Capítulo 15
La mañana del cuarto día amaneció despejada, con un frío más limpio que el de las jornadas anteriores.
Conchi salió con Lili después del desayuno y tomó el camino del centro sin pensar demasiado en adónde iba.
Le apetecía andar y, si podía elegir, pasar un rato sin encontrarse con nadie que quisiera hablarle de Emilio.
Las dos cosas resultaron incompatibles en cuanto entró en la Plaza de los Castaños y vio a Víctor sentado en uno de los bancos, con los codos apoyados en las rodillas y una bolsa de papel a sus pies.
Redujo el paso por instinto. Podía seguir de largo y, de hecho, eso era lo que pensaba hacer.
Víctor levantó la cabeza.
—Conchi.
Ya estaba.
Se acercó lo suficiente para saludar sin convertir aquello en una visita.
—Buenos días.
—¿Tienes un minuto?
Conchi miró a Lili.
—Ella tiene todos los que quiera.
Víctor sonrió apenas.
—No tardaré.
Conchi se sentó en el extremo del banco, dejando cierta distancia entre los dos. Lili permaneció de pie un momento, olisqueó la bolsa de papel y terminó tumbándose junto a sus zapatos.
—No hay comida —dijo Víctor.
—No la animes.
Él miró hacia la plaza.
A aquella hora todavía no había demasiada gente. Un hombre barría la entrada de una tienda, dos mujeres hablaban junto a la farmacia y desde La Tahona llegaba el ruido amortiguado de la puerta al abrirse y cerrarse.
—Estoy harto —dijo Víctor.
Conchi esperó.
—De la gente. De las miradas. De que cada vez que entro en un sitio se callen dos personas.
—Eso acabará pasando.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Pues yo tampoco.
Se frotó las manos antes de continuar.
—Ayer una mujer que apenas conozco me preguntó directamente cuánto iba a heredar.
Conchi hizo una mueca.
—Eso ya es tener poca vergüenza.
—Y otro me dijo que si mi tío me había dejado algo arreglado antes de morir.
—La gente confunde preguntar con tener derecho a una respuesta.
Víctor soltó una risa seca.
—Tú también preguntas.
La frase no sonó como un reproche serio, pero Conchi la aceptó.
—Sí.
—Por lo menos tú no finges que es por hacer conversación.
—Eso no sé si me deja mejor.
—Un poco.
Permanecieron unos segundos en silencio. Conchi recordó la advertencia de Lucía la noche anterior: no aprovechar cada encuentro para comprobar una versión y, sobre todo, no dar la impresión de que actuaba por encargo de la Guardia Civil.
Así que no preguntó.
Fue Víctor quien siguió.
—Pedí dinero a mi tío.
Conchi volvió la cabeza hacia él. Víctor mantenía la vista fija en el suelo.
—Eso es lo que no quería que se supiera.
No era una revelación espectacular. En realidad, encajaba con lo que ya se decía por el pueblo, pero resultaba distinto escucharlo de su propia boca.
—¿El día que murió? —preguntó Conchi.
—Sí. Fui a su casa por la tarde.
Conchi no dijo nada y Víctor respiró hondo antes de continuar.
—No era la primera vez que hablábamos de mis problemas, pero sí la primera que le pedí que me prestara dinero así, directamente. Necesitaba cubrir varias cosas y pensé que podría ayudarme. Luego se lo devolvería poco a poco.
—¿Y dijo que no?
Víctor asintió.
—Dijo que prestarme dinero no iba a arreglar nada, que dentro de tres meses estaría igual si no ordenaba primero lo que debía.
Conchi podía imaginar a Emilio diciendo algo parecido.
—¿Te ofreció ayuda?
—Sí. Y eso fue casi peor.
—¿Por qué?
Víctor soltó una risa sin alegría.
—Porque yo no había ido a pedirle que me explicara cómo organizar mis cuentas. Había ido a pedirle dinero. Él me dijo que podía sentarse conmigo, mirar las deudas, ver qué era urgente, qué podía aplazarse... Ya sabes cómo era.
—Sí.
—Y yo me enfadé.
La plaza seguía funcionando alrededor de ellos con una normalidad que a Conchi empezaba a resultarle casi molesta.
