Capítulo 16
A mediodía, Conchi había conseguido convencer a Lili de que no todos los paseos tenían que terminar en la plaza, aunque la perra parecía haber aceptado el cambio de ruta con una condición: detenerse ante cada árbol, cada portal y cada esquina como si alguien le hubiera encargado inspeccionar el barrio entero.
El sol había salido después de varios días de cielo gris y la luz limpia de octubre daba a las fachadas un aspecto distinto. Aún quedaban manchas de humedad en algunos zócalos y hojas pegadas al borde de las aceras, pero el pueblo había recuperado cierta normalidad.
A Conchi le vino bien.
Después de la conversación con Víctor aquella mañana, se había prometido no pensar en Emilio durante unas horas. La promesa no era demasiado realista, pero al menos no estaba buscando a nadie ni intentando averiguar nada.
Por eso agradeció ver a Julián al otro lado de la calle, con una tabla larga apoyada en un hombro y una caja de herramientas en la otra mano. Aquello parecía lo bastante corriente como para no conducir a horarios, facturas ni sospechas.
—¿Te mudas? —preguntó al acercarse.
Julián dejó la tabla apoyada contra la pared de una casa y miró la caja.
—Sí. Me llevo todo esto a Portugal. He decidido empezar de cero.
—Pues has elegido poca cosa.
—Viajo ligero.
Conchi señaló la madera.
—¿Qué haces?
—Una balda para Leonor. La de la despensa se ha vencido.
—¿La misma que dijiste que cambiarías el invierno pasado?
Julián la miró con dignidad fingida.
—No sé de qué me hablas.
—Yo sí.
—Entonces no hace falta que lo explique.
Lili se acercó a él y recibió una caricia detrás de las orejas.
—Tú no digas nada —le dijo Julián.
—Ella guarda mejor los secretos que medio pueblo.
—Tampoco era difícil.
Julián recogió la tabla.
—Voy al taller a cortarla. ¿Vienes?
Conchi dudó un instante. Podía seguir paseando, pero no tenía ninguna prisa y, además, le apetecía mantener una conversación que no tuviera que ordenar después en su cabeza.
—Un rato.
Caminaron juntos hasta el taller. Julián dejó la tabla sobre el banco de trabajo y empezó a medirla mientras Conchi se quedaba cerca de la puerta, con Lili tumbada a sus pies.
El sitio olía a serrín, barniz y madera recién cortada. A Conchi siempre le había gustado la sensación de que allí todo lo roto tenía una causa concreta: una bisagra suelta, una pata vencida, un tablón mal encajado. Nada de recuerdos aproximados ni versiones que cambiaban según quién las contara.
—¿Quieres café? —preguntó Julián.
—¿Tienes?
—Esa pregunta ofende.
—La última vez sabía a disolvente.
—Era fuerte.
—Era una amenaza.
Julián se echó a reír.
—Entonces agua.
—Mejor.
Fue hacia un pequeño armario del fondo y, antes de que pudiera volver, alguien golpeó dos veces el marco de la puerta abierta.
Raúl Cebrián estaba en la entrada. Llevaba pantalones de trabajo manchados de polvo y una carpeta de cartón bajo el brazo. Al ver a Conchi, su expresión cambió apenas, lo justo para que ella notara cierta incomodidad sin necesidad de buscarle un significado mayor.
—Julián.
—Raúl.
—Venía por la referencia de aquellas piezas que me dijiste.
—Ah, sí. Espera.
Julián fue hacia una estantería y Conchi se apartó un poco, dejando claro con el gesto que no estaba allí por Raúl.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
El saludo quedó suspendido con una frialdad razonable. Conchi recordó la conversación anterior, cuando él había admitido el enfado con Emilio por una factura, y decidió que no tenía ninguna obligación de llenar el silencio.
Fue Raúl quien lo hizo.
—Tú también estás en todas partes.
—Eso mismo me han dicho esta mañana.
—Será por algo.
—He salido a pasear al perro.
Raúl miró a Lili.
—Claro.
Conchi no contestó. Si quería ponerse a la defensiva, era asunto suyo.
