El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

A media tarde, Aurora apareció en la puerta de casa de Conchi con una carpeta bajo el brazo y una expresión que ella empezaba a reconocer demasiado bien.

—No pongas esa cara —dijo Conchi antes de que hablara.

Aurora frunció el ceño.

—¿Qué cara?

—La de que vienes a pedirme algo y ya has decidido que voy a decir que sí.

—No sé por qué dices eso.

—Porque llevas una carpeta.

Aurora bajó la vista hacia ella, como si acabara de recordar que la tenía.

—Es casualidad.

—Claro.

Lili, que había acudido al recibidor en cuanto oyó el timbre, olisqueó los zapatos de Aurora y se quedó a su lado esperando alguna atención. Aurora se agachó para acariciarla.

—Por lo menos alguien me recibe bien.

—Yo te he abierto la puerta.

—Con muy poca ilusión.

Conchi sonrió y se apartó para dejarla pasar.

Aurora no entró.

—En realidad venía a ver si me acompañabas a una cosa.

—Ya.

—No pongas esa cara tú ahora.

—Es la misma de antes.

Aurora levantó ligeramente la carpeta.

—Tengo cita con Celia.

Conchi dejó de sonreír, aunque se esforzó por no dar al nombre más importancia de la que tenía.

Desde que había podido situar su encuentro con Celia aproximadamente entre las 18:14 y las 18:16 y se lo había contado a la Guardia Civil, tenía que recordarse que verla caminar hacia la plaza solo demostraba eso: que la había visto caminar hacia la plaza.

—¿Para qué? —preguntó.

—Para que me explique una liquidación.

—¿La misma de los cargos que enseñaste a Emilio?

—Parte sí y parte no. Hay una hoja de este trimestre que no entiendo bien.

Conchi miró la carpeta.

—¿Y quieres que vaya contigo por qué?

Aurora se encogió de hombros.

—Porque la última vez me explicaste mejor que nadie que no entendías nada.

—Magnífico argumento.

—Y porque tú escuchas.

Aquello le hizo gracia.

—Celia también puede explicártelo sin mí.

—Ya lo sé. Pero luego salgo de allí con la sensación de que lo he entendido todo y, cuando intento repetirlo, no sé ni por dónde empezar.

Conchi sabía perfectamente a qué se refería. Había pasado muchos años viendo a alumnos asentir mientras una explicación parecía clarísima y descubrir cinco minutos después que no eran capaces de reproducirla.

—Vale.

Aurora sonrió.

—Sabía que dirías que sí.

—Eso es precisamente lo que me molesta.

—Pues ponte el abrigo.

Conchi miró hacia Lili.

—Ella se queda.

La perra se había sentado junto a Aurora.

—Traición —murmuró Conchi.

El despacho de Celia estaba en Calle Mayor, a pocos minutos de la casa de Conchi. La tarde tenía una luz clara y fría, y el movimiento en el centro era el habitual: vecinos haciendo recados, una furgoneta descargando cajas junto a una tienda y dos mujeres hablando frente a la farmacia.

Aurora caminaba deprisa para alguien que se quejaba con frecuencia de las rodillas.

—No hace falta correr —dijo Conchi.

—No corro.

—Pues yo sí.

—Será que estás perdiendo forma.

—Eso me faltaba.

Llegaron al despacho con unos minutos de margen. La placa junto a la puerta era discreta: Montejo Administración . Debajo aparecían varios servicios de gestión de propiedades, liquidaciones, mantenimiento y comunidades.

Conchi había pasado por delante cientos de veces sin detenerse.

Aurora abrió la puerta sin llamar.

La oficina era pequeña y ordenada. Había dos mesas, varios archivadores altos, una impresora junto a la pared y un mostrador bajo que separaba la zona de espera. En una esquina, una planta de hojas oscuras parecía llevar demasiado tiempo sobreviviendo con poca luz.

Celia levantó la cabeza desde su mesa.

—Aurora. Perfecto. Pensaba que vendrías sola.

—He traído refuerzos.

Conchi hizo una mueca.

—No soy ningún refuerzo.

Celia sonrió.

—Mejor. Así no tengo que preocuparme.

No había nada extraño en su tono, ni prisa, ni incomodidad, ni una atención especial hacia Conchi. La recibió como habría recibido a cualquier conocida del pueblo.

—Sentaos —dijo—. Dame un minuto y saco tu expediente.

Aurora y Conchi ocuparon dos sillas frente a la mesa.

Celia se levantó, abrió uno de los archivadores y buscó entre varias carpetas etiquetadas.

Conchi miró alrededor sin interés aparente y, sobre todo, sin buscar nada.

Después de la conversación con Lucía tenía bastante claro el límite: no estaba allí para inspeccionar el despacho ni para encontrar una pista escondida. Había acompañado a Aurora, nada más.

Celia regresó con una carpeta marrón y varias hojas.

—A ver. ¿Qué es lo que no te cuadra?

Aurora sacó sus papeles y señaló una línea.

—Esto.

Celia acercó la hoja.

—La regularización de septiembre.

