todo lo que el pueblo había construido alrededor.

—¿Y tú? —preguntó Conchi—. ¿Estás más tranquila?

Pilar tardó en responder, como si no quisiera parecer demasiado satisfecha por el simple hecho de que la atención se hubiera desplazado.

—Sí. Un poco. Me sentía ridícula por tener miedo de que alguien pensara que yo había provocado algo solo por entregar una carpeta.

—No era ridículo.

—Era incómodo.

—Eso sí.

Pilar recogió unas migas del mostrador con la mano.

—Ahora pienso en aquel momento y me parece exactamente lo que fue. Aurora me pidió que le diera unos papeles a Emilio y yo se los di.

—Porque eso fue exactamente lo que ocurrió.

—Ya, pero cuando alguien muere, hasta lo más normal empieza a parecer raro si lo miras demasiado.

Conchi sonrió.

—Eso lo podría poner Lucía en una pared del puesto.

—No creo que le haga gracia.

—Seguramente no.

Entró una pareja joven y la conversación quedó interrumpida. Conchi pagó el pan y salió sin prisa. Lili llevaba unos minutos esperando junto a la puerta con la paciencia justa para no protestar.

La tarde era fresca, aunque agradable. En la plaza había varias mesas ocupadas y un grupo de niños corría alrededor de la fuente ornamental mientras dos madres los vigilaban desde un banco.

Aquella imagen habría resultado difícil de conciliar con la tensión de los primeros días si Conchi no supiera que ambas cosas podían coexistir perfectamente en un pueblo pequeño.

La vida seguía.

Los rumores también, solo que iban cambiando de forma.

Tomó la dirección de La Parra casi sin pensarlo. No tenía una razón concreta para entrar, salvo que había caminado bastante y le apetecía un café que no fuera el de Julián.

Nuria estaba secando vasos detrás de la barra cuando la vio.

—Hoy sí que vienes por voluntad propia.

—No te acostumbres.

—Eso me dicen mucho últimamente.

Conchi se sentó cerca de la ventana.

—Un café.

—¿Corto?

—Normal.

Nuria puso la máquina en marcha y, mientras esperaba, miró de reojo hacia la caja registradora.

—Desde el otro día, cada vez que toco esto me acuerdo del ticket de Emilio.

Conchi levantó la vista.

El comentario había salido sin dramatismo, casi como una molestia doméstica.

—¿Todavía te preocupa haberte equivocado?

—No como al principio. Ya me han dicho varias veces que di una hora aproximada y que luego la corregí en cuanto encontré el comprobante. No puedo hacer más.

—Eso es bastante sensato.

—No pongas cara de sorpresa.

—No he puesto ninguna.

Nuria dejó el café delante de ella.

—Pero me sigue haciendo gracia lo convencida que estaba de que había sido hacia las seis y media.

Conchi acercó la taza.

—No estabas convencida. Dijiste desde el principio que era aproximado.

—Ya, pero en mi cabeza estaba colocado ahí.

—Porque lo mezclaste con la entrega.

—Exacto.

Nuria se apoyó un momento en la barra.

—Y ahora, cuando lo pienso, me parece tan claro que fueron dos momentos distintos que no entiendo cómo pude juntarlos.

Conchi conocía esa sensación. A veces, después de corregir un recuerdo, la nueva versión parecía tan evidente que costaba entender cómo había podido confundirse antes.

—Porque entonces no importaba —dijo—. Antes de que apareciera Emilio muerto, que entrara a las seis y siete o a las seis y media no cambiaba absolutamente nada para ti.

—Eso también me lo dijo Álvaro.

—Me alegra coincidir con profesionales.

—Te estás viniendo arriba.

Conchi sonrió y probó el café.

Nuria siguió atendiendo mientras entraba un hombre a pedir una cerveza. Conchi miró por la ventana. Desde allí se veía parte de la plaza y, más allá, la calle por la que había visto a Celia dos tardes antes caminando hacia el centro.

No pensó inmediatamente en ella.

Pensó primero en el ticket de las 18:07 y después en la hora que había visto en su propio móvil, las 18:12.

Más tarde llegó el recuerdo del saludo en Calle Mayor.

Ninguno de aquellos datos, por separado, había parecido digno de atención cuando ocurrió y, sin embargo, cada uno había obligado a corregir algo que antes parecía seguro.

Lo mismo había sucedido con otras piezas: Víctor había ocultado una visita por vergüenza; Raúl había explicado mal una factura que tenía respaldo documental; y varias expresiones administrativas repetidas en papeles de propietarios distintos merecían ser comprobadas sin que eso demostrara por sí solo ninguna irregularidad.

Conchi se dio cuenta de que llevaba varios minutos ordenando mentalmente la secuencia y se obligó a volver al café.

Nuria dejó un vaso en la barra.

—¿Otra vez pensando?

—Un poco.

—Eso no te lo puedes quitar, ¿no?

—Parece que no.

—Pues procura que no te salga humo.

Conchi soltó una risa.

—No prometo nada.

Terminó el café y dejó unas monedas.

—¿Ya te vas?

—Sí. Antes de que me des otro dato con hora exacta.

Nuria levantó las manos.

—Hoy no sé ni qué hora es.

