Capítulo 14
Conchi dejó pasar casi una hora antes de decidirse a llamar a Álvaro. No porque hubiera cambiado de opinión: desde que volvió a casa tenía claro que debía contarle lo de Celia. Lo que necesitaba era ordenar bien qué parte de aquella tarde recordaba de verdad y qué parte había deducido después.
Eso era lo que sabía.
Todo lo demás eran posibilidades que podían encajar o no.
Se sentó a la mesa de la cocina y cogió el teléfono. Álvaro respondió al tercer tono.
—Dime, Conchi.
—¿Te pillo mal?
—Depende de lo que quieras venderme.
Conchi sonrió.
—No vendo nada. Quería contarte una cosa de la tarde de Emilio.
Hubo una pausa breve.
—¿Es algo que acabas de recordar?
—Sí. Bueno, recordar, recordar, ya lo recordaba. Lo que ha cambiado es que ahora puedo situarlo mejor.
El tono de Álvaro se volvió más atento.
—Cuéntame.
Conchi miró el reloj de la cocina.
—Prefiero hacerlo en persona.
—¿Es urgente?
—No creo.
—Pues si quieres, pásate. Estoy todavía aquí.
—Voy en diez minutos.
—Sin correr.
—No pensaba hacerlo.
Colgó.
Lili levantó la cabeza desde su cojín.
—Tú te quedas.
La perra siguió mirándola.
—Es de noche y vuelvo enseguida. No empieces.
Se puso la chaqueta y salió.
Valdecerezos estaba mucho más tranquilo que durante el día. La humedad de la tarde se había convertido en un frío fino que se notaba sobre todo en las manos. Algunas persianas estaban ya bajadas y, desde La Parra, una luz cálida se extendía sobre parte de la acera.
Conchi pasó de largo. No quería encontrarse con Nuria y terminar explicándole por qué iba al puesto, ni tampoco entrar en La Tahona si Pilar seguía cerrando.
Durante aquellos días había aprendido que contar algo demasiado pronto tenía una consecuencia inmediata: dejaba de pertenecer a los hechos y empezaba a pertenecer al pueblo.
Aceleró un poco el paso.
Cuando llegó, Álvaro la recibió casi en la entrada.
—Pasa.
—No hace falta que montemos otra declaración.
—Eso lo decidiré yo.
—Muy amable.
—Gracias.
La llevó hasta la misma sala en la que había estado la mañana anterior. Lucía estaba allí, revisando unas hojas. Levantó la vista cuando entraron.
—Buenas noches.
—Buenas.
Conchi se sentó sin esperar a que nadie se lo indicara.
Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Álvaro dice que has recordado algo.
—He podido colocar una hora.
Lucía arqueó ligeramente una ceja.
—Eso suena más preciso.
—Porque lo es.
Álvaro se sentó enfrente.
—Empieza por el principio.
Conchi contó primero lo de Nuria, aunque daba por hecho que ya lo sabían. Explicó que aquella tarde había estado en La Parra y que, al revisar la caja por un asunto relacionado con una entrega, Nuria había encontrado el duplicado del ticket de Emilio.
—Dieciocho cero siete —dijo.
Álvaro asintió.
—Eso ya lo tenemos.
—Me lo imaginaba.
—Sigue.
—Cuando salí de allí pensé en mi propio paseo del martes. Al principio no le di importancia, pero esta tarde he vuelto a hacer parte de la misma ruta.
Lucía la observaba sin interrumpir.
—A las seis y doce estaba delante de la farmacia —continuó Conchi—. Eso lo sé porque miré el móvil. Carmen me había pedido que avisara a Marisa de que iba a pasar y, cuando llegué, ya había ido hacía dos horas. Miré la hora justo antes de marcharme.
—¿Conservas algo que confirme que miraste el móvil a esa hora? —preguntó Lucía.
Conchi negó con la cabeza.
—No. Mirar la hora no deja recibo.
—Bien. Solo pregunto.
—Lo sé.
Álvaro hizo un gesto para que continuara.
—Después fui hacia Calle Mayor y allí me crucé con Celia Montejo.
Ninguno de los dos reaccionó de una manera que Conchi pudiera interpretar.
—¿Dónde exactamente? —preguntó Álvaro.
Conchi describió la esquina y explicó desde qué dirección venía ella y hacia dónde caminaba Celia. No intentó dar una precisión que no tenía.
—¿Hacia dónde iba? —preguntó Lucía.
—Hacia la Plaza de los Castaños.
—¿Estás segura?
—De la dirección, sí.
—¿Y de la hora?
Conchi respiró antes de responder.
—No miré el reloj al cruzarme con ella, así que la hora exacta no la sé.
Lucía asintió.
—Bien.
A Conchi le molestó un poco aquel «bien», aunque entendía perfectamente qué significaba.
