El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

La mañana del quinto día empezó con una de esas pequeñas discusiones domésticas que Conchi estaba segura de no haber tenido antes de volver definitivamente a Valdecerezos.

Lili quería salir.

Conchi también.

El desacuerdo consistía en que la perra consideraba imprescindible hacerlo en aquel mismo instante, mientras que Conchi pretendía terminar primero el café.

—Dos minutos —le dijo desde la cocina.

Lili respondió caminando hasta la puerta del pasillo, volviendo junto a la mesa y regresando otra vez hacia la salida con una insistencia silenciosa que resultaba bastante más eficaz que ladrar.

Conchi acabó cediendo.

—No sé por qué sigo fingiendo que mando yo.

Dejó la taza a medias, se puso la chaqueta y salió con ella.

El frío de octubre había ganado algo de terreno durante la noche y en las zonas de sombra todavía quedaba humedad sobre el suelo.

Aun así, el cielo estaba despejado y el pueblo tenía ese aspecto limpio de las mañanas en que el aire parecía haber pasado horas retirando cualquier resto del día anterior.

No había decidido ir a La Tahona. Llegó allí porque Lili tomó la calle de costumbre y porque Conchi tampoco tenía ningún motivo para impedirlo.

Pilar acababa de abrir y estaba colocando una bandeja de bollos en el expositor cuando las vio entrar.

—Milagro —dijo—. Pensaba que hoy ya no venías.

—Son las nueve y cuarto.

—Precisamente. Llevas retraso.

—Voy a empezar a venir una vez por semana para que aprendas a valorarme.

Pilar dejó la bandeja y miró a Lili.

—Tú no le hagas caso.

La perra se dirigió al cuenco de agua.

Conchi se quitó los guantes.

—Un café.

—¿Y algo de comer?

—Todavía estoy pensando si quiero premiarte.

—Pues cuando lo decidas, las palmeras se habrán acabado.

Conchi terminó pidiendo media tostada.

La Tahona estaba tranquila. Entraron dos personas mientras Pilar preparaba el café y salieron enseguida con bolsas de pan. Después quedó solo un hombre mayor sentado junto a la ventana, con una carpeta transparente apoyada sobre las rodillas.

Conchi lo conocía de vista desde siempre.

Se llamaba Benito Aranda y vivía en una de las casas antiguas de la calle del Molino.

Había trabajado muchos años fuera y, al jubilarse, había regresado al pueblo con su mujer.

Desde que ella murió, unos años atrás, llevaba él mismo los asuntos de la casa, aunque todo el mundo sabía que los papeles le gustaban bastante menos que cuidar el pequeño huerto de la parte trasera.

Benito levantó la mano al reconocerla.

—Buenos días, Conchi.

—Buenos días.

Ella habría seguido hacia una mesa, pero él señaló la silla vacía de enfrente.

—Siéntate un momento, anda.

Conchi miró a Pilar, que dejó el café sobre el mostrador con una expresión demasiado inocente.

—No me mires a mí —dijo—. Yo no he organizado nada.

—Eso es exactamente lo que dirías si lo hubieras organizado.

Benito sonrió.

—Solo quiero preguntarte una cosa.

Conchi cogió el café y se sentó. Lili se acomodó cerca de sus pies después de comprobar que, por el momento, nadie parecía dispuesto a compartir el desayuno.

—Dime.

Benito dejó la carpeta sobre la mesa.

—Pilar me ha dicho que Aurora andaba mirando unos recibos.

Conchi giró la cabeza hacia el mostrador.

—Pilar.

—¿Qué? —protestó ella—. No le he contado nada que no se sepa.

—Eso siempre tranquiliza muchísimo.

Benito intervino antes de que pudieran seguir.

—No quiero saber lo de Aurora. Es por esto.

Abrió la carpeta y sacó tres fotocopias dobladas por la mitad.

Conchi no las tocó.

—¿Qué es?

—Liquidaciones de la casa. De los últimos meses.

La palabra bastó para que prestara más atención, aunque procuró que no se notara demasiado.

—¿Tienes algún problema con ellas?

Benito hizo una mueca.

—No sé si llamarlo problema. Hasta hace unos días habría dicho que no.

Pilar se acercó con la tostada de Conchi y, en lugar de regresar de inmediato al mostrador, se quedó un instante junto a la mesa.

—Benito lleva toda la mañana diciendo que seguro que es una tontería.

—Porque probablemente lo sea —respondió él—. No quiero montar una historia por treinta euros.

Conchi recordó a Aurora.

—¿Qué treinta euros?

Benito señaló una de las hojas sin acercársela.

—No son treinta exactos. Hay varios cargos pequeños. Uno de veintinueve y pico, otro de treinta y tantos y otro más bajo. No me había preocupado porque Celia me los explicó.

Conchi dejó la taza sobre el plato.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas. Fui al despacho porque no entendía una liquidación. Me dijo que era normal.

Aquello no tenía nada de extraño. Aurora había hecho prácticamente lo mismo.

—¿Y qué explicación te dio?

Benito se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo.

—Pues que una cosa era una regularización porque lo previsto no coincidía con el gasto real. Otra, un ajuste de mantenimiento de una partida concreta y la tercera... —Se quedó pensando—. Espera.

Conchi no necesitó completar la frase.

Benito volvió a ponerse las gafas.

—Una diferencia de gestión. Eso.

Pilar miró a Conchi.

Conchi miró a Benito.

