El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

La casa estaba en silencio cuando Conchi terminó de recoger la cocina.

Había cenado pronto, más por costumbre que por hambre, y después se había entretenido dejando en orden cosas que no necesitaban demasiado orden: dos tazas, el pan del mediodía, una bolsa con ropa para donar y varios papeles que no tenían ninguna relación con Emilio, pero que durante unos segundos había mirado con una atención completamente absurda.

Se dio cuenta de lo que estaba haciendo cuando abrió por segunda vez el mismo cajón.

—Esto ya empieza a ser ridículo —murmuró.

Lili, tumbada junto al radiador, levantó la cabeza y volvió a apoyarla entre las patas.

Conchi cerró el cajón y se sirvió una infusión.

La tarde en el despacho de Celia seguía rondándole de una forma incómoda, no porque hubiera visto nada extraño, sino porque había salido de allí entendiendo mejor las palabras y, al mismo tiempo, con la sensación de que los papeles podían esconder una lógica mucho más difícil de seguir de lo que parecía a simple vista.

Regularización. Ajuste de mantenimiento. Diferencia de gestión.

Se obligó a dejar de repetirlas.

Había decidido, aunque solo fuera por aquella noche, no seguir pensando en el caso.

En ese momento sonó el teléfono.

Miró la pantalla.

Fernando.

Contestó antes del segundo tono.

—Hola.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Eso no me lo creo.

Conchi sonrió y se sentó a la mesa.

—Estoy en casa.

—Eso sí me lo creo.

—¿Y tú?

—Acabo de llegar. He llamado antes, pero no estabas.

Conchi miró el móvil.

—Pues no lo he oído.

—Ya.

—¿Qué significa ese «ya»?

—Que últimamente estás muy ocupada para alguien que se jubiló antes de tiempo.

—Prejubilada.

—Lo mismo.

—No es lo mismo.

Fernando se rio al otro lado.

Conchi se recostó un poco en la silla. Le gustaba oírlo así, con la voz relajada de quien llamaba sin ninguna urgencia.

Desde que él se había quedado en Madrid y ella había vuelto definitivamente a Valdecerezos, habían encontrado una manera cómoda de hablarse sin convertir cada llamada en una comprobación mutua.

—¿Cómo va todo? —preguntó ella.

—Bien. Mucho trabajo. Nada interesante.

—Eso suele ser bueno.

—Depende del día.

Hablaron unos minutos de asuntos pequeños: el trabajo de Fernando, una avería en el ascensor de su edificio y una chaqueta que había dejado en la casa de Valdecerezos y que, según él, necesitaba precisamente ahora. Conchi prometió buscarla, aunque estaba casi segura de saber en qué armario estaba.

La conversación habría podido terminar ahí, pero Fernando cambió de tono.

—¿Y lo de ese hombre?

Conchi supo enseguida a quién se refería.

—Emilio.

—Sí.

—Sigue igual.

—Eso no significa nada.

—Significa que no sé qué pasó.

Hubo una pausa breve.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Te estás metiendo mucho?

Conchi apoyó un dedo en el borde de la taza.

—No.

—Has contestado demasiado rápido.

—Porque la respuesta es no.

—Ajá.

—No pongas esa voz.

—¿Qué voz?

—La de hijo que cree que conoce mejor a su madre que ella misma.

—A veces funciona.

Conchi dejó escapar una risa.

—No estoy investigando nada.

—No he dicho investigar.

—Pero lo estabas pensando.

—Estaba pensando si te estás ocupando demasiado de algo que no te corresponde.

La frase la molestó un poco, no porque fuera injusta, sino porque se parecía demasiado a otras que había oído durante los últimos días.

—Tampoco me he puesto una placa —dijo.

—Me tranquiliza muchísimo.

—Fernando.

—Lo digo en serio. Solo pregunto.

Conchi miró hacia Lili, que seguía dormida junto al radiador.

