El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

La tarde se había quedado gris sin llegar a llover.

Conchi salió de casa después de recoger la cocina y dudó un momento entre coger el paraguas o dejarlo. Miró el cielo, volvió a mirar el paraguas del recibidor y decidió que cargar con él era la forma más segura de conseguir que no cayera una gota.

Lili esperaba junto a la puerta.

—Tú no ayudas.

La perra movió la cola.

Conchi acabó saliendo sin paraguas.

No tenía ningún recado concreto. Solo quería andar un rato antes de que anocheciera y despejarse de una jornada que había empezado con una carpeta de cuentas y había seguido con demasiadas versiones sobre Víctor.

Tomó una calle que bordeaba la plaza en lugar de cruzarla.

A medio camino oyó golpes secos de madera y metal. Procedían de una vivienda en la que llevaban varios días haciendo arreglos. Había un pequeño montón de sacos junto a la fachada y una furgoneta aparcada con las puertas traseras abiertas.

Raúl Cebrián salió del portal cargando una caja de herramientas.

Conchi lo reconoció enseguida. Lo conocía de vista desde siempre, aunque apenas habían hablado desde su regreso al pueblo. Raúl era de esos hombres que parecían estar permanentemente ocupados y a los que cualquier conversación les pillaba en medio de otra cosa.

Dejó la caja en la furgoneta y cerró una de las puertas.

—Buenas tardes —dijo Conchi.

Raúl se volvió.

—Buenas.

Lili se acercó a olisquear una rueda.

—Lili, deja eso.

Raúl miró a la perra y después a Conchi.

—¿Qué tal?

—Bien.

La respuesta quedó un poco hueca. Desde la muerte de Emilio, preguntar qué tal se había convertido en una costumbre que nadie sabía muy bien cómo contestar.

Conchi habría seguido de largo si, desde dentro del portal, no hubiera salido otro hombre con un trozo de rodapié en la mano.

—Raúl, esto de aquí no es el mismo que trajiste la otra vez.

Raúl giró la cabeza.

—Porque ese ya no lo fabrican. Te lo he dicho esta mañana.

—Pues se nota.

—Se nota si te pones a buscar la diferencia con lupa.

El hombre resopló y volvió a entrar.

Raúl murmuró algo que Conchi no alcanzó a entender.

—Día tranquilo —dijo ella.

Él soltó una risa breve.

—Como todos.

Conchi recordó entonces la factura de la que Pilar había hablado días atrás, aunque todavía no conocía más que lo que circulaba por el pueblo: que Emilio había cuestionado un trabajo de Raúl y que los dos habían discutido.

No pensaba preguntarle.

Fue Raúl quien lo sacó.

—Supongo que también habrás oído lo mío.

Conchi se quedó quieta.

—Depende de qué sea lo tuyo.

—Lo de Emilio.

Aquello empezaba a repetirse. Primero Víctor, ahora Raúl. Parecía que todo el que había tenido una discusión con Emilio sentía la necesidad de comprobar cuánto sabía el resto del pueblo.

—He oído que tuvisteis un problema por una factura.

Raúl apretó los labios.

—Un problema. Ya.

—Eso es lo que he oído.

—Pues ya han hecho de una discusión una película.

—No sé qué han hecho. Por eso no te voy a decir que sé más de lo que sé.

Raúl apoyó una mano en la puerta de la furgoneta.

—Emilio se metía en cosas que no eran suyas.

El tono fue seco.

Conchi no respondió.

Raúl pareció darse cuenta de cómo había sonado.

—Quiero decir que la gente le llevaba papeles y él se ponía a revisar todo como si siguiera trabajando.

—Eso sí lo hacía.

—Pues vio una factura mía de una reparación y decidió que era demasiado alta.

—¿Y lo era?

Raúl la miró mal.

—No.

—Solo pregunto.

—Ya. Todo el mundo solo pregunta.

Conchi sintió el impulso de contestarle que él había empezado la conversación, pero decidió ahorrárselo.

—¿Qué había en la factura?

—Material y mano de obra.

—Eso imaginaba.

Raúl pasó la lengua por el interior de la mejilla.

—Se cambió parte del material previsto. Costaba más. Se lo expliqué.

—¿Y él no te creyó?

—Él quería ver los albaranes, el precio del proveedor y no sé cuántas cosas más. Como si yo estuviera robando a alguien.

—¿Te acusó de eso?

Raúl tardó un segundo.

—No con esas palabras.

—Entonces quizá no te acusó.

—Me cuestionó delante de gente.

Ahí estaba, pensó Conchi. No la factura en sí, sino la sensación de haber quedado en evidencia.

—Eso te molestó.

—A cualquiera le molestaría.

—Seguramente.

Raúl cerró también la segunda puerta de la furgoneta.

—Y discutimos. Sí. Si eso es lo que quieres saber.

