El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Conchi entró en La Parra poco antes del mediodía porque necesitaba un café y porque, después de pasar la mañana entre papeles ajenos, le apetecía sentarse diez minutos sin que nadie le enseñara una liquidación.

Lili se quedó fuera, a la sombra de una mesa de la terraza, junto al cuenco de agua que Nuria dejaba cerca de la puerta cuando hacía buen tiempo.

—No pongas esa cara —le dijo Conchi antes de entrar—. Tú ya has desayunado.

Lili la miró como si aquello no tuviera ninguna relación con el asunto.

Dentro había cuatro personas. Dos hombres hablaban junto a la barra, una mujer removía un café mientras miraba el móvil y, al fondo, un matrimonio compartía una tostada. Nuria Salcedo estaba colocando vasos limpios en una balda.

—Buenos días —dijo Conchi.

—Buenos días. ¿Café?

—Sí. Solo.

Nuria la miró con desconfianza.

—Eso no me lo creo.

—Hoy sí.

—¿Sin tostada?

—Sin tostada.

—¿Sin bizcocho?

—Nuria.

—Pregunto por asegurarme.

Conchi se sentó en uno de los taburetes de la barra.

La Parra tenía un olor distinto a primera hora y al mediodía. Por la mañana predominaban el café y el pan tostado; más tarde se mezclaban con el olor de la cocina, las tapas y el limpiador con el que Nuria repasaba la barra cada vez que encontraba un hueco.

—¿Cómo está Pilar? —preguntó mientras preparaba el café.

Conchi entendió enseguida que no hablaba de salud.

—Más tranquila que ayer.

—Me alegro.

—Aurora ha hablado con la Guardia Civil y ha dejado claro que la carpeta era suya.

Nuria dejó la taza delante de ella.

—Ya me lo contó Pilar esta mañana.

—Entonces el pueblo funciona bien.

—Demasiado bien.

Conchi sopló el café.

En el otro extremo de la barra, uno de los hombres bajó la voz. No hizo falta mirar para saber por qué. Desde la noche anterior, el nombre de Emilio Vázquez aparecía en casi todas las conversaciones aunque nadie pareciera querer ser el primero en pronunciarlo.

Nuria siguió ordenando vasos.

—Todavía me parece mentira.

—A mí también.

—Estuvo aquí ayer.

La frase salió sin énfasis, casi como una observación cualquiera, y por eso Conchi levantó la vista.

—¿Emilio?

—Sí.

Nuria señaló con la barbilla una zona de la barra.

—Ahí mismo. Más o menos donde estás tú, pero un poco más hacia la esquina.

Conchi miró el lugar.

—¿A qué hora?

Nuria se quedó pensando.

—Sobre las seis y media.

Conchi no preguntó inmediatamente. No porque aquella hora le pareciera importante, sino porque había aprendido hacía muchos años que, cuando alguien intentaba recordar algo, lo peor era empezar a completar la historia por él.

—Más o menos —añadió Nuria—. No te sé decir exacto.

—Claro.

—Entró, se tomó un café corto y compró una botella pequeña de agua.

—¿Estaba solo?

—Sí.

Nuria frunció el ceño, tratando de volver a aquella tarde.

—Creo que sí. Vamos, aquí dentro sí. Luego se marchó enseguida.

—¿Hablasteis?

—Lo normal.

—¿Qué es lo normal contigo?

Nuria sonrió.

—Le pregunté si iba con prisa. Me dijo que no, que tenía que hacer una cosa y luego se iba a casa. O algo parecido.

—¿Algo parecido?

—Conchi, ayer atendí a no sé cuánta gente. No me hagas repetirlo palabra por palabra.

—No te estoy interrogando.

—Ya.

—De verdad.

Nuria le dirigió una mirada que indicaba que aceptaba aquella explicación por el momento.

Conchi bebió un poco de café.

—¿Te lo ha preguntado la Guardia Civil?

—Sí. Esta mañana.

—¿Y les has dicho lo mismo?

—Que estuvo aquí sobre las seis y media. Sí.

Conchi asintió.

Aquello encajaba bastante bien con lo poco que sabía.

Si Emilio había pasado por La Parra alrededor de las seis y media y lo habían encontrado junto a la fuente poco después de las siete, el margen no parecía extraño.

La Fuente del Olmo quedaba lo bastante cerca como para que pudiera haber ido andando sin ninguna prisa.

Nuria se apoyó un instante en la barra.

—Lo que me da cosa es pensar que igual fui de las últimas personas que hablaron con él.

—No sabes eso.

—Ya. Pero puede ser.