Julián regresó con una cajita metálica y se la tendió.
—Estas son las que te decía. Mira bien la medida porque hay dos modelos casi iguales.
Raúl cogió una de las piezas, la giró entre los dedos y señaló la carpeta.
—¿Tienes el catálogo?
—En el ordenador.
—Enséñamelo.
Mientras Julián se alejaba hacia la mesa del fondo, Raúl dejó la carpeta sobre el banco. No la abrió de inmediato. Miró a Conchi como quien llevaba un rato esperando una pregunta.
—Puedes decirlo.
—¿El qué?
—Lo de la factura.
Conchi suspiró.
—No iba a decir nada.
—Ya.
—Raúl, de verdad. No he venido aquí por ti.
Él apoyó una mano sobre la carpeta.
—Pues ya que estamos, prefiero que quede claro.
Conchi pensó en Lucía y en la advertencia de la noche anterior.
No debía preguntar a la gente como si actuara por encargo de la Guardia Civil ni convertir cualquier encuentro en una entrevista.
Pero Raúl estaba hablando por iniciativa propia y ella tampoco tenía por qué salir corriendo del taller para demostrar que había entendido el mensaje.
—Si quieres contarlo, te escucho —dijo.
—Qué prudente te has vuelto.
—Me estoy aplicando.
Julián, desde el ordenador, soltó una tos que sonó demasiado parecida a una risa.
Raúl abrió la carpeta.
—La Guardia Civil ya tiene copia de la factura, del albarán del proveedor y de la nota de entrega.
—Bien.
—Y todo coincide con lo que hice.
—Eso tendrán que comprobarlo ellos.
Raúl la miró con una mezcla de fastidio y desafío.
—La obra era una reparación en un patio comunitario. Había humedades, una canalización que daba problemas y una zona de pavimento que había que levantar. El presupuesto inicial incluía un material para una parte concreta, pero cuando abrimos vimos que no servía y tuve que pedir otro.
—Más caro —dijo Conchi.
—Sí. No muchísimo, pero lo bastante para que la factura final no cuadrara con el presupuesto.
Conchi entendió enseguida dónde estaba el problema.
—¿Y no dejaste el cambio bien explicado?
Raúl negó con gesto seco.
—Se lo comenté al presidente de la comunidad y seguí con la obra. Tendría que haber hecho un presupuesto nuevo o, como mínimo, dejarlo por escrito en la factura. No lo hice.
—Eso fue un error.
—Ya lo sé.
El reconocimiento parecía costarle casi más que la discusión con Emilio.
Raúl sacó una hoja y la dejó sobre el banco.
—El proveedor tiene registrada la entrega del material distinto. Fecha, cantidad y precio. Se compró para esa obra y está puesto allí.
Conchi no acercó la mano al papel.
—¿Y Emilio qué vio?
—La factura y parte del albarán. Quería el resto.
—¿Para comprobar la diferencia?
—Sí. Y yo me lo tomé mal.
—Eso también me lo dijiste.
Raúl apretó los labios.
—Porque parecía que estaba diciendo que yo me había inventado el sobrecoste.
—¿Lo dijo?
Él vaciló.
—No con esas palabras.
Conchi lo observó un instante.
—Entonces quizá lo que hizo fue pedirte que lo justificaras.
—Ya. Ahora es fácil decirlo.
La brusquedad seguía sonando más a orgullo herido que a otra cosa. Conchi había visto a demasiada gente enfadarse porque se sentía cuestionada como para no reconocer aquella diferencia.
—¿La obra estaba bien hecha? —preguntó.
—Sí.
—¿El material existe?
—Sí.
—¿Y el proveedor puede demostrar que te lo vendió para esa obra?
—Sí.
Conchi asintió.
—Entonces tu problema fue explicar mal el cambio, no inventártelo.
Raúl cerró la carpeta a medias.
—Exactamente.
Julián regresó con una hoja impresa y la dejó junto a las piezas.
—Esta es la referencia. Si vais a seguir con la auditoría, avisad y me pongo una corbata.
Raúl lo miró.