—He coincidido con gente que conocía a Emilio. Me han contado cosas y algunas se las he trasladado a la Guardia Civil. Nada más.

—Eso suena bastante a «nada más».

—Porque lo es.

—Vale.

El tono de Fernando perdió cualquier intención de discutir.

—Si estás bien, yo estoy tranquilo.

—Estoy bien.

—Entonces perfecto.

Conchi esperó un momento antes de añadir:

—Aunque sí le doy más vueltas de las que pensaba.

Fernando no aprovechó la admisión para insistir, y eso le gustó.

—Normal —dijo—. Ha pasado en el pueblo, conocías al hombre y encima has estado cerca de varias cosas.

—Tampoco tan cerca.

—Ya me entiendes.

Sí, lo entendía.

Conchi dio un sorbo a la infusión.

—Lo que me molesta es no saber separar siempre cuándo estoy recordando algo y cuándo estoy intentando que encaje.

—Pues parece que eso ya lo sabes distinguir.

—A veces.

—Con eso vas mejor que mucha gente.

—Qué consuelo.

Fernando se rio.

—Además, tú llevas toda la vida escuchando versiones.

Conchi se quedó un poco quieta.

—¿Versiones?

—Sí. Niños que te contaban una pelea en el patio y cada uno había vivido una guerra distinta.

La comparación le hizo sonreír.

—Eso era exactamente así.

—Pues eso.

—No es lo mismo.

—No he dicho que lo sea. Solo que siempre has sabido que dos personas pueden contar lo mismo de manera distinta sin que las dos estén mintiendo.

Conchi bajó la mirada hacia la taza.

Aquella idea le resultó más familiar de lo que esperaba.

—Mira qué listo me has salido.

—Ha costado años.

—Muchísimos.

—Te dejo, que tengo que cenar.

—Busca algo decente.

—Sí, mamá.

—Y llama si necesitas la chaqueta.

—La necesito.

—Pues entonces llama mañana y te digo si existe.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Cuando colgó, Conchi se quedó unos segundos con el teléfono en la mano.

No había esperado que una conversación tan corriente terminara llevándola al colegio.

Durante años había escuchado relatos contradictorios sobre deberes que supuestamente no existían, estuches que nadie había tocado, empujones que siempre empezaban por culpa del otro y discusiones que, al cabo de cinco minutos, tenían cuatro comienzos distintos.

Aprendió pronto que escuchar no consistía en decidir quién parecía más convincente. Había que separar lo que cada uno recordaba, lo que creía recordar y lo que añadía para protegerse, justificarse o evitar un problema.

La campanilla de la puerta sonó.

Conchi miró el reloj.

No esperaba a nadie.

Lili se levantó de golpe y salió hacia el recibidor.

—Ya voy.

Al abrir, encontró a Julián en el escalón con una bolsa pequeña en una mano.

—No vengo a arreglar nada.

—Eso iba a preguntarte.

—Me ha sobrado esto.

Levantó la bolsa.

—¿Qué es?

—Tarta de manzana.

—Entra.

Julián sonrió.

—Sabía que funcionaría.

—No te acostumbres.

Pasó y saludó a Lili como si llevara semanas sin verla en lugar de haber estado con ella aquella misma mañana. Conchi cerró la puerta y regresaron a la cocina.

—¿De dónde ha salido? —preguntó mientras abría la bolsa.

—Mi hermana ha hecho demasiada.

—Eso no existe.

—Díselo a ella.

Conchi sacó dos trozos envueltos en papel.

—¿Quieres café?

—A estas horas no.

—Entonces infusión.

—Eso suena peor.

—Agua.

—Acepto.

Julián se sentó mientras Conchi sacaba dos platos.

Durante los primeros minutos hablaron de cualquier cosa menos de Emilio. La balda de Leonor ya estaba colocada y, según Julián, había sobrevivido a la inspección de la propietaria. Conchi dudó seriamente de que Leonor hubiera confiado tanto en su trabajo como él decía.

—No sabes valorar el prestigio profesional —dijo Julián.

