Capítulo 13
Conchi salió de casa al final de la tarde con la firme intención de no pensar en horas.
Le duró menos de cinco minutos.
Lili avanzaba unos pasos por delante, entretenida con los olores que la lluvia había dejado en las esquinas. El cielo se había aclarado y, entre las nubes, aparecía una franja de luz pálida sobre los tejados.
—Hoy paseo de verdad —dijo Conchi—. Sin cuentas, sin recibos y sin mirar el reloj.
La perra siguió a lo suyo.
Conchi llevaba el móvil en el bolso y no tenía ninguna necesidad de saber la hora exacta. Aun así, al llegar a la esquina de la calle de las Moreras, levantó la vista hacia el reloj de una tienda cerrada.
Pasaban unos minutos de las seis y cuarto.
Resopló.
—Muy bien. Empezamos estupendamente.
Desde que Nuria le había enseñado el ticket de Emilio, la hora impresa en aquel papel se había instalado en su cabeza con una precisión incómoda: 18:07.
No porque creyera que esos minutos escondieran por sí solos una respuesta, sino porque hasta entonces había dado por buena una tarde que no había necesitado revisar.
Nuria había situado a Emilio en La Parra hacia las seis y media y, sin darse cuenta, Conchi había acomodado todo lo demás alrededor de aquella referencia aproximada.
Ahora sabía que el punto de partida era otro.
Emilio había estado en La Parra a las 18:07. Eso no explicaba qué hizo después, pero obligaba a mirar de nuevo todo lo que había ocurrido a continuación.
Y allí estaba ella, dos horas más tarde, caminando por las mismas calles.
—No estoy reconstruyendo nada —murmuró.
Una mujer que salía de un portal la oyó.
—¿Perdona?
Conchi se volvió.
—Nada. Hablaba con la perra.
La mujer miró a Lili.
—Ah.
Conchi continuó andando.
—Gracias por hacerme parecer normal —le dijo.
Lili movió la cola.
Tomó la calle que llevaba hacia el centro y procuró mantener el ritmo habitual del paseo, deteniéndose cuando la perra quería detenerse y saludando a quien se cruzaba con ella.
No quería convertir aquello en una especie de prueba ni empezar a contar pasos, medir distancias con el móvil o imaginarse siguiendo a Emilio por el pueblo.
Solo quería recordar qué había hecho ella dos tardes antes.
En principio, no debería ser tan complicado.
Había salido de casa poco después de las seis y había ido primero hacia la farmacia porque se acordó del recado de Carmen. Recordaba bien a Marisa ordenando cajas y riéndose porque Carmen ya había pasado hacía dos horas.
También recordaba otra cosa.
Al terminar aquella conversación había mirado el teléfono.
18:12.
Conchi redujo el paso y se quedó un instante junto a un escaparate, aunque apenas prestó atención a lo que había detrás del cristal.
Esa hora no era una estimación. La había visto en la pantalla.
Ya tenía dos referencias seguras: Emilio en La Parra a las 18:07 y ella frente a la farmacia a las 18:12.
Todavía no sabía para qué servía compararlas. Podía no servir para nada.
Reanudó el paseo.
Desde la farmacia había seguido hacia Calle Mayor. Recordaba a Lili olisqueando una papelera, a una pareja mayor caminando por la acera y el sonido de una radio que salía de una tienda. También a alguien recogiendo ropa de un tendedero.
No quiso forzar más el recuerdo. Las escenas aparecían con naturalidad precisamente porque, cuando ocurrieron, ninguna había tenido importancia.
Eso le dio cierta confianza. Después de tantos años escuchando a niños y adultos tratar de recordar cosas a la fuerza, sabía que a veces la memoria funcionaba mejor cuando se le dejaba sitio.
Llegó a la esquina donde Calle Mayor desembocaba hacia la plaza.
Lili volvió a interesarse por un perro que caminaba al otro lado de la calle, y Conchi acortó la correa de manera automática.
Entonces se detuvo.
No porque hubiera visto nada extraño en aquel momento, sino porque la posición de su mano sobre la correa le devolvió con claridad el mismo gesto de dos días antes.
Había tirado ligeramente de Lili y le había dicho:
—Vamos, anda.
Después había levantado la vista.
Y había visto a Celia.
El recuerdo regresó sin necesidad de adornarlo: el bolso grande colgado del hombro, el paso ligero y su figura avanzando por Calle Mayor en dirección a la Plaza de los Castaños.
Se habían saludado sin detenerse.
—Hola, Conchi.
—Hola, Celia.
—Buenas tardes.
—Igualmente.
