El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Pilar había abierto La Tahona después del mediodía, pero con menos ganas que de costumbre.

Conchi lo notó nada más entrar. No faltaba pan, el mostrador no estaba desordenado y todo seguía en su sitio: las barras en sus cestas, las bandejas colocadas, el cristal limpio y el pequeño cuenco de agua de Lili junto a la pared.

Era Pilar la que estaba distinta.

—No pongas esa cara —dijo Conchi.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No tengo ninguna cara.

—Pues entonces será la luz.

Pilar colocó unas bolsas de papel debajo del mostrador.

—Estoy cansada.

—Eso sí me lo creo.

Lili fue directa al cuenco mientras Conchi se quitaba la chaqueta y la doblaba sobre el brazo. La mañana del cementerio seguía pegada al cuerpo de una manera difícil de explicar. No había sido especialmente larga, pero le parecía que había durado bastante más de lo que marcaba el reloj.

Pilar dejó las bolsas.

—Han venido dos personas a preguntarme por la carpeta.

Conchi la miró.

—¿Quién?

—Da igual.

—Entonces no me lo cuentes.

—No seas así.

—Pilar, llevamos tres días diciendo que el problema son los rumores y luego tú me das media historia.

Pilar resopló.

—Una mujer que compra aquí y otro que ni compra. Querían saber qué llevaba la carpeta de Aurora.

—¿Y qué les has dicho?

—Que no era asunto suyo.

—Bien.

—Y uno me ha preguntado si Emilio estaba preocupado cuando se la di.

Conchi apoyó una mano en el mostrador.

—¿Y lo estaba?

—No.

—Pues ya está.

—Ya, pero luego me he quedado pensando si se me escapó algo.

—No se te escapó nada.

Pilar levantó la vista.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estaba allí.

—Celia también estuvo.

—Después.

—Ya.

No había ninguna intención especial detrás de aquella observación. Conchi lo supo por el tono. Pilar estaba repasando la mañana una vez más, igual que llevaba haciéndolo desde que Emilio había aparecido muerto junto a la fuente.

—Entró, cogió la carpeta, habló un poco con nosotras y se fue —dijo Conchi—. No parecía preocupado ni dijo nada raro. No tienes que inventar ahora una señal que no viste entonces.

Pilar se quedó callada.

—Eso mismo me dijo Álvaro —admitió al cabo de unos segundos.

—¿Qué cosa?

—Que no intente recordar de otra manera.

—Pues hazle caso.

—Qué fácil.

—No he dicho que lo sea.

La campanilla sonó antes de que Pilar pudiera contestar.

Entró un hombre a por una barra y dos napolitanas. Conchi se apartó mientras Pilar atendía y, durante unos minutos, la conversación volvió a asuntos completamente normales: si llovería por la tarde, si el fin de semana refrescaría y si el horno nuevo calentaba demasiado la parte de atrás.

Conchi agradeció aquel pequeño descanso.

Cuando el hombre se marchó, Pilar se apoyó en el mostrador.

—¿Tú crees que Emilio ya había visto algo antes de lo de Aurora?

Conchi pensó en la llamada que Emilio había hecho a Aurora y en la frase que ella recordaba: iba a comparar aquellos papeles con otras cosas que tenía.

—Eso parece.

—¿Con qué?

—No lo sé.

—Podríamos preguntarle a Aurora.

Conchi la miró.

—Ya sabía que acabarías ahí.

—No estoy diciendo que vayamos a registrar su casa.

—Gracias por la aclaración.

—Digo hablar con ella.

—Eso sí podemos hacerlo.

—Pues ve.

Conchi se echó a reír.

—¿Otra vez yo?

—A mí me toca trabajar.

—Qué casualidad.

—Además, contigo habla más.

—Aurora habla con cualquiera.

—Por eso.

Conchi negó con la cabeza.

—Voy porque yo también quiero saberlo. Que quede claro.

Pilar sonrió por primera vez desde que había entrado.