—Sé exactamente dónde termina.

—Cruel.

—Realista.

La tarta estaba mejor de lo que Conchi esperaba y peor de lo que Julián aseguraba. Discutieron un par de minutos sobre eso antes de que él la mirara con algo más de atención.

—Estás cansada.

—Tengo cincuenta y nueve años.

—No me refería a eso.

Conchi siguió comiendo.

—Fernando acaba de llamarme.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Entonces no tiene que ver con él.

—Qué listo está todo el mundo hoy.

Julián no respondió.

Aquello era una de las cosas que Conchi apreciaba de él. Podía dejar un silencio en mitad de una conversación sin sentirse obligado a rellenarlo.

—Me está ocupando demasiado —admitió al cabo.

—¿El caso?

—Sí.

Julián tomó un poco de agua.

—Ya.

—No hace falta que pongas esa cara.

—No he puesto ninguna.

—La has puesto.

—Será la luz.

Conchi lo miró.

—Eso lo digo yo.

—Te lo he oído tantas veces que ya es del pueblo.

Ella sonrió, aunque volvió enseguida a lo que quería decir.

—No es que quiera jugar a investigar. De verdad que no.

—Nunca he pensado eso.

—Pero voy por la calle y empiezo a recordar quién dijo qué.

Si alguien corrige una hora, me acuerdo de otra conversación.

Si veo una palabra en un papel, pienso dónde la he oído antes.

Y luego me digo que pare, que hay gente cuyo trabajo es hacer esto, pero tampoco puedo fingir que no he visto algo que sí he visto.

Julián la escuchó sin interrumpir.

—Ese es el problema —concluyó Conchi.

Él negó despacio.

—No creo que sea el problema.

—Pues ilumíname.

Julián dejó el vaso sobre la mesa.

—El problema sería que pensaras que recordar algo te da automáticamente la razón.

Conchi se quedó mirándolo.

—Eso ha sonado casi inteligente.

—A veces ocurre.

—No te emociones.

Julián sonrió.

—Tú llevas toda la vida escuchando versiones distintas de las mismas cosas.

Conchi soltó una risa.

—Fernando acaba de decirme casi lo mismo.

—Pues por una vez tu hijo y yo tenemos razón.

—Qué noche tan desagradable.

—Me voy si quieres.

—La tarta todavía no.

Julián se acomodó en la silla.

—En serio. Tú escuchas a la gente y recuerdas lo que dice. Eso no es nuevo.

Conchi bajó la vista hacia el plato.

—No.

—Lo nuevo es que ahora las consecuencias son más serias.

Eso sí era verdad.

En el colegio, una versión contradictoria podía terminar en una charla con una familia, una disculpa o un castigo que al día siguiente parecía enorme y una semana después ya no significaba nada.

Aquí había muerto un hombre.

—Por eso me preocupa equivocarme —dijo.

—Entonces no vas mal.

—Bonito razonamiento.

—Lo digo en serio. Me preocuparía más que estuvieras convencida de todo.

Conchi pensó en las distintas personas que habían ido apareciendo alrededor de la muerte de Emilio.

Nuria había dado una hora equivocada sin intención de engañar; Víctor había ocultado una visita por vergüenza; Raúl se había puesto a la defensiva por una factura que, al parecer, podía justificar.

Incluso cuando alguien no decía toda la verdad, las razones podían ser muy distintas.

—La gente mezcla muchas cosas cuando cuenta algo —dijo—. Lo que recuerda, lo que cree recordar, lo que le conviene, lo que le da vergüenza...

Julián se encogió de hombros.

—Y lo que no sabe explicar.

Conchi levantó la vista.

—También.

Pensó en Aurora saliendo del despacho de Celia más tranquila porque había conseguido entender el significado de varios términos, aunque probablemente al día siguiente volviera a dudar delante de otra liquidación.

Aquello no era una deducción. Solo otra forma de recordar algo que ya había visto.