Víctor continuó:
—Le dije que era muy fácil dar consejos cuando uno no estaba en mi situación. Él me contestó que precisamente porque había visto a mucha gente meterse en problemas sabía que darme dinero sin más no iba a servir.
Conchi vio cómo apretaba las manos.
—¿Discutisteis fuerte?
—Lo suficiente para que lo oyera alguien.
—Eso explica una parte de los rumores.
—Sí.
Víctor levantó la cabeza.
—Y me fui enfadado.
Conchi pensó un instante en no hacer la siguiente pregunta, pero la hizo sin rodeos.
—¿Por eso intentaste ocultar que habías estado allí?
Víctor tardó un poco en responder.
—Sí.
No añadió ninguna excusa, y eso hizo que Conchi permaneciera en silencio.
—Cuando empezaron a preguntar por la tarde de mi tío —continuó él—, al principio no conté la visita como debía. Pensé que si decía que había ido a pedirle dinero y que habíamos discutido, ya estaba condenado en el pueblo.
—No en la investigación.
—En el pueblo también cuenta.
—No debería.
—Pero cuenta.
Conchi no pudo negarlo.
Víctor la miró.
—Y luego empezó lo de la herencia.
—Era previsible.
—No para mí.
—Tú estabas dentro de todo esto. Es normal que lo vieras de otra manera.
Él bajó la vista otra vez.
—Sé que quedó fatal.
—Quedó mal.
—Gracias.
—Me has pedido que me siente, no que te mienta.
Víctor soltó aire por la nariz.
—Por eso te lo estoy contando.
Conchi esperó.
—No quería que pensaran que estaba esperando a que se muriera para quedarme con algo. Ni siquiera sabía qué había dejado arreglado. Mi tío no hablaba de esas cosas conmigo.
—Pero necesitabas dinero, discutisteis y luego no contaste la visita con claridad.
—Sí.
Lo dijo sin protestar.
Conchi apoyó las manos sobre el bolso.
—Eso explica por qué la gente sospecha.
—Ya lo sé.
—No significa que tengan razón.
Víctor volvió la cabeza hacia ella.
—¿Tú qué piensas?
La pregunta era incómoda. Conchi podía haber intentado tranquilizarlo diciéndole que no lo creía capaz, pero habría sido una respuesta más amable que honesta.
—Pienso que ocultaste una cosa porque te daba vergüenza y porque sabías cómo iba a parecer.
Víctor esperó algo más.
—¿Y?
—Y eso es lo que sé.
—No me estás diciendo si me crees.
—Te creo cuando dices que te avergonzaba pedir dinero. Eso no es lo mismo que saber qué ocurrió después.
Víctor asintió lentamente.
—Justo.
—¿Justo qué?
—Eso me dijo el sargento. Casi con otras palabras.
Conchi sonrió un poco.
—Entonces me alegra no haber hecho el ridículo.
—No ha sido tan parecido.
—Déjame disfrutarlo.
Víctor miró hacia la bolsa de papel que tenía a sus pies.
—La Guardia Civil ya ha comprobado cosas.
Conchi notó enseguida el límite.
—No hace falta que me cuentes nada que no debas.
—No sé qué puedo contar o no. Solo sé que después de salir de casa de mi tío hice cosas normales. Un pago, un recado... Hay gente que me vio.
Conchi levantó una mano.
—Hasta ahí.
Víctor la miró.
—¿No quieres saber dónde?
—No.
—Eso sí que es nuevo.
—Estoy aprendiendo.
Él sonrió por primera vez de verdad.
—Pues enhorabuena.
—No te acostumbres.
Lili se levantó y empezó a olisquear el borde del banco. Conchi sujetó mejor la correa.
—Si la Guardia Civil puede comprobar tus movimientos, los comprobará.
—Ya lo ha hecho, por lo que me dijeron.
—Entonces mejor.
Víctor se quedó quieto.
—No me han dicho que esté fuera de nada.
—Y yo tampoco.
—Ya.
Conchi se volvió hacia él.
—Que tu mentira tenga una explicación no convierte todo lo demás en mentira, pero tampoco hace falta que te condenes tú antes de que nadie compruebe nada.
Víctor miró hacia la calle que llevaba al Barrio de la Fuente.
—Mi tío me ofreció ayudarme.
—Lo has dicho.
—Y yo me fui de su casa enfadado.