—No he venido a saber nada.

—Pues parece que todo el pueblo sí.

Conchi bajó la vista hacia Lili, que seguía ocupada con una hoja húmeda pegada al suelo.

—No puedo hablar por todo el pueblo.

Raúl soltó aire por la nariz.

—La Guardia Civil ya me ha preguntado. Les he contado lo mismo.

—Entonces ya está.

Él la miró con desconfianza.

—¿Ya está?

—Por mi parte, sí.

—¿No vas a preguntarme dónde estaba a la hora de la muerte?

Conchi alzó las cejas.

—No.

Aquello pareció desconcertarlo más que cualquier pregunta.

—Pues eres la primera.

—No soy guardia civil.

Raúl abrió la puerta del conductor.

—Mejor.

—También para ti.

Durante un instante pareció que iba a responder de mala manera, pero al final se limitó a entrar en la furgoneta.

Conchi siguió andando.

A los pocos metros oyó arrancar el motor.

No sabía si Raúl tenía algo que ocultar. Sí sabía que tenía mal carácter y que la idea de que Emilio hubiera cuestionado su trabajo delante de otros seguía molestándole incluso después de muerto.

Eso bastaba para alimentar rumores.

No bastaba para nada más.

Cuando llegó a la Plaza de los Castaños, el cielo parecía un poco más oscuro. En La Tahona todavía había luz y Pilar debía de estar a punto de cerrar.

Conchi se acercó con la intención de saludar y seguir de largo, pero vio a Aurora dentro.

—Cinco minutos —le dijo a Lili.

Entró.

—Mira quién viene —dijo Pilar—. La mujer que últimamente no compra nada.

—Ayer compré pan.

—Ayer no cuenta.

Aurora estaba junto al mostrador con una hoja doblada en la mano.

—Hola, Conchi.

—Hola.

—Le estaba preguntando a Pilar una cosa que ella tampoco sabe.

Pilar levantó las manos.

—Porque tengo una panadería, Aurora. No una gestoría.

—Ya lo sé.

—Pues a veces no lo parece.

Conchi miró la hoja.

—¿Otra cuenta?

—No. Una liquidación antigua.

—Eso sigue sonando a cuenta.

Aurora abrió la hoja y señaló una línea.

—Aquí pone regularización y yo quiero saber qué regularizan.

Pilar miró a Conchi.

—¿Ves?

—Yo tampoco tengo una gestoría.

La campanilla de la puerta sonó.

Celia entró con el bolso grande colgado del hombro.

—Buenas tardes.

Pilar señaló a Aurora.

—Te manda el cielo.

Celia sonrió.

—Eso no me lo habían dicho nunca.

Aurora levantó el papel.

—Mira esto.

—Buenas tardes a ti también.

—Buenas tardes. Mira esto.

Celia dejó el bolso en una silla y se acercó al mostrador.

—¿Qué es?

—Una liquidación de hace meses. Aquí pone regularización.

Celia tomó la hoja sin ningún gesto de incomodidad.

—A ver.

Conchi se apartó un poco. No quería colocarse alrededor del papel como si aquello fuera una reunión formal, aunque resultaba difícil no escuchar.

Celia recorrió las líneas con el dedo.

—Esto es sencillo. La liquidación recoge lo que se había previsto y lo que realmente se gastó. Si queda una diferencia, se ajusta después. Eso es la regularización.

Aurora frunció el ceño.

—¿Y este importe?

—Aquí no te puedo decir exactamente a qué corresponde sin mirar el expediente.

—¿Pero puede ser normal?

—Claro. Perfectamente.

Pilar señaló el papel.

—¿Y por qué no lo ponen de una forma que lo entienda la gente?

—Porque entonces nos quedamos sin trabajo los que explicamos papeles.

Celia lo dijo con una sonrisa.

Conchi también sonrió.

—Eso mismo podría decir Hacienda.

—Hacienda no necesita excusas —respondió Celia.

Aurora volvió a mirar la hoja.

—A mí estas palabras me parecen hechas para que una deje de preguntar.

—Pues pregunta —dijo Celia—. Para eso estamos.

No había nada extraño en su tono. Era práctica, paciente y parecía acostumbrada a explicar lo mismo muchas veces.

—Si quieres, mañana te miro el expediente y te digo de dónde sale esa regularización —añadió.

—¿No lo puedes saber por esto?

—No con seguridad. Aquí aparece el ajuste, no todo el detalle.

Aurora dobló la hoja.

—Pues mañana paso.

—Perfecto.

Pilar señaló a Celia.

—¿Ves? Así sí.

—¿Así sí qué?

—Una persona útil.

—Gracias, Pilar. Me voy a emocionar.

Conchi se apoyó un instante en el borde del mostrador.

—Emilio también tenía paciencia con estas cosas.