—No estamos haciendo ninguna auditoría.
—Me alegra. Tengo una balda pendiente y no quiero declarar.
Conchi sonrió.
—Tú no pintas nada en esto.
—Perfecto. Es mi papel favorito.
Raúl guardó la hoja del proveedor y dejó escapar el aire.
—Lo que me fastidia es que ahora todo lo que pasó con Emilio parece otra cosa. Discutimos, sí, y me enfadé bastante, pero fue por una factura que podía justificar.
Conchi no se apresuró a tranquilizarlo.
—Una cosa no borra la otra. Discutisteis de verdad, pero la factura también puede tener una explicación comprobable.
—Sí.
—Pues eso es lo que hay.
Raúl la estudió un momento.
—¿No vas a preguntarme dónde estaba después?
—No.
—¿Ni a qué hora me fui?
—Tampoco.
—Eso sí que es nuevo.
—Me lo han recomendado personas con uniforme.
Julián se rio.
—Ahora todo encaja.
Conchi le lanzó una mirada.
Raúl, en cambio, pareció relajarse por primera vez desde que había entrado.
—La Guardia Civil ya me ha preguntado lo necesario y ha visto los papeles.
—Entonces mejor.
—Sí.
La conversación podría haber terminado allí, pero Raúl continuó, como si necesitara dejar una última cosa clara aunque nadie se la hubiera pedido.
—Emilio era así. Si algo no le cuadraba, volvía sobre ello. No porque te acusara, sino porque quería entenderlo. Y cuando uno está trabajando y tiene mil cosas encima, que venga alguien a pedirte explicaciones puede sentarte fatal.
Conchi pensó en Aurora, en los papeles de otros propietarios y en la paciencia con la que Emilio parecía haber revisado asuntos que ni siquiera eran suyos.
—Eso dicen de él.
—Pues era verdad.
Raúl cerró por fin la carpeta.
—Mi fallo fue de oficina, no de obra.
—Eso lo tendrá que confirmar quien corresponda.
—Ya lo están confirmando.
—Entonces no necesitas convencerme a mí.
La frase sonó más suave de lo que Raúl parecía esperar. Él asintió, recogió la carpeta y miró a Julián.
—Pídeme diez de esas piezas.
—Te aviso cuando lleguen.
Raúl empezó a marcharse, pero antes de cruzar la puerta se volvió.
—Conchi.
—¿Qué?
—Una discusión por una factura no convierte a nadie en asesino.
—No he dicho que lo haga.
Raúl sostuvo su mirada un segundo y se fue.
Cuando sus pasos desaparecieron calle abajo, Julián volvió a la tabla y comprobó una marca de lápiz.
—Tiene un carácter precioso.
—Tú tampoco eres una fiesta cuando estás enfadado.
—Yo soy encantador.
—Claro.
Conchi se acercó al banco de trabajo. No quería convertir la escena en una conversación sobre sospechosos, pero Julián había estado allí y era absurdo fingir que no había oído nada.
—La documentación parece existir —dijo él.
—Eso dice Raúl.
—Y la Guardia Civil la tiene.
—Eso también.
Julián cogió la escuadra.
—Entonces poco más hay que hacer.
Conchi lo miró.
—Exacto.
—Te cuesta decirlo.
—No me cuesta.
—Un poco.
Conchi apartó la cinta métrica medio metro.
—Ahora sí te va a costar trabajar.
Julián la recuperó con calma.
—Violencia contra un artesano.
—Denúnciame.
—No quiero llenar papeles.
Aquello le arrancó una risa que le vino bien.
Durante unos minutos se quedó allí mientras Julián terminaba de marcar la tabla y Lili dormitaba cerca de la puerta.
La escena recuperó la normalidad que había tenido al principio: una visita casual al taller, un hombre resolviendo un encargo y una conversación incómoda que había surgido porque Raúl quiso explicar su parte.
Lo importante, pensó Conchi, no era que aquella explicación sonara convincente, sino que podía comprobarse.
La obra había existido, el cambio de material también y el proveedor tenía documentación sobre la entrega y el precio.