Eso había sido todo.
Conchi permaneció quieta unos segundos. La imagen no tenía nada inquietante por sí misma. Celia tenía el despacho en Calle Mayor y era normal verla por aquella zona; incluso caminar hacia la plaza podía responder a una docena de razones corrientes.
Lo que había cambiado era el contexto temporal.
Conchi miró hacia atrás, en dirección a la farmacia. Allí había consultado el móvil a las 18:12 y después había caminado solo unos minutos antes de cruzarse con Celia.
No podía asegurar si habían sido dos, tres o cuatro, y tampoco necesitaba hacerlo.
Recordaba además que, poco después, Pilar la había llamado desde la puerta de La Tahona. Habían hablado unos minutos sobre la ventana que Julián le había arreglado y sobre Aurora. Luego había seguido hacia la plaza y se había sentado en uno de los bancos.
Allí volvía a tener otra referencia concreta.
Pasaban unos minutos de las seis y veinte.
La secuencia empezó a ordenarse con bastante más claridad: a las 18:12 estaba frente a la farmacia; poco después se había cruzado con Celia en Calle Mayor, que caminaba hacia la plaza; y a las 18:23 ya estaba sentada en uno de los bancos respondiendo a Fernando.
Aquello situaba el encuentro con Celia en una franja estrecha, aproximadamente entre las 18:14 y las 18:16.
Conchi miró a Lili.
—Te acuerdas menos que yo, ¿verdad?
La perra seguía observando al otro perro.
—Mucho mejor para ti.
No sacó el móvil ni trató de cronometrar el trayecto desde la farmacia hasta aquella esquina. Tampoco necesitaba demostrar que había visto a Celia a una hora exacta.
Lo importante era decir lo que recordaba con honestidad.
La había visto unos minutos después de las 18:12 y antes de las 18:23, caminando por Calle Mayor hacia la plaza. Afinar hasta aproximadamente las 18:14-18:16 era razonable a partir de sus propias referencias, pero no iba a fingir una precisión que no poseía.
Entonces volvió a pensar en Emilio.
Había estado en La Parra a las 18:07.
Unos minutos después, Celia se dirigía hacia la plaza.
Conchi levantó la vista casi sin querer. La Fuente del Olmo quedaba a un lado de aquella misma plaza.
La asociación apareció con demasiada facilidad y eso fue precisamente lo que la incomodó.
Que Celia caminara hacia allí no significaba que fuera a encontrarse con Emilio. Podía ir a La Tahona, a otra tienda, a casa de alguien o simplemente atravesar la plaza para continuar por otra calle. Incluso podía haber cambiado de dirección cinco minutos después.
Conchi no sabía nada de eso.
Solo sabía lo que había visto.
Y esa diferencia importaba.
Tiró suavemente de la correa.
—Vamos.
Siguieron hasta La Tahona. Pilar estaba en la puerta, colocando una caja vacía en el interior.
—¿Otra vez de paseo?
—Eso parece.
Pilar miró a Lili.
—Esta te tiene explotada.
—Y encima no cotiza.
—Peor.
Conchi se acercó, aunque no entró.
—¿Qué haces?
—Recogiendo.
—¿Ya?
—Hoy cierro un poco antes.
Pilar la observó un momento.
—Tienes cara de estar pensando.
—Qué manía os ha dado con mi cara.
—Será porque te conocemos.
Conchi pensó en contarle lo de Celia, pero descartó la idea casi enseguida.
Pilar no necesitaba una pieza nueva alrededor de la cual construir otra conversación. Y ella tampoco quería escuchar una reacción ajena antes de haber contado el recuerdo donde correspondía.
—Nada —dijo—. Estoy cansada.
Pilar la miró con desconfianza.
—Eso no me lo creo.
—Pues hoy te toca.
—¿Quieres pan?
—No.
—Milagro.
—Tengo de sobra.
—Eso sí que no me lo creo.
Conchi hizo un gesto de despedida.
—Mañana.
—Mañana te lo cobro más caro.
—Atrévete.
Siguió hacia la plaza agradeciendo no haber dicho nada.
Por primera vez desde que había empezado todo, comprendía de una manera muy concreta la diferencia entre recordar un hecho y construir una teoría alrededor.
El recuerdo era sencillo: había visto a Celia caminando hacia la plaza.
A partir de ahí podían crecer muchas explicaciones, y casi todas serían inventadas si las daba por ciertas.
Entró en la Plaza de los Castaños.