—Puede ser y puede no ser.

—Eso es lo que digo.

Nuria apartó la vista hacia la cafetera.

—Estaba normal, ¿sabes? Eso es lo raro.

Conchi entendió lo que quería decir. La muerte tenía esa capacidad de cambiar las escenas anteriores de una forma injusta: una conversación que hasta entonces no había significado nada empezaba a revisarse en busca de gestos que nadie había visto porque, probablemente, no existían.

—¿Cómo iba a estar? —dijo—. No sabía lo que iba a pasar.

Nuria guardó silencio unos segundos.

—Ya.

Uno de los clientes pidió la cuenta y la conversación se interrumpió. Conchi terminó el café despacio mientras Nuria cobraba, recogía una taza y llevaba dos vasos de agua a la mesa del fondo.

Desde la terraza, Lili soltó un pequeño ladrido.

—Esa quiere entrar —dijo Nuria al volver.

—Esa quiere todo.

—Dale algo.

—Ni hablar.

—Un trocito de pan.

—Luego no cena.

Nuria la miró.

—Es un perro.

—Precisamente. No sabe administrarse.

—Como media humanidad.

Conchi sonrió y, durante unos segundos, el ambiente se relajó.

Después entró una mujer a la que conocía de vista y preguntó si quedaba tortilla. Nuria fue hacia la cocina y Conchi miró el reloj del local. Pasaban unos minutos de las doce.

Había salido de casa con la intención de caminar un rato y terminar allí porque, desde la muerte de Emilio, todo el mundo parecía necesitar decir algo.

A veces eran hechos; otras, simples opiniones.

Y muchas veces ni siquiera eso, sino la necesidad de pronunciar su nombre y comprobar que la persona que escuchaba también entendía que algo había cambiado.

Cuando Nuria regresó, Conchi ya había decidido marcharse.

—¿Cuánto te debo?

Nuria le dijo el precio y Conchi dejó unas monedas sobre la barra.

—No te quedas.

—He venido a tomar café, no a empadronarme.

—Pues otros lo intentan.

Conchi se bajó del taburete. Antes de que llegara a la puerta, Nuria la llamó.

—Conchi.

Se volvió.

—¿Sí?

Nuria secaba una taza con un paño.

—Lo de las seis y media es aproximado.

—Ya me lo has dicho.

—Es que luego una dice una hora y parece que la haya mirado en el reloj.

—No te preocupes.

—No me acuerdo de haberlo mirado.

—Pues entonces haces bien en decir que es aproximada.

Nuria asintió.

—Eso le he dicho también a la guardia.

—Perfecto.

Conchi salió.

Lili se levantó de inmediato y estiró las patas delanteras.

—Qué sacrificio el tuyo.

Conchi se sentó un momento en una de las sillas de la terraza para colocarse bien el bolso. Desde allí se veía parte de la plaza y el ir y venir de la gente.

Valdecerezos seguía funcionando, y quizá eso era lo más extraño.

Emilio había muerto hacía menos de un día y, aun así, había pan que comprar, persianas que subir, cafés que servir y bolsas que llevar a casa. El pueblo no se detenía porque una persona faltara; simplemente cambiaba de una manera más difícil de medir.

Conchi conocía aquella sensación.

Después de la muerte de Rafael, una de las cosas que más la había desconcertado fue descubrir que el resto del mundo seguía utilizando los mismos horarios. El autobús llegaba, el supermercado abría, la gente discutía por tonterías y los vecinos hablaban del tiempo.

Durante una temporada aquello le había parecido casi ofensivo.

Luego entendió que esa continuidad era también lo que permitía levantarse al día siguiente.

Lili tiró suavemente de la correa.

—Vale.

Conchi se puso en pie y atravesaron la plaza sin prisa.

Cerca de uno de los bancos había tres personas hablando. Al pasar, oyó el nombre de Víctor, pero no redujo el paso. No quería acostumbrarse a detenerse cada vez que escuchara algo relacionado con Emilio; era demasiado fácil empezar a escuchar lo que uno quería escuchar.

—Buenos días, Conchi.

Se volvió.

Álvaro Robles caminaba hacia ella desde la acera contraria.

—Buenos días.

El sargento hizo un gesto hacia Lili.

—¿De paseo?

—Eso dice ella.

Álvaro sonrió.

—¿Qué tal Pilar?

—Más tranquila.

—Bien.

Conchi dudó un segundo.

—He estado en La Parra.

Álvaro no cambió de expresión.

—¿Sí?

—He ido a tomar café. Antes de que me regañes.