Conchi entendió entonces qué era lo que de verdad le pesaba. No solo las sospechas del pueblo ni la posibilidad de parecer interesado en una herencia. La última conversación con su tío había terminado mal y ya no tenía forma de repetirla.
—Eso no puedes cambiarlo —dijo.
—No.
—Pero tampoco tienes por qué convertir una discusión en la última palabra de toda vuestra relación.
Víctor se frotó las manos.
—Qué fácil lo dices.
—No he dicho que sea fácil.
La frase le recordó a Pilar y casi sonrió.
—Mi marido y yo discutimos muchas veces —añadió—. Algunas por cosas que ahora ni recuerdo. Si me obligara a elegir una de esas discusiones para resumir todo lo demás, sería absurdo.
Víctor sabía que Rafael había muerto. En un pueblo como Valdecerezos, aquello no necesitaba explicaciones.
—Lo siento —dijo.
—Hace cinco años.
—Ya.
—Y sigo pensando lo mismo. Una conversación mala no borra las buenas.
Víctor asintió.
Permanecieron en silencio un rato, hasta que él cogió la bolsa del suelo y se levantó.
—Tengo que irme.
Conchi también se puso en pie.
—Yo estoy oficialmente paseando.
—Se nota.
Lili empezó a caminar antes que ella.
Víctor dio dos pasos y se volvió.
—Conchi.
—¿Qué?
—El otro día, cuando me preguntaste si había dicho que no vi a mi tío...
Conchi recordaba perfectamente la conversación junto al coche.
—Sí.
—Te dije que yo no había dicho eso.
—Sí.
—No fue del todo limpio.
Conchi esperó.
—No había ido por ahí contándole a la gente una mentira concreta. Pero cuando me preguntaron al principio, omití la visita. Y cuando empezó el rumor, me agarré a la diferencia.
—Entiendo.
—Quería decírtelo.
—Gracias.
Víctor hizo un gesto con la cabeza y se marchó.
Conchi siguió con Lili hacia la plaza. No sintió que Víctor acabara de quedar inocente; la palabra era demasiado grande para lo que había ocurrido.
Lo que sí había cambiado era el peso de su silencio.
Ahora tenía una explicación concreta: vergüenza por sus deudas, miedo a parecer interesado en la herencia y una discusión que, después de la muerte de Emilio, parecía mucho peor de lo que había parecido mientras sucedía.
Nada de eso demostraba que Víctor no pudiera haber hecho otra cosa, pero sí impedía tratar la ocultación como si solo admitiera una explicación criminal.
Entró en La Tahona.
Pilar estaba atendiendo a una pareja. Conchi esperó junto a la puerta y no dijo nada hasta que se quedaron solas.
—He hablado con Víctor.
Pilar dejó de colocar el cambio en la caja.
—¿Tú has ido a buscarlo?
—No. Me lo he encontrado.
—Lucía estará encantada.
—Ha hablado él.
Pilar levantó las cejas.
—¿Y?
Conchi señaló el expositor.
—Primero dame una barra.
—Ahora sí te reconozco.
Pilar envolvió el pan.
—Cuenta.
—Pidió dinero a Emilio.
Pilar se quedó quieta.
—Entonces era verdad.
—Sí.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿No te lo ha dicho?
—No se lo he preguntado.
—Conchi.
—¿Qué?
Pilar negó con la cabeza.
—Nada. Continúa.
Conchi le explicó únicamente lo necesario: Víctor necesitaba ayuda, Emilio se negó a prestarle dinero, pero se ofreció a sentarse con él para ordenar sus deudas; discutieron y Víctor ocultó la visita por vergüenza y por miedo a que su situación económica lo hiciera parecer interesado en una herencia.
Pilar escuchó sin interrumpir.
—Pues sigue quedando fatal —dijo al final.
—Sí.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
—Que quede fatal no significa que explique la muerte de Emilio.
—No.
Pilar tomó aire.
—¿Y tú le crees?
Conchi apoyó una mano en el mostrador.
—Creo que esa razón para mentir es creíble.
—Eso es muy de maestra.
—¿El qué?
—Responder otra cosa.
—He respondido exactamente.
Pilar sonrió un poco.
—Vale.
Conchi pagó el pan.
—Y la Guardia Civil está comprobando sus movimientos.
