El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Conchi supo que el pueblo estaba distinto antes incluso de llegar al cementerio.

No porque las calles estuvieran vacías; al contrario, había más gente de la habitual caminando en la misma dirección, en grupos pequeños que avanzaban sin detenerse demasiado.

Algunos hablaban en voz baja y otros lo hacían en silencio, como si aquella mañana cualquier conversación necesitara medir mejor las palabras.

Julián la esperaba junto a la esquina de la plaza.

—Pensaba que ya habrías ido —dijo Conchi al acercarse.

—Te dije que te acompañaba.

—También podías haber cambiado de opinión.

—No suelo hacerlo en media hora.

Lili no iba con ella aquella mañana. La había dejado en casa después de sacarla temprano y ahora notaba extraña la mano derecha sin la correa. Julián llevaba una chaqueta oscura que Conchi no le veía desde hacía tiempo; no parecía incómodo, pero sí más serio de lo normal.

—¿Has dormido algo? —preguntó él.

—Lo suficiente.

—Eso no es una cantidad.

—Pues entonces no preguntes cosas que obliguen a calcular.

Julián la miró de lado.

—Estás de buen humor.

—Estoy intentando no pensar demasiado.

No necesitó explicar en qué.

Caminaron juntos hacia el cementerio municipal, situado a las afueras del casco, lo bastante cerca para llegar andando sin esfuerzo y lo bastante apartado para que el ruido del pueblo llegara amortiguado.

Conchi había hecho aquel recorrido demasiadas veces a lo largo de su vida: de niña, acompañando a sus padres en fechas señaladas; después, ya adulta, con cada vez más nombres conocidos.

Cinco años atrás había hecho otro recorrido parecido, en otro lugar, con Rafael.

El recuerdo apareció sin aviso, no como una imagen concreta sino como una sensación física: la incapacidad de entender que el mundo pudiera conservar la misma luz después de haber cambiado por completo para ella.

Julián no dijo nada.

Quizá porque la conocía lo suficiente para notar que había momentos en los que una pregunta estorbaba más que ayudaba. O quizá porque él también estaba pensando en despedidas propias.

Cuando llegaron, ya había bastantes vecinos reunidos. Conchi reconoció enseguida a Pilar, junto a Aurora. Nuria estaba unos metros más allá y Raúl permanecía algo apartado, con las manos metidas en los bolsillos. Cerca de la familia más próxima se encontraba Víctor.

Era la primera vez que Conchi lo veía desde la conversación junto al coche y tenía peor cara. No le pareció culpable ni inocente; le pareció un hombre que llevaba dos días durmiendo mal y que, además, era consciente de que medio pueblo podía estar observándolo.

Aquello, pensó, bastaba para alterar la forma de estar de cualquiera.

—Vamos con Pilar —dijo.

Julián asintió.

Pilar la vio acercarse y le apretó el brazo en lugar de saludarla.

—Gracias por venir.

—Claro que he venido.

Aurora estaba a su lado, muy erguida, con las manos juntas sobre el bolso.

—Yo sigo pensando que esto no puede ser —dijo.

Pilar le dio un toque suave en el codo.

—Aurora.

—¿Qué? Es verdad.

Conchi no respondió.

A pocos pasos, dos hombres mayores hablaban de Emilio. Uno recordó que años atrás le había ayudado con una reclamación del banco. El otro contó que, cuando alguien le llevaba un papel, Emilio siempre se ponía las gafas antes de decir nada, aunque se tratara de un recibo de tres líneas.

Conchi sonrió sin querer.

—Siempre hacía lo mismo.

—Primero las gafas —continuó uno de los hombres—. Después el suspiro.

—Y luego decía: «A ver qué han hecho ahora».

El otro soltó una risa breve que duró apenas un instante, pero bastó para que algo cambiara.

Por primera vez desde su muerte, Emilio apareció en una conversación sin ser la víctima, sin ser el hombre de la fuente y sin estar rodeado de horarios, carpetas o discusiones.

Era simplemente Emilio: el que miraba papeles, el que ayudaba aunque estuviera jubilado y el que se quejaba un poco antes de ayudar.

Conchi agradeció aquella pequeña restitución.

El acto comenzó poco después. No hubo nada espectacular, sino palabras sencillas, saludos contenidos y gente que se acercaba a Víctor y al resto de la familia para expresar el pésame. Conchi permaneció junto a Pilar y Julián.

En un momento dado volvió a mirar a Víctor. Una mujer mayor estaba hablándole y él asentía sin saber qué hacer con las manos. Primero las metió en los bolsillos, después las sacó y terminó cruzándolas delante del cuerpo.

Conchi recordó la discusión por dinero, no porque quisiera hacerlo, sino porque el dato ya estaba ahí y era imposible fingir que no lo sabía.

