El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

A media tarde, la lluvia de la mañana había dejado las calles limpias y un brillo oscuro sobre las baldosas de la plaza.

Conchi salió con Lili sin demasiadas ganas de ir a ninguna parte. Había pasado buena parte del día pensando en los papeles que Emilio llevaba tiempo comparando y había llegado a una conclusión bastante simple: cuanto más intentaba ordenar lo que sabía, más evidente resultaba todo lo que ignoraba.

Aurora había confirmado que Emilio no se había limitado a revisar sus documentos, sino que llevaba tiempo mirando papeles de otros propietarios.

Aquello ampliaba el asunto, pero seguía sin explicarlo, y Conchi empezaba a cansarse de unas preguntas que parecían servir únicamente para fabricar otras nuevas.

—Hoy damos una vuelta y ya está —le dijo a Lili.

La perra tiró hacia la plaza.

—Tú siempre tienes un plan mejor.

La tarde estaba fresca, aunque agradable. La Tahona tenía clientes y Conchi decidió no entrar. Pilar necesitaba trabajar unas horas sin que cada persona que cruzara la puerta acabara hablando de Emilio, de una carpeta o de quién había discutido con quién.

Siguió hasta La Parra con la intención de pasar de largo, pero vio a Nuria detrás del cristal haciéndole señas con una mano.

Conchi miró a un lado y a otro antes de señalarse el pecho.

Nuria repitió el gesto con más energía.

—Parece que sí —murmuró.

Dejó a Lili en el lugar habitual de la terraza, junto al cuenco de agua, y entró.

—¿Qué pasa?

—Nada malo. Espera.

Nuria tenía varios papeles extendidos junto a la caja: tickets, una factura de proveedor y una hoja cuadriculada llena de cantidades.

—No pongas esa cara —dijo Conchi—. Parece que Hacienda te ha declarado la guerra.

—Peor. Estoy cuadrando el martes.

—Retiro lo dicho.

Nuria señaló uno de los taburetes.

—Siéntate.

—¿Para qué?

—Porque te iba a llamar.

Aquello consiguió que Conchi obedeciera.

—Eso ya suena menos bien.

—No dramatices.

Nuria cogió una tira de papel de encima de la barra y la sostuvo entre dos dedos.

—Me equivoqué con la hora de Emilio.

Conchi tardó un segundo en entender a qué se refería.

—¿La del otro día?

—Sí.

Nuria dejó el papel delante de ella.

—No estuvo aquí sobre las seis y media.

Conchi bajó la mirada.

Era el duplicado de un ticket. En la parte superior aparecían el nombre de La Parra, la fecha y una hora precisa: 18:07. Debajo figuraban las dos consumiciones que Nuria había recordado, un café corto y una botella pequeña de agua.

Conchi volvió a mirar a Nuria.

—¿Este es de Emilio?

—Sí.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

Nuria apoyó las manos en la barra.

—He estado revisando la caja porque el martes me descuadraba una entrega.

El repartidor me dejó unas cajas por la tarde y yo tenía apuntado un importe que no coincidía con el albarán.

Al final era una tontería, pero he tenido que sacar los duplicados de ventas para ver en qué momento hice cada cosa. Y ha aparecido esto.

Conchi volvió a fijarse en la hora.

—Dijiste sobre las seis y media.

—Ya lo sé.

Nuria hizo una mueca.

—Y se lo dije también a la Guardia Civil.

—Dijiste que era aproximado.

—Sí, pero una cosa es aproximado y otra equivocarse en más de veinte minutos.

Conchi tocó el ticket por una esquina sin llegar a levantarlo.

—¿Por qué pensabas que había sido más tarde?

—Porque no estaba segura. Ese es precisamente el problema.

Nuria miró hacia la puerta de la cocina, como si allí pudiera encontrar la tarde del martes mejor ordenada.

—El repartidor llegó poco después. Eso sí lo recuerdo porque venía con prisa y me dejó las cajas allí mismo. Yo estaba atendiendo, entraba gente, luego coloqué parte del pedido... Cuando me preguntaron por Emilio, mezclé las dos cosas.