La factura estaba mal explicada, pero eso no convertía automáticamente el sobrecoste en inventado.
Raúl se había enfadado con Emilio porque se había sentido cuestionado. Aquello seguía siendo cierto.
También lo era que la razón profesional de la discusión podía verificarse.
No hacía falta convertir una cosa en la otra.
—Me voy —dijo Conchi al cabo de un rato.
Julián levantó la vista.
—¿Ya?
—Tienes que salvar la despensa de Leonor.
—Por fin alguien respeta mi oficio.
—No exageres.
Julián la acompañó hasta la puerta.
—¿Vas a llamar a Álvaro?
Conchi pensó un instante.
—Sí, pero solo para decirle lo que Raúl me ha contado. Sin interpretar nada.
—Suena sensato.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa de sorpresa.
Julián sonrió.
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Conchi salió con Lili y volvió hacia casa por una calle tranquila.
No llamó al puesto desde el taller. Tampoco quería convertir cada conversación en una comunicación urgente. Esperó a llegar a la cocina, dejó el bolso sobre una silla y sirvió agua a Lili antes de coger el teléfono.
Álvaro respondió poco después.
—Dime.
—Te cuento una cosa y no te entretengo.
—Eso lo decidiré cuando termines.
—He coincidido con Raúl en el taller de Julián. Él ha sacado el tema de la factura y me ha explicado que la diferencia venía de un cambio de materiales que no dejó bien reflejado por escrito. Dice que hay albaranes y documentación del proveedor y que ya os ha dado copia.
Álvaro no pareció sorprendido.
—Sí. Tenemos esa documentación.
—Me lo imaginaba.
—Y se está comprobando.
—Perfecto.
Conchi se apoyó en la mesa.
—También dice que el proveedor puede confirmar la entrega y el precio.
—Eso forma parte de lo que estamos revisando.
—Entonces no te he contado nada nuevo.
—No necesariamente.
—Qué entusiasmo.
Álvaro soltó una risa breve.
—No todo dato útil tiene que ser nuevo. A veces sirve para confirmar que una persona mantiene la misma explicación en distintos contextos.
Conchi lo pensó.
—Eso tiene sentido.
—Y has hecho bien en trasladarlo sin ponerte tú a comprobar facturas.
—Estoy progresando muchísimo.
—No te emociones.
—Lucía estaría orgullosa.
—No exageremos.
Colgaron poco después.
Conchi dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó un momento mirando por la ventana de la cocina. La conversación con Raúl no resolvía nada por sí sola, pero sí ayudaba a quitar parte del ruido que se había acumulado alrededor de Emilio desde su muerte.
Víctor había ocultado su visita porque le avergonzaban las deudas y la discusión con su tío, y la Guardia Civil disponía de datos externos que reducían el peso de aquella línea.
Raúl, por su parte, había discutido por una factura real cuyo sobrecoste parecía tener una explicación profesional torpe, pero verificable.
Los dos conflictos habían existido. Precisamente por eso habían resultado tan fáciles de convertir en sospechas.
Sin embargo, a medida que esas líneas visibles iban encontrando una explicación, los documentos que Emilio llevaba tiempo comparando seguían donde estaban.
La carpeta de Aurora.
Los papeles de otros propietarios.
Las pequeñas cantidades que se repetían lo suficiente como para haber llamado su atención.
Conchi abrió la nevera, sacó una botella de agua y llenó un vaso.
Aquello no demostraba todavía que existiera un delito, pero sí empezaba a dejar más espacio para la pregunta que seguía sin respuesta.
Lili abrió un ojo desde su rincón.
—No estoy diciendo que sepa nada —murmuró Conchi.
La perra volvió a cerrarlo.
Conchi sonrió y dejó el vaso en el fregadero. Aquella mañana el caso no había avanzado de la forma espectacular que tanto gustaba a los rumores. Había ocurrido algo bastante más útil: una de las historias más ruidosas empezaba a ocupar el espacio que realmente le correspondía.
Y, cuanto menos ruido quedaba alrededor, más difícil era ignorar los papeles de Emilio.