Aquella era una de las injusticias de los rumores: una vez conocidos, se pegaban a cualquier gesto. Si Víctor bajaba la cabeza, alguien podía ver culpabilidad; si miraba a todo el mundo, desafío; si lloraba, habría quien pensara que exageraba; y si no lloraba, que no sentía nada.

Apartó la vista.

—¿Estás bien? —preguntó Julián en voz baja.

—Sí.

—Mentira.

—No es mentira. Solo estoy cansada.

—Eso tampoco responde.

Conchi estuvo a punto de sonreír.

—Luego.

Julián no insistió.

Cuando llegó el momento de avanzar, Conchi acompañó a Pilar, que caminaba despacio y con la mirada fija al frente.

—No me gustan estas cosas —murmuró.

—A nadie.

—Ya, pero hay gente que sabe qué decir.

—La mayoría repite lo mismo.

—Pues yo ni eso.

—No hace falta decir nada.

Pilar la miró un momento.

—Tú siempre encuentras una respuesta.

—No siempre.

—Casi siempre.

Conchi pensó que, si Pilar supiera cuántas veces había improvisado durante su vida de maestra mientras fingía que tenía clarísimo lo que estaba haciendo, quizá cambiaría de opinión.

Al terminar, la gente no se marchó de golpe. Se fueron formando pequeños grupos, como si nadie quisiera ser el primero en romper del todo la reunión.

Nuria se acercó.

—Pilar.

Se abrazaron brevemente y después miró a Conchi.

—No he abierto La Parra esta mañana. Mi hermana se ha quedado pendiente por si hace falta algo luego.

Parecía sentirse obligada a explicar que el bar podía sobrevivir unas horas sin ella.

—No pasa nada por cerrar una mañana —dijo Conchi.

—Ya.

Nuria miró hacia donde estaba Víctor.

—Pobre.

Pilar bajó la voz.

—La gente está hablando demasiado.

Nuria hizo una mueca.

—La gente siempre habla demasiado.

—Tú tienes un bar —dijo Conchi—. No puedes decir eso.

—Precisamente por eso puedo.

Las tres sonrieron apenas.

Raúl pasó cerca de ellas y se detuvo un instante.

—Lo siento, Pilar.

Ella pareció sorprendida.

—Gracias.

Raúl hizo un gesto con la cabeza hacia Conchi.

—Buenos días.

—Buenos días.

Y siguió caminando.

No hubo hostilidad ni nada parecido, solo incomodidad. Conchi pensó que Raúl probablemente sabía que también se hablaba de él. Debía de ser agotador despedir a un hombre con el que habías discutido y saber que cualquiera podía interpretar tu presencia como una prueba a favor o en contra.

Un poco más tarde vio a Celia hablando con Aurora.

Nada en ella llamó especialmente la atención. Vestía de oscuro como casi todos y escuchaba a la mujer mayor con gesto serio. Cuando Aurora dijo algo, Celia le tocó brevemente el antebrazo.

Conchi dejó de mirar.

No había nada que observar.

Aun así, se molestó consigo misma al descubrir que una parte de su cabeza seguía clasificando a la gente: Víctor había discutido por dinero; Raúl, por una factura; Celia había hablado con Emilio aquella tarde; Pilar le había entregado la carpeta.

Exactamente lo que no quería hacer.

Convertir una despedida en una lista.

—Vamos a dar una vuelta —dijo Julián.

Conchi lo miró.

—¿Ahora?

—Hay demasiada gente y tienes cara de necesitar aire.

—Estamos al aire libre.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Sí, lo sabía.

Se alejaron unos metros por el camino que bordeaba el cementerio. Desde allí todavía veían a los grupos, aunque las conversaciones llegaban más apagadas.

—Gracias —dijo Conchi.

—¿Por qué?

—Por sacarme de allí antes de que empezara a estudiar a todo el mundo.

Julián metió las manos en los bolsillos.

—¿Lo estabas haciendo?

—Sin querer.

—Eso suena peligroso.

—No tiene gracia.

—No pretendía que la tuviera.

Caminaron unos pasos más.

Conchi miró hacia los árboles que bordeaban el camino.

—Ayer estuve pensando en Raúl, en Víctor, en la carpeta de Pilar, en los papeles de Aurora... Y hoy los he visto a todos juntos y, durante un momento, parecía que cada persona llevaba un cartel colgado.

—¿Un cartel de qué?

—De lo que sé sobre ella.

Julián tardó en contestar.

—Eso pasa cuando falta una explicación.

—Ya.

—Pero que falte una explicación no significa que todo lo demás sea una respuesta.

Conchi lo miró.

—Eso ha sonado casi inteligente.

—No te acostumbres.

Ella sonrió y siguieron andando.

—¿Tú tratabas mucho a Emilio? —preguntó.

—No especialmente. Lo normal.

—Todo el mundo dice lo normal y luego resulta que le arregló una cuenta, le miró un recibo o le hizo una reclamación.

—A mí me ayudó una vez con un seguro.

Conchi se detuvo.

—¿Ves?