—Pero puedo acotarla —añadió—. A las 18:12 estaba en la farmacia. Después caminé hasta Calle Mayor y me crucé con Celia. Poco después Pilar me llamó desde la puerta de La Tahona, hablamos unos minutos y luego fui hacia la plaza. Allí me senté y a las 18:23 contesté un mensaje de Fernando.
Sacó el teléfono del bolso.
—Ese mensaje sí está.
Lucía extendió una mano.
—¿Me lo enseñas?
Conchi abrió la conversación y buscó el mensaje. No tenía ninguna relación con Emilio: Fernando le preguntaba si la ventana seguía cerrando bien y ella había contestado a las 18:23.
Lucía miró la pantalla sin coger el teléfono.
—De acuerdo.
Conchi lo guardó.
—Por eso digo que debí de ver a Celia aproximadamente entre las seis y catorce y las seis y dieciséis.
Álvaro apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿Has cronometrado el recorrido?
—No.
—¿Has comprobado distancias?
—Tampoco.
Lucía la miró.
—Entonces, ¿por qué esa franja?
—Porque sé dónde estaba a las 18:12 y dónde estaba a las 18:23. Entre medias recuerdo el orden de lo que hice. No necesito medir cada paso para saber que el cruce fue pocos minutos después de salir de la farmacia.
Álvaro asintió.
—Eso está bien explicado.
Conchi sintió un alivio pequeño y algo absurdo.
—¿Hablasteis? —preguntó Lucía.
—Nos saludamos.
—¿Qué dijo?
—«Hola, Conchi» y «buenas tardes». O algo exactamente así. Yo le contesté y seguimos cada una por nuestro lado.
—¿Se detuvo?
—No.
—¿Parecía nerviosa?
—No.
—¿Tenía prisa?
—Caminaba ligero, pero Celia suele caminar así.
—¿Llevaba algo?
—El bolso grande que lleva muchas veces. Sobre la carpeta que llevaba por la mañana, no estoy segura. En aquel momento me pareció que no, pero no quiero convertir una impresión en un recuerdo.
Lucía escribió algo.
Conchi volvió a sentir la tentación de preguntar qué importancia tenía aquel dato, pero se contuvo.
Álvaro tomó la palabra.
—¿Cuándo has relacionado este encuentro con la corrección de la hora de La Parra?
—Hoy, después de ver el ticket.
—¿Antes no habías pensado que ver a Celia pudiera tener importancia?
—No.
—¿Ni cuando supiste que Emilio había muerto?
—No.
La respuesta le salió sin dudar.
—La vi en una calle por la que pasa mucha gente. Su despacho está allí y no hizo nada raro. No tenía ninguna razón para relacionarla con la muerte de Emilio.
Lucía levantó la vista de sus notas.
—Eso es importante.
—Ya.
—No porque confirme nada sobre Celia, sino porque explica por qué el recuerdo adquiere ahora otro valor al cambiar la cronología.
Conchi se acomodó en la silla.
—Eso mismo pensé.
Álvaro permaneció unos segundos en silencio antes de preguntar:
—¿Has hablado con Celia desde que has hecho esta relación?
—No.
—¿Con Pilar?
—La he visto, pero no se lo he contado.
Esta vez Lucía mostró cierta aprobación, apenas perceptible.
—Bien hecho.
—No quiero que mañana medio pueblo esté calculando por dónde caminaba Celia.
—Exactamente.
Conchi miró a Álvaro.
—¿Te sirve?
—Nos sirve como dato.
—Eso no responde a lo que quería preguntar.
—Sí responde.
Conchi hizo una mueca.
—Ya.
Álvaro sonrió un poco.
—Tú viste a una persona en un lugar y dentro de una franja que ahora podemos incorporar a la cronología. Eso es lo que tenemos.
—¿Celia os ha dicho dónde estuvo esa tarde?
Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Eso ya no forma parte de lo que tú viste.
Conchi la miró.
—No he dicho que lo formara.
—Pero es justo el siguiente paso que estás intentando dar.
—Solo he preguntado.
—Y yo solo te digo que no vamos a explicarte las declaraciones de otras personas.
El tono era directo, pero no hostil.
Conchi guardó silencio unos segundos. Sabía que Lucía tenía razón y, al mismo tiempo, seguía sin gustarle que se lo recordaran.
—Vale.
Álvaro intervino.
—No pienses que estamos quitándole importancia a lo que has contado.
—No lo pienso.
—Un poco sí.
Conchi lo miró.
—No hace falta que os pongáis de acuerdo contra mí.
—No estamos contra ti —dijo Lucía—. Estamos intentando que no confundas aportar información con participar en las diligencias.
—No las estoy haciendo yo.
Lucía la observó un momento.
—Todavía no.
Conchi frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que en tres días has hablado con Aurora sobre los papeles, con Nuria sobre la hora, con Víctor sobre su visita y con Raúl sobre la factura.
Conchi abrió la boca.
—A Raúl me lo encontré trabajando y fue él quien empezó.