—No pensaba regañarte.

—Nuria me ha dicho que Emilio estuvo allí ayer sobre las seis y media.

Álvaro asintió.

—Ya hemos hablado con ella.

Conchi sintió una mezcla de alivio y cierta vergüenza por haber pensado durante un instante que aportaba algo nuevo.

—Entonces nada.

—No pasa nada por que me lo digas.

—Solo quería asegurarme.

—Pues ya está asegurado.

No añadió más y Conchi tampoco. Recordó la conversación de la mañana en el puesto: aportar un dato no significaba que tuvieran que explicarte qué hacían después con él.

—¿Sigue pareciendo una caída? —preguntó.

Álvaro tardó muy poco en responder.

—Seguimos comprobando cosas.

Conchi sonrió.

—Esa respuesta vale para todo.

—Por eso funciona tan bien.

—Vale. No pregunto más.

—No te he dicho que no preguntes.

—No hace falta.

Álvaro miró hacia la plaza.

—Estos primeros días siempre circula más información de la que realmente existe.

—Eso también sirve para Valdecerezos cualquier semana del año.

—Ya.

—Y no solo para Valdecerezos.

—También.

Se despidieron.

Conchi siguió caminando hacia La Tahona, aunque no tenía claro si quería entrar. Desde fuera vio a Pilar detrás del mostrador y a dos mujeres esperando turno. Se quedó un momento observando la escena y decidió que quizá era mejor dejarla trabajar.

Pilar levantó la vista, la vio y le hizo un gesto con la mano.

Conchi respondió desde la calle.

Aquello bastó.

Tomó una calle lateral con Lili.

La hora que había dado Nuria seguía rondándole la cabeza, pero únicamente porque era uno de los pocos datos concretos que había oído sobre la última tarde de Emilio.

Sobre las seis y media.

No exacto. Aproximado.

Conchi intentó recordar qué estaba haciendo ella a esa hora. Había salido con Lili poco después de las seis, había pasado por la farmacia, recorrido Calle Mayor, hablado unos minutos con Pilar y se había sentado en la plaza.

Nada especial.

Ni siquiera estaba segura de la hora exacta de cada cosa.

Le pareció curioso que, apenas un día después, una tarde corriente ya empezara a dividirse en minutos.

Siguió andando.

En una esquina, Lili volvió la cabeza hacia otro perro y Conchi tuvo que acortar la correa.

—Tú sí que no tienes problemas de horarios.

Al llegar a casa, dejó el bolso en el recibidor y fue directa a la cocina. Preparó algo sencillo para comer y encendió la radio.

La noticia local hablaba de una carretera cortada por obras en un municipio cercano. Después llegaron el tiempo y los deportes.

Conchi agradeció escuchar asuntos que no tenían ninguna relación con Emilio.

Comió sola, con Lili tumbada debajo de la mesa.

A mitad de la comida, el teléfono vibró.

Era Pilar.

¿Has hablado con Nuria?

Conchi dejó el tenedor y respondió:

He tomado un café allí. ¿Por?

Pilar escribió enseguida.

Dice que Emilio estuvo ayer en el bar.

Conchi miró el mensaje.

Sí. Sobre las seis y media. Ya se lo ha contado a la Guardia Civil.

La respuesta tardó un poco más.

Entonces estuvo bien después de salir de aquí.

Conchi leyó la frase dos veces.

Era exactamente la conclusión más sencilla. Emilio había recogido la carpeta por la mañana, había seguido con su día y, muchas horas después, había pasado por La Parra aparentemente normal.

Eso parece , escribió.

Pilar contestó con un único:

Vale.

Conchi dejó el teléfono.

Entendía perfectamente lo que aquel dato hacía por su amiga.

Separaba la carpeta de la muerte con muchas horas de vida normal en medio.

No demostraba nada, pero Pilar no necesitaba una demostración; necesitaba dejar de sentir que, al poner aquellos papeles en manos de Emilio, había puesto en marcha algo terrible.

Conchi terminó de comer, recogió la mesa y puso agua a calentar para una infusión.

Mientras esperaba, volvió a pensar en Nuria detrás de la barra.

Sobre las seis y media.

La hora encajaba.

Emilio había estado allí, se había tomado un café, había comprado agua y se había marchado. Después, en algún momento antes de que lo encontraran, había terminado junto a la Fuente del Olmo.

Por primera vez desde la noche anterior, la secuencia le pareció sencilla.

Y Conchi, que todavía no tenía ninguna razón para desconfiar de ella, agradeció que al menos una parte de aquella historia pareciera estar en su sitio.