—Perfecto. Sigue así.

Salió con Lili y tomó el camino de vuelta hacia la plaza.

Al pasar frente a una ferretería vio a Raúl salir con una bolsa pequeña. Él la reconoció y se detuvo apenas un instante.

—Hola.

—Hola.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

No hubo tensión especial ni necesidad de volver sobre la factura, el material o Emilio. Raúl siguió hacia su furgoneta y Conchi continuó andando.

Aquello también le llamó la atención.

Dos días antes, verlo habría bastado para que alguien pensara en una discusión, una deuda pendiente o un posible motivo. Ahora era simplemente un hombre saliendo de una ferretería.

Eso no lo convertía automáticamente en inocente de cualquier cosa, pero devolvía proporción a los hechos.

Más adelante vio a Víctor hablando con otro hombre junto a un coche. No parecía esconderse ni evitar a nadie. Conchi no se acercó y tampoco sintió la necesidad de hacerlo.

El cambio no estaba solo en ellos.

También estaba en ella.

Al principio había reaccionado a cada dato como si pudiera ser la pieza que faltaba.

Ahora empezaba a comprender que la mayoría de las piezas no resolvían nada por sí solas.

Algunas servían simplemente para corregir una idea anterior, descartar una interpretación demasiado cómoda o impedir que una sospecha creciera más de lo razonable.

Y quizá aquella era la única manera de acercarse a la verdad sin deformarla.

Entró de nuevo en la plaza y se sentó un momento en uno de los bancos. Lili se acomodó junto a sus zapatos.

Pilar tenía menos miedo porque la carpeta había vuelto a ser lo que siempre había sido: unos papeles entregados por encargo.

Víctor seguía teniendo problemas económicos y había discutido con Emilio, pero su mentira tenía una explicación que no necesitaba incluir un crimen.

Raúl se había enfadado por una factura cuyo sobrecoste podía justificar con documentos externos.

Nuria, por su parte, había dado una hora equivocada y después la había corregido gracias a un ticket.

Nada de aquello era una gran revelación.

Precisamente por eso resultaba importante.

El caso no avanzaba mediante secretos enormes que aparecieran de pronto ni gracias a contradicciones teatrales, sino porque varias certezas pequeñas habían tenido que cambiar de sitio.

Conchi se quedó observando a los niños que corrían alrededor de la fuente ornamental. Uno de ellos tropezó, se levantó enseguida y siguió corriendo como si nada hubiera ocurrido.

Ella sonrió.

Quizá lo que más le estaba costando aprender era que corregir una idea no significaba haber perdido el tiempo. A veces ocurría exactamente lo contrario.

Si Nuria no hubiera comprobado la caja, seguirían situando a Emilio en La Parra hacia las seis y media.

Si Víctor no hubiera admitido la petición de dinero, su silencio seguiría pareciendo algo más oscuro de lo que probablemente era.

Si los documentos de Raúl no hubieran existido, su enfado pesaría más.

Y si varios propietarios no hubieran entregado sus papeles, las explicaciones de Celia seguirían siendo únicamente conceptos administrativos difíciles de entender.

Pensó en eso un instante más.

Y entonces volvió a su memoria otra cosa del despacho de Celia.

La hora.

Celia había dicho que Emilio la había llamado a las 18:42.

No había dicho «sobre las siete menos cuarto», ni «al final de la tarde», ni «más o menos a esa hora». Había dado una cifra exacta.

18:42.

Conchi se quedó quieta.

Aquella precisión le había parecido normal cuando la oyó.

Celia trabajaba con citas, llamadas y papeles, y había explicado que recordaba la hora porque la tenía apuntada.

Una persona acostumbrada a llevar una agenda podía recordar un dato así con bastante más precisión que Nuria detrás de una barra llena de clientes.

Todo eso seguía siendo perfectamente posible.

Conchi se obligó a no ir más allá.

El problema no era que Celia hubiera dado una hora exacta.

Lo que ahora le llamaba la atención era que aquella hora seguía siendo una de las pocas piezas de la tarde que, al menos delante de ella, no había necesitado corrección.

Nuria había rectificado su hora en cuanto apareció un ticket. Víctor había completado su versión sobre la visita. Raúl había aclarado qué había detrás de la factura.

Las pequeñas certezas se habían ido moviendo.

La de Celia seguía donde estaba.

18:42.

Conchi miró el reloj de la plaza sin saber muy bien por qué.

No había aparecido ninguna prueba nueva y no tenía nada que hacer con aquel recuerdo. El capítulo de aquella tarde, pensó con cierta ironía, no necesitaba fabricar una revelación donde no la había.

Solo necesitaba no olvidarlo.

Lili se levantó antes que ella y tiró suavemente de la correa.

—Sí, ya vamos.

Conchi se puso en pie y emprendió el camino hacia casa.

Mientras dejaba atrás la plaza, La Tahona y La Parra, tuvo la sensación de que el caso había cambiado de forma sin hacer demasiado ruido. Los nombres más evidentes empezaban a perder peso y las explicaciones más cómodas habían necesitado correcciones pequeñas, pero importantes.

En medio de todos aquellos datos que se habían movido, quedaba una hora demasiado exacta que todavía permanecía inmóvil. 18:42.