—¿Te han dicho algo?
—Víctor ha dicho que hay cosas que pueden verificarse. Nada más.
—Entonces todavía puede ser él.
Conchi la miró.
—Todavía puede ser mucha gente si empezamos así.
Pilar cerró la caja.
—Ya.
—Lo importante es no convertir una mentira demostrada en todas las mentiras que nos venga bien imaginar.
Pilar tardó un segundo en contestar.
—Eso ha sonado complicado.
—Pues era sencillo en mi cabeza.
—A veces es mejor dejarlo allí.
Conchi se echó a reír y salió de La Tahona con la barra bajo el brazo.
No había avanzado mucho cuando oyó su nombre.
—Conchi.
Álvaro cruzaba la plaza hacia ella.
—Otra vez tú —dijo.
—Eso iba a decir yo.
El sargento miró la bolsa de pan.
—Veo que esta vez sí has comprado.
—La investigación avanza.
Álvaro sonrió.
—¿Has hablado con Víctor?
Conchi se quedó mirándolo.
—¿Lo sabes todo?
—No. Pero acabo de verlo salir de aquí y te he visto entrar en La Tahona detrás.
—No he ido a buscarlo.
—No he dicho que lo hicieras.
—Ya.
Recordó la conversación de la noche anterior y decidió adelantarse.
—Me ha contado que pidió dinero a Emilio y que discutieron. También que ocultó la visita por vergüenza.
Álvaro asintió.
—Eso ya lo sabemos.
—Me lo imaginaba.
—Y hemos podido contrastar parte de lo que hizo después.
Conchi esperó unos segundos, pero Álvaro no añadió nada.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme?
—Sí.
—Lo haces a propósito.
—También.
Conchi negó con la cabeza.
—¿Reduce su oportunidad?
Álvaro la miró durante un instante.
—Reduce el peso de algunas posibilidades.
—Eso no significa lo mismo.
—No.
—Muy bien.
Álvaro bajó un poco la voz.
—Hay datos externos a su versión que encajan con movimientos posteriores a la visita a Emilio. No necesitas saber cuáles.
—No te los he pedido.
—Esta vez.
Conchi levantó una ceja.
—Lucía te está contagiando.
—Puede.
—¿Entonces Víctor está descartado?
—No he dicho eso.
—Ya me lo imaginaba.
Álvaro hizo un gesto afirmativo.
—Solo te digo que una contradicción que parecía importante puede tener una explicación que no sea criminal. Por eso se comprueba.
Conchi miró hacia la calle por la que Víctor se había marchado.
—Una mentira real puede no ser la mentira que buscas.
Álvaro sonrió ligeramente.
—Más o menos.
—Esa me la quedo.
—Haz lo que quieras.
Se despidieron y Conchi retomó el camino hacia casa con Lili.
El día anterior había comprobado que una hora aproximada podía cambiar una secuencia entera cuando aparecía un dato objetivo.
Aquella mañana estaba aprendiendo algo parecido sobre las personas.
Víctor sí había mentido, sí había pedido dinero a Emilio y sí habían discutido, pero esos tres hechos no formaban necesariamente una escalera que condujera hasta la muerte.
También podían describir algo bastante más corriente y humano: un hombre avergonzado de sus deudas, enfadado con su tío y asustado por el aspecto que tendría todo aquello una vez que Emilio ya no podía explicar su parte.
Conchi apretó la barra de pan bajo el brazo y miró a Lili.
—Al final va a resultar que decir la verdad complica menos las cosas.
La perra siguió caminando.
—No pongas esa cara. A ti no te he pillado mintiendo todavía.
Al doblar hacia la calle de las Moreras, Conchi pensó en las líneas que habían atraído la atención durante los últimos días: primero la carpeta que Pilar había entregado, después los problemas económicos de Víctor y, junto a ellos, la discusión de Raúl por una factura.
Eran conflictos fáciles de contar y por eso los rumores se agarraban a ellos con rapidez.
Sin embargo, a medida que esas explicaciones visibles perdían peso, los papeles que Emilio llevaba tiempo comparando seguían sin desaparecer.
Y por primera vez Conchi tuvo la sensación de que, cuando se apagaba el ruido de las sospechas más fáciles, quedaba algo mucho menos llamativo que todavía necesitaba una explicación.