Había poca gente. Un hombre paseaba despacio cerca de los bancos y una pareja hablaba frente a una tienda. La fuente ornamental del centro seguía funcionando con su ruido constante, mientras la Fuente del Olmo quedaba más apartada, hacia uno de los laterales.
Conchi no se acercó.
En cambio, volvió a sentarse en el mismo banco que había ocupado dos tardes antes. Lili se acomodó a sus pies.
—Esto sí lo recuerdo —dijo.
Había estado allí cuando Fernando le escribió preguntando por la ventana. Le había contestado y, después, había mirado el reloj de la plaza.
Sacó el móvil.
No buscaba descubrir nada nuevo, solo comprobar si la memoria coincidía con algo que pudiera verificarse.
La conversación con Fernando seguía allí.
18:23.
Conchi apoyó el teléfono sobre el bolso.
—Vale.
Aquello encajaba.
Si a las 18:12 estaba frente a la farmacia y a las 18:23 ya se encontraba sentada en la plaza, el encuentro con Celia había ocurrido entre ambas referencias. Aproximadamente entre las 18:14 y las 18:16.
Levantó la vista hacia Calle Mayor.
Celia caminaba hacia la plaza cuando se cruzaron.
Eso era todo.
Y precisamente porque era tan poco, resultaba incómodo. Una escena completamente insignificante dos días atrás había cambiado de peso al colocarla junto al ticket de las 18:07.
Conchi no sabía todavía cuánto.
—No me gusta —murmuró.
Una señora que pasaba con una bolsa la oyó.
—¿El qué?
Conchi reaccionó enseguida.
—El tiempo. Parece que va a volver a llover.
La mujer miró al cielo.
—Yo creo que aguanta.
—Ojalá.
Cuando se alejó, Conchi negó con la cabeza.
—Voy a tener que dejar de hablar sola.
Lili bostezó.
Permanecieron unos minutos más en el banco mientras Conchi intentaba recordar detalles del encuentro con Celia.
El bolso grande, sí. La carpeta fina que había llevado por la mañana a La Tahona, en cambio, no estaba segura de haberla visto.
Aquella tarde le había parecido que no la llevaba, pero era una impresión demasiado débil como para convertirla ahora en un dato.
Tampoco recordaba nerviosismo, una expresión extraña o ningún gesto fuera de lo normal.
Celia caminaba deprisa, como hacía a menudo, y la había saludado con absoluta normalidad antes de seguir su camino.
Eso era lo que había ocurrido.
Conchi se sintió extrañamente aliviada de no poder añadir nada más. Habría sido demasiado fácil descubrir a posteriori una mirada rara, un tono distinto o un comportamiento que no había advertido en su momento. Y también habría sido falso.
Lo que tenía era suficiente: una franja horaria aproximada, una dirección de marcha y un saludo completamente normal.
Se levantó.
—Vamos a casa.
Lili no se movió.
—Ahora eres tú la que quiere quedarse.
La perra terminó levantándose y Conchi decidió regresar por una calle distinta.
A mitad de camino pensó en llamar a Álvaro. Sacó el teléfono y lo sostuvo unos segundos antes de volver a guardarlo.
No quería ocultar nada ni esperar por alguna razón especial. Simplemente, no era una urgencia y prefería explicárselo con calma, separando bien lo que recordaba de lo que había deducido después.
Recordaba haberse cruzado con Celia.
Podía situar ese encuentro aproximadamente entre las 18:14 y las 18:16 gracias a las referencias de la farmacia y el mensaje de Fernando.
Recordaba también que Celia caminaba hacia la plaza.
No sabía adónde iba después, si llegó a ver a Emilio ni si aquel desplazamiento tenía relación con su muerte.
Así era como debía contarlo.
Al llegar a la calle de las Moreras, el cielo empezaba a oscurecer. Conchi abrió la puerta de casa y soltó a Lili, que fue directa hacia el agua.
—Ya sé. Muchísimo trabajo.
Dejó el bolso sobre el mueble del recibidor y se quedó un momento quieta.
Dos días antes, cruzarse con Celia había sido tan insignificante que ni siquiera había relacionado aquel encuentro con la muerte de Emilio.
Ahora entendía por qué el recuerdo había adquirido otro peso: no porque Celia hubiera hecho nada extraño, sino porque la cronología de aquella tarde había cambiado.
Emilio había estado en La Parra a las 18:07 y, pocos minutos después, Conchi había visto a Celia caminando hacia la plaza.
No tenía una respuesta ni una acusación, y tampoco pensaba fabricar ninguna.
Solo tenía un dato que antes parecía irrelevante.
Y antes de intentar encajarlo por su cuenta, se lo contaría a quien correspondía.