—Clarísimo.

—Y no vamos a pedirle papeles de nadie.

—No he dicho eso.

—Lo digo yo.

Conchi llamó a Lili, que levantó la cabeza del cuenco.

—Vámonos.

—¿No compras nada? —preguntó Pilar.

Conchi se volvió.

—Luego.

—Eso dijiste el otro día.

—Y volví.

—Por eso te lo recuerdo.

Aurora abrió la puerta al segundo timbrazo.

—Conchi. Otra vez.

—Si molesto, me voy.

—No molestas. Pasa.

Lili entró detrás de ella con la familiaridad de quien ya consideraba aquella casa parte de su territorio.

Aurora llevaba una bata de punto sobre la ropa y las gafas colgadas del cuello.

—Acabo de hacer café.

—No hace falta.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces sí.

—Mejor.

Fueron a la cocina.

Había menos papeles sobre la mesa que la vez anterior, aunque seguían quedando dos sobres, un cuaderno y una carpeta gris. Aurora puso dos tazas y se sentó frente a Conchi.

—¿Pilar sigue nerviosa?

—Menos.

—Eso significa que sí.

—La gente sigue preguntando.

Aurora hizo una mueca.

—La gente tendría que buscarse una afición.

—Esta sale más barata.

—Y parece que entretiene bastante.

Conchi dejó que sirviera el café.

—Quería preguntarte una cosa.

Aurora la miró con una expresión divertida.

—Ya decía yo que no venías solo por verme.

—También vengo por verte.

—Sí, claro.

Conchi sonrió.

—El otro día dijiste que Emilio iba a comparar tus papeles con otras cosas que tenía.

Aurora asintió.

—Eso me dijo.

—¿Sabes qué cosas?

—No.

—¿Nunca te había comentado nada parecido antes?

Aurora se quedó pensando. Conchi no la apremió. Había aprendido hacía mucho que, cuando alguien intentaba recuperar un recuerdo, era mejor dejarle unos segundos antes que llenar el silencio con más preguntas.

—Bueno —dijo Aurora al final—. Sí que había mirado cosas de otra gente.

—¿Qué clase de cosas?

—Recibos. Liquidaciones. Cartas. Lo mismo que siempre.

—¿De quién?

Aurora levantó una mano.

—No voy a darte nombres.

—No te los he pedido.

—Ya, pero te conozco.

—Me conoces regular.

—Te conozco lo suficiente.

Conchi bebió un poco de café.

—No necesito saber quién. Solo si eran cosas parecidas a lo tuyo.

Aurora se quitó las gafas del cuello y empezó a dar vueltas a una de las patillas.

—Parecidas en el sentido de que eran papeles.

—Eso es muy amplio.

—Pues es lo que sé.

—Aurora.

—No me pongas voz de maestra.

Conchi se quedó en silencio.

Aurora la miró.

—Eso es peor.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Las dos acabaron sonriendo.

Aurora dejó las gafas sobre la mesa.

—Emilio ayudaba a varios vecinos mayores. Eso ya lo sabes.

—Sí.

—Y algunos le llevaban cuentas de la casa, recibos de obras, cosas de la comunidad... Lo típico.

—¿Desde hacía cuánto?

—Años.

—No me refiero a que ayudara. Me refiero a si últimamente estaba mirando varias cosas parecidas.

Aurora frunció el ceño.

—Eso sí.

Conchi dejó la taza con cuidado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me lo comentó.

—¿Cuándo?

—No sabría decirte. Hace unas semanas. O un mes. Por ahí.

Conchi decidió no insistir con una fecha que Aurora no podía precisar.

—¿Y qué te dijo?

Aurora miró hacia la ventana antes de responder.

—Que había cosas que se repetían demasiado.

Conchi sintió una pequeña tensión en el estómago, pero procuró que no se notara en la voz.

—¿Qué cosas?

—No lo sé.

—¿Usó esa palabra? ¿Repetían?

—Sí. Creo que sí.

