Capítulo 8
La noticia sobre Víctor empezó, como tantas cosas en Valdecerezos, con una frase que nadie parecía haber dicho primero.
Conchi la oyó al pasar junto al quiosco.
—Pues a mí me han dicho que estuvo con él esa tarde.
No redujo el paso. Lili sí, porque había encontrado algo interesante junto a la pata de un banco.
—Vamos.
La perra se resistió un segundo antes de que Conchi tirara suavemente de la correa y continuara hacia La Tahona.
Desde la muerte de Emilio, el pueblo parecía haber descubierto una nueva afición: reconstruir su último día con una precisión que nadie había tenido mientras él estaba vivo.
A qué hora había salido de casa. Con quién había hablado.
Si llevaba chaqueta. Si parecía preocupado. Si había comprado pan o no.
Y ahora Víctor.
Conchi sabía quién era, claro. Víctor Vázquez, sobrino de Emilio, cuarenta y tantos, vivía por la zona y aparecía por el pueblo con bastante frecuencia. No tenía trato con él más allá de saludarse cuando se cruzaban.
Cuando entró en la panadería, Pilar estaba colocando barras en una cesta.
—No me digas que vienes otra vez a comprar pan.
—No vengo a comprar nada.
Pilar levantó la vista.
—Eso dijiste ayer.
—Hoy es verdad.
Lili fue directa al cuenco de agua.
—Ella sí viene por interés —dijo Pilar.
Conchi se acercó al mostrador.
—¿Qué pasa con Víctor?
Pilar dejó una barra en la cesta y se quedó quieta.
—¿Ya te has enterado?
—He oído una frase en la calle. Eso en este pueblo cuenta como enterarse a medias.
Pilar miró hacia la puerta, aunque no había nadie entrando.
—Dicen que estuvo con Emilio por la tarde.
—¿Quién lo dice?
—Varios.
—Eso no es una respuesta.
—Una vecina del Barrio de la Fuente lo vio salir de casa de Emilio. O entrar. No sé.
Conchi frunció el ceño.
—Pues si no sabes si entró o salió, empezamos bien.
—Conchi.
—Pregunto.
Pilar bajó la voz.
—La cuestión es que estuvo allí.
—¿Y qué tiene eso de raro? Era su sobrino.
—Nada. Si no fuera porque parece que había dicho que no lo había visto ese día.
Conchi la miró.
—¿A quién se lo había dicho?
—No sé si a la Guardia Civil o a alguien del pueblo. Ahí ya no me fío.
—Entonces tampoco sabes si lo ocultó de verdad.
Pilar hizo una mueca.
—Vale. No lo sé.
Conchi apoyó una mano en el mostrador.
—Esto es exactamente lo que te decía. Una cosa es lo que se sabe y otra lo que la gente va añadiendo.
Pilar tardó un poco en responder.
—Dicen que discutieron.
—¿Eso también lo dicen varios?
—Eso sí lo oyó alguien.
—¿Quién?
—Un vecino.
—¿Nombre?
—No lo sé.
Conchi suspiró.
—Maravilloso.
Pilar la miró con cierta impaciencia.
—No hace falta que me interrogues a mí.
—No te interrogo. Intento saber cuánto hay de verdad en lo que me cuentas.
—Pues algo habrá.
—Seguro. La cuestión es qué.
La puerta se abrió y entró una mujer mayor a la que Conchi conocía de vista. Pilar cambió de expresión al instante.
—Buenos días.
—Buenos días, hija. Dame una barra poco hecha.
Conchi se apartó mientras Pilar atendía.
A través del cristal vio a dos hombres hablando cerca de un banco. Uno de ellos hizo un gesto con la mano hacia la calle que llevaba al Barrio de la Fuente. Conchi no podía oír qué decían, pero imaginó que el tema no estaría demasiado lejos.
La mujer pagó y salió.
Pilar esperó a que se cerrara la puerta.
—A mí me da pena.
—¿Víctor?
—Todo esto.
Conchi la observó.
Pilar empezó a doblar una bolsa de papel que no necesitaba doblar.
—Ayer parecía que me miraban a mí por la carpeta. Hoy será él. Mañana, cualquiera.
—Eso no funciona así.
—En la calle sí.
Conchi no pudo discutirlo.
Pilar continuó, sin levantar la vista:
—Y no te voy a mentir. Cuando he oído lo de Víctor he pensado: bueno, pues ya no estarán pendientes de mí. Y luego me he sentido fatal.
Conchi apoyó los antebrazos en el mostrador.
—¿Por qué?
—Porque es su sobrino. Emilio está muerto y yo estoy aquí sintiéndome aliviada de que hablen de otro.
—Sentir alivio no significa que quieras que sea culpable.
—Ya lo sé.
—Pues entonces.
Pilar negó con la cabeza.
—Es feo.
—Es humano.