Las palabras sonaban casi exactamente igual que en el despacho de Celia, y no solo por los términos. También por la manera de explicarlos: una previsión que no coincidía con el gasto real, un ajuste de una partida concreta, una diferencia de gestión.

Conchi rodeó la taza con las manos, más para darse unos segundos que porque necesitara calentárselas.

—¿Eso te lo dijo Celia?

—Sí.

—¿Tú conoces los papeles de Aurora?

Benito frunció el ceño.

—No.

—¿Habéis hablado de ellos?

—No. Sé que estaba preocupada por algo porque en el pueblo se habla, pero no he visto nada suyo.

Pilar se apartó un poco de la mesa, quizá consciente de que la conversación había dejado de ser completamente casual.

Conchi eligió las palabras con cuidado.

—¿Y por qué has traído estos ahora?

Benito dobló de nuevo el pañuelo antes de guardarlo.

—Porque Emilio también los había visto.

Aquello sí era nuevo.

—¿Los tuyos?

—Estos y algún otro.

Conchi recordó lo que Aurora había contado unos días antes: Emilio llevaba un tiempo mirando papeles de varios propietarios mayores. Hasta ese momento, aquello había sido una información general. Ahora tenía delante a una de esas personas.

—¿Cuándo se los enseñaste?

—No sabría decirte el día exacto. Hace tres semanas, más o menos. Coincidimos junto al estanco y le comenté que cada vez entendía menos las liquidaciones. Me dijo que, si quería, se las llevara.

—¿Y lo hiciste?

—Sí.

Benito deslizó una de las fotocopias unos centímetros sobre la mesa.

—Me dijo que no veía nada que pudiera asegurar que estuviera mal, pero que había conceptos que se parecían a otros que ya había visto.

Conchi sintió que una pieza que hasta entonces había estado flotando adquiría un borde más definido.

No preguntó de quién eran aquellos otros papeles. Benito probablemente tampoco lo sabía, y ella no necesitaba convertir aquello en una búsqueda de nombres.

—¿Te dijo algo más?

—Que guardara las copias y que no tirara los recibos antiguos. Quería comparar unas cosas cuando tuviera tiempo.

La palabra volvió a aparecer en el mismo sitio.

Comparar.

Emilio también se lo había dicho a Aurora.

Conchi miró las hojas sin detenerse en las cantidades. Podía ver columnas, fechas y conceptos impresos, pero no necesitaba conocer cada cifra para entender por qué aquello tenía relevancia.

—¿Llegó a devolverte alguna conclusión?

Benito negó con la cabeza.

—No. La última vez que hablamos me dijo que todavía estaba mirando. Luego pasó lo que pasó.

Pilar se sentó en la silla libre sin pedir permiso.

—Entonces Emilio tenía papeles tuyos antes de que Aurora le diera la carpeta.

—Copias —precisó Benito—. Los originales los tengo yo.

Conchi agradeció la precisión. Era justo el tipo de detalle que podía deformarse después en cuanto alguien lo contara dos veces.

—¿Y Celia administra también lo de tu casa? —preguntó.

—Sí. Desde hace años.

La respuesta no sorprendió a nadie, pero Conchi se obligó a no avanzar más deprisa de lo que permitían los hechos.

Que Celia gestionara tanto los papeles de Aurora como los de Benito no convertía una coincidencia de lenguaje en una irregularidad.

Era lógico que una administradora utilizara las mismas expresiones para explicar conceptos parecidos.

Lo que llamaba la atención era otra cosa.

Benito no conocía los documentos de Aurora. Aurora tampoco había visto los de Benito. Y ambos habían recibido explicaciones casi idénticas sobre pequeños cargos que, de manera independiente, habían acabado despertando la curiosidad de Emilio.

—Puede ser normal —dijo Benito, como si hubiera seguido el mismo razonamiento—. Si el trabajo es el mismo, las palabras serán las mismas.

—Puede —admitió Conchi.

Pilar la miró.

—Pero.

—No he dicho «pero».

—Lo estabas pensando.

Conchi suspiró.

—Lo que estoy pensando es que ninguno de nosotros sabe suficiente para decidir qué significan estos papeles.

Benito asintió enseguida.

—Eso mismo digo yo. No quiero acusar a nadie.

—Bien.

—Celia siempre me ha atendido cuando he ido. Y las explicaciones tenían sentido.

—También las de Aurora —dijo Pilar.

Conchi la miró de nuevo.

—Pilar.

—¿Qué? Eso sí lo sé.

Benito guardó silencio unos segundos y después se inclinó un poco hacia delante.

—¿Tú crees que debería enseñárselos a la Guardia Civil?

Conchi tuvo la tentación de responder que sí de inmediato, pero se contuvo. No quería que aquello acabara convirtiéndose en una cadena de vecinos entregándole documentos para que ella decidiera cuáles importaban.

—Si Emilio estuvo comparándolos y ahora tú ves cargos que te generan dudas, yo los llevaría —dijo al final—. Pero no porque yo crea que haya algo mal, sino precisamente para que lo compruebe quien puede hacerlo.

Benito miró sus copias.

—No quiero meter a nadie en un lío por nada.

—Entregar unos documentos no acusa a nadie. Y tampoco hace falta que tú hagas una interpretación. Puedes contar exactamente lo mismo que me acabas de contar: que Emilio los revisó, que Celia te explicó esos conceptos y que no sabes si las cantidades son correctas.