—A veces escucho una versión y me parece razonable —continuó—. Luego aparece un dato que la mueve veinte minutos y todo cambia.

—Pero el dato no hace que la persona estuviera mintiendo necesariamente.

Conchi pensó en Nuria.

—Exacto.

—Y otras veces alguien sí oculta algo, pero no por la razón que parece.

Esta vez pensó en Víctor.

Miró a Julián.

—¿Te has leído mis apuntes?

—No tienes apuntes.

—Todavía.

Julián soltó una carcajada.

—No hagas eso.

—Era broma.

—Contigo nunca se sabe.

Conchi terminó el trozo de tarta.

—Creo que eso es lo que me está enganchando.

—¿Qué?

—Que no basta con escuchar una historia. Hay que saber qué parte es un hecho y qué parte es solo la manera en que alguien intenta explicarlo.

Julián la observó unos segundos.

—Eso llevabas haciéndolo años antes de volver al pueblo.

La frase se quedó con ella, no porque revelara nada sobre Emilio, sino precisamente porque no lo hacía.

Por primera vez desde que habían encontrado el cuerpo junto a la fuente, Conchi pensó en todo aquello sin sentir que cada reflexión tuviera que acercarla un poco más a una respuesta. Quizá parte de lo que estaba ocurriendo no tuviera que ver solo con el caso.

Durante años había sido maestra y había tenido horarios, clases, compañeros, alumnos, reuniones y pequeñas responsabilidades que llenaban los días y le daban una utilidad tan cotidiana que nunca había necesitado preguntarse por ella.

Después llegó la jubilación anticipada, murió Rafael y, más tarde, regresó definitivamente a Valdecerezos.

Había construido una vida tranquila.

Y estaba bien.

Pero una vida tranquila no siempre significaba una vida llena.

Julián debió de notar que llevaba demasiado tiempo callada.

—¿Qué?

Conchi negó con la cabeza.

—Nada.

—Eso tampoco me lo creo.

—Estaba pensando que quizá echo de menos usar la cabeza para algo que no sea acordarme de dónde he dejado las gafas.

Julián la miró.

—Las llevas puestas.

Conchi sostuvo su mirada unos segundos.

Él sonrió.

—Era demasiado fácil.

—Vete.

—¿En serio?

—Después de recoger los platos.

—Eso ya me parece abuso.

Conchi se levantó con el suyo en la mano. Julián llevó el otro al fregadero y, entre los dos, dejaron la cocina como estaba antes de la visita.

Cuando él se puso la chaqueta, Lili acudió al recibidor por si aquello significaba otro paseo.

—Tú no vienes —dijo Conchi.

Julián se agachó para acariciarla.

—Tiene razón. Hace frío.

—No le des argumentos.

Conchi abrió la puerta. La calle estaba tranquila y apenas se oía nada más allá del viento suave entre los árboles.

—Gracias por la tarta.

—Dale las gracias a mi hermana.

—No pienso llamarla a estas horas.

—Mañana.

Julián bajó el primer escalón y se volvió.

—Y deja de pensar un rato.

—Eso es fácil de decir.

—No he dicho que sea fácil.

Conchi sonrió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Cerró la puerta y regresó a la cocina.

No volvió a repasar los cargos de Aurora ni las horas de Emilio. Tampoco intentó decidir si Celia, Víctor, Raúl o cualquier otra persona había dicho algo que necesitara revisar de nuevo.

Guardó la mitad de la tarta para el día siguiente, apagó la luz y llamó a Lili.

Mientras subía las escaleras pensó en la coincidencia de Fernando y Julián. Los dos le habían recordado algo que ella misma parecía haber olvidado: escuchar versiones distintas, detectar matices y separar lo que una persona sabía de lo que creía saber no era una habilidad que acabara de descubrir.

Lo nuevo era aprender a utilizarla en una situación mucho más seria sin confundirla con tener la razón.

Y aquella noche, por primera vez desde la muerte de Emilio, le bastó con eso.