Conchi conocía aquella culpa. No tenía tanto que ver con Víctor como con la necesidad de dejar de sentirse observada, aunque para eso el foco tuviera que desplazarse hacia otra persona.
—Además —añadió—, no sabemos ni qué pasó entre ellos.
—Por dinero.
Conchi levantó las cejas.
—¿Eso también está confirmado?
Pilar se dio cuenta de la trampa.
—Vale. Dicen que por dinero.
—Mejor.
—Pero Víctor tiene problemas.
—Eso sí lo sabe medio pueblo.
—Pues por eso.
Conchi conocía su situación solo de forma vaga. Algún negocio que no había salido bien, pagos atrasados, una temporada complicada. Nada que lo diferenciara demasiado de tantas personas que atravesaban un mal año.
—Una cosa es necesitar dinero —dijo— y otra matar a tu tío.
—No he dicho eso.
—La gente sí está empezando a hacerlo.
Pilar bajó la mirada.
En la calle alguien saludó desde fuera y Pilar respondió levantando una mano.
Conchi pensó que quizá Lucía tenía razón cuando hablaba de cómo podían estropearse los recuerdos si todo el mundo empezaba a preguntar a todo el mundo.
El problema era que nadie necesitaba preguntar.
Las respuestas circulaban solas.
—¿Has visto hoy a Víctor? —preguntó.
—No.
—¿Y ayer?
—Tampoco.
—Entonces no sabemos qué dijo realmente.
—No.
Conchi dejó escapar aire por la nariz.
—Eso ya se parece más a la verdad.
Pilar sonrió un poco.
—Qué pesada eres.
—Antes era maestra. Se queda.
—Ya.
Conchi miró a Lili.
—Vamos.
—¿No compras nada?
—No.
—Esto sí que empieza a preocuparme.
—Hasta luego, Pilar.
Salió a la plaza.
La tarde estaba más fresca que el día anterior. Había nubes altas sobre la sierra y el sol aparecía y desaparecía a ratos.
Conchi decidió dar una vuelta antes de volver a casa.
No buscaba a Víctor.
Se lo repitió a sí misma cuando, al llegar a una esquina, lo vio parado junto a un coche.
Víctor tenía el maletero abierto y colocaba dentro una bolsa grande. Vestía vaqueros y una sudadera oscura. Parecía cansado.
Conchi estuvo a punto de seguir de largo, pero él levantó la vista.
—Hola.
—Hola, Víctor.
No podía fingir que no lo había visto.
Lili se acercó al bordillo y Conchi acortó la correa mientras Víctor cerraba el maletero con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué tal? —preguntó ella.
La frase le pareció absurda en cuanto la oyó.
—Tirando.
—Ya.
Hubo un silencio breve.
Víctor miró hacia la plaza.
—Supongo que ya te habrán contado cosas.
Conchi se quedó quieta.
—Depende de qué cosas.
—Ya sabes.
—No. Eso es precisamente lo que intento evitar.
Él soltó una risa sin humor.
—Pues vas a tener trabajo.
Conchi no respondió.
Víctor metió las manos en los bolsillos.
—La gente habla demasiado.
—En eso estamos de acuerdo.
—Ahora resulta que porque fui a ver a mi tío, ya...
Se interrumpió.
Conchi lo miró.
No necesitó preguntarle si había ido. Acababa de confirmarlo él mismo.
—Era tu tío —dijo—. No parece raro que fueras a verlo.
—Pues a algunos sí.
—¿Por qué?
Víctor apretó la mandíbula.
—Porque necesitan que todo tenga una explicación.
La frase le recordó algo que ella misma llevaba pensando desde la noche anterior.
—¿Y la tiene?
Él la miró directamente.
—¿Qué cosa?
—Que hayas dicho que no lo viste.
Víctor apartó la vista.
—Yo no he dicho eso.
—Pilar me ha contado que eso es lo que corre por el pueblo.
—Pues ya sabes lo fiable que es lo que corre por el pueblo.
Conchi esperó.
Víctor no añadió nada.
—No te estoy acusando de nada —dijo ella.
—Ya.
—Y tampoco te estoy pidiendo que me cuentes lo que hayas hablado con la Guardia Civil.
—Mejor.
El tono fue más seco de lo necesario, pero Conchi decidió no insistir.
—Solo te digo una cosa. Si hay algo que no querías que se supiera, ocultarlo hace que parezca peor.
Víctor soltó el aire.
—No sabes de qué hablas.
—Seguramente.
—Entonces déjalo.
Conchi notó la irritación en su voz, pero no la confundió con culpabilidad. Había visto demasiadas veces a personas enfadarse porque se sentían acorraladas, no porque escondieran un delito.
—Lo dejo.
Víctor pareció sorprendido.
—¿Ya está?
—¿Qué esperabas?
No contestó.
Conchi dio un paso.
—Lo siento por tu tío.
Aquello sí cambió algo en su cara. Muy poco, pero lo suficiente.