—¿La entrega fue hacia las seis y media?

—Sí. Más o menos.

Conchi asintió despacio.

La confusión resultaba sencilla de entender. Nuria había unido dos momentos cercanos de una tarde corriente porque, hasta que Emilio murió, ninguno de los dos había tenido importancia suficiente para quedar fijado con precisión.

—¿Has avisado ya a la Guardia Civil?

—He llamado al puesto. Me han dicho que luego pasarán o que lleve una copia.

—Bien.

—Ya, bien... —Nuria frunció el ceño—. Pero me siento como una idiota.

—¿Por qué?

—Porque les he dado una hora mal.

—Les diste una hora que recordabas de forma aproximada y ahora has podido comprobarla.

—Eso suena mucho mejor cuando lo dices tú.

—Porque es verdad.

Nuria recogió dos tickets que no tenían nada que ver con Emilio.

—Aun así, tendría que haber mirado la caja desde el principio.

—¿Y por qué ibas a hacerlo?

—Porque estaba hablando con la Guardia Civil.

—Nuria, te preguntaron cuándo recordabas haberlo visto. Tú dijiste «sobre las seis y media» y avisaste de que no habías mirado el reloj. No estabas dando una hora comprobada.

—No sé si eso me tranquiliza.

—Debería.

Nuria la miró.

—¿A ti no te parece importante?

Conchi volvió al ticket.

La pregunta la obligó a separar dos cosas. Que Nuria hubiera cometido un error de memoria no le parecía grave; que la hora correcta fuera las 18:07 sí modificaba lo que hasta entonces habían dado por sentado sobre la tarde de Emilio.

—La hora me parece importante —dijo—. Que tú te hayas equivocado al recordarla, no.

Nuria pareció aceptar mejor aquella diferencia.

—¿Quieres café?

—Ya que estoy sentada...

—Eso suponía.

Mientras Nuria preparaba la cafetera, Conchi siguió mirando el duplicado.

18:07.

Hasta ese momento había colocado la visita de Emilio a La Parra alrededor de las seis y media y, a partir de ahí, había imaginado una tarde relativamente estrecha hasta el momento en que lo encontraron junto a la fuente.

Ahora sabía que a las seis y media Emilio ya llevaba un buen rato fuera del bar.

No explicaba dónde había estado después.

Pero abría un espacio que antes no existía.

—Toma.

Nuria dejó el café delante de ella.

—Gracias.

—¿En qué piensas?

Conchi señaló el ticket.

—En que cambia bastante.

—Son veinte minutos.

—Algo más respecto a la hora que recordabas.

—No empieces a contar minutos como en una película.

Conchi sonrió.

—No estoy haciendo eso. Solo digo que, si salió de aquí poco después de las seis y siete, tuvo más tiempo para hacer otras cosas antes de llegar a la fuente de lo que creíamos.

Nuria se quedó quieta con el paño en la mano.

—Eso mismo he pensado yo.

—Y también cambia quién pudo cruzárselo después.

—¿Crees que pasó algo antes de llegar a la fuente?

Conchi negó enseguida.

—No lo sé.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando que la hora que teníamos no era buena. Nada más.

Nuria dejó el paño.

—A veces eres desesperante.

—¿Por qué?

—Porque haces una pregunta y, cuando te la devuelven, dices que no sabes.

—Porque no sé.

Conchi probó el café antes de continuar.

—Además, que Emilio estuviera aquí a las seis y siete no significa que a las seis y media estuviera haciendo nada raro.

Podría haberse ido a casa, haber hablado con alguien, haber dado una vuelta o cualquier otra cosa.

No hay que llenar ese tiempo con una historia solo porque ahora sepamos que existe.

Nuria asintió.

—Eso suena a algo que te han dicho en el puesto.

—Más o menos.

—Lucía.

—Más o menos.

Nuria sonrió.