—No importa quién empezó. Lo importante es que, si sigues haciendo preguntas a personas relacionadas con el caso, pueden interpretar que sabes cosas que en realidad no sabes o que estás hablando de parte de la Guardia Civil.
—Yo nunca he dicho eso.
—No hace falta. Basta con que alguien lo entienda así.
Conchi bajó la mirada un momento.
Aquello le molestó precisamente porque era posible. En un pueblo pequeño, que ella preguntara algo después de haber ido varias veces al puesto podía adquirir un significado que nunca había pretendido darle.
—No quiero que nadie piense que voy de vuestra parte.
—Entonces ayúdanos a evitarlo —dijo Lucía.
Álvaro añadió, con un tono más tranquilo:
—Si alguien te cuenta algo de forma espontánea, no puedes taparte los oídos. Y si recuerdas una cosa como la de hoy, nos la dices. Pero no necesitas comprobar tú lo que ya podemos comprobar nosotros.
Conchi levantó la vista.
—Entendido.
Lucía pareció querer asegurarse.
—¿De verdad?
—Tengo cincuenta y nueve años, Lucía. Sé entender una frase a la primera aunque no siempre me guste.
Durante un segundo, Álvaro escondió una sonrisa.
Lucía no.
—Perfecto.
Conchi cogió el bolso.
—¿Ya está?
—Por ahora sí —dijo Álvaro.
—Qué expresión más poco tranquilizadora.
—No pretendía serlo.
Se levantó, pero antes de salir se volvió hacia él.
—Una cosa.
Lucía la miró como si ya esperara otra pregunta.
—No voy a preguntar qué ha dicho Celia.
—Me alegro —respondió.
—Quería saber si Nuria hizo bien en corregir la hora en cuanto encontró el ticket.
Álvaro asintió.
—Claro.
—Aunque antes se hubiera equivocado.
—Precisamente por eso. Una memoria aproximada puede cambiar cuando aparece un dato objetivo. Lo importante es distinguir una cosa de la otra.
Conchi miró un instante a Lucía.
—Eso mismo vale para mí, supongo.
—Para todos —dijo ella.
Conchi salió.
La noche estaba más fría que cuando había llegado. Metió las manos en los bolsillos y emprendió el camino de regreso convencida durante los primeros metros de que estaba enfadada.
En realidad, no era exactamente eso.
Lo que sentía era incomodidad.
Lucía había puesto palabras a algo que Conchi prefería mantener en una zona mucho más amable.
Ella no se consideraba investigadora. No tenía autoridad, no manejaba expedientes y no sabía nada que no hubiera visto, oído o recibido de una manera normal.
Sin embargo, llevaba varios días haciendo preguntas y conectando respuestas.
Había empezado por Pilar porque no quería que una amiga quedara señalada injustamente.
Después Aurora le había enseñado los papeles, Víctor había hablado de su visita, Raúl de la factura y Nuria había corregido una hora.
Ninguno de aquellos encuentros la convertía en detective, pero tampoco podía fingir que no estaba cruzando una línea solo porque aún no supiera exactamente dónde empezaba.
Pasó junto a La Parra. A través del cristal vio a Nuria atendiendo a una pareja y continuó de largo.
En la plaza quedaban pocas personas. La fuente ornamental del centro sonaba más fuerte a aquellas horas, cuando el resto del ruido disminuía.
Conchi miró hacia Calle Mayor.
Allí se había cruzado con Celia durante unos segundos, en un encuentro tan cotidiano que dos días antes no había merecido ninguna atención.
Ahora la Guardia Civil tenía ese dato.
Y eso era lo que correspondía.
Cuando llegó a casa, Lili apareció en el recibidor con una energía difícil de justificar después de menos de media hora de abandono.
—Qué tragedia, ¿eh?
La perra giró alrededor de sus piernas.
Conchi se quitó la chaqueta y fue hasta la cocina. Puso agua a calentar para una infusión y se apoyó en la encimera mientras esperaba.
Tuvo ganas de llamar a Pilar. También pensó en escribir a Julián para contarle que había vuelto al puesto.
No hizo ninguna de las dos cosas.
No porque aquello fuera secreto, sino porque esa noche necesitaba comprobar que era capaz de dejar una pieza donde correspondía sin empezar inmediatamente a mover todas las demás.
Cuando el agua comenzó a hervir, apagó el fuego y preparó la taza.
Recordó entonces la frase de Álvaro: una memoria aproximada podía modificarse cuando aparecía un dato objetivo.
Nuria había recordado las seis y media, pero el ticket situaba a Emilio en La Parra a las 18:07.
Conchi, por su parte, siempre había recordado el saludo con Celia; lo único nuevo era que ahora podía colocarlo entre dos referencias propias y darle una franja razonable.
Aquello bastaba para saber que la primera reconstrucción de la tarde ya no era tan cómoda como parecía.
No bastaba para saber qué había ocurrido.
Mientras se sentaba a la mesa con la infusión entre las manos, comprendió que esa diferencia era precisamente la que tendría que aprender a respetar.