—Eso pone.

—Sí. Lo que ocurre es que aquí se ajusta la diferencia entre lo previsto y el gasto real del trimestre.

Aurora miró a Conchi.

—¿Ves?

—Todavía no ha terminado —dijo ella.

Celia soltó una risa breve.

—Déjame intentarlo.

Tomó otra hoja de la carpeta.

—Mira. En junio se hizo una previsión para mantenimiento ordinario. Luego hubo dos gastos que quedaron por debajo de lo estimado y otro que quedó por encima. Al cerrar el trimestre, se hace la regularización para que la cuenta refleje lo que realmente se ha gastado.

Aurora siguió el papel con el dedo.

—¿Y este importe?

—Ese es el ajuste de mantenimiento.

—¿No es lo mismo?

—No exactamente. La regularización es el cierre general. El ajuste de mantenimiento corresponde a una partida concreta.

Conchi escuchó con atención. Las expresiones sonaban razonables y, además, le resultaban familiares. No había nada sospechoso en palabras como regularización o ajuste de mantenimiento ; eran términos administrativos y Celia los utilizaba con la naturalidad de quien trabajaba con ellos a diario.

Aurora frunció el ceño.

—Entonces, ¿me están cobrando algo más o me están devolviendo?

—En esta línea concreta, te están cargando una diferencia pequeña porque el gasto final fue superior a la previsión.

—¿Cuánto?

Celia señaló la cantidad.

—Veintisiete con cuarenta.

Aurora acercó la cara al papel.

—Eso es parecido a uno de los otros.

Celia la miró.

—¿A cuál?

Aurora buscó otra hoja en su carpeta. Conchi esperó sin intervenir hasta que la encontró.

—Aquí. El mes pasado había uno de veintitantos.

Celia leyó la línea.

—Sí, pero este es distinto. Ese era una diferencia de gestión.

Aurora levantó la cabeza.

—¿Y eso qué es?

Celia apoyó el bolígrafo.

—Una corrección entre el importe que se anticipó y lo que finalmente se imputó a la gestión de una incidencia concreta.

Aurora volvió la mirada hacia Conchi.

—No me mires —dijo ella—. Yo tampoco lo explicaría mejor.

Celia sonrió.

—Es más sencillo de lo que parece.

Cogió una hoja en blanco y escribió tres palabras: previsión, gasto, diferencia .

—La mayoría de estas partidas funcionan así. Se calcula una cantidad, se paga el gasto real y después se ajusta lo que sobra o falta. Dependiendo del tipo de gasto, aparece como regularización, ajuste de mantenimiento o diferencia de gestión.

Aurora observó el esquema.

—¿Y por qué no lo llaman siempre igual?

Celia se apoyó en el respaldo de la silla.

—Porque no es exactamente lo mismo.

—Ya, pero para mí sí.

—Para ti y para casi todo el mundo.

Aquello hizo sonreír a Aurora.

—Menos mal.

—El problema de estos documentos —continuó Celia— es que están pensados para registrar contabilidad, no para que resulten agradables de leer.

—Pues lo consiguen.

—Eso desde luego.

Conchi siguió escuchando. La explicación tenía una lógica general que podía entender sin dificultad: previsiones, gastos reales y correcciones posteriores.

Lo que todavía le costaba visualizar era por qué conceptos distintos acababan produciendo en las liquidaciones pequeñas cantidades añadidas que, a simple vista, se parecían tanto unas a otras.

—Una cosa —dijo.

Celia la miró.

—Dime.

—¿Estas diferencias se calculan siempre de la misma forma?

—Depende del tipo de gasto y de cómo esté organizada cada propiedad.

—Entonces dos propietarios pueden tener una regularización parecida por motivos distintos.

—Perfectamente.

—¿Y cantidades parecidas?

—También.

Aurora intervino.

—Eso fue lo que me llamó la atención. Que había varios cargos pequeños.

Celia asintió.

—Lo sé. Y es normal que quieras comprobarlos. Pero que haya importes parecidos no significa que procedan de lo mismo.

La respuesta fue tranquila y profesional. Conchi no encontró ninguna razón para desconfiar de ella por cómo la dijo.

—¿Emilio te preguntó por esto? —preguntó Aurora.

Conchi giró ligeramente la cabeza hacia su amiga. No esperaba que sacara el tema, pero Celia tampoco pareció incómoda.

—Me preguntó por algunas liquidaciones —respondió—. Ya os dije que me llamó aquella tarde. Quería que revisara unas diferencias.

—¿Estas?

—No sé si exactamente estas. Hablamos muy poco.

Conchi recordó la hora que Celia había dado días atrás: 18:42.

No dijo nada. La Guardia Civil conocía esa versión y ella no tenía por qué volver sobre ella.

Aurora pasó a otra hoja.

—¿Y esto?

Celia se inclinó de nuevo sobre los papeles y la conversación regresó a los números.

Durante casi veinte minutos explicó conceptos, fechas y pequeñas diferencias. Apenas necesitaba consultar nada salvo alguna referencia concreta en el ordenador. Conocía bien sus expedientes y tenía una manera de ordenar los problemas que resultaba tranquilizadora.