—Gracias.
Conchi siguió andando sin mirar hacia atrás.
Durante unos metros solo escuchó las uñas de Lili sobre la acera y el ruido de un coche arrancando detrás de ellas.
Había confirmado una cosa: Víctor había estado con Emilio.
Nada más.
Todo lo demás seguían siendo versiones.
Al llegar a la plaza, se sentó en un banco y Lili se acomodó junto a sus pies.
Conchi repasó la conversación. Víctor había admitido que fue a ver a su tío y se había puesto a la defensiva cuando ella mencionó que se decía que había intentado ocultarlo. No lo había negado de una forma clara, pero tampoco lo había admitido.
Aquello podía significar muchas cosas.
La dificultad estaba precisamente ahí.
Una mentira no explicaba por sí sola por qué alguien mentía.
Durante años, Conchi había escuchado a alumnos asegurar que no habían copiado cuando sí lo habían hecho, negar que hubieran roto algo por miedo a un castigo o inventar historias absurdas para ocultar una travesura mínima. Mentir no convertía todas las razones en iguales.
Al otro lado de la plaza, dos mujeres hablaban junto a una bolsa de la compra. Conchi no oía las palabras, pero una de ellas hizo un gesto hacia la calle por la que Víctor acababa de marcharse.
Sintió una punzada de irritación.
No porque estuvieran hablando de él; quizá ni siquiera lo hacían. Lo que le molestó fue descubrirse a sí misma haciendo exactamente lo mismo: mirar una dirección y construir una posibilidad.
Se levantó.
—Vámonos.
Lili obedeció esta vez sin protestar.
Antes de llegar a casa, Conchi pasó otra vez cerca de La Tahona. Pilar estaba fuera, retirando un cajón vacío de la entrada.
—¿Sigues sin comprar pan? —preguntó.
—He visto a Víctor.
Pilar se quedó inmóvil.
—¿Y?
Conchi estuvo a punto de responder de inmediato, pero recordó el gesto de Víctor cuando le había dado el pésame.
—Que estuvo con Emilio.
—¿Te lo ha dicho él?
—Sí.
—Entonces era verdad.
—Eso sí.
—¿Y discutieron?
—No me lo ha contado.
—¿Le preguntaste?
—No.
Pilar la miró como si le costara creerlo.
—¿Tú no has preguntado?
—He preguntado otra cosa.
—Ya.
Conchi sonrió.
—No empieces.
Pilar apoyó el cajón contra la pared.
—¿Y qué piensas?
Conchi miró hacia la plaza.
—Que no sé por qué ocultó la visita, si es que la ocultó. Y que hasta que sepamos eso, lo demás es rellenar huecos.
Pilar asintió despacio.
—Aun así, la Guardia Civil lo estará mirando.
—Supongo.
—Si necesitaba dinero...
—Pilar.
—Solo digo que...
—Ya sé lo que dices.
Pilar cerró la boca.
Conchi bajó la voz.
—Una cosa es que tuviera problemas económicos. Otra que discutiera con Emilio. Otra que mintiera. Y otra muy distinta que tenga algo que ver con su muerte.
Pilar miró hacia dentro de la panadería.
—Sí.
—No hace falta que una cosa lleve a la siguiente.
—Pero podría.
—Podría.
Conchi no quiso negar una posibilidad solo porque Víctor le diera pena. Ese era el otro extremo, y proteger a alguien por intuición no era más sensato que condenarlo por un rumor.
—Lo que no sabemos —añadió— es qué significa cada cosa.
Pilar soltó aire.
—Esto es agotador.
—Y solo han pasado dos días.
La frase dejó a las dos en silencio.
Un hombre cruzó la plaza y saludó a Pilar. Ella respondió con un gesto.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo después—. Que mañana quizá estemos hablando de otro.
—Probablemente.
—Y todos parecerán sospechosos un rato.
Conchi pensó en la carpeta, en Aurora, en Víctor y en la hora aproximada que Nuria había dado en La Parra. Eran detalles que, puestos unos junto a otros, empezaban a parecer más importantes de lo que habían sido por separado, aunque todavía no formaran ninguna respuesta.
—Eso es lo que hacen los rumores —dijo—. No necesitan demostrar nada. Solo necesitan que algo sea posible.
Pilar apoyó una mano en el marco de la puerta.
—¿Y si luego resulta que sí fue él?
Conchi la miró.
—Entonces será porque haya algo más que rumores.
Se despidió y siguió hacia casa.
A mitad de camino se cruzó con dos adolescentes que iban riéndose por algo en un móvil. Más adelante, una mujer regaba unas macetas y un coche pasó despacio buscando aparcamiento.
La vida seguía.
Sin embargo, aquella tarde Conchi notó algo que el día anterior apenas había empezado.
El pueblo ya no estaba hablando de la muerte de Emilio.
Estaba buscando a alguien a quien colocar a su lado.