El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Puede que ya hubiera visto algo parecido.

Conchi no respondió.

Aurora la señaló con una mano.

—Eso lo has pensado tú también.

—Sí.

—Pues no pongas cara de sorpresa.

—No es sorpresa.

—¿Entonces?

Conchi miró la taza.

—Es que hasta ahora estábamos tratando la carpeta como si fuera una cosa aislada.

—Era mi carpeta.

—Ya.

—Y mis cargos.

—Sí.

—Pues entonces era aislada.

Conchi negó con la cabeza.

—No si él la estaba comparando con otros papeles.

Aurora se quedó quieta. La idea pareció llegarle entonces de verdad.

—Ah.

—Eso.

—Pero podría no significar nada.

—Podría.

—Dos personas pueden tener el mismo cargo y ser normal.

—Claro.

—O tres.

—También.

—O que Emilio viera problemas donde no los había.

—También.

Aurora la miró como si quisiera comprobar que Conchi no estuviera dándole la razón por cansancio.

—Entonces estamos igual.

—No exactamente.

—¿Por qué?

—Porque ahora sabemos que él no estaba mirando solo lo tuyo.

Aurora volvió a coger las gafas.

—Pues no sé si eso me tranquiliza o me preocupa más.

—A mí tampoco.

Cuando salieron de la cocina, Aurora fue hasta un aparador y buscó el teléfono.

—Voy a llamar a la Guardia Civil antes de que se me olvide.

—No se te va a olvidar.

—A mi edad, todo puede pasar.

—Tienes mejor memoria que yo.

—Porque apunto.

Aurora cogió una libreta.

—¿Ves?

Conchi se echó a reír.

—Me voy antes de que empieces a enseñarme tu sistema.

—Te vendría bien.

—Tengo uno.

—No se nota.

Lili se levantó en cuanto vio a Conchi acercarse a la puerta.

Antes de que salieran, Aurora la llamó.

—Conchi.

—¿Qué?

—Emilio no me dijo que sospechara de nadie.

—Lo sé.

—Ni de Celia ni de nadie.

—Lo sé.

—Quiero que quede claro.

Conchi asintió.

—Claro.

La precisión era importante. Celia administraba parte de aquellos gastos y había hablado con Emilio el día de su muerte, pero Emilio no había acusado a nadie delante de Aurora.

Conchi no iba a hacerlo por él.

Volvió andando hacia la plaza. El cielo seguía gris y, en algún momento, había empezado a caer una llovizna tan fina que apenas se notaba.

—Al final tenía que haber cogido el paraguas —dijo.

Lili no pareció impresionada.

En La Tahona había dos clientes. Conchi esperó fuera hasta que salieron y entonces entró.

Pilar la vio acercarse.

—¿Y?

—Cada vez que preguntas así me dan ganas de no contarte nada.

—Pues no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

Conchi se quedó mirándola.

Pilar sonrió.

—Te la debía.

—Muy graciosa.

Conchi dejó que Lili fuera hacia el cuenco.

—Emilio había mirado papeles de otras personas.

Pilar dejó de sonreír.

—¿Parecidos?

—No sabemos cuánto.

—¿Pero cuentas?

—Recibos, liquidaciones, gastos de casas. Cosas así.

—Entonces sí eran parecidos.

—Pilar.

—Vale. Sigo.

—Aurora dice que él hablaba de comparar y que había cosas que se repetían demasiado.

—¿Qué cosas?

—No lo sabe.

—¿Y de quién eran esos papeles?

—Tampoco lo sé, ni necesito saberlo.

Pilar bajó la voz.

—Pero la Guardia Civil sí.

—Aurora va a llamarlos.

—Bien.

Pilar se quedó pensando.

—Entonces la carpeta no era el principio.

Conchi miró hacia el cristal del expositor.

Aquella frase, al menos, parecía correcta.

—No. Parece que no.

—¿Y eso cambia algo?

Conchi tardó unos segundos en responder.

—Cambia una cosa.

—¿Cuál?

—Que quizá hemos estado mirando cada cargo por separado.

Pilar frunció el ceño.

—No te entiendo.

Conchi apoyó una mano en el mostrador.

—Aurora veía tres cargos que no le cuadraban. Otro vecino puede ver otros dos y pensar que son un error suyo, una regularización o algo que no entiende. Pero Emilio estaba comparando.

Pilar la observó.

—¿Crees que había algo repetido en varias casas?

Conchi no quiso dar un paso que todavía no podía dar.

—Creo que Emilio quería averiguarlo.

—No es lo mismo.

—No.

Pilar miró un momento hacia la puerta.

—¿Y si lo averiguó?

Conchi pensó en el hombre que había visto con Emilio junto a una tienda, en el sobre blanco y en los papeles que le había enseñado. Pensó también en Aurora diciendo que Emilio había revisado documentación de otros propietarios.

No sabía si aquel hombre era uno de ellos ni si tenía relación con lo que estaban hablando. No iba a convertir una coincidencia posible en una certeza solo porque encajara bien.

—Eso es lo que no sabemos.

Pilar guardó silencio unos segundos y después cogió una barra.

—Te llevas pan.

—¿Eso era una pregunta?

—No.

—Pues media.

—Una entera. Mañana estará bien.

—Pilar.

—Te la llevas.

Conchi terminó pagando la barra entera.

Al salir, la llovizna seguía cayendo. Se puso la capucha de la chaqueta y emprendió el camino de casa con Lili.

Durante el trayecto intentó ordenar lo que sabía sin añadir nada que nadie hubiera dicho.

Aurora había dudado de varios cargos. Emilio había revisado antes papeles de otros propietarios mayores y había comentado que algunas cosas se repetían demasiado. También había insistido en comparar documentos para entender mejor lo que veía.

Nada de aquello demostraba que existiera un delito. Ni siquiera demostraba que hubiera errores.

Pero la carpeta ya no parecía un objeto aislado que, por casualidad, hubiera llegado a manos de Emilio la mañana de su muerte. Formaba parte de una revisión que él llevaba tiempo haciendo.

Mientras cruzaba la plaza, Conchi comprendió que la pregunta había cambiado.

Ya no se trataba de averiguar qué significaba uno de aquellos cargos.

Se trataba de entender por qué Emilio había necesitado poner varios unos junto a otros para saber qué estaba viendo.