Aurora volvió a mirarla.

—Pero no pongas esa cara. No me dijo que hubiera encontrado un robo ni nada parecido.

—No estoy diciendo eso.

—Ya, pero te veo venir.

Conchi respiró despacio.

—Solo intento entender qué estaba haciendo.

—Pues comparar.

La palabra quedó entre las dos.

—Eso sí lo dijo varias veces —continuó Aurora—. Que si uno mira un solo recibo puede parecer cualquier cosa, pero si comparas con otros, igual entiendes mejor de dónde sale un cargo.

Conchi recordó sus años de maestra, cuando intentaba que los alumnos no se quedaran con el primer dato de un problema.

—¿Te enseñó algún papel de otra persona?

—No.

—¿Te dijo nombres?

—No.

—¿Te contó qué había encontrado?

—Tampoco.

—Entonces solo sabes que estaba comparando.

—Sí.

—Y que había visto algo repetido.

Aurora hizo una pequeña corrección con el dedo.

—Algo que a él le parecía repetido. No sé si era un concepto, una cantidad o qué.

Aquello era diferente y Conchi se obligó a conservar la diferencia.

Emilio había visto algo que le parecía repetido.

No un fraude.

No una prueba.

Ni siquiera un error confirmado.

—¿La Guardia Civil sabe esto? —preguntó.

—Les dije que Emilio había ayudado a otra gente con papeles.

—¿Y lo de que estaba comparando?

Aurora dudó.

—No sé si se lo dije con esa palabra.

—Pues deberías.

—¿Ahora?

—No hace falta que salgas corriendo, pero sí creo que deberías contarlo.

Aurora la miró con cierta preocupación.

—¿Tú crees que es importante?

Conchi sostuvo la taza entre las manos.

—No lo sé. Pero si lo repitió varias veces y justo el día que murió estaba haciendo lo mismo con tus papeles, yo lo diría.

Aurora asintió despacio.

—Llamaré luego.

—Bien.

Durante unos segundos guardaron silencio. Lili se había tumbado cerca de la puerta de la cocina y movía una oreja cada vez que se oía algún ruido en la calle.

Aurora recogió una miga de la mesa con la yema del dedo.

—A mí me da miedo estar viendo ahora cosas que antes no veía.

—Eso nos pasa a todos.

—El día de los papeles me pareció una tontería. Tres cargos que no entendía. Ahora parece que todo tenga significado.

—No todo lo tiene.

—¿Y esto?

Conchi miró la carpeta gris que había sobre la mesa.

—No lo sé.

Aurora siguió su mirada.

—Eso no es nada. Son recibos del seguro.

—No te he preguntado.

—Ya, pero estabas mirando.

—Estoy sentada enfrente.

Aurora sonrió.

—Menos mal que no eres detective.

—Ni quiero serlo.

La respuesta salió con más firmeza de la que Conchi esperaba.

Aurora la observó un momento.

—Pues te estás metiendo bastante.

—No me estoy metiendo. Estoy intentando entender por qué una carpeta que tú le diste a Emilio parece haber importado.

—Eso es meterse un poco.

Conchi quiso negarlo, pero terminó rindiéndose.

—Un poco.

—Ah.

Aurora levantó la taza.

—Ya decía yo.

Conchi bebió antes de contestar.

No le gustaba pensar que estuviera investigando. La palabra le sonaba a algo que no le correspondía. Álvaro y Lucía investigaban; ellos podían pedir datos, comprobar horarios y acceder a información que ella no debía tocar.

Lo suyo era otra cosa, al menos de momento: escuchar, recordar y relacionar lo que las personas le contaban de forma legítima.

—Hay algo que no entiendo —dijo.

—Otra cosa.

—Si Emilio ya había mirado papeles de otras personas, ¿por qué los tuyos le llamaron la atención?

Aurora se encogió de hombros.

—Porque yo le marqué los cargos.

—Sí, pero eso no explica que quisiera comparar.