El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Conchi esperó hasta casi el mediodía antes de acercarse al puesto de la Guardia Civil.

No quería llegar detrás de Benito como si lo hubiera enviado ella ni dar la impresión de que estaba organizando una procesión de propietarios con carpetas bajo el brazo.

Durante los últimos días había participado en demasiadas conversaciones como para no entender el peligro de ocupar un lugar que no le correspondía.

Una cosa era escuchar lo que alguien decidía contarle y otra muy distinta empezar a repartir instrucciones por el pueblo.

Por eso regresó primero a casa, terminó el café que Lili la había obligado a abandonar por la mañana y se entretuvo más de lo necesario colocando unas toallas en el armario. Cuando volvió a mirar el reloj, consideró que ya había pasado suficiente tiempo.

—Ahora sí.

Lili levantó la cabeza desde el pasillo.

—Tú no vienes.

La perra la observó con una expresión que Conchi interpretó como desaprobación, aunque seguramente solo estaba calculando si existía alguna posibilidad de conseguir comida.

—Es un momento.

Cogió el bolso y salió.

La mañana se había vuelto más templada. En la Plaza de los Castaños había bastante más movimiento que unas horas antes y, al pasar cerca de La Tahona, vio a Pilar atendiendo a tres personas.

No entró. Tampoco necesitaba avisarla de nada: estaba bastante segura de que antes de la comida ya sabría que Benito había pasado por el puesto, si no lo sabía todavía.

Aquella era una de las ventajas y uno de los problemas de Valdecerezos. Las noticias circulaban deprisa; las explicaciones correctas, en cambio, podían necesitar varios días para alcanzarlas.

Cuando entró en las dependencias de la Guardia Civil, reconoció a Lucía detrás de una mesa lateral. Estaba hablando por teléfono y levantó una mano al verla, indicándole que esperara.

Conchi se sentó.

No llevaba papeles, anotaciones ni ninguna lista de conclusiones. Solo quería explicar de dónde había salido la coincidencia que había escuchado aquella mañana y dejarla donde correspondía.

Lucía terminó la llamada y se acercó.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Has venido a ver a Álvaro?

—A cualquiera que tenga cinco minutos.

—Eso puede ser peligroso.

Conchi sonrió.

—No traigo un caso nuevo.

—Me tranquiliza.

Lucía señaló el pasillo.

—Ven.

La llevó hasta una sala pequeña distinta de las que habían utilizado otras veces. Álvaro estaba allí, de pie junto a un archivador, revisando unas hojas. Al verla entrar, dejó los papeles donde estaban.

—Conchi.

—Prometo ser breve.

—Eso nunca es una buena forma de empezar.

—Hoy sí.

Lucía cerró la puerta, aunque se quedó de pie. Álvaro señaló una silla y Conchi se sentó con el bolso sobre las rodillas.

—Cuéntanos.

—Esta mañana he hablado con Benito Aranda.

Álvaro no mostró sorpresa.

—Ha estado aquí.

—Entonces ya sabéis parte.

—Sabemos lo que él nos ha contado. Quiero saber qué quieres contarnos tú.

La distinción le pareció razonable.

—Estábamos en La Tahona. Benito llevaba copias de unas liquidaciones de su casa y me explicó que Emilio las había revisado unas semanas antes de morir. Hasta ahí no había demasiado nuevo, porque Aurora ya había dicho que Emilio estaba mirando papeles de otras personas.

Lucía se apoyó ligeramente contra la mesa.

—¿Qué te llamó la atención?

Conchi agradeció que fuera directamente a eso.

—Las palabras que utilizó. Me explicó los cargos con tres expresiones: «regularización», «ajuste de mantenimiento» y «diferencia de gestión».

Lucía frunció apenas el ceño, más por concentración que por sorpresa.

—¿Esas palabras las leyó de los documentos o te dijo que se las había explicado alguien?

—Me dijo que eran las explicaciones que le había dado Celia cuando fue a preguntarle por sus cuentas.

Álvaro se sentó enfrente.

—Sigue.

—Yo ya había oído esas mismas expresiones en el despacho de Celia cuando acompañé a Aurora.

Y no solo las palabras; también la explicación era muy parecida.

Una previsión que no coincide con el gasto real, una partida concreta que necesita un ajuste, una diferencia entre lo anticipado y lo que finalmente se imputa.

Lucía tomó una libreta.

—¿Benito conocía lo que Celia le había explicado a Aurora?

—No. Se lo pregunté.

—¿Y Aurora conocía los documentos de Benito?

—Que yo sepa, no. Benito dijo que no habían comparado nada entre ellos.

Lucía escribió un par de líneas.

Conchi continuó:

—No estoy diciendo que usar el mismo vocabulario sea raro por sí mismo. Es su trabajo y sería lógico que Celia explicara conceptos parecidos de una manera parecida.

Álvaro asintió.

—Bien.

—Pero Benito también dijo que Emilio había visto sus liquidaciones semanas antes y que le había comentado que algunos conceptos se parecían a otros que ya había encontrado. Le pidió que guardara copias porque quería comparar.

Lucía dejó de escribir.

—Eso sí es más concreto.

Conchi la miró.

—Eso pensé.

—¿Sabes con qué documentos quería compararlos?

—No.

—¿Benito te dio nombres?

—No.

—¿Cantidades totales?

—Tampoco. Y no se las pedí.

Lucía sostuvo su mirada durante un instante.

—Bien.

Esta vez, aquel «bien» no sonó a corrección.

Conchi tardó un segundo en darse cuenta.

—Estoy mejorando.

Lucía casi sonrió.

—No lo estropees.

Álvaro disimuló una expresión divertida mientras ordenaba las hojas que tenía delante.

—Benito nos ha dejado copias voluntariamente —dijo—. Y no es el único propietario que ha aportado documentación.

Conchi se quedó quieta.

La frase parecía más importante de lo que sugería el tono.

—¿Hay más?

Álvaro la miró con paciencia.

—Eso acabo de decir.

—No exactamente.

—Varios propietarios nos han facilitado documentación por voluntad propia.

Conchi estuvo a punto de preguntar si habían encontrado cargos parecidos, pero Lucía la miró antes de que terminara de formularlo.

—Conchi.

—Ya sé.

Se acomodó en la silla.

—No podéis contarme qué contienen.

—Exacto —dijo Álvaro—. Podemos decirte que tenemos documentación suficiente para comprobar si estamos ante errores aislados, formas habituales de contabilizar gastos o algo que se repite de manera relevante.

Conchi pensó en Benito y en Aurora.

—¿Y lo vais a comparar?

—Eso forma parte de la comprobación.

La respuesta era seca, pero no evasiva.

Por primera vez, la posibilidad que llevaba días apareciendo de manera fragmentaria dejaba de depender de conversaciones en La Tahona, dudas de propietarios o recuerdos de Emilio. La Guardia Civil iba a revisar aquellos documentos con los medios y la autoridad que ella no tenía.

Sintió alivio antes que curiosidad.

Y eso la sorprendió.

—Entonces ya está.

Álvaro levantó una ceja.

—¿Ya está qué?

—Mi parte. Benito ha entregado sus copias, otros propietarios también y vosotros podéis comprobar las cuentas. Yo no.

—Correcto.

—Pues ya está.

Lucía la observó con atención.

—Eso sería una novedad.

Conchi no se ofendió.

—Tengo testigos.

—Solo uno —dijo Lucía—. Y trabajo aquí.

Conchi se permitió reírse.

El ambiente era distinto al de sus primeras visitas.

No podía decirse que fuera relajado, porque seguían hablando de la muerte de Emilio, pero sí había perdido parte de aquella aspereza inicial.

Lucía continuaba manteniendo una distancia profesional clara, aunque ya no parecía recibir cada observación de Conchi como el principio de una intromisión.

Quizá porque Conchi había aprendido a llevar únicamente lo que sabía. O quizá porque Lucía empezaba a comprobar que, cuando decía no haber visto algo, no rellenaba el hueco con una suposición.

—Hay una cosa que quiero dejar clara —dijo Conchi.

—Dime —respondió Álvaro.

—Benito no acusó a Celia.

Lucía asintió antes de que terminara.

—Eso también nos lo ha dicho.

—Y Aurora tampoco lo hizo.

—Lo sabemos.

—Las explicaciones de Celia parecían razonables cuando las dio.

Álvaro juntó las manos sobre la mesa.

—Comprobar unas cuentas no significa asumir de antemano que son fraudulentas. Y encontrar una repetición tampoco significa automáticamente que exista una irregularidad. Muchas gestiones administrativas usan descripciones parecidas porque responden a procedimientos parecidos.

—Eso mismo pensé esta mañana.

—Por eso se compara documentación real.

Conchi miró la libreta de Lucía.

—Lo que Emilio estaba haciendo.

—A su manera —precisó Álvaro.

Aquella diferencia importaba. Emilio había comparado papeles como gestor jubilado y vecino acostumbrado a ayudar. La Guardia Civil haría otra cosa: verificaría documentación con acceso legítimo y podría pedir explicaciones por los cauces correspondientes.

—¿Podéis saber si un cargo corresponde de verdad a un gasto? —preguntó.

Álvaro no respondió de inmediato.

—Podemos comprobar documentación, facturas, justificantes y otras cuestiones por las vías que correspondan. Hasta ahí puedo decirte.

—Suficiente.

Lucía cerró la libreta.

—Lo importante de lo que has traído hoy no son las palabras por separado.

Conchi la miró.

—¿No?

—No. «Regularización» o «ajuste» pueden aparecer perfectamente en documentos normales. Lo relevante es que has explicado de dónde surge la coincidencia y que esas personas no habían puesto sus papeles en común antes de hablar contigo.

Conchi tardó un momento en responder, no porque no entendiera la frase, sino porque reconoció en ella algo que no esperaba recibir de Lucía.

No era entusiasmo, ni confianza plena, ni mucho menos una invitación a seguir haciendo preguntas por su cuenta. Era algo bastante más pequeño y, precisamente por eso, más creíble: una valoración concreta de lo que había aportado.

—Eso era justo lo que quería explicar.

—Pues lo has explicado.

Conchi sonrió.

—Voy a apuntar la fecha.

Lucía negó con la cabeza, aunque esta vez llegó a verse la sonrisa.

—No te acostumbres.

Álvaro se levantó.

—¿Algo más?

Conchi pensó en la hora que Celia seguía sosteniendo para su llamada con Emilio.

18:42.

Seguía allí, guardada junto a las demás piezas, pero no había nada nuevo que aportar sobre ella y no quería mezclar una observación pendiente con una comprobación que acababa de pasar a manos oficiales.

—No.

Álvaro pareció sorprendido.

—¿Seguro?

—Completamente.

—Entonces sí estás progresando.

—Qué pesados sois los dos.

Salieron de la sala. Mientras caminaban por el pasillo, Lucía se detuvo un momento.

—Conchi.

Ella se volvió.

—¿Qué?

—Si otro vecino te enseña documentos de este tipo, no necesitas compararlos tú.

—No pensaba hacerlo.

—Lo digo para que quede claro.

—Queda claro.

Lucía dudó apenas antes de añadir:

—Pero si alguien te cuenta espontáneamente algo concreto que contradiga o amplíe lo que ya has visto, puedes decírnoslo igual que hoy.

La diferencia entre aquella frase y las advertencias de los primeros días era pequeña, pero Conchi la percibió con claridad.

—Entendido.

—Bien.

Esta vez ninguna de las dos comentó la palabra.

Conchi salió del puesto poco después.

El centro del pueblo estaba más animado que por la mañana. Cerca de la plaza, una furgoneta descargaba bebidas, varias personas esperaban frente a la farmacia y desde una terraza llegaba el ruido de tazas y conversaciones superpuestas.

Permaneció unos segundos quieta en la acera.

Había ido allí para contar una coincidencia de lenguaje y había salido sin ninguna respuesta definitiva. Unos días antes aquello le habría resultado frustrante; ahora no.

La diferencia era que la pregunta había cambiado de manos.

Hasta entonces, las dudas sobre los cargos habían vivido en casas particulares, en carpetas guardadas durante meses y en conversaciones que empezaban con frases como «seguro que es una tontería».

Emilio había sido el primero en poner algunos de aquellos papeles unos junto a otros.

Después, Aurora, Benito y otros propietarios habían empezado a entregar documentación por separado.

A partir de ese momento, ya no dependía de que Conchi entendiera una liquidación.

Dependía de que alguien con acceso legítimo pudiera comprobarla.

Cruzó la plaza despacio.

Al pasar por La Tahona, Pilar estaba en la puerta colocando una pequeña pizarra con los precios del día. La vio y levantó la mirada.

—¿Vienes de donde creo?

Conchi se detuvo.

—Depende de lo que creas.

—Del puesto.

—Sí.

Pilar dejó la tiza.

—¿Y?

Conchi sonrió.

—Nada que pueda contarte.

Pilar abrió mucho los ojos.

—¿Desde cuándo dices eso?

—Desde hoy.

—No me gusta.

—Te acostumbrarás.

Pilar bajó la voz.

—Benito ha llevado los papeles.

—Sí.

—¿Hay algo?

—Los van a revisar.

—Eso no responde.

—Es todo lo que sé.

Pilar la estudió durante unos segundos, quizá buscando en su cara una información adicional que Conchi estuviera ocultando.

No encontró nada porque no había nada que encontrar.

—Entonces esperamos —dijo al final.

Conchi la miró.

—Exacto.

Pilar hizo una mueca.

—Qué poco entretenido.

—La vida real tiene esas cosas.

—¿Quieres café?

Conchi miró la hora.

—No. Voy a casa.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Eso también es nuevo.

Conchi se rio y siguió caminando.

La calle de las Moreras estaba tranquila cuando llegó. Lili la recibió con el entusiasmo desproporcionado de quien llevaba menos de una hora sola y pretendía dejar constancia de la injusticia sufrida.

Conchi dejó el bolso y se agachó para acariciarla.

—Ya está.

La perra movió la cola.

—No hemos resuelto nada.

Lili intentó lamerle la mano.

—Y eso está bien.

Fue a la cocina, abrió la ventana unos centímetros y dejó entrar el aire fresco del mediodía. Mientras preparaba algo sencillo para comer, se sorprendió al comprobar que no necesitaba volver a repasar las expresiones de Celia ni buscarles un significado nuevo.

Regularización, ajuste de mantenimiento y diferencia de gestión seguían siendo términos administrativos que podían responder a explicaciones normales o no. La diferencia era que ya no dependía de ella averiguarlo.

La Guardia Civil tenía documentación suficiente para empezar a comprobarlo.

Y por primera vez desde que Pilar había entregado aquella carpeta azul a Emilio, Conchi sintió que podía dejar una parte del problema quieta sin miedo a perderla.

El siguiente paso ya no estaba en sus manos.