El comentario salió de forma natural.

Aurora bajó la vista hacia el papel.

—Demasiada.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Celia fue la primera en romper el silencio.

—A mí me llamó el otro día por una gestión.

Conchi la miró.

—¿El mismo día que murió?

—Sí.

Celia asintió como quien intenta recordar algo que ya ha contado varias veces.

—A las seis y cuarenta y dos. Lo tengo apuntado porque luego me preguntó la Guardia Civil.

La precisión de la hora no sorprendió a Conchi. Celia trabajaba con citas, llamadas y papeles todo el día; tenía sentido que anotara esas cosas.

—¿Y qué quería? —preguntó Aurora.

—Una aclaración. Nada raro.

Celia hizo un gesto con la mano.

—Me preguntó por unas liquidaciones y le dije que lo miraría. Ya sabéis cómo era Emilio. Si algo no le cuadraba, quería una explicación en el momento.

Pilar suspiró.

—Eso sí.

—Yo estaba terminando cosas en el despacho y hablamos un momento. Luego seguí con lo mío.

Celia miró a Aurora.

—Por eso te digo que mañana me traigas esto y lo revisamos con calma. Mejor que intentar adivinarlo aquí.

—Te lo llevaré.

La conversación pasó a otra cosa con la misma facilidad con la que había empezado.

Pilar preguntó a Celia si quería pan. Celia dijo que sí, pero solo una pieza pequeña. Aurora se quejó de que en casa siempre compraba de más y acababa congelándolo. Conchi escuchó un rato sin intervenir.

La hora de las seis y cuarenta y dos quedó en su cabeza solo porque era concreta.

Nada más.

Nuria había dicho que Emilio estuvo en La Parra sobre las seis y media. Celia decía que habló con él a las seis y cuarenta y dos. Las dos cosas podían encajar perfectamente.

De hecho, parecían reforzarse.

Emilio había pasado por el bar, había hablado por teléfono y después, en algún momento, había ido hacia la fuente.

No había motivo para darle más vueltas.

Celia pagó el pan.

—Me voy, que todavía tengo que cerrar dos cosas.

—¿A estas horas? —preguntó Pilar.

—A estas horas y a peores.

Cogió el bolso.

—Aurora, mañana me traes el papel.

—No se me olvida.

—Y si encuentras la liquidación completa, mejor.

—La encontraré.

—Eso seguro.

Celia se despidió de todas y salió. Conchi la vio cruzar la plaza mientras se colocaba bien el bolso en el hombro.

Aurora guardó la hoja.

—Pues ya está.

Pilar la miró.

—¿Ya está qué?

—Que mañana me lo explica.

—Hace diez minutos parecía una tragedia.

—Porque no sabía qué era.

—Sigues sin saberlo.

—Pero ahora sé quién me lo va a explicar.

Conchi soltó una risa.

—Con poco te conformas.

—A mi edad, sí.

Aurora se marchó poco después.

Pilar empezó a recoger.

—¿Tú no te vas?

—Ya me iba.

—Eso llevas diciendo cinco minutos.

Conchi miró a Lili, que esperaba fuera pegada al cristal.

—Está controlándome.

—Y con razón.

Conchi salió.

La temperatura había bajado. Se cerró la chaqueta y tomó el camino de casa.

Durante el paseo pensó en Raúl.

No en Celia.

Raúl había discutido con Emilio por una factura.

Víctor había discutido con él por dinero.

Pilar había quedado vinculada a una carpeta que ni siquiera era suya.

Aurora tenía cargos que no entendía. Y Emilio, por lo visto, había pasado los últimos meses ayudando a unas personas y haciendo preguntas a otras.

Todo eso podía parecer mucho cuando se contaba seguido.

Pero Conchi había pasado buena parte de su vida viendo cómo pequeños desacuerdos crecían cuando se repetían fuera de contexto. Dos padres enfadados podían convertir una nota mal entendida en un conflicto enorme antes de que terminara la tarde.

No todo enfrentamiento escondía algo grave.

A veces una factura era solo una factura y una discusión, solo una discusión.

Al llegar a casa, Lili entró directa a beber agua. Conchi encendió una lámpara del salón y dejó el bolso sobre una silla.

Pensó en las personas que habían aparecido en las conversaciones de aquellos dos días.

Pilar, porque entregó una carpeta.

Víctor, porque necesitaba dinero.

Raúl, porque defendía una factura.

Celia, en cambio, parecía pertenecer al otro lado de las cosas: la persona a la que se acudía cuando había que entender un papel.

Conchi se quitó la chaqueta.

Demasiados conflictos cotidianos empezaban a amontonarse alrededor de Emilio, pero que una persona hubiera discutido con él no significaba que quisiera verlo muerto.

Y, si empezaban a confundir una cosa con la otra, medio pueblo terminaría pareciendo culpable.