Un cliente entró y pidió una cerveza. La conversación se interrumpió mientras ella lo atendía y Conchi aprovechó para mirar por el ventanal.

Lili estaba tumbada junto a la mesa de la terraza, con la cabeza entre las patas. Dos mujeres cruzaban la plaza cargadas con bolsas y un niño pasó en bicicleta, frenando para esquivar una zona que todavía seguía húmeda.

Todo parecía igual que cualquier otra tarde.

Sin embargo, aquel ticket había abierto una pequeña grieta en una cronología que hasta entonces Conchi había considerado razonablemente ordenada.

Nuria regresó.

—¿Quieres que te enseñe que es suyo de verdad?

—Te creo.

—Porque en la caja aparece el café y el agua. Es exactamente lo que tomó.

—Te creo, Nuria.

—Y la hora de la impresora está bien. La he comprobado con los tickets de hoy.

Conchi levantó las manos.

—Que te creo.

—Es que ahora me da miedo volver a equivocarme.

—Eso sí sería una mala idea.

—¿El qué?

—Intentar recordar con miedo a equivocarte.

Nuria se quedó mirándola.

—Tú dices esas cosas porque has sido maestra.

—Y porque tengo cincuenta y nueve años. A estas alturas una ya ha visto a bastante gente convencerse de cosas que en realidad no recuerda bien.

Nuria recogió el duplicado y lo dejó aparte.

—Este no se pierde.

—Mejor.

—La Guardia Civil se llevará una copia.

—Eso también.

Conchi terminó el café y, antes de levantarse, volvió a mirar la hora impresa.

18:07.

No necesitaba hacer ningún esfuerzo para memorizarla. Sabía que se le quedaría.

Pagó y salió a la terraza. Lili se puso en pie en cuanto la vio.

—Vamos.

La perra se estiró y echó a andar.

Conchi cruzó la plaza sin decidir una dirección concreta. A los pocos metros sacó el móvil y miró la hora, aunque sabía perfectamente qué momento del día era. El gesto le pareció absurdo y volvió a guardarlo enseguida.

La diferencia entre las 18:07 y unas seis y media aproximadas podía parecer pequeña en un reloj. Más de veinte minutos podían desaparecer haciendo cola en una tienda, esperando en una consulta o hablando con alguien en una esquina sin que nadie les concediera importancia.

En la última tarde de una persona, sin embargo, ese mismo margen podía cambiar el orden de muchas cosas.

Conchi recordó la conversación de dos días antes: Nuria diciendo que Emilio había estado en La Parra sobre las seis y media, ella aceptándolo sin dificultad y Pilar escribiéndole después que, entonces, Emilio había estado bien mucho después de recoger la carpeta.

Había sentido cierto alivio al pensar que, al menos, aquella parte de la tarde estaba colocada en su sitio.

Ahora sabía que no era así.

Pasó frente a La Tahona. Pilar estaba atendiendo y no llegó a verla.

Conchi siguió de largo.

No quería entrar todavía y soltar una hora nueva encima del mostrador para que empezaran a construir otra historia antes de saber siquiera qué cambiaba de verdad. Lucía tenía razón en algo: un dato necesitaba encontrar su sitio antes de convertirse en una teoría.

Lili tiró hacia una calle lateral y Conchi la siguió.

Al llegar a la esquina desde la que se veía una parte de la Plaza de los Castaños, se detuvo un momento. Desde La Parra hasta allí se tardaba poco, pero se negó a empezar a calcular recorridos sobre la marcha como si pudiera reconstruir aquella tarde midiendo cada esquina.

Eso vendría después, si hacía falta.

Por ahora bastaba con una certeza: la hora que hasta entonces habían dado por buena no lo era.

Reanudó el paseo con Lili mientras la tarde del martes empezaba a recolocarse en su cabeza. Cuando un horario cambiaba, comprendió, no bastaba con borrar una cifra y escribir otra encima; había que volver a mirar todo lo que uno había colocado alrededor de ella.