Conchi entendió por qué Aurora acudía a ella.

También entendió por qué Emilio habría preferido revisar varios documentos antes de sacar conclusiones. Un cargo aislado podía tener muchas explicaciones perfectamente normales.

—Este de aquí —dijo Celia— es simplemente una regularización porque el proveedor facturó más tarde de lo previsto. No es un gasto nuevo.

—¿Entonces ya estaba incluido? —preguntó Aurora.

—En la previsión, sí. En la liquidación definitiva aparece cuando se cierra.

—¿Y este?

—Ajuste de mantenimiento.

Aurora suspiró.

—Otra vez.

Celia sonrió con paciencia.

—Otra vez.

Conchi reparó en que utilizaba las mismas expresiones una y otra vez, sin buscar sinónimos. No tenía por qué hacerlo. Eran términos de trabajo, no una conversación literaria.

Aun así, se le quedaron.

Regularización. Ajuste de mantenimiento. Diferencia de gestión.

Tres fórmulas distintas para explicar pequeñas diferencias que, vistas desde fuera, podían parecer casi intercambiables aunque Celia insistiera en que respondían a cosas distintas.

—Creo que ya lo entiendo —dijo Aurora al final.

Celia cerró la carpeta.

—¿Seguro?

Aurora dudó.

—Ahora mismo sí.

—Pues te hago una copia de este esquema y te lo llevas.

—Eso me vendrá bien.

Celia fue hasta la impresora y colocó la hoja en el cristal.

Mientras esperaba, Conchi miró la mesa de manera distraída. Había una agenda cerrada junto al teclado, un teléfono, un vaso con bolígrafos y varias carpetas apiladas.

Nada más.

La agenda no le llamó especialmente la atención. Estaba allí como podía estar cualquier otro objeto de trabajo.

Celia regresó con la copia.

—Toma.

Aurora la guardó.

—Gracias.

—Y si vuelve a haber algo que no entiendas, vienes antes de preocuparte.

—Eso mismo me decía Emilio.

La frase dejó un silencio muy breve.

Celia bajó la mirada hacia los papeles.

—Sí. Era de los que preferían preguntar dos veces.

No hubo nada raro en su voz y Conchi no intentó encontrarlo.

Aurora recogió su carpeta.

—Pues ya está.

Se levantaron.

Celia las acompañó hasta la puerta.

—¿Te ha quedado algo sin aclarar? —preguntó a Aurora.

—Seguro que sí, pero todavía no sé qué.

—Eso es lo peligroso.

—Te llamaré.

—Cuando quieras.

Conchi hizo un gesto de despedida.

—Gracias.

—A ti por venir de traductora.

—No he traducido nada.

—Pero has puesto cara de entender.

—Eso es distinto.

Celia se rio.

Salieron a Calle Mayor. Aurora caminó unos metros en silencio antes de sacar la copia de la carpeta y volver a mirarla.

—Ahora sí lo entiendo.

—Me alegro.

—Más o menos.

—Eso suena diferente.

—Bueno, entiendo qué significa cada palabra.

Conchi la miró.

—¿Pero?

Aurora guardó de nuevo la hoja.

—Pero si mañana me ponen otra liquidación delante, igual vuelvo a empezar.

Conchi sonrió.

—Eso no es culpa tuya.

—Celia lo explica bien.

—Sí.

—Muy bien.

—Sí.

Aurora se volvió hacia ella.

—Estás pensando algo.

—Estoy pensando que tiene una forma muy clara de explicarlo.

—Eso no suena muy misterioso.

—Porque no lo es.

Siguieron caminando.

Al acercarse a la plaza, Aurora parecía bastante más ligera que al principio de la tarde. Había conseguido lo que quería: entender de dónde salían algunas cantidades y comprobar que, al menos sobre el papel, cada una tenía una explicación concreta.

—Me quedo más tranquila —dijo.

—Entonces ha servido.

—Sí.

Se despidieron junto a La Tahona. Aurora tomó una calle lateral y Conchi continuó hacia casa.

Mientras caminaba, volvió sin querer sobre algunas de las expresiones que acababa de escuchar.

Ya sabía qué significaban, al menos en términos generales: una regularización corregía una diferencia entre previsión y gasto; un ajuste de mantenimiento afectaba a una partida concreta; una diferencia de gestión corregía lo anticipado frente a lo finalmente imputado.

Todo sonaba lógico cuando Celia lo explicaba.

Y, sin embargo, después de veinte minutos de aclaraciones, las tres fórmulas seguían produciendo sobre el papel un efecto muy parecido: pequeñas cantidades añadidas entre conceptos que la mayoría de los propietarios probablemente no se detenía a examinar demasiado.

Aquello no era una sospecha ni una contradicción, y Conchi se cuidó de convertirlo en ninguna de las dos cosas. Solo era una incomodidad difícil de precisar: ahora entendía mejor las palabras, pero todavía no del todo la lógica que había detrás de algunos cargos.

Por el momento, eso era exactamente lo que tenía.