—Hace años.

—Da igual.

—Me llegó una carta que no entendía y se la llevé.

—¿Y?

—Me dijo que estaba clarísima.

—Qué amable.

—Después me la explicó.

Conchi se rio.

—Eso sí era él.

Julián asintió.

—Le gustaba quejarse antes de ayudar.

—Como a ti.

—Yo no me quejo.

Conchi lo miró.

—Has protestado por cada mueble que te han llevado al taller desde que volví.

—Porque la gente quiere conservar cosas que ya no existen.

—Eso también podría decirlo Emilio de algunos papeles.

Julián sonrió.

La conversación derivó hacia recuerdos pequeños: Emilio ayudando a un vecino con una carta de Hacienda, discutiendo con el cartero porque una notificación había llegado tarde o entrando en La Tahona siempre con la misma bolsa de tela.

Nada de aquello explicaba su muerte y, precisamente por eso, a Conchi le pareció importante.

Durante dos días, cada recuerdo de Emilio había adquirido valor solo cuando podía convertirse en una pista. Era fácil olvidar que una persona estaba hecha sobre todo de cosas que no servían para resolver nada: rutinas, manías, frases repetidas y favores que nadie anotaba.

—Voy a volver con Pilar —dijo.

—Claro.

Regresaron.

La mayoría de la gente empezaba ya a marcharse. Algunos volvían andando hacia el centro y otros buscaban sus coches. Víctor seguía allí.

Conchi lo vio despedirse de una pareja mayor y quedarse solo unos segundos.

No pensaba acercarse.

Lo hizo Pilar.

—Voy a darle el pésame otra vez —dijo, como si necesitara justificarse.

Conchi la acompañó a cierta distancia.

Víctor vio venir a Pilar y enderezó la espalda.

—Víctor.

—Hola.

Pilar le cogió una mano.

—Lo siento mucho.

—Gracias.

—Tu tío era buena gente.

Víctor tragó saliva.

—Sí.

Aquella única palabra salió peor que todas las anteriores.

Conchi sintió que sobraba allí y dio medio paso atrás. Víctor la miró.

—Hola, Conchi.

—Hola.

No mencionaron la conversación del día anterior, ni el dinero, ni la visita ni nada relacionado con la investigación.

—Lo siento —dijo ella.

Víctor asintió.

—Gracias.

Pilar continuó sujetándole la mano unos segundos. Cuando se separaron, Conchi vio que Víctor respiraba hondo y miraba hacia otro lado.

No necesitó interpretar nada.

No quiso hacerlo.

De regreso al pueblo, Pilar caminó entre Conchi y Julián.

—Me alegro de haber venido contigo —le dijo a Conchi.

—Has venido tú sola.

—Ya me entiendes.

—Sí.

—Esta noche voy a cerrar antes.

—Hazlo.

—Y mañana veremos.

Conchi estuvo a punto de decir que al día siguiente seguramente volverían los rumores, las preguntas y las versiones, pero se contuvo. Aquella mañana no quería pensar en lo que vendría después.

Al llegar a la plaza, Julián se despidió.

—Me paso luego si necesitas algo.

—No necesito nada.

—Era una forma de hablar.

—Ya lo sé.

—Pues entonces no discutas.

Conchi lo miró.

—Eso te gustaría.

—Muchísimo.

Pilar soltó una risa pequeña y Julián se marchó hacia su taller.

Conchi acompañó a Pilar hasta La Tahona. La persiana seguía bajada. Pilar metió la llave, pero no la abrió.

—Todavía no.

—No tienes por qué.

—Voy a subir a casa un rato.

—Hazlo.

Pilar se apoyó un momento en la puerta.

—Hoy he pensado una cosa.

—¿Qué?

—Que llevo dos días hablando de la carpeta, de Víctor, de Raúl... y casi no he hablado de Emilio.

Conchi tardó un poco en responder.

—A mí me ha pasado lo mismo.

Pilar bajó la mirada.

—Qué feo.

—No.

—Un poco sí.

—No, Pilar. Cuando algo no se entiende, una intenta ordenarlo.

—Tú siempre ordenándolo todo.

—Manías antiguas.

Pilar sonrió y se despidieron.

Conchi siguió sola hacia la calle de las Moreras. La mañana estaba ya avanzada; había coches entrando y saliendo de la plaza, persianas abiertas y gente haciendo compras como cualquier otro día.

A mitad de camino se detuvo ante un escaparate sin verlo realmente.

Pensó en Emilio poniéndose las gafas para mirar un papel, en su bolsa de tela y en aquel suspiro que, según todos, soltaba antes de empezar a explicar algo.

Ninguno de esos detalles aclararía una hora, demostraría una discusión ni señalaría a nadie, pero durante aquella mañana Conchi comprendió que también había que conservarlos.

Porque, cuando todo terminara, si terminaba, Emilio no podía quedarse reducido al hombre que apareció muerto junto a una fuente.