El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Pilar asintió.

—Eso está bien.

Conchi la señaló con la mirada.

—No ayudes.

—Solo estaba de acuerdo.

Benito volvió a sonreír.

—Pues iré.

—¿Hoy?

—Sí. Tengo que bajar luego al centro de salud y puedo pasar después.

Conchi sintió alivio al saber que no esperaba que ella lo acompañara.

—Perfecto.

—¿Quieres quedarte una copia?

La respuesta salió tan rápida que hasta Pilar se sorprendió.

—No.

Benito levantó las cejas.

Conchi suavizó el tono.

—No la necesito. Es mejor que la tengas tú y que la vea la Guardia Civil.

—Sí, claro.

Recogió las hojas y las guardó de nuevo en la carpeta.

Pilar volvió al mostrador cuando entraron dos clientes. Durante unos minutos la conversación se interrumpió y Conchi aprovechó para terminar la tostada, aunque ya estaba fría.

Benito se quedó mirando por la ventana.

—Emilio tenía paciencia para estas cosas —dijo cuando volvieron a estar tranquilos.

—Eso parece.

—Yo le decía que no sé cómo podía pasar la jubilación mirando papeles ajenos.

—Y él seguía mirándolos.

—Sí.

Benito sonrió con cierta tristeza.

—Decía que, después de tantos años trabajando con números, ya no sabía dejarlos quietos cuando algo le parecía raro.

La frase hizo que Conchi pensara en el hombre de las gafas que todos recordaban de maneras distintas y, al mismo tiempo, bastante parecidas: Emilio ayudando con una reclamación bancaria, revisando una factura o comparando liquidaciones que no eran suyas.

Lo que había empezado a parecer un favor puntual a Aurora ya no podía entenderse así.

La carpeta azul no había iniciado nada. Había llegado a una revisión que Emilio ya llevaba tiempo haciendo.

—¿Sabes si miró papeles de más gente? —preguntó Conchi.

Benito negó despacio.

—Sé que ayudaba a varios, pero no quién le llevaba qué. Nunca hablaba de asuntos ajenos conmigo.

Aquello encajaba con lo que Aurora había dicho.

—Mejor así.

Benito se levantó con cierta lentitud y se colocó la carpeta bajo el brazo.

—Pues me voy, que como siga aquí Pilar me cobra alquiler.

—Ya era hora de que alguien diera la idea —respondió ella desde el mostrador.

Conchi también se levantó.

—Acuérdate de llevar las copias.

—Las llevo.

—Y cuenta lo que sabes, no lo que imaginas.

Benito la miró con diversión.

—Eso parece consejo de maestra.

—Peor. Últimamente me lo dicen mucho.

Se despidió y salió a la calle.

Conchi esperó hasta que la puerta se cerró antes de volver a mirar a Pilar.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tienes toda la cara llena de cosas que no has dicho.

Pilar dejó una bolsa de pan sobre el mostrador.

—Son las mismas palabras.

—Sí.

—Las mismas que usó Celia con Aurora.

—Muy parecidas.

—Regularización, ajuste de mantenimiento...

—Y diferencia de gestión.

Pilar bajó la voz.

—Eso.

Conchi recogió la correa de Lili.

—Que use el mismo vocabulario no demuestra nada. Es su trabajo. Sería más raro que explicara el mismo concepto cada vez con palabras completamente distintas.

—Ya lo sé.

—Y Benito no sabe si sus cargos están mal.

—También lo sé.

Pilar guardó silencio un momento antes de añadir:

—Pero Emilio los había visto.

Conchi asintió.

Ahí estaba la parte difícil de ignorar. No era solo que dos personas mayores tuvieran pequeños cargos parecidos o que Celia utilizara con ambas el lenguaje propio de su trabajo.

Emilio había tenido delante aquellos documentos en momentos distintos y, sin saber todavía qué significaban, había querido compararlos.

Aurora había llegado después.

La carpeta azul no había abierto el camino; había caído dentro de uno que ya existía.

—¿Vas a ir al puesto? —preguntó Pilar.

—Benito va a llevar sus papeles.

—No he preguntado eso.

Conchi cogió los guantes que había dejado junto a la taza.

—Sí. Luego hablaré con Álvaro.

—¿Luego cuándo?

—Luego.

—Esa hora no existe.

—En mi jubilación sí.

Pilar sonrió.

Conchi salió de La Tahona con Lili y tomó el camino largo de vuelta.

No había ninguna urgencia. Benito iba a entregar voluntariamente sus copias y, hasta que eso ocurriera, ella no podía aportar mucho más que una coincidencia de lenguaje y el hecho de que Emilio había revisado también aquellos documentos.

Aun así, durante el paseo le costó apartar el asunto de la cabeza.

Hasta entonces había manejado piezas dispersas: las dudas de Aurora, los papeles que Emilio había revisado para otros vecinos, las pequeñas cantidades y las explicaciones administrativas de Celia.

Ahora, por primera vez, dos de esas líneas se habían encontrado delante de ella sin que nadie las hubiera preparado.

Benito no sabía lo que Celia había explicado a Aurora, y Aurora no conocía los cargos de Benito. Los dos habían recibido explicaciones muy parecidas y ambos habían terminado, de una manera u otra, dentro de las comparaciones de Emilio.

Conchi no sabía si aquello escondía un error repetido, una forma perfectamente normal de llevar las cuentas o algo distinto. Tampoco tenía suficientes cifras para comprobarlo, y no pensaba buscarlas por su cuenta.

Pero ya no podía considerar cada liquidación como un problema aislado.

Mientras Lili se detenía a olfatear la base de un árbol, Conchi entendió por fin cuál era el cambio.

Hasta aquella mañana sabía que Emilio comparaba papeles de varias personas.

Ahora empezaba a comprender por qué podía haber necesitado